Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 13
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 1987
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 13
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LA MAS PRINCIPAL CIUDAD DEL NUEVO REINO


Una primera reflexión se impone, evidencia hasta hoy poco tenida en cuenta: la Tunja del siglo XVI fue la más pujante villa del Nuevo Reino. La ciudad destacó sobre la capital; puede sospecharse que desde la época del imperio chibcha era ya ciudad más principal. Fue Hunza la residencia del emperador de los moscas o bogotaes. No debe olvidarse que los principales centros religiosos estaban más al alcance de Hunza que de Bacatá: la mágica laguna de Iguaque, de la que surgiera Bachué con su hijo, dando origen al género humano; el desdichado templo del sol, en Sugamuxi (Sogamoso), así como los santos cojines del zaque, dos piedras que aún subsisten, en el peor de los estados, sobre la salida del camino de Soracá (pág. 234), "donde su verdadero señor Quemuenchatocha, cuando su tierra no era pisoteada por los blancos y sus bestias, se postraban en oración ante el dueño de las distancias y los presagios". Bacatá seria algo así como la capital industrial, por su cercanía de las minas de sal | 2 .

En aquella segunda parte del siglo XVI, era Tunja "el primer centro cultural del reino", superior a la "aún tosca Santafé" (pág. 231) | 3. . Varios hechos lo confirman. Entre ellos, el que el presidente Venero de Leiva hubiese propuesto, en memorable iniciativa, que la Real Audiencia sesionase por turnos, seis meses al año en Santafé, seis meses en Tunja, idea bien secundada por los oidores pero malograda por la oposición de la Corte en Madrid.

Dice Morales Pradilla (pág. 301): "Tunja se dedicó a los preparativos de un recibimiento apoteósico con el ánimo de probar cómo la verdadera capital del Nuevo Reino debía ser este alto centro de cultura y no el villorrio de Jiménez de Quesada, donde nunca vivió un emperador y ni siquiera cuenta con la cuarta parte de las encomiendas entregadas a la nobleza tunjana". Mencionaré, para no prodigar ejemplos que aserten la alcurnia de los tunjanos de entonces, que un raro documento de 1610 señala que de los trescientos vecinos de la ciudad en aquel año, setenta y seis eran encomenderos; vale decir, uno de cada cuatro.

No es extraño, pues, que Tunja conserve -y de ello pueda vanagloriarse-, por sí sola, casi todos los ejemplos que de la arquitectura del siglo XVI perduran en nuestro suelo, aunque estén bien escondidos entre el caos y la miseria física y moral que caracterizan al movimiento urbano de nuestros tiempos. Tanta prosapia y seguridad en la propia superioridad de la villa hacen exclamar al autor de la novela: "su primer presidente le estaba dando a Santafé tanto empuje que podría transformarse, algún día, en peligrosa émula de Tunja" pues, como diría don Juan de Castellanos, "con Venero de Leiva todas las cosas florecen: damas, galanes, trajes, invenciones, saraos, regocijos y banquetes, gratas conversaciones, paz, amistad y vida quieta".

Pocas veces el viajero verdaderamente curioso que se acerque a la capital de Boyacá, a veintidós leguas de Bogotá, dejará de preguntarse cuáles fueron las razones que impulsaron una fundación -en tan desafortunado emplazamiento- de una ciudad "bordeada de barrancos rojizos, como si una gran figura negra ardiera en un rescoldo" (pág. 226) y "colocada en un pináculo como las villas castellanas".

La verdad es que Tunja no está propiamente en la cima de un pináculo, cual villa de Castilla, de la Toscana o de la Umbria, para defenderse de posibles ataques desde una posición favorable. La ciudad, por el contrario, se levanta en los lindes mismos de un gran llano | 4 y apenas asciende hacia las lomas como para que los pasos de sus gentes sean difíciles y tortuosos. Desde las alturas circundantes puede verse cómo la ciudad sería fácil presa de un ataque venido de arriba. El lugar era, por cierto, sitio de la antigua Hunza, ciudad de los emperadores muiscas, pero poseía (como aún hoy posee) graves defectos de ubicación, que llevaron a que se discutiera ya en épocas de Inés de Hinojosa (pág. 343) su traslado al hermoso valle de Sáchica.

Si bien es factible que la aridez actual que circunda sus suburbios no fuese tan severa en aquel tiempo, pues los paisajes varían con precipitud inimaginable tras su máscara de quietud, Tunja sufre un clima yerto, "siempre en los linderos del invierno" (pág. 222).

Al final de la novela, reconoce (pág. 576): "Esta ciudad nunca cambiará de clima, no conocerá primaveras, ni veranos, sino el perenne comienzo de todos los inviernos", aunque los consuelos no faltaran: "La mayoría de los meses eran soleados y sólo tres o cuatro estaban sometidos al rigor de las lloviznas congelantes para lo cual existía el recurso de las gruesas tapias, las buenas cobijas, los amantes asiduos y la famosa chicha, sin contar los vinos de España, las lenguas afiladas y la ausencia de baño".

Pero el buen humor de Morales Pradilla no logra ocultar el más grande de los problemas tunjanos, ayer y siempre. Sus habitantes pueden dar fe de ello:

"Antiguamente no había fuente de agua en la plaza de Tunja, como la hay agora, y así era necesario ir a la fuente grande, que estaba fuera de la ciudad, por agua", dice, en el siglo XVII, el autor de |El carnero. Por lo demás, hoy la dichosa fuente no existe.

La falta de agua ha sido el talón de Aquiles de la ciudad. Los indios debían ir hasta la quebrada El Origen a traerla, en varios días de camino, y los valientes tunjanos podían ensayar a bañarse en la de Los Gatos, corriendo el albur de congelarse en el empeño. Imaginaremos las angustias de los ciudadanos ante una visita tan importante como la de doña María de Hondegardo, esposa de Venero de Leiva, pues "si, como era previsible, solía bañarse cada semana", un buen lío debía solucionarse de cualquier manera, dejando a salvo el honor de la ciudad.

2
Las menciones de páginas sin especificación se refieren a |Los pecados de Inés de Hinojosa, tercera edición (la paginación es idéntica en las dos primeras ediciones). Bogotá. Plaza y Janés, 1987.
3
Los mismos términos empleados por Morales Pradilla pueden encontrarse en el |Manual de historia de Colombia, Bogotá, Colcultura, 2a. edición, 1982, pág. 499.
4
Tanto la iglesia como el convento de los agustinos se hallan en terreno llano, pero aún dentro del perímetro de la ciudad.