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INDICE
Artículo: El Burro de Oro
Artículo: Los ocho pasos de la muerte del alma
Artículo: Poesía y testimonio en los documentales de Brian Moser
Artículo: La Tunja de Inés de Hinojosa y de Juan de Castellanos
RESEÑAS
Reseña filosofía: Figuras imaginarias
Reseña filosofía: La verdad de la Constitución
Reseña sicología: Descentración psicológica
Reseña antropología: Las figuras de la fauna
Reseña folclore: Nuestra tradición
Reseña sociología: Acercamiento al campo
Reseña sociología: Gasto e ideología
Reseña sociología: Estudiando imposibles
Reseña política: Una buena introducción al tema
Reseña educación: Memorias de un protagonista
Reseña poesía: Entre lo culto y lo habitual
Reseña poesía: Pintar las palabras
Reseña poesía: La fugacidad poética
Reseña narrativa: La pertinacia de un escándalo
Reseña narrativa: Ejercicio de la nostalgia
Reseña crítica literaria: A través de la literatura latinoamericana
Reseña crítica literaria: El texto no es un pretexto pero sí un contexto
MAPOTECA
Reseña crítica literaria: Un método crítico, crítico
Reseña periodismo: Camino a la canasta familiar
Reseña periodismo: Un manual para la prensa nueva
Reseña historia: Poco para la historia
Reseña historia: Para una historia del sindicalismo
Reseña caricatura: El mundo de Olafo y Mafalda
ORIETA LOZANO
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LA MAS PRINCIPAL CIUDAD DEL NUEVO REINO
Una primera reflexión se impone, evidencia hasta hoy poco tenida en
cuenta: la Tunja del siglo XVI fue la más pujante villa del Nuevo
Reino. La ciudad destacó sobre la capital; puede sospecharse que
desde la época del imperio chibcha era ya ciudad más principal. Fue
Hunza la residencia del emperador de los moscas o bogotaes. No debe
olvidarse que los principales centros religiosos estaban más al
alcance de Hunza que de Bacatá: la mágica laguna de Iguaque, de la
que surgiera Bachué con su hijo, dando origen al género humano; el
desdichado templo del sol, en Sugamuxi (Sogamoso), así como los
santos cojines del zaque, dos piedras que aún subsisten, en el peor
de los estados, sobre la salida del camino de Soracá (pág. 234),
"donde su verdadero señor Quemuenchatocha, cuando su
tierra no era pisoteada por los blancos y sus bestias, se postraban
en oración ante el dueño de las distancias y los
presagios". Bacatá seria algo así como la capital
industrial, por su cercanía de las minas de sal
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En aquella segunda parte del siglo XVI, era Tunja "el
primer centro cultural del reino", superior a la
"aún tosca Santafé" (pág. 231)
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3.
. Varios hechos lo confirman. Entre
ellos, el que el presidente Venero de Leiva hubiese propuesto, en
memorable iniciativa, que la Real Audiencia sesionase por turnos,
seis meses al año en Santafé, seis meses en Tunja, idea bien
secundada por los oidores pero malograda por la oposición de la
Corte en Madrid.
Dice Morales Pradilla (pág. 301): "Tunja se dedicó a los
preparativos de un recibimiento apoteósico con el ánimo de probar
cómo la verdadera capital del Nuevo Reino debía ser este alto
centro de cultura y no el villorrio de Jiménez de Quesada, donde
nunca vivió un emperador y ni siquiera cuenta con la cuarta parte
de las encomiendas entregadas a la nobleza tunjana".
Mencionaré, para no prodigar ejemplos que aserten la alcurnia de
los tunjanos de entonces, que un raro documento de 1610 señala que
de los trescientos vecinos de la ciudad en aquel año, setenta y
seis eran encomenderos; vale decir, uno de cada cuatro.
No es extraño, pues, que Tunja conserve -y de ello pueda
vanagloriarse-, por sí sola, casi todos los ejemplos que de la
arquitectura del siglo XVI perduran en nuestro suelo, aunque estén
bien escondidos entre el caos y la miseria física y moral que
caracterizan al movimiento urbano de nuestros tiempos. Tanta
prosapia y seguridad en la propia superioridad de la villa hacen
exclamar al autor de la novela: "su primer presidente le
estaba dando a Santafé tanto empuje que podría transformarse, algún
día, en peligrosa émula de Tunja" pues, como diría don
Juan de Castellanos, "con Venero de Leiva todas las cosas
florecen: damas, galanes, trajes, invenciones, saraos, regocijos y
banquetes, gratas conversaciones, paz, amistad y vida
quieta".
Pocas veces el viajero verdaderamente curioso que se acerque a la
capital de Boyacá, a veintidós leguas de Bogotá, dejará de
preguntarse cuáles fueron las razones que impulsaron una fundación
-en tan desafortunado emplazamiento- de una ciudad
"bordeada de barrancos rojizos, como si una gran figura
negra ardiera en un rescoldo" (pág. 226) y
"colocada en un pináculo como las villas
castellanas".
La verdad es que Tunja no está propiamente en la cima de un
pináculo, cual villa de Castilla, de la Toscana o de la Umbria,
para defenderse de posibles ataques desde una posición favorable.
La ciudad, por el contrario, se levanta en los lindes mismos de un
gran llano
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y apenas
asciende hacia las lomas como para que los pasos de sus gentes sean
difíciles y tortuosos. Desde las alturas circundantes puede verse
cómo la ciudad sería fácil presa de un ataque venido de arriba. El
lugar era, por cierto, sitio de la antigua Hunza, ciudad de los
emperadores muiscas, pero poseía (como aún hoy posee) graves
defectos de ubicación, que llevaron a que se discutiera ya en
épocas de Inés de Hinojosa (pág. 343) su traslado al hermoso valle
de Sáchica.
Si bien es factible que la aridez actual que circunda sus suburbios
no fuese tan severa en aquel tiempo, pues los paisajes varían con
precipitud inimaginable tras su máscara de quietud, Tunja sufre un
clima yerto, "siempre en los linderos del
invierno" (pág. 222).
Al final de la novela, reconoce (pág. 576): "Esta ciudad
nunca cambiará de clima, no conocerá primaveras, ni veranos, sino
el perenne comienzo de todos los inviernos", aunque los
consuelos no faltaran: "La mayoría de los meses eran
soleados y sólo tres o cuatro estaban sometidos al rigor de las
lloviznas congelantes para lo cual existía el recurso de las
gruesas tapias, las buenas cobijas, los amantes asiduos y la famosa
chicha, sin contar los vinos de España, las lenguas afiladas y la
ausencia de baño".
Pero el buen humor de Morales Pradilla no logra ocultar el más
grande de los problemas tunjanos, ayer y siempre. Sus habitantes
pueden dar fe de ello:
"Antiguamente no había fuente de agua en la plaza de
Tunja, como la hay agora, y así era necesario ir a la fuente
grande, que estaba fuera de la ciudad, por agua", dice, en
el siglo XVII, el autor de
|El carnero. Por lo demás, hoy la
dichosa fuente no existe.
La falta de agua ha sido el talón de Aquiles de la ciudad. Los
indios debían ir hasta la quebrada El Origen a traerla, en varios
días de camino, y los valientes tunjanos podían ensayar a bañarse
en la de Los Gatos, corriendo el albur de congelarse en el empeño.
Imaginaremos las angustias de los ciudadanos ante una visita tan
importante como la de doña María de Hondegardo, esposa de Venero de
Leiva, pues "si, como era previsible, solía bañarse cada
semana", un buen lío debía solucionarse de cualquier
manera, dejando a salvo el honor de la ciudad.
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Las menciones de páginas sin especificación se refieren a
|Los pecados de Inés de Hinojosa, tercera edición (la
paginación es idéntica en las dos primeras ediciones). Bogotá.
Plaza y Janés, 1987.
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Los mismos términos empleados por Morales Pradilla pueden
encontrarse en el
|Manual de historia de Colombia, Bogotá,
Colcultura, 2a. edición, 1982, pág. 499.
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Tanto la iglesia como el convento de los agustinos se hallan en
terreno llano, pero aún dentro del perímetro de la ciudad.
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