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INDICE
Artículo: El Burro de Oro
Artículo: Los ocho pasos de la muerte del alma
Artículo: Poesía y testimonio en los documentales de Brian Moser
Artículo: La Tunja de Inés de Hinojosa y de Juan de Castellanos
RESEÑAS
Reseña filosofía: Figuras imaginarias
Reseña filosofía: La verdad de la Constitución
Reseña sicología: Descentración psicológica
Reseña antropología: Las figuras de la fauna
Reseña folclore: Nuestra tradición
Reseña sociología: Acercamiento al campo
Reseña sociología: Gasto e ideología
Reseña sociología: Estudiando imposibles
Reseña política: Una buena introducción al tema
Reseña educación: Memorias de un protagonista
Reseña poesía: Entre lo culto y lo habitual
Reseña poesía: Pintar las palabras
Reseña poesía: La fugacidad poética
Reseña narrativa: La pertinacia de un escándalo
Reseña narrativa: Ejercicio de la nostalgia
Reseña crítica literaria: A través de la literatura latinoamericana
Reseña crítica literaria: El texto no es un pretexto pero sí un contexto
MAPOTECA
Reseña crítica literaria: Un método crítico, crítico
Reseña periodismo: Camino a la canasta familiar
Reseña periodismo: Un manual para la prensa nueva
Reseña historia: Poco para la historia
Reseña historia: Para una historia del sindicalismo
Reseña caricatura: El mundo de Olafo y Mafalda
ORIETA LOZANO
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Un manual para la prensa nueva
La Nueva Prensa
Dos tomos que recogen la experiencia de la prensa como proyecto
político en un país con una democracia que aprende a caminar
apenas.
Colombia tuvo entre 1961 y 1963 una de las experiencias
periodísticas más importantes, cuando una generación de pensadores
y periodistas sacaron y mantuvieron una revista llamada La Nueva
Prensa. En 1963, ante las sempiternas dificultades económicas,
debió convertirse durante cuatro meses en periódico vespertino. La
compilación hecha en dos tomos de un libro, por su director Alberto
Zalamea, y publicada ahora, reviste todo interés para las nuevas
generaciones de periodistas, de políticos y de científicos, como
una publicación comprometida con el debate de las ideas, con
alentar la democracia a punta de informar sobre la evolución de
otros países y otros personajes, siempre en relación con los nuevos
aires que soplaban por ese decenio del 60 en el país. No se trata
pues, tan sólo de un buen archivo de colaboradores brillantes,
sino, y antes que todo, de un recuento fiel de la vitalidad
ideológica de esos años y de esa publicación: es una breve historia
de Colombia hecha al trasluz de La Nueva Prensa, que plantea por
primera vez la premisa de periodismo libre pero responsable.
Es notorio constatar en la lectura de
|La Nueva Prensa 25 años
después, la permanencia de los mismos problemas nacionales pero
la diferencia de la generación, en esos momentos entre los 30 y los
45 años, que llegaba al poder con una gran ilusión, la cual
contrasta cruelmente con el escepticismo y la apatía de hoy,
presentes en la forma como se hace periodismo en la actualidad. Por
entonces se descubría con pasión que la prensa era un servicio de
interés público, mientras que ahora se rebasa ese concepto por uno
de interés particular, de provecho personal, que prima sobre unas
pocas y honrosas excepciones. De allí que la calidad estilística y
conceptual de los apartes reproducidos por los dos tomos sea, a la
hora actual, inusual para el común de la prensa. Aunque cuenta en
sus plantas de redacción con muchos más "periodistas
profesionales", ellos tienen mucho menos de mística y de
conocimientos previos sobre los temas que tocan, que esa generación
de intelectuales que asumieron su tarea en la prensa como una
militancia política por la democracia y la libertad.
La Nueva Prensa no fue un caso aislado, porque la antecedieron
tribunas como Semana, Sábado y Mito, entre otras, con el factor
común de las dificultades económicas, de su sostenimiento sobre los
hombros de altruistas que tomaban aquello como una causa, y la
convocatoria en torno suyo de talentos literarios, científicos y
filosóficos ante el reto de crear un país pensante, reflexivo. Todo
lo cual se ve lejano a partir de la lectura de esta compilación. No
podría reconocerse una generación similar contemporánea, porque los
actuales periodistas independientes con gran poder de influencia
actúan en nombre propio, desde "trincheras" que
son sus columnas o sus espacios dentro de medios de comunicación,
pero no revisten un tono colectivo y menos aún forman una empresa
ideológica, como se hacía en tiempos de La Nueva Prensa.
Este proyecto periodístico concluyó tras varios intentos de
accionistas generosos e inquietos intelectuales por refinanciar la
publicación y, no obstante haber alcanzado la cifra, sin
precedentes para la época, de catorce mil subscriptores fieles,
todos los expedicionarios de La Nueva Prensa se vieron de pronto
lanzados a la política, aunque muchos, según dice Alberto Zalamea,
no tenían temperamento para ello.
Quedó latiendo en unos y otros lo que fuera su principio
fundamental, rescatable para estos días de esterilidad intelectual:
"Conscientes de la responsabilidad que las sociedades
modernas han delegado en el periodista, buscamos discernir entre la
verdad y el error, tratamos de acopiar la mayor cantidad de datos
disponibles y, a veces, de analizarlos, advirtiendo entonces de
nuestro empeño, pero no creemos que nos corresponda pensar por los
lectores".
Comenta el mismo director Zalamea que, en el intento de dar
oportunidad de información a todos los grupos por igual,
enfrentaron los prejuicios creados en los lectores por la gran
prensa. Ellos estaban acostumbrados a que se les ofreciera una sola
línea de pensamiento y gustaban de encontrar sólo aquello con lo
cual se hallaban de acuerdo. Fue toda una tarea crear el hábito de
la libertad de pensamiento y el respeto a las ideas ajenas. Apenas
en plena reconstrucción de la nación a partir de la violencia del
48, toma como bandera al existencialista francés Albert Camus
acerca de la violencia como la obstaculización del diálogo.
Y es que es una época de renovación de las ideas y de batalla entre
ellas. Pío IX pronostica que el liberalismo engendra el socialismo;
la Iglesia católica va a volcarse, ecuménica, sobre ideas modernas
en el Concilio Vaticano II; Nehrú se enfrenta al fanatismo de su
pueblo hindú; quedan las secuelas del fascismo español; el papel de
la Iglesia comprometida con la derecha en el Opus Dei; se debate
sobre ejército, sus objetivos de defensa de la soberanía nacional,
y los problemas de la incipiente contraguerrilla; la violencia se
vuelve un concepto político de impunidad y debilitamiento de la
autoridad del Estado; dos militares cumplen dos misiones distintas
pero igualmente importantes: Álvaro Valencia Tovar acomete la
primera campaña de reestablecimiento del orden público en el
territorio de Vichada, y Alberto Ruiz Novoa convoca un Movimiento
Democrático Nacional, al cual hasta la misma revista La Nueva
Prensa se lanza a apoyar. Es el tiempo del Frente Nacional, pacto
generoso pero errado, porque se basa en el pasado y no en el
futuro; de la oposición a la anarquía que ha quedado de la
renovación presidencial mediante la alternación; de Camilo Torres y
la rebeldía de los curas. . . y mucho más en este calidoscopio de
hechos e ideas.
Lo más trascendental, sin duda, fue la publicación masiva, en esa
revista y en su antecesora, Semana, del ambicioso estudio de
Indalecio Liévano Aguirre
|Grandes conflictos sociales de nuestra
historia; en el cual por primera vez se miraba a la patria y a
sus protagonistas con otros ojos, más contemporáneos y menos
solemnes, y la de
|Grandes movimientos espirituales de
Occidente, donde quedan reunidos aquellos hitos que voltearon
las épocas a través de nuevas comprensiones sociales. Siempre en
uno y otro flotan la seriedad y la responsabilidad de estos
periodistas de La Nueva Prensa que tomaban su trabajo como una
tarea intelectual.
ANA MARÍA CANO
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