Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 13
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 1987
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 13
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Camino a la canasta familiar
 

Figuras políticas de Colombia.
Klim

El Ancora Editores, Bogotá, 1986, 138 págs.

Murió cuando ya había logrado el Nirvana. Su prestigio era tanto, que podía darse el gusto, el paradójico capricho de ser público en un salto de cama. Ya no tenía que codearse, ni comedirse, ni siquiera tenía que retoñar. No había sido relegado ni impugnado en vida. Caía en desgracia y se lo disputaban en la prensa; uno se lo imagina rubricando contratos y siendo felizmente descortés en su envidiable madriguera. Su |nom de plume, el amarillo estorbo tipográfico de Klim, ya generaba antologías. Había alcanzado dos raros privilegios de las letras: la real gana y el producto secundario.

Tras su deceso quedó la estela de compilaciones con que se quiso reparar su ausencia. El libro |Figuras políticas de Colombia es una flor tardía. O disecada: reproduce la primera selección, que se hiciera en los años cuarenta, de sus artículos periodísticos. Este apelar a las auroras indica que ya tememos olvidarlo. O sea, entra a formar parte de la literatura nacional.

Cuando en Colombia se piensa obrar |en serio se recurre a la ferocidad, que es la manera histórica como somos solemnes. Desde un comienzo el humorismo pidió asilo en la prensa y sólo desde allí se atreve a incursionar en el volumen. Aquí un libro de humor es excusable por otra "ligereza": el periodismo. Ahora se profesa nuestro "mamagallismo", ese afamado estilo patrio de curarse en salud bajo el pretexto de la jovialidad, pero eso es cuestión de imagen pública más que de literatura. Así las cosas, sólo los más chambones, chistosos por desgracia, han osado imprimir por fuera de los medios; y uno que otro autores que la pagaron con una asignación al costumbrismo. Quedan los que se curten en la prensa, quienes, cuando la fama lo permite, arman sus libros siguiendo dos pautas. La primera es la compilación de que tratamos. La otra, que Klim también siguió, es la elaboración de un |divertimento, una autobiografía casi siempre, generalmente llena de los resabios de la prisa, la inconsistencia y la falta de estima (lo que importa de |veras es el sacudón político, el documento, etc.) que han adquirido en la profesión. Vienen a la mente otros dos periodistas: Daniel Samper, más sofisticado, acaso más versátil, si no se trata de una ilusión de actualidad, recorre ya estos caminos. Y Antonio Caballero -el apellido va para monopolio-, que ha demostrado que aquí sí es posible un humor de fondo y hondamente diciente. Quizás porque, como la vida en estas tierras, para él corre parejo con la sangre.

El primer libro de Lucas Caballero es una buena ilustración de las virtudes y los inconvenientes de nuestro modo clásico de hacer humor y publicarlo. Retrata doce personajes: López Pumarejo, Echandía, Laureano Gómez, Gaitán, López de Mesa, los dos Lleras, Juan Lozano y Lozano, Luis Cano, Olaya Herrera, Silvio Villegas y Augusto Ramírez Moreno. El contraste entre las conclusiones de la Historia y la irreverencia con que aquí son pintados permite una lectura deliciosa. Klim merecería ser citado con frecuencia por nuestros circunspectos investigadores. Pero este cotejo es posible debido al paso de los años y no a una técnica incipiente que tendía a anularse en sí misma.

Su método era no dar tregua, tal vez porque cualquier circunstancia, bien mirada, puede dar pie al ridículo: el dandismo de López, la chabacanería de Echandía, la altura de Olaya, la pequeñez de Lleras Restrepo. De ahí al apodo hay un paso, aunque en este libro no tiene aún la virulencia que alcanzaría más tarde. Así, siempre comienza Klim con una descripción que escarmiente la dentadura, la silueta o los trapos del personaje bosquejado.


Viene luego un episodio lapidario de su infancia o adolescencia, cuando se cimentaba su vocación particular: "Alfonso López ya había hecho quebrar un banco cuando sus compañeros todavía no se habían atrevido a quebrar sus alcancías" (pág. 12). Si el personaje es exótico, se agrega algún dato folclórico, facilista: Echandía silba la guabina, Luis Cano abusa de los fríjoles. Después relata una serie de anécdotas apócrifas, largas para dar un ejemplo, que irían a ilustrar el carácter del sujeto, la vanidad de sus aspiraciones y las malas pasadas que le juega su aspecto. Son anodinas, aunque no dejan de cumplir el objetivo de mostrar pies de barro.

Mucho más incisivos y vigentes son sus remedos o descripciones del estilo. López de Mesa recomienda una fruta: "¿Por qué, en vez de perseverar en el cultivo de las bermejas bayas del |cafettus cafetti, no tentamos fortuna, diosa voluble, eruptiva y volcánica, emprendiendo el del anón, derivado del griego |anón anonentis y no de la infraespalda, fruta capitosa y coqueta?" (pág. 59). Ramírez Moreno habla de su atuendo: "Mis camisas oscilan entre el himeneo y el asesinato" (pág. 132). Su desayuno es "una taza de paradojas con tostadas" (pág. 137).

Hay un calco excelente de un editorial de Luis Cano en la página 83; y de Silvio Villegas dice Klim que "nada recuerda tanto una casa de citas como uno de sus artículos o discursos" (pág. 112).

Todo esto mezclado con un viejo recurso del humor: mostrar al hombre público en ropa íntima. Algo eficaz, si no se repitiera sistemáticamente la mención del calzoncillo, el traje de baño o el cepillo de dientes que van junto a la banda tricolor o a la cartera. Pero hay que recordar que para él mismo este era el verdadero estado natural.

La aplicación de una lente igual a objetos disímiles, este peligro de saturarlo todo bajo un punto de vista acaso fuera inevitable para quien se dispuso a ser demoledor en cada entrega. De todos modos hay un empeño por la lucidez y mucha fuerza frente a los atractivos y amenazas del poder en la mira, hay lo que algunos colegas penitentes llamarían una |línea invariable. Sin embargo, agrupados, estos retratos dejan la sensación de que se trisca por triscar. Leídos de corrido, resalta la intención del autor más que los rasgos de la víctima. El mismo Klim, tal vez consciente de esta parejura, comete el error de aclarar siempre cuál es su verdadero sentimiento. Se ve que todavía hacía vida social, que tenía que ir a la oficina: remata confesando que el político en cuestión es un buen tipo, que |en el fondo es querible, que en caso extremo (verbigracia, Gómez), "veo en él un mal necesario para la república" (pág. 108).

Pero bueno, ya dejaría de excusarse, se haría más imprecatorio, también más arbitrario. Es decir, se hizo más refinado. Descubriría que el humor de gran tiraje sólo hace mella si se ejerce como otra inclemencia. Descubriría, pasa siempre, que esto lo hacía poderoso a su manera. Terminó siendo la marca que había escogido para pisar en tierra: presente en todos los hogares y celebrado por sus efectos salutíferos, no un bien de lujo como cualquier político. Claro, un poco indigesto tomado en grandes dosis o a deshoras.

CARLOS JOSÉ RESTREPO