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INDICE
Artículo: El Burro de Oro
Artículo: Los ocho pasos de la muerte del alma
Artículo: Poesía y testimonio en los documentales de Brian Moser
Artículo: La Tunja de Inés de Hinojosa y de Juan de Castellanos
RESEÑAS
Reseña filosofía: Figuras imaginarias
Reseña filosofía: La verdad de la Constitución
Reseña sicología: Descentración psicológica
Reseña antropología: Las figuras de la fauna
Reseña folclore: Nuestra tradición
Reseña sociología: Acercamiento al campo
Reseña sociología: Gasto e ideología
Reseña sociología: Estudiando imposibles
Reseña política: Una buena introducción al tema
Reseña educación: Memorias de un protagonista
Reseña poesía: Entre lo culto y lo habitual
Reseña poesía: Pintar las palabras
Reseña poesía: La fugacidad poética
Reseña narrativa: La pertinacia de un escándalo
Reseña narrativa: Ejercicio de la nostalgia
Reseña crítica literaria: A través de la literatura latinoamericana
Reseña crítica literaria: El texto no es un pretexto pero sí un contexto
MAPOTECA
Reseña crítica literaria: Un método crítico, crítico
Reseña periodismo: Camino a la canasta familiar
Reseña periodismo: Un manual para la prensa nueva
Reseña historia: Poco para la historia
Reseña historia: Para una historia del sindicalismo
Reseña caricatura: El mundo de Olafo y Mafalda
ORIETA LOZANO
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Camino a la canasta familiar
Figuras políticas de Colombia.
Klim
El Ancora Editores, Bogotá, 1986, 138 págs.
Murió cuando ya había logrado el Nirvana. Su prestigio era tanto,
que podía darse el gusto, el paradójico capricho de ser público en
un salto de cama. Ya no tenía que codearse, ni comedirse, ni
siquiera tenía que retoñar. No había sido relegado ni impugnado en
vida. Caía en desgracia y se lo disputaban en la prensa; uno se lo
imagina rubricando contratos y siendo felizmente descortés en su
envidiable madriguera. Su
|nom de plume, el amarillo estorbo
tipográfico de Klim, ya generaba antologías. Había alcanzado dos
raros privilegios de las letras: la real gana y el producto
secundario.
Tras su deceso quedó la estela de compilaciones con que se quiso
reparar su ausencia. El libro
|Figuras políticas de Colombia
es una flor tardía. O disecada: reproduce la primera selección, que
se hiciera en los años cuarenta, de sus artículos periodísticos.
Este apelar a las auroras indica que ya tememos olvidarlo. O sea,
entra a formar parte de la literatura nacional.
Cuando en Colombia se piensa obrar
|en serio se recurre a la
ferocidad, que es la manera histórica como somos solemnes. Desde un
comienzo el humorismo pidió asilo en la prensa y sólo desde allí se
atreve a incursionar en el volumen. Aquí un libro de humor es
excusable por otra "ligereza": el periodismo.
Ahora se profesa nuestro "mamagallismo", ese
afamado estilo patrio de curarse en salud bajo el pretexto de la
jovialidad, pero eso es cuestión de imagen pública más que de
literatura. Así las cosas, sólo los más chambones, chistosos por
desgracia, han osado imprimir por fuera de los medios; y uno que
otro autores que la pagaron con una asignación al costumbrismo.
Quedan los que se curten en la prensa, quienes, cuando la fama lo
permite, arman sus libros siguiendo dos pautas. La primera es la
compilación de que tratamos. La otra, que Klim también siguió, es
la elaboración de un
|divertimento, una autobiografía casi
siempre, generalmente llena de los resabios de la prisa, la
inconsistencia y la falta de estima (lo que importa de
|veras
es el sacudón político, el documento, etc.) que han adquirido en la
profesión. Vienen a la mente otros dos periodistas: Daniel Samper,
más sofisticado, acaso más versátil, si no se trata de una ilusión
de actualidad, recorre ya estos caminos. Y Antonio Caballero -el
apellido va para monopolio-, que ha demostrado que aquí sí es
posible un humor de fondo y hondamente diciente. Quizás porque,
como la vida en estas tierras, para él corre parejo con la
sangre.
El primer libro de Lucas Caballero es una buena ilustración de las
virtudes y los inconvenientes de nuestro modo clásico de hacer
humor y publicarlo. Retrata doce personajes: López Pumarejo,
Echandía, Laureano Gómez, Gaitán, López de Mesa, los dos Lleras,
Juan Lozano y Lozano, Luis Cano, Olaya Herrera, Silvio Villegas y
Augusto Ramírez Moreno. El contraste entre las conclusiones de la
Historia y la irreverencia con que aquí son pintados permite una
lectura deliciosa. Klim merecería ser citado con frecuencia por
nuestros circunspectos investigadores. Pero este cotejo es posible
debido al paso de los años y no a una técnica incipiente que tendía
a anularse en sí misma.
Su método era no dar tregua, tal vez porque cualquier
circunstancia, bien mirada, puede dar pie al ridículo: el dandismo
de López, la chabacanería de Echandía, la altura de Olaya, la
pequeñez de Lleras Restrepo. De ahí al apodo hay un paso, aunque en
este libro no tiene aún la virulencia que alcanzaría más tarde.
Así, siempre comienza Klim con una descripción que escarmiente la
dentadura, la silueta o los trapos del personaje bosquejado.
Viene luego un episodio lapidario de su infancia o adolescencia,
cuando se cimentaba su vocación particular: "Alfonso López
ya había hecho quebrar un banco cuando sus compañeros todavía no se
habían atrevido a quebrar sus alcancías" (pág. 12). Si el
personaje es exótico, se agrega algún dato folclórico, facilista:
Echandía silba la guabina, Luis Cano abusa de los fríjoles. Después
relata una serie de anécdotas apócrifas, largas para dar un
ejemplo, que irían a ilustrar el carácter del sujeto, la vanidad de
sus aspiraciones y las malas pasadas que le juega su aspecto. Son
anodinas, aunque no dejan de cumplir el objetivo de mostrar pies de
barro.
Mucho más incisivos y vigentes son sus remedos o descripciones del
estilo. López de Mesa recomienda una fruta: "¿Por qué, en
vez de perseverar en el cultivo de las bermejas bayas del
|cafettus cafetti, no tentamos fortuna, diosa voluble,
eruptiva y volcánica, emprendiendo el del anón, derivado del griego
|anón anonentis y no de la infraespalda, fruta capitosa y
coqueta?" (pág. 59). Ramírez Moreno habla de su atuendo:
"Mis camisas oscilan entre el himeneo y el
asesinato" (pág. 132). Su desayuno es "una taza
de paradojas con tostadas" (pág. 137).
Hay un calco excelente de un editorial de Luis Cano en la página
83; y de Silvio Villegas dice Klim que "nada recuerda
tanto una casa de citas como uno de sus artículos o
discursos" (pág. 112).
Todo esto mezclado con un viejo recurso del humor: mostrar al
hombre público en ropa íntima. Algo eficaz, si no se repitiera
sistemáticamente la mención del calzoncillo, el traje de baño o el
cepillo de dientes que van junto a la banda tricolor o a la
cartera. Pero hay que recordar que para él mismo este era el
verdadero estado natural.
La aplicación de una lente igual a objetos disímiles, este peligro
de saturarlo todo bajo un punto de vista acaso fuera inevitable
para quien se dispuso a ser demoledor en cada entrega. De todos
modos hay un empeño por la lucidez y mucha fuerza frente a los
atractivos y amenazas del poder en la mira, hay lo que algunos
colegas penitentes llamarían una
|línea invariable. Sin
embargo, agrupados, estos retratos dejan la sensación de que se
trisca por triscar. Leídos de corrido, resalta la intención del
autor más que los rasgos de la víctima. El mismo Klim, tal vez
consciente de esta parejura, comete el error de aclarar siempre
cuál es su verdadero sentimiento. Se ve que todavía hacía vida
social, que tenía que ir a la oficina: remata confesando que el
político en cuestión es un buen tipo, que
|en el fondo es
querible, que en caso extremo (verbigracia, Gómez), "veo
en él un mal necesario para la república" (pág.
108).
Pero bueno, ya dejaría de excusarse, se haría más imprecatorio,
también más arbitrario. Es decir, se hizo más refinado. Descubriría
que el humor de gran tiraje sólo hace mella si se ejerce como otra
inclemencia. Descubriría, pasa siempre, que esto lo hacía poderoso
a su manera. Terminó siendo la marca que había escogido para pisar
en tierra: presente en todos los hogares y celebrado por sus
efectos salutíferos, no un bien de lujo como cualquier político.
Claro, un poco indigesto tomado en grandes dosis o a
deshoras.
CARLOS JOSÉ RESTREPO
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