Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 13
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 1987
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 13
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El texto no es un pretexto pero sí un contexto
 

Teoría de la novela
Álvaro Pineda Botero

Editorial Plaza y Janés, Bogotá, 1987,207 págs.

El neocriticismo y el estructuralismo han pretendido entender el texto literario, o bien como algo independiente de cualquier subjetivismo de autor o lector, o bien como un tejido de relaciones lingüísticas o sociales, precisable por la interfuncionalidad de éstas, pero limitado a un solo "marco" (lingüístico o social). En cualquiera de los dos casos, se suele negar la distinción entre sentido y significado del sintagma literario: la búsqueda de un "correlato objetivo" concretiza la preocupación por un significado que remita unívocamente al significante que articula el texto. Igualmente, la creencia en un solo "marco", que obra como estructura que determina en su interior unas relaciones de causalidad entre elementos del texto o entre elementos del texto y elementos de un contexto social determinado, refleja la tendencia a encuadrar explicativamente las obras literarias en unidades superiores (una llamada texto, la otra estructura) por acumulación de significados. En cualquiera de los casos, notamos, así mismo, un análisis extraído de campos semánticos: se rechaza, como ajeno al texto, el elemento interpretativo: la injerencia del lector y la comunidad de códigos entre autor y lector. Se olvida la marginalidad. Toda hermenéutica fue proscrita al ser entendida como simple subjetivismo o como atracción del biografismo. En esta tónica se mueven las dos corrientes que mencioné al principio y, en general, un 90% de la crítica literaria contemporánea. ¿Pero si en vez de elementos de análisis estudiáramos elementos de sentido? ¿Si en vez de buscar verdades del texto buscásemos sus posibilidades históricas? No hablaríamos, quizá, de un texto, sino de un contexto.


Habría que objetar, en principio, al libro de Pineda Botero, que no se trata realmente de una teoría de la novela, sino de una teoría literaria, o, por lo menos, lo que muchos autores titulan con modestia unos "apuntes para una teoría literaria". La teoría de la marginalidad, del enmarcamiento y del "encaje" del texto es referible a cualquier otro género, si aún creemos en ellos: un poema, un cuento, una obra dramática escrita, también ofrecen elementos marginales enmarcadores y que nos pueden hablar del "gran libro de la cultura"; epígrafes, autor, prólogos o prologuillos, notas insertas en el texto y que me hablan de un exterior, citas, espacios para la dinámica autor-lector, y, por supuesto, título. Ni siquiera el primer capítulo, sobre el discurso novelístico, establece diferencias de género: se trata de una reflexión sobre los límites posibles del discurso artístico en general, y del discurso literario en particular. Una teoría de la novela habría presupuesto, como en la obra de Lukács, una labor de comparativismo histórico, una historización del género, puesto que el género es circunstancial, no es la forma (la novela, el poema, el drama, no son formas diferentes; nuestro siglo va mostrando tal realidad).

Mas como teoría literaria, esta |Teoría de la novela de Álvaro Pineda Botero (Medellín, 1942), es una obra sin precedentes en el campo del estudio literario en Colombia. Si bien la teoría de la marginalidad y el enmarcamiento no es de Pineda (habría que hablar de teóricos como Derrida, Lotman o el propio Barthes), su recuento, su enfoque y su labor de síntesis son admirables, tanto por la rica ejemplarización que no deja que el tema se torne abstracto, como por el diálogo que establece entre los diversos autores citados y que enriquece las posibilidades de análisis del lector.

La marginalidad, conjunto de todos aquellos elementos que hacen margen, marco, límite, al texto literario, nos habla de un mundo externo al texto, pero, a la vez, nos revierte, con amenazas de sentido, sobre el texto mismo, impidiendo las distinciones polares entre lo interno y lo externo, como en la cinta de Möbius. Esos elementos marginales que analiza Pineda Botero son: el título, el autor -como nombre, como referencia o como director de un teatrino en el que los títeres son las palabras-, el prólogo, los epígrafes, las notas, las glosas -actividad del lector-, los espacios blancos -como silencios- y una supuesta línea de indicatividad, en cierta medida objetiva, dada por códigos compartidos entre autor y lector.

La justificación del título, como elemento marginal de enmarcamiento del texto, es la siguiente: "el título, como entidad lingüística, cubre todo aquello que la historia, el uso, el arte, la cultura, han puesto en él. El título evoca ideas, hechos, formas, sensaciones". Y a continuación viene una cita de Barthes en torno al nombre (usado literariamente), que se refiere a la existencia de un discurso paralelo, creado por el mismo carácter contextual de todo nombre, al discurso creado por la "armadura semítica" que me define apenas unos simples significados.

El "marco" es la existencia - interna y externa, digamos, neutra- en el texto del pasado y del futuro (cuando el texto es el presente mismo, escrito, leído). Y ello significa, básicamente, un punto de encuentro entre autor y lector. El autor tiene pasado y futuro: acepta o se ve condicionado por factores que se connotan en la escritura del texto (códigos culturales, religiosos, políticos, sociales, económicos, etc.), pero además su creación es una pura expectativa de futuro, imagina .al lector elegido y, como recuerda Pineda, confirma el tópico de escribir para no morir, crea un diálogo ultratemporal que, además, lo redime de sus condicionamientos individuales. El texto es un objeto, aquí y ahora, pero también es una historia, y ésta es inherente al texto. De igual manera, el lector, al recrear la obra, posee un pasado y un futuro. El pasado que para él implica el autor, como creador del texto, y el futuro al que se ve lanzado como posibilidad de reinterpretación de su vida. Señales de vida del lector dentro del texto son la "marginalia" y las "glosas". De alguna manera, considero que las dos podrían agruparse bajo el genérico "marginalia", aunque Pineda Botero pretende a la primera más vital y espontánea y a las segundas más eruditas, labor de crítico, de comentarista especializado. No es que el texto se complete por el tachón o la caligrafía del lector sobre la letra impresa a falta de margen amplia, pero sí se revive la totalidad del texto en dicha acción. ¿Por qué? Es imposible que el lector refleje los mismos condicionamientos de toda índole que intervinieron en la creación de la obra en el autor, pero quizá podríamos pensar en la repetición de lo esencial del contexto creado por dichas condiciones y situaciones.


Una conclusión importante de Pineda Botero es ¡a de que "no es posible [. . .] abordar el problema del encaje exterior en su totalidad" (pág. 175). Es cierto, el encaje exterior puede ser infinito, como en el juego de espejos contrapuestos o de la caja china que contiene otras cajas; pero la finalidad del encaje exterior no es llegar a un punto determinado (como, en últimas, querrían los estructuralistas más generosos) sino encontrar |líneas fijas (de lo externo a lo interno y viceversa) que permitan marcos de interpretación igualmente fijos. En este sentido, creo que una filosofía de la historia de las formas sería pertinente para tal ambición. El ejemplo recurrente de Pineda es la novela de José Emilio Pacheco |Morirás lejos. Pineda propone que la lectura total -o asintótica- de esta novela sea la suma de todas las lecturas posibles. En este caso, el intento sería también infinito; pero Pacheco no ha escrito una novela para muchas lecturas, sino que él mismo ha hecho |una sola lectura, fragmentaria, de muchos aspectos de la historia representados en el episodio del exterminio de judíos por el nazismo. Acaso podríamos encontrar esa lectura fija, esa línea de indicatividad predeterminada y no variable según el texto.

El texto me vela un contexto que voy conformando por facultad simbólica; a su vez, el contexto me revela la línea interpretativa que le da unidad al texto y que lo hace realmente independiente de los datos externos que lo rodean. No se trata de tomar el texto para hablar de cualquier cosa -el texto como pretexto-, sino de encontrar el enmarcamiento adecuado, esencial al texto, que me lo posibilita como un sentido: el contexto.

ÓSCAR TORRES DUQUE