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INDICE
Artículo: El Burro de Oro
Artículo: Los ocho pasos de la muerte del alma
Artículo: Poesía y testimonio en los documentales de Brian Moser
Artículo: La Tunja de Inés de Hinojosa y de Juan de Castellanos
RESEÑAS
Reseña filosofía: Figuras imaginarias
Reseña filosofía: La verdad de la Constitución
Reseña sicología: Descentración psicológica
Reseña antropología: Las figuras de la fauna
Reseña folclore: Nuestra tradición
Reseña sociología: Acercamiento al campo
Reseña sociología: Gasto e ideología
Reseña sociología: Estudiando imposibles
Reseña política: Una buena introducción al tema
Reseña educación: Memorias de un protagonista
Reseña poesía: Entre lo culto y lo habitual
Reseña poesía: Pintar las palabras
Reseña poesía: La fugacidad poética
Reseña narrativa: La pertinacia de un escándalo
Reseña narrativa: Ejercicio de la nostalgia
Reseña crítica literaria: A través de la literatura latinoamericana
Reseña crítica literaria: El texto no es un pretexto pero sí un contexto
MAPOTECA
Reseña crítica literaria: Un método crítico, crítico
Reseña periodismo: Camino a la canasta familiar
Reseña periodismo: Un manual para la prensa nueva
Reseña historia: Poco para la historia
Reseña historia: Para una historia del sindicalismo
Reseña caricatura: El mundo de Olafo y Mafalda
ORIETA LOZANO
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La pertinacia de un escándalo
|Los pecados de Inés de Hinojos»
|Próspero Morales Pradilla
Plaza y Janés, Bogotá, 1986, 588 págs.
La novela
|Los pecados de Inés de Hinojosa va completando el
derrotero de las novelas nacionales. Reproducida, escoliada,
homologada, dio ya la vuelta al ruedo de nuestra prensa dominguera;
y el autor ha pulido entrevistas en todas las demás publicaciones
que se ocupan de la actualidad porque hay que hacer política. Pero
hay algo singular en este caso: también ha sido
|ya leída.
Por el gran público, apodo lírico de alguna gruesa cifra comercial,
que a veces hace caso omiso de la publicidad y se le mide a un
producto. Bajo la comunión de la estadística se ocultarán también
muchos intelectuales, no existe otro nombre, que a su modo pecaron
leyéndola a hurtadillas. La portada del libro, ese cartel de cine
rojo, será otro sello del inconsciente colectivo, incluso en el de
quienes sin haberla fisgado conocen esta obra de la misma manera
que cualquier compatriota conoce Cartagena sin haber ido allá. Así,
esta reseña admite llover sobre mojado. Pero es sabido que se
fragua una telenovela con el título. Levantará otras polvaredas, no
es improbable que el autor pida también la horca para la actriz
protagonista. Y uno, por no quedarse sin oficio, se apresura antes
o a pesar de que todo el mundo, habiendo disfrutado del último
estertor del alboroto, considere el asunto liquidado.
Pasó la hora del elogio o la reprobación. Hablar de hitos es
privilegio de los primeros reseñistas, de la casa editora y de los
reporteros. Además, en Colombia cada novela marca uno, por el lado
que sea. Anularla sería tan sólo ese pudor con que aquí compartimos
los éxitos ajenos. Recomendarla o deslucirla carecería de sentido,
dada su difusión. Ahora hay que tratarla civilizadamente, como a
los vecinos cuando ha pasado cierto tiempo.
Del autor, el tunjano Próspero Morales, se dice en la solapa que
"conoce todos los países de América, la mayoría de los
europeos, la Unión Soviética y Australia". En la novela,
el Judío Errante va de paso por Tunja, es la imagen de bulto que
trae el miedo general a la ciudad. Pero si bien la itinerancia no
es hoy en día maldición, no se podría tachar de transitorio al
libro. El argumento, la vida y desafueros de Inés de Hinojosa, que
en la infancia de Morales Pradilla seguían en boca de sus
conterráneos y que dieron motivo a un breve episodio de
|El
carnero de Juan Rodríguez Freyle, maduró
|in pectore
durante los años en que otras letras y el conferencismo llevaron a
Morales al galope. Se trata, pues, de una de esas novelas de toda
una vida. Como él ha dicho, germinó en su niñez esta obsesión
despertada por el borroso escándalo que murmuraban los adultos. El
lento cocimiento es discernible en esta y otras novelas similares y
produce un placer especial. Tan raro en esta época, que la
desconcertada prensa se deshace en loas cada vez que se publican,
maravillada de que una idea estética y no una codicia haya podido
taladrar la vida de algún hombre. De vez en cuando un autor declara
(y prueba, como en este caso) haber coronado. Y como no se trata
del embeleco personal de un amigo borracho, por un rato se exalta a
la literatura y de paso se le restituye el añorado final feliz
consolativo que tiene prohibido relatar.
La trama, por tratarse de pecados venerables, es simple,
previsible y efectiva: doña Inés ambiciona (mejor dicho, se antoja)
y fornica hacia la perdición. Como es mestiza del siglo XVI, no
queda claro si peca por el lado salvaje o porque fue tocada por el
Renacimiento, que salta a estas latitudes con sospechosa prontitud.
El sexo de sus hombres se alebresta porque vienen de España, tierra
del zapateo y la cornada. Ya son tantas las mozas españolas
desfloradas a orillas de los ríos de su literatura, que aquende los
mares nos hemos creído tanto pujo. Eso sí, corren ellos las hembras
según modalidades culturales. Juan Voto, el músico, de manera
quebrada y manierista, pues encarna el renovado espíritu europeo; y
Pedro Bravo, encomendero de reemplazo, se planta y se apodera como
corresponde a un conquistador. El pobre, comprometido a hincar
bandera casi todas las veces que se topa a Inés en la novela. Pero
el trío tiene algo en común: el homicidio. Aquí sí podría hablarse
de raíces autóctonas. Y como el diablo sopla, Tunja, destino final
de doña Inés, se pone en ascuas. Los humos llegan a la pacata
Santafé, interesada desde entonces por la parte puramente formal de
estos asuntos. Después del juicio, la salacidad y las frescas
promesas que acarrea son desterradas para siempre de Tunja.
El libro no es ese bobo pleonasmo, una "nueva
novela", empleado por quienes quieren señalar su
tradicionalismo. Nueva, dizque porque en los
|Pecados pasan
cosas. La gente olvida que en la literatura lo único que
|ocurre es el lenguaje mismo. Tanto entusiasmo subraya el
hecho de que esta novela relata viejas situaciones y las trata
según las normas clásicas, buenamente dispuestas para satisfacer a
los lectores. Y esto sí es una novedad: una novela digestible.
El prestigio de la precocidad nos ha llevado a descreer de la
validez de dichas normas: un marco convincente, un tiempo lineal y
un lenguaje uniforme, por ejemplo. En cuanto al marco, Morales
Pradilla abunda en descripciones ajustadas, en inventarios
sartoriales, culinarios, folclóricos, etc., y le permite accesos de
carácter a la geografía, reconociendo la verdad, que debía de ser
abrumadora en esos años, de que ésta toma parte activa en el
acontecer del Nuevo Mundo. Pero actualmente el problema de un marco
es justo eso: ser un marco. Habrá quienes lo consideren hojarasca.
No obstante, de haber cedido al conceptismo, Morales nos habría
privado de otro goce: la sensación de época, esa ilusión de
autenticidad que ahora, en pleno apogeo del género fantástico o del
impresionismo subjetivo, es rechazada en todas partes precisamente
porque sería en el fondo una ficción.
El lenguaje, como ha explicado Morales Pradilla, se vale de los
giros del siglo XVI para los diálogos y es de hoy en el resto de la
obra. Una precisa prosa plana sirve para el efecto, aunque en las
escenas de alcoba revela cierta claridad genital acaso demasiado
moderna, de modo que los fantasmas de estos seres vienen a copular
al siglo XX. Los diálogos, así como algunos personajes (una dueña
procaz, un sacristán perverso, un letrado abstraído -don Juan de
Castellanos- deben lo bueno, la viveza, a la novela picaresca.
También lo malo, entre otras cosas el empleo, tal vez verista aquí,
de donosuras madrileñas o de voces compuestas tales como
|maritornes, gilipollas y demás desastrosos golpes de abanico
con que aquí salimos cuando fingimos creer en la eficacia del
llamado "salero".
Es una obra larga. La reseña es condigna. La propensión actual es
evitar esta postura, por ser la vida corta y copioso el acervo de
las letras.
Pero quizás la primera sería una angustiosa cacería y el segundo
acabaría reducido al juramento si de veras se profesara este
miniaturismo. Nadie que no sea genio podría permitir compilaciones
de sus obras, pues el cambio de títulos o la lectura intermitente
no impiden cierto efecto acumulativo. En los
|Pecados, como
es obvio, hay reiteración y hay rutina; pero no hay ordinariez, que
sería lo reprochable. Si al lector le gustan las lagunas, así las
marcas se batan en piscina, puede bañarse sin pensar en ajustes de
cuentas: la longitud pareja es aquí intensidad, no desperdicio.
Aunque entramos en el terreno de los gustos. . .
En fin, no es esta una "novela histórica". Las
circunstancias y personas verídicas que encierra y la mención de
fechas y topónimos son sólo el concienzudo decorado de un relato
sobre la ambición y la hipocresía. Morales Pradilla no se constriñe
al testimonio. Ironiza además y con pericia; y su ironía abre un
paréntesis, que sólo tiene sentido en el presente. La postura, los
énfasis, la frialdad de
|Los pecados de Inés de Hinojosa
indican que fue concebida a sabiendas de que sería
"polémica". También la simpatía conque Inés y su
corte, pese a sus crímenes y a su propia solapa, son apreciados por
el autor. Porque su humor enfila más bien contra la hipocresía
oficial, contra lo que cortó la vida de estos personajes e impidió
todas las cosas buenas que se iban a colar por las puertas que su
licencia venía abriendo. Morales Pradilla, que ha sido periodista,
sabe que lo peor de esta sociedad, y por lo visto es actitud
inveterada, no es tanto que sea bárbara, rapaz, incontinente o
criminal, sino que se haya inventado, tras ladrona bufona, el juego
y el negocio de fingir sobresaltos cuando estas particularidades se
divulgan. Entonces uno se lo imagina sonriendo socarronamente
cuando lee por ahí que su novela "se ha convertido en tema
obligado de cocteles y demás reuniones bogotanas". Doña
María de Hondegardo sabía hacer escuela.
CARLOS JOSÉ RESTREPO
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