Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 13
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 1987
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 13
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La pertinacia de un escándalo


|Los pecados de Inés de Hinojos»
|Próspero Morales Pradilla

Plaza y Janés, Bogotá, 1986, 588 págs.

La novela |Los pecados de Inés de Hinojosa va completando el derrotero de las novelas nacionales. Reproducida, escoliada, homologada, dio ya la vuelta al ruedo de nuestra prensa dominguera; y el autor ha pulido entrevistas en todas las demás publicaciones que se ocupan de la actualidad porque hay que hacer política. Pero hay algo singular en este caso: también ha sido |ya leída. Por el gran público, apodo lírico de alguna gruesa cifra comercial, que a veces hace caso omiso de la publicidad y se le mide a un producto. Bajo la comunión de la estadística se ocultarán también muchos intelectuales, no existe otro nombre, que a su modo pecaron leyéndola a hurtadillas. La portada del libro, ese cartel de cine rojo, será otro sello del inconsciente colectivo, incluso en el de quienes sin haberla fisgado conocen esta obra de la misma manera que cualquier compatriota conoce Cartagena sin haber ido allá. Así, esta reseña admite llover sobre mojado. Pero es sabido que se fragua una telenovela con el título. Levantará otras polvaredas, no es improbable que el autor pida también la horca para la actriz protagonista. Y uno, por no quedarse sin oficio, se apresura antes o a pesar de que todo el mundo, habiendo disfrutado del último estertor del alboroto, considere el asunto liquidado.

Pasó la hora del elogio o la reprobación. Hablar de hitos es privilegio de los primeros reseñistas, de la casa editora y de los reporteros. Además, en Colombia cada novela marca uno, por el lado que sea. Anularla sería tan sólo ese pudor con que aquí compartimos los éxitos ajenos. Recomendarla o deslucirla carecería de sentido, dada su difusión. Ahora hay que tratarla civilizadamente, como a los vecinos cuando ha pasado cierto tiempo.

Del autor, el tunjano Próspero Morales, se dice en la solapa que "conoce todos los países de América, la mayoría de los europeos, la Unión Soviética y Australia". En la novela, el Judío Errante va de paso por Tunja, es la imagen de bulto que trae el miedo general a la ciudad. Pero si bien la itinerancia no es hoy en día maldición, no se podría tachar de transitorio al libro. El argumento, la vida y desafueros de Inés de Hinojosa, que en la infancia de Morales Pradilla seguían en boca de sus conterráneos y que dieron motivo a un breve episodio de |El carnero de Juan Rodríguez Freyle, maduró |in pectore durante los años en que otras letras y el conferencismo llevaron a Morales al galope. Se trata, pues, de una de esas novelas de toda una vida. Como él ha dicho, germinó en su niñez esta obsesión despertada por el borroso escándalo que murmuraban los adultos. El lento cocimiento es discernible en esta y otras novelas similares y produce un placer especial. Tan raro en esta época, que la desconcertada prensa se deshace en loas cada vez que se publican, maravillada de que una idea estética y no una codicia haya podido taladrar la vida de algún hombre. De vez en cuando un autor declara (y prueba, como en este caso) haber coronado. Y como no se trata del embeleco personal de un amigo borracho, por un rato se exalta a la literatura y de paso se le restituye el añorado final feliz consolativo que tiene prohibido relatar.


La trama, por tratarse de pecados venerables, es simple, previsible y efectiva: doña Inés ambiciona (mejor dicho, se antoja) y fornica hacia la perdición. Como es mestiza del siglo XVI, no queda claro si peca por el lado salvaje o porque fue tocada por el Renacimiento, que salta a estas latitudes con sospechosa prontitud. El sexo de sus hombres se alebresta porque vienen de España, tierra del zapateo y la cornada. Ya son tantas las mozas españolas desfloradas a orillas de los ríos de su literatura, que aquende los mares nos hemos creído tanto pujo. Eso sí, corren ellos las hembras según modalidades culturales. Juan Voto, el músico, de manera quebrada y manierista, pues encarna el renovado espíritu europeo; y Pedro Bravo, encomendero de reemplazo, se planta y se apodera como corresponde a un conquistador. El pobre, comprometido a hincar bandera casi todas las veces que se topa a Inés en la novela. Pero el trío tiene algo en común: el homicidio. Aquí sí podría hablarse de raíces autóctonas. Y como el diablo sopla, Tunja, destino final de doña Inés, se pone en ascuas. Los humos llegan a la pacata Santafé, interesada desde entonces por la parte puramente formal de estos asuntos. Después del juicio, la salacidad y las frescas promesas que acarrea son desterradas para siempre de Tunja.

El libro no es ese bobo pleonasmo, una "nueva novela", empleado por quienes quieren señalar su tradicionalismo. Nueva, dizque porque en los |Pecados pasan cosas. La gente olvida que en la literatura lo único que |ocurre es el lenguaje mismo. Tanto entusiasmo subraya el hecho de que esta novela relata viejas situaciones y las trata según las normas clásicas, buenamente dispuestas para satisfacer a los lectores. Y esto sí es una novedad: una novela digestible.


El prestigio de la precocidad nos ha llevado a descreer de la validez de dichas normas: un marco convincente, un tiempo lineal y un lenguaje uniforme, por ejemplo. En cuanto al marco, Morales Pradilla abunda en descripciones ajustadas, en inventarios sartoriales, culinarios, folclóricos, etc., y le permite accesos de carácter a la geografía, reconociendo la verdad, que debía de ser abrumadora en esos años, de que ésta toma parte activa en el acontecer del Nuevo Mundo. Pero actualmente el problema de un marco es justo eso: ser un marco. Habrá quienes lo consideren hojarasca. No obstante, de haber cedido al conceptismo, Morales nos habría privado de otro goce: la sensación de época, esa ilusión de autenticidad que ahora, en pleno apogeo del género fantástico o del impresionismo subjetivo, es rechazada en todas partes precisamente porque sería en el fondo una ficción.

El lenguaje, como ha explicado Morales Pradilla, se vale de los giros del siglo XVI para los diálogos y es de hoy en el resto de la obra. Una precisa prosa plana sirve para el efecto, aunque en las escenas de alcoba revela cierta claridad genital acaso demasiado moderna, de modo que los fantasmas de estos seres vienen a copular al siglo XX. Los diálogos, así como algunos personajes (una dueña procaz, un sacristán perverso, un letrado abstraído -don Juan de Castellanos- deben lo bueno, la viveza, a la novela picaresca. También lo malo, entre otras cosas el empleo, tal vez verista aquí, de donosuras madrileñas o de voces compuestas tales como |maritornes, gilipollas y demás desastrosos golpes de abanico con que aquí salimos cuando fingimos creer en la eficacia del llamado "salero".

Es una obra larga. La reseña es condigna. La propensión actual es evitar esta postura, por ser la vida corta y copioso el acervo de las letras.

Pero quizás la primera sería una angustiosa cacería y el segundo acabaría reducido al juramento si de veras se profesara este miniaturismo. Nadie que no sea genio podría permitir compilaciones de sus obras, pues el cambio de títulos o la lectura intermitente no impiden cierto efecto acumulativo. En los |Pecados, como es obvio, hay reiteración y hay rutina; pero no hay ordinariez, que sería lo reprochable. Si al lector le gustan las lagunas, así las marcas se batan en piscina, puede bañarse sin pensar en ajustes de cuentas: la longitud pareja es aquí intensidad, no desperdicio. Aunque entramos en el terreno de los gustos. . .

En fin, no es esta una "novela histórica". Las circunstancias y personas verídicas que encierra y la mención de fechas y topónimos son sólo el concienzudo decorado de un relato sobre la ambición y la hipocresía. Morales Pradilla no se constriñe al testimonio. Ironiza además y con pericia; y su ironía abre un paréntesis, que sólo tiene sentido en el presente. La postura, los énfasis, la frialdad de |Los pecados de Inés de Hinojosa indican que fue concebida a sabiendas de que sería "polémica". También la simpatía conque Inés y su corte, pese a sus crímenes y a su propia solapa, son apreciados por el autor. Porque su humor enfila más bien contra la hipocresía oficial, contra lo que cortó la vida de estos personajes e impidió todas las cosas buenas que se iban a colar por las puertas que su licencia venía abriendo. Morales Pradilla, que ha sido periodista, sabe que lo peor de esta sociedad, y por lo visto es actitud inveterada, no es tanto que sea bárbara, rapaz, incontinente o criminal, sino que se haya inventado, tras ladrona bufona, el juego y el negocio de fingir sobresaltos cuando estas particularidades se divulgan. Entonces uno se lo imagina sonriendo socarronamente cuando lee por ahí que su novela "se ha convertido en tema obligado de cocteles y demás reuniones bogotanas". Doña María de Hondegardo sabía hacer escuela.

CARLOS JOSÉ RESTREPO