Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número 33, Volumen XXX,
1993
La vida de papel
Omar Rayo
Seguros Bolívar (dirección editorial. Ivonne
Nicholls), Bogotá, 1990, 170 págs.
Triste que las publicaciones y el esfuerzo de la empresa privada
se dediquen a obras de tan poco vuelo. Omar Rayo fue elegido para la publicación anual de
Seguros Bolívar de 1990, empresa que poco a poco ha ido realizando un registro del arte
colombiano. Hablamos de registro porque son libros visuales donde los textos cortos
generalmente no abarcan una biografía completa del artista ni una visión crítica de la
obra. Se trata más bien de fragmentos sueltos de diversos autores que recorren con alguna
libertad, que obviamente resulta arbitraria, algún aspecto de los artistas.
Es este caso es un libro diseñado por Rayo, ilustrado por Rayo y
para Rayo y, por variar, con una nota de su esposa Agueda Pizarro de Rayo. La
diagramación la realizó Carlos E. Rodríguez, pero tiene adentro todos los defectos de
la obra del artista, lo que indica una buena interpretación del árido trabajo en que se
quedó sumido Rayo. La geometría simple y repetitiva de los cilindros, de los tubos y los
origamis. Milagrosamente, el libro mismo no es plegable.
Los textos de José Font Castro, Juan Gustavo Cobo, René Rebetez
y Juan Manuel Roca tocan diversos aspectos de su vida y su obra, cuyos mínimos créditos
desaparecen ante la majestuosidad de la alabanza. Los títulos hacen parte de
una orquesta sonora que recorre épocas: La primera, el maderismo y bejuquismo trata
de involucrar-lo con el movimiento intelectual de los años cincuenta que se gestó en el
cafi El Automático, en donde él sólo era un extraño observador distante y tímido que
presenciaba de lejos las conversaciones de los demás. Bien lo dice Font Castro cuando
anota que los asiduos tuvieron que descubrir que no era un "calentapo, ni era de
Buga, ni poeta, ni costeno, ni mucho menos bobo. Se trataba de Omar Rayo, un joven
dibujante de Roldanillo". Para que las suposiciones existieran debía haber algún
fundamento porque aunque las apariencias engañan no podían estar tan
equivocados. Desde otra mesa, Rayo hacía retratos a los contertulios, éstos lo aceptaron
finalmente y su ego creció. Ese es el primer capítulo: Rayo, el intelectual distante que
retrata.
El segundo capítulo de Juan Gustavo Cobo habla de la
"Elipse Americana", el bejuquismo surrealista y ondulante que viene de la
interpretación visual de la guadua, pasa a la ilustración dulzona y al dibujo. Los años
pasan para el provinciano de Roldanillo que logra ubicarse, después de un período
indigenista, en la panacea de la geometría norteamericana.
Con los años sesenta llega el auge del grabado, producto de las
rebeldes circunstancias sociopolíticas del momento latinoamericano. En Rayo se destaca de
una forma insólita su empeño personal. Con el grabado y las raíces del budismo aparecen
sus intaglios, para Colombia "innovadores, pero realmente en esta época de la
vida resultan un juego de impresión aburrido. Son como pliegues de servilleta a los que
se les imprime una dinámica menos "casera" con la lúdica visual de las
figuras. Paradojas de nitidez, imágenes que seducen por la facilidad visual de su
contenido, o mejor, por la falta de éste. Son relieves de papel para cerebros de papel,
que áun perduran en la lucha del comercio. Como el mismo Cobo Borda lo dice "Trampa
al ojo: una expresión válida para referirse a su trabajo" - Bajo la influencia de
Oriente, deja los intaglios por los origamis. De la tijera al pubis y del relieve
geométrico al nudo.
"Omar, el alquimista" es el texto de René Rebetez. Son
recuerdos de un viejo amigo mexicano que se introyecta para pensar en la obra como
él mismo dice. Descubre a la persona que triunfa con su geometría y que habla para él
de una experiencia interior, la que resulta incomprensible. Es un texto amable, de amigo,
lleno de anécdotas y de intentos por explicar la magia de la creatividad.
"El territorio plástico de Rayo" por Juan Manuel Roca,
es la lírica al servicio de una explicación de "nudos y desnudos", de
"pliegue y repliegue", "de la visualización de lo visto", "de
los yelmos y laberintos, de escudos y templos", de blancos desnudos y negros
profundos en unos cuadros que son, según Roca, "un caleidoscopio que se anuda y se
desnuda". Al final queda el sentimiento de que se han pronunciado demasiadas palabras
en honor del vacío.
JUAN SIERRA |