Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 33, Volumen XXX, 1993

Por fin para muy poco


Epífanos. Las semillas del tiempo
Juan Carlos Botero
Editorial Planeta, Santafé de BogotA, 1992,295
págs.

Es extraño encontrar clásicos en la literatura, si por clásico entendemos a alguien que no ha publicado más que pocos cuentos en periódicos locales y de quien se ha escrito y se habla como una figura en la literatura joven del país.

Ahora Juan Carlos Botero publica su primer libro. Enfrascado en el problema de rescatar "una alternativa literaria, fresca y exigente" inventada, según él, por Emest Hemingway, perdida en el olvido y bautizada por Botero como "epífanos’.

Se pregunta uno: ¿no es el oficio del escritor expresar; resolver un mundo que tiene adentro y dejarlo impreso? El reto consiste en tener el coraje y la disciplinapara narrar, para transcribir. Esto, unido al talento y la apreciación que logre trasmitir con las palabras, es la suma para un buen libro. Varios libros, o uno que excepcionalmente resuma todo esto, forman un escritor. No es escritor quien no haya sido leído. Sólo lo publicado es parte del mundo de las letras.

Botero se enreda en el hecho de haber creado un sistema literario; o de haberlo rescatado, da igual. Se limita. Su posibilidad de expresar se ve frenada por conservar algo —un molde— que ni siquiera es un método de trabajo, sino que se impone a sí mismo como único medio para expresar sus ideas.

Montaigne no se sentó a escribir pensando cómo inventaba el ensayo en la literatura, ni Cervantes, como lo cita Botero, pensó en inventar la novela moderna. Estaban en el oficio por el placer del oficio.

Un premio literario no necesariamente consagra a su ganador como un buen escritor. El problema de los géneros es un problema para profesores. Los académicos y los críticos son quienes, decenios o siglos más tarde, clasificando el conjunto de obras y autores, inventan los géneros literarios.

La literatura es una tortura para quien se dedica a ella. Un autor es esclavo de sus intentos. Los fantasmas de su vida van impresos en el papel encuadernado. Impresos, no lo abandonanjamás y están fijos hasta el final. Aunque para algunos es "fácil" escribir, me refiero en términos de tortura al oficio de las letras: al escritor sus obsesiones lo llevan a la soledad, a la neurosis, al destino íntimo del oficio más solo de la tierra. La farándula no provoca hechos imprescindibles en la historia del arte.

Las anécdotas, más sangrientas que otra cosa, de este libro no pasan de ser un ejercicio de taller. Dejan ver una disciplina de trabajo como tarea de un estudiante aplicado, con la necesidad imperiosa —y superflua para el lector— de hacer notar todos sus conocimientos y sus habilidades como traductor: "la traducción del original es mía".

Umberto Eco, en su libro Apostillas a El nombre de la rosa, dice: "El autor no debe interpretar. Pero puede contar por qué y cómo ha escrito. Los llamados escritos de poética no siempre sirven para entender la obra que los na inspirado". Aunque Botero explica en su epílogo que no se trata de un texto complementario a sus "epífanos" y que no pretende explicar nada sobre su libro, acaba haciéndolo. "Nuestra investigación" —como la llama— termina como una explicación grandilocuente y reiterativa. La literatura causa bien como causa mal. Alguien con la disciplina de Juan Carlos Botero, con el destino que le espera, debe estar atento a qué publica.

JUAN SIERRA