Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 33, Volumen XXX, 1993

El pasado en presente


Momentos y perfiles de la historia universal
Abelardo Forero Benavides
Banco de la República y Uniandes,
Santafé de Bogotá, 1993, 3 vols.

No deja de llamar la atención que esta decorosa edición —a la cual si acaso habría que reprocharle algunas comillas mal puestas— no es más, en últimas, que una buena antología de textos que ya habían sido publicados en otros libros, algunos de ellos misteriosos e inencontrables, como son Ocho momentos de la historia universal (1967-1968), Cromwell y Rousseau (1966), El siglo XX, galería de sombras (1978) y Grandes fechas (1979). Y no deja de llamar la atención, porque es sorprendente la poca divulgación editorial, por no hablar de la parquedad de ediciones que ha conseguido alguien que es considerado entre nosotros como el mayor ‘vulgarizador’ —en el buen sentido de la palabra— de la historia y de los valores de una sociedad. Se me antoja que es como si, en fin de cuentas, consideráramos que el personaje del sabio debe estar ahí, presente, ‘el pasado en presente’, cubriendo con su manto de serenidad nuestra vida, en la pantalla del televisor si acaso, pero que en el fondo no lo debemos tomar muy en serio, y que ni siquiera vale la pena editarlo.

El primero de los tres tomos resulta para mí el más interesante. En el prológo de Juan Gustavo Cobo Borda, cuya repetición en los otros dos volúmenes resulta superflua, puesto que la obra no se comercializó sino en bloque, se hace resaltar la epigramática y proverbial capacidad de síntesis y el poder de una mente "que resume dilatadas lecturas en el ámbito de una escena única". Nacido en Facatativá, en 1912, el "doctor Abelardo", como cariñosamente lo llaman sus discípulos, ha sido entre nosotros, con su "sempiterno bastón al cuello y sus elegantes ademanes episcopales", la encamación misma de la figura del sabio. Preferiría callar que ha sido ocho veces representante a la Cámara, si no fuera por su explicación de su retiro de las lides parlamentarias: "porque ya no había con quien conversar". Más interesante me parece hacer resaltar que fue fundador y director de Sábado y que ha sido precisamente, más que el gran orador de sus años mozos, un gran conversador de siempre, que nos regala con su habitual nonchalance trazos de historia viva en los que se mezclan con gracia y dóñaire expresiones del Quijote o del maestro De Greiff, siempre apoyado en lecturas de esas que "ya no se consiguen" y que acaso no ha leído nadie más que él entre nosotros.

Creo quelas páginas de Abelardo se caracterizan, si hubiera que caracterizarlas por algo, por una mirada fija en un instante, por un momento, por un perfil. Acertadísimo el título. Nunca se aparta de su meta, que es siempre un hecho particular o un personaje definido. Acaso explore sus antecedentes, pero siempre limpiando de hojarasca todos los alrededores. Un personaje como Guillermo II, por ejemplo, carece para él de toda densidad intelectual; luego pronto lo abandona. Creo que en su misma concepción, no le interesan muchos aspectos de la historia; sabe que la vida y el estudio son cortos y quiere contaminarse, empaparse únicamente con lo esencial, fijar modelos y sacar conclusiones prácticas. No importa, parece decimos, que no sepamos nada del reinado de Luis XVI, por ejemplo, para que podamos leer sobre la Revolución Francesa; resuelve el problema partiendo de la trivial historia del collar de la reina, luego nos adentra en la figura atrayente de Mirabeau, y de tal modo la presenta, que el lector colombiano (o, en los últimos años, el televidente), a menudo ignorante pero curioso, es capaz de leerlo y de disfrutar por su intermedio de los Napoleones, Bolívares y demás personajes que han hecho la historia universal.

El examen del mundo eslavo, cristianizado a la fuerza por Bizancio, con sus rasgos de crueldad sombría y de falta de espíritu caballeresco, resulta particularmente estimulante como aperitivo para el resto de la obra, en la que desfilan los retratos de Cromwell, el aventurero místico y fanático que no hablaba sino en nombre de la Biblia, y de Carlos I, ese intolerante indeciso sobre cuya cabeza, escribió el viejo León, "llovió la ducha fría", con todo el drama de una muerte anunciada, con todos los intríngulis de tragedia shakesperiana, guerras, intrigas palaciegas y batallas perdidas. Sigue una admirable reseña sobre la vida y la obra de Rousseau, ese creador de los grandes mitos democráticos, así como una página acerca de Abraham Lincoln y la extraña fuerza moral que irradia de su melancólica figura. Se cierra este volumen con un escalofriante documento sobre los orígenes de la primera guerra mundial. Y digo escalofriante, porque su terrible actualidad nos pone los pelos de punta. Parece que hoy revivieramos los mismos hechos: la piedra de la discordia en Sarajevo, la lucha de Servia y de Bosnia-Herzegovina, frases como la del káiser Guillermo II, que podrían haber sido pronunciadas en la sesión de ayer en la Onu: "Servia no es un Estado en el sentido europeo de la palabra, sino una banda de asesinos" y que agrega, con el mismo ignominioso cinismo con que lo hace el nuevo Hitler ruso que hoy despunta: "Hay que barrer a los servios y rápidamente". Como siempre, los unos pecan por irresponsables y los otros por demasiado cautelosos... Es el destino de un Nicolás II, dominado por su esposa y por Rasputín, el mujik crapuloso: "Era un hombre débil obligado a realizar un gobierno fuerte [..,I Tenía una sola condición de auténtico Zar: la insensibilidad [...]".

A Abelardo le agrada leer a los grandes profetas históricos: Tocqueville y su pasmosa profecía sobre el futuro poder de rusos y norteamericanos, las páginas de brillante razonamiento de Bainville, al final de la "Primera Guerra Hiperbólica", que parecen escritas al final de la segunda. Tras leer este agradabilísimo volumen me queda la sospecha de que la historia sí nos enseña algunas cosas: por ejemplo, que siempre habrá que desconfiar de Alemania, y que toda frontera es un polvorín; que basta una pequeña mecha para que todos los colombianos se odien, por ejemplo, con todos los venezolanos. En lo único que subsiste la integración —lo dice el propio Abelardo- es en el odio, un "odio grancolombiano".

"Las revoluciones no se presentan de manera arbitraria, ni en la historia se producen súbitos saltos". En una frase ha resumido un pensamiento, una enseñanza: "Toda revolución concluye con la aparición de un soldado de fortuna que a fin de cuentas es el único capaz de morigerar sus ímpetus".

"Descubrimiento y rapto de América" (Grandes fechas, 1979) inicia el primer tomo de Momentos y perfiles de la historia de Colombia. Se trata de un museo de curiosidades en el que encontramos los curiosos testimonios antiamericanos de Corneille de Pauws, quien llega a afirmar que en este continente "los animales pierden la cola, los perros olvidan ladrar, la carne de vaca se hace estoposa y los genitales de los camellos dejan de funcionar". Vemos allí a una Europa "celosa como una hermana mayor a la que se da la noticia de que ha nacido una hermana más joven". Dijo Joseph de Maistre: "Nos citan a América, no conozco nada que me impaciente tanto, como las alabanzas que se prodigan a este niño en pañales: dejadlo crecer"[. . .] Personalmente —y no creo sano hacer extensible mi opinión a otros lectores— creo que así como Abelardo excele en los escritos cortos, en el fragmento admirable, decae un tanto cuando se entremete en obras de gran aliento; me parece que no le sientan bien a su estilo y temperamento. En estos tres volúmenes me inquietan e incluso me aburren los largos estudios sobre Nariño, sobre el 20 de julio y en general sobre todo el proceso de gestación de la Independencia. Lo tedioso no es la narración; para mí, son los hechos. Se me hace pesado por demasiado prolijo. Quiero, eso sí, advertir que es el período que menos me interesa en nuestra historia, porque casi todo me suena falso en él. Es la era de los héroes, de los mitos. Son episodios en los que no veo gran. deza por ninguna parte. Supongo y acepto que todo pueblo forje y crea en sus mitos. Otra cosa es que yo los acepte. Y a sabiendas de ganarme la animadversión de los cantores de nuestro júbilo inmortal, me resulta molesta en estas páginas la figura perseguida de don Antonio Nariño, más digna de piedad que admirable, a cuya estampa romántica siempre se me ocurre pertinente aplicarle la frase lapidaria de Bernard Shaw: "Ser maltratado no es un mérito". Me molesta su ingenuidad, su falta de juicio al imprimir clandestinamente los Derechos del Hombre, ¡en una de las dos imprentas de la ciudad! Y me sorprende la falta de grandeza de su disculpa: quería hacer pasar los libelos como traídos de España, ¡para venderlos mejor!, esto es, como cualquier revendedor de Sanandresito que está tratando de hacer pasar mercancía nacional por mercancía importada. No hay en ese gesto ni un asomo de patriotismo, ni de odio a España, ni la creencia en que lo que estaba haciendo era subversivo, ni pensaba en igualdad, ni en libertad, ni en nada. Ni siquiera es un acto de resentimiento, aun si lo exoneramos de la acusación por desfalco a la caja real de diezmos, por la que, según el profesor Uprimny, nunca se dictó sentencia condenatoria. Entiendo que con razon los abogados, empezando por don Camilo Torres, le sacaran el cuerpo a su defensa. Sé de sobra que abundan los apologistas de nuestros próceres, con la consiguiente diatriba personal contra los detractores, malagradecidos que somos con quienes nos dejaron el legado de una patria. ¡Qué le vamos a hacer si no consigo admirar al personaje, por más que me arguyan sus muchos padecimientos, hambre, miseria y dolores y su figura de anciano perseguido ante el Congreso de 1823!

Los comentarios de Abelardo son penetrantes y no tiene reparos en desentrañar la verdad histórica. A propósito del 20 de julio escribe: "Las grandes figuras no tuvieron una conciencia inicial de lo que hicieron después. Y no se les puede censurar, porque lo que hicieron después no lo hubieran hecho antes". Sabe bien, y lo repite, que el 20 de julio en Santafé se engendra en el 6 de mayo de 1808 en Bayona y que los hechos en América son de algún modo ecos apagados de aquél... Pero también nos recuerda que el acontecer histórico proviene de una multiplicidad de causas: "Todos esos hilos invisibles de la historia, producen el cortocircuito. Y la cuspa se enciende en el cristal gastado de un florero".

En uno de los mejores textos adviene que no se puede estudiar la independencia si no se va a las fuentes esenciales, que son las cartas. Vemos allí al general Juan José Flores: "Escribe con una despiadada crudeza, como lo haría un tigre si escribiera". Abelardo se toma el trabajo de encadenar las cartas dispersas. El resultado, lo confiesa, lo deja fascinado y aterrado a un tiempo. Su lectura arroja serias dudas sobre Florentino González (sobre su carácter, no sobre su inteligencia). Acerca del espinoso asunto del origen de los partidos tradicionales dice muy acertadamente: "En este punto no existe derecho a hablar generalizando sobre los orígenes de los partidos, en referencia a Santander y al Libertador, porque ninguno de sus ideólogos originales fue bolivariano y, en una contienda civil decisiva, el bolivariano apareció como caudillo liberal y el septembrino como presidente conservador" (pág. 242). De las Ibáñez apunta que fueron "mecidas en su cuna por todas las gracias, menos la de la ortografía". Observa además que Bolívar, sobre un mismo hecho, emitía juicios contradictorios (ya Germán Arciniegas había escrito que se contradecía con un entusiasmo raro).

Los caudillos escriben con la mayor hipocresía y la mayor franqueza... "Pasma su capacidad de disimulo y su capacidad para decir la bronca y abrupta verdad". "Todos pertenecen a un bando, están matriculados en el recelo o en la envidia. Esa es la lección terrible de esas canas".

Prosigue el libro con el estudio de las vidas paralelas de Obando y Mosquera, ese ser "contradictorio en fin, como su vida, como la vida". Núñez aparece luego como un intolerante enemigo de la intolerancia, si es que es válida la paradoja.

Los hechos nacionales del siglo XX se encuentran glosados en el último volumen. Allí está narrado el golpe de estado a López en 1944, con ese rasgo tan suyo de dormirse en el carro mientras regresa a Bogotá y su gobierno tambalea. Sobre Laureano Gómez, Abelardo escribe: "No puede vanagloriarse de lo que ha hecho, sino de lo que ha impedido hacer"; de Gaitán nos cuenta que "hablaba como un embolador inteligente", y anota que Gilberto Alzate "quería descuartizar entre sus mandíbulas al interlocutor que no estaba de acuerdo con él". Un largo artículo que aparece en este libro y que regularmente es reproducido en los periódicos es una de las piezas claves en la reconstrucción del 9 de abril. A propósito del episodio del llamado de los jefes liberales a palacio, por el presidente, el autor tiene su propia versión; la verdad, según él, es que sí fueron llamados, pero que no fue Ospina quien los llamó, sino Camilo de Brigard Silva, en un rasgo de "patriótico abuso". Igualmente, reflexiona, en manera alguna puede ser considerado aquel día como una revolución; más bien se trató de "un conmovedor y cómico carnaval de la miseria".

Episodio hoy poco recordado es el de otro día aciago, el de la violencia sangrienta en la Cámara el 8 de septiembre de 1949, una de cuyas víctimas, la más ilustre y triste, fue Jorge Soto del Corral, muerto cuatro anos más tarde, por las secuelas de una bala perdida aquella noche.

La dictadura de Rojas Pinilla es calificada por Abelardo como un caso único en la historia: "Rojas Pinilla no necesitó para llegar al santuario del poder, el forzar una puerta, el tocar un timbre, el hacer un tiro. Entró como a casa propia y en el umbral el expresidente lo recibió con la más amable de sus sonrisas".

Magistral se me antoja, en fin, acaso por el chisme personal, con visos literarios, el perfil que traza de Roberto Urdaneta Arbeláez, ese diplomático nato, miembro de la "holguinarquía" reinante, que accede a la presidencia a punta de almuerzos. "Los almuerzos y las comidas tienen su repercusión y su importancia en el desarrollo de la política. Todo se arregla o se descompone en los almuerzos. Hay especialistas en ofrecerlos y especialistas en recibirlos". Urdaneta habría llegado a ser presidente, según el aquí un tanto chismoso autor, para tener el placer de escuchar el himno nacional al llegar a los banquetes. Quiero cerrar esta reseña con este relato que hace Urdaneta al cronista: "Los conservadores sostienen que yo no le he prestado servicios a mi partido. Pero eso no es cierto. ¿Ves ese canapé...? Que me sirva de testigo. Cuando Alberto Lleras fue nombrado presidente de Colombia por primera vez, yo insistí con Laureano Gómez para que se entrevistara con él. Se mostró muy renuente. La primera vez que los reuní predominó el hielo. La segunda vez estuvieron más cordiales. La tercera vez me retiré con prudencia para que pudieran besarse tranquilos".

LUIS H. ARISTIZÁBAL