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Boletín Cultural y Bibliográfico
, Número 33, Volumen XXX,
1993
Mucho título y pocas nueces
Los imaginarios y la cultura popular
José Eduardo Rueda Enciso (comp. y editor)
Cerec-Coder, Santafé de Bogotá, 1993,223 págs.
Bajo un título muy
ambicioso y prometedor, ajustado a las nuevas tendencias de la investigación histórica y
antropológica, se recogen doce ponencias presentadas al simposio "Cultura popular e
historia de las mentalidades en el proceso de formación de las Américas", dentro
del VI Congreso Nacional de Antropología.
Para el compilador,
"cultura popular es la cultura del pueblo, de las clases subalternas, y que tiene un
lenguaje distinto, una dinámica propia que responde a sus necesidades, una cosmovisión y
sociovisión diferente" (págs. 16-17). El mayor enemigo de la cultura popular es,
según el mismo autor, la cultura de masas, "pues ésta además de ser expresión de
dominación a nivel popular del imperialismo cultural, sus contenidos invaden a la cultura
popular con mayor facilidad y resultan más nocivos, más destructivos, que los de la
cultura ilustrada" (pág. 18). El marco teórico que ninguna ponencia discute o
analiza, queda planteado como el viejo y simplista juego entre el bueno-víctima (la
cultura popular) y el malo-victimario (la cultura de masas).
En la sección "Lo
divino y lo humano" se encuentran las pocas nueces del libro. Nueces que en la
mayoría de los casos son esbozos excesivamente cortos unas veces y alargados en otras.
Allí, como en todo el libro, está presente el vicio académico de tener que desplegar
alguna teoría para poder analizar "la realidad", con lo cual ella queda
envuelta en un ropaje que termina eludiéndola.
Pero están también en
esta sección los temas más novedosos y sugestivos. Demasiado somero es el trabajo de
Marcos González sobre el calendario festivo, en el que traza una interesante reserva
histórica de los días festivos en Colombia, sin que las famosas mentalidades populares
hagan aparición en escena. El mejor de todos los trabajos del libro es el de Cecilia
Henríquez sobre el Sagrado Corazón y su papel en la iconografía popular al servicio de
intereses políticos. Tomando como referencia el período 1867-1960, en el que surgió, se
consolidó y declinó el poder iconográfico del Sagrado Corazón, la autora define el
papel que cumplió esta imagen, de origen francés, e integrada, en distintos órdenes, a
la vida privada y pública de los colombianos. Con buena documentación muestra, en los
discursos religiosos y políticos de la época, la función que cumplió en la
unificación nacional como símbolo de pacificación antes que de imagen milagrosa.
El texto de Ernesto
Salazar "Rito religioso y rito secular en una fiesta ecuatoriana", aunque un
poco fuera de lugar por su contexto geográfico, es una interesante aplicación del
método de la llamada antropología simbólica a la fiesta del "setenario",
celebrada en honor del Santísimo Sacramento en Cuenca. Amparo Ibáñez, en "La
obediencia, fuente de poder", tal vez sobreestima el concepto de obediencia como
supuesto centro del enfrentamiento entre los masones y los jesuitas de mediados del siglo
XIX. Lo primero que debe demostrar la autora es la premisa de que parte, y no parece
conveniente pasar por alto la exploración de posibles causas económicas como
contribuyentes a este conflicto. Con todo, allí se encuentra una buena reconstrucción de
los argumentos del debate.
"Bordes, pliegues,
símbolos e imposiciones" es el título de la segunda parte, acertado, pues la
mayoría de los textos sólo "bordean" el tema o se quedan atascados en los
"pliegues". Se abandona el análisis específico de temas o casos y se pasa a la
teorización. De "Cultura y contracultura en América Latina", de José Daniel
García, veamos una muestra: "El sistema imperante mundial pervierte las simbologías
contraculturales mediante el fetichismo de la mercancía hasta reducirlas a subculturas de
consumo, que son las manifestaciones más violentas y sutiles del desarrollo de la
industria cultural en el mundo y América Latina" (pág. 93). En su discurrir, afortu
nadamente corto, lleva al
lector a la siguiente conclusión: "La cultura y el arte deben conducirnos a un nuevo
mapa de lo invisible, a una modernidad como proyecto realizable y no corro proyecto de
causa perdida[...]" (pág. 98). Bueno. ¿Pero dónde están los ma-, gimamos y la
mentalidad colectiva? Partir de teorías para hacer más teoría sigue siendo una
debilidad entre cienos "cientistas" sociales que eluden así la realidad para la
que dicen elaborar modelos de interpretación.
En "Imaginarios
urbanos en América- Latina", Armando Silva hace una exposición informal y hasta
improvisada acerca de sus investigaciones so~ bre el tema. Aunque muy general, acaso se
pueda tomar como ejemplo de cómo es posible integrar la reflexión teórica con la
llamada evidencia empírica. José Arteaga intenta, en Las ciudades de la noche
roja", reconstruir los mensajes de violencia en la salsa, Tematiza situaciones de las
letras, identifica los personajes pero no supera la enumeración y la simple
descripción. De nuevo el asunto prometido en el título se disuelve en el aire, como
igual se disuelve en sus propios pliegues el texto de Patricia Téllez. Melodrama e
identidad. Muchas bipolaridades, tras disciplinariedades, articulaciones, entronques.
Generalidades y vaguedades para un tema como las telenovelas, esencial en la cultura de
masas y/o la cultura popular y/o en las mentalidades y los imaginarios.
La segunda parte termina
con un recuento de Manuel Hernández sobre el bogotazo y la Universidad de los Andes y con
una reseña histórica sobre la creación de los departamentos de antropología "en
Colombia", aunque Rueda Enciso sólo se refiere a Bogotá. Este ultimo texto también
esta fuera de lugar en el libro, y es aprovechado por el autor para descalificar
injustamente a Gerardo Reichel Dolmatoff, con términos impropios para un debate
académico.
La tercera y última parte, con el
inopinado título de "Oralidad y región incluye dos heterogéneos ensayos: una
propuesta de desarrollo cultural para el Ariari, un texto sobre "Control social,
matrimonio y resistencia popular", en realidad un conjunto de suposiciones y
teorizaciones ilustradas precariamante con los registros de matrimonio de la iglesia de
las Aguas en Bogotá.
Ojalá el libro no sea
una muestra representativa de los estudios sobre la cultura en Colombia. Sus pocos
aciertos, la mayoría más bien esbozos que trabajos acabados convincentes, y sus
múltiples incertidumbres no hacen favor al llamado auge de las ciencias sociales en el
país. Ciertos autores de hoy, como otros de ayer, están embebidos, por no decir
indigestos, con modas intelectuales del momento, mezcladas indiscriminadamente con los
esquemas teóricos imperantes hace dos y tres decenios, y se muestran en sus trabajos
incapaces de una necesaria y personal digestión.
SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ
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