Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 33, Volumen XXX, 1993

 

La guerra y el arcano


El arte de la guerra del maestro Sun Tzu
Sun Wu (introducción de Fernando Arbeláez)
Elektra, Santafé de Bogotá, 1992, 2a. edic., 124 págs.

El sello Elektra de Tercer Mundo Editores se ha especializado en temas esotéricos, misteriosos o insólitos. En realidad, distinguen entre "Lo insólito", como se llama una de sus colecciones, las ciencias ocultas en general y lo que ellos consideran los "clásicos". ¿Cuáles pueden ser los clásicos de lo esotérico y lo insólito? El tarot, el I Ching y este Arte de la guerra del legendario y oscuro maestro Sun Tzu. Y uno no puede dejar de preguntarse de dónde les viene a estas obras el carácter que las hace dignas de ser consideradas como clásicos de la esotérica.

Ni el I Ching ni El arte de la guerra son ni fueron textos esotéricos. En realidad provienen de enseñanzas abiertas que antiguos sabios chinos transmitieron a sus discípulos inmediatos y que éstos difundieron por todo el mundo de influencia china. Que en señanzas de esta naturaleza sean inclui das en una colección bibliográfica de temas ocultos no demuestra el carácter de esas obras sino la distancia que: separa impermeablemente las supuestas culturas oriental y occidental. Y entonces la pregunta que queda flotando es la del posible acceso del hombre occidental a esas enseñanzas, a esa visión del mundo, a través del medio masivo —y limitado— del libro. El I Ching y el Dao de Ying son experiencias humanas profundas, como cualquier otra experiencia humana. Acercarse a ellas desde otro mundo y otra tradición seguramente no es labor imposible, pero requiere cierta educación, no digamos en el tiempo, pero sí en el espacio propio de esas culturas, en su propio lenguaje. Todo ello supone que su transcripción, su transcripción de un mundo a otro mundo, consiste ante todo en un trabajo íntimo desde ese espacio y ese lenguaje.

El arte de la guerra del maestro Sun Tzu es una serie de máximas y principios basados en las enseñanzas del I Ching y del Dao de Ying, éste último muy posterior al primero. No es, por lo tanto, el producto aislado de la mente de un estratega militar chino —el maestro Sun Tzu— sino la aplica. ción de esas doctrinas éticas a la listé. rica realidad de la guerra. La guerra, entonces, no es una disciplina autónoma de la gran tradición, digamos más ética que religiosa, del hombre chino, Es una disciplina humana, no el pro. ducto del azar y de las circunstancias históricas.

En todo este manejo conservador de una tradición, los nombres son puntales apenas hermenéuticos: Sun Tzu, Sun Wu (de quien no sabemos por la introducción si forma parte ya de la tradición escrita), Sun Pm ("quien estableció el texto actual"), Mu Du, Cao Cao, Wang XI, Femando Arbeláez. El introductor colombiano no es un escoliasta del texto que presenta, así como tampoco nos deja saber gran cosa sobre la procedencia de la versión castellana. Sólo es clara la intervención primaria de Sun Tzu —cuyo texto aparece negrillado—, pero nos confunde el tratamiento de autoría que se le da a Sun Wu en la parte superior de la portada del libro transcriptor?, ¿enlace entre Sun Tzu y sus glosadores?). Arbeláez, sabemos, vivió un buen tiempo entre los chinos, y su obra poética ha registrado un visible influjo chino. Es de esperar, entonces, que bajo su cuidado la edición resulte relativamente fiel a su origen. Sin embargo, aquí no funge como editor, y ese es otro dato que invita a nuestras sospechas o que presenta de antemano este tipo de ediciones sin la seriedad que requieren.

Por lo demas, arriesgados en la empresa de lectura de una obra como El arte de la guerra, sabemos que nos metemos en varias lecturas: la de Sun Wu, la de los escoliastas que éste (?) cita y las que pueden haber hecho los traductores a lenguas modernas del texto básico. Esas muchas lecturas sin duda han mantenido el sentido original de la guerra china, según los conocimientos de Sun Tzu. Esa guerra dista mucho de la guerra moderna, no sólo por los recursos técnicos actuales sino porque esta guerra carece de toda humanidad y del sentido del orden que concibe el I Ching. La estrategia militar moderna puede ofrecer un orden pero no un sentido, pues ese orden se orienta tan sólo hacia la consecución de una hipotética victoria, por encima de su significado humano.

Sun Tzu concibe una guerra que es ante todo conciencia de límites. El guerrero chino —entiéndase general o estratega— debe primero adaptarse a un entorno: naturaleza, tiempo, enemigos, provisiones, ejército, pueblos vecinos y, sobre todo, una ética. Li Quan lo prevé comentando al maestro Sun: "Cuando se usa armonía para aplacar la oposición, cuando no se ataca a un pueblo intachable y no se toman botín o cautivos en todas panes, nise destrozan los árboles, ni se envenenan las aguas y, más bien, se purifican los santuarios de las aldeas o de las montañas por donde pasan las tropas, es decir, cuando no se cometen los errores de una nación moribunda, esto es lo que se llama la Vía y sus reglas". La Vía. Una de las grandes enseñanzas del I Ching: un orden, una armonía, un sentido de los límites. Esa filosofía es el secreto último del guerrero chino. Por eso asegura el maestro Sun que ‘los buenos guerreros buscaron primero su invulnerabilidad y, luego, la vulnerabilidad de sus enemigos". La guerra se gana, muchas veces, sin ir a la guerra. Es un estado de equilibrio que, en su realidad más ideal, impide la confrontación, su necesidad.

Semejante lección, posible tal vez en una visión del mundo capaz de dominar los elementos con mayor facilidad que la nuestra, resulta del todo incompatible con nuestra historia. Pero ésa sería una lectura errónea de El arte de la guerra. Para nosotros la guerra es una equivocación, para otros —de nosotros— un "arte" que se ejercita en el conflicto. Sun Tzu hablaba de otra cosa.

OSCAR TORRES DUQUE