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Boletín Cultural y Bibliográfico
, Número 33, Volumen XXX,
1993
De culpas
y justificaciones
Las
trampas del exilio
Oscar Collazos
Editorial Planeta, Santafé de Bogotá, 1993, 164
págs.
De
nada sirve culpabilizarse o justificarse. Esto se lo digo yo al protagonista de la novela Las
trampas del exilio. Pobre Jacobo Weissmann, tanto sufrimiento para nada, para dejarnos
en manos del doctor Soler. "Así que, doctor Soler, haga usted lo suyo"
(pág. 164). Así termina la novela. Frenamos en seco después de venir a un ritmo que se
acelera en los últimos capítulos donde se desencadena el suspenso, un suspenso logrado.
"El
lector se dará cuenta que Collazos se separa radicalmente de las anteriores propuestas
narrativas" nos dice la cubierta del libro. Esta es la primera novela que leo del
autor y como tal la reseño. Narrada en primera persona a manera de confesión pero
velada confesión, quizá un lector incauto sólo se entere hacia el final, cuando
el pronombre "usted" aparece con alguna frecuencia para darnos cuenta que hay un
interlocutor diferente a nosotros, lectores. Comienza con un relato de un personaje torvo
que sólo se ocupa de sí mismo; a medida que la culpa o el remordimiento se hacen
presentes viene el desahogo o la justificación de este ser atormentado que se pregunta
"¿Se puede conseguir un día un poco de sosiego?".
Al
principio no dan ganas de seguir leyendo, él, cuyo nombre desconocemos hasta bien
avanzada la novela, está inmovil detrás de un ventanal observando una pelea violenta en
la que dos hombres se pegan duro hasta reventarse mientras un círculo de público goza
del espectáculo. El está asqueado, no obstante, observa la disputa que es narrada con
detalles. El ambiente descrito es desagradable, él lo ve todo hasta hacerse daño. Luego
el autor se recrea describiendo la llegada del personaje a su apartamento donde no tiene
otra alternativa que escuchar la pelea de la pareja de vecinos, un hombre y una mujer que
riñen a gritos y luego se reconcilian cuerpo a cuerpo con el lenguaje del sexo. El piensa
en Susana Jara. Esa Susana, la gran ausente pero el personaje central de la trama.
Desesperado señala la imposibilidad de separar su cuerpo de su consciencia, y así entra
en un monólogo que lo acompanará durante la narración.
Jacobo
Weissmann es un latinoamericano de descendencia judía, dos condiciones que no se sienten
en el relato, lo sabemos porque las menciona pero importan poco en la trama de la novela,
pudiendo importar mucho. Es también médico psiquiatra, profesor universitario; escribe y
dicta conferencias sobre asuntos relacionados con el exilio, latortura, etc. Un personaje
pedante y desagradable, un hombre de piedra al que nada parece conmoverlo o que no logra
que su ternura o su pasión salgan en esa confesión, ni cuando narra el episodio de la
anciana. Una mujer anciana acude en su ayuda cuando él se siente mal luego de la pelea
que observó. Este Jacobo, un ser a quien la culpa o los remordimientos se le instalaron,
que no descansa ni dormido ni despierto, que sueña pesadillas que parecen pesadillas
reales, nos lleva pues muy lentamente por entre el tejido del suspenso en la ciudad de
Barcelona donde calles y lugares se hacen para él referencia fundamental.
Al
comienzo nada parece ocurrir más que seguir tras este personaje repelente y sabiondo, y
escuchar sus monólogos que nos cuentan de su vida en Cataluña. Nada es importante, el
ritmo es lento y la narración llena de
detalles que él mismo justifica "¿Que son insignificantes estos detalles, que los
narro por un simple efecto de las asociaciones? Me sucede a menudo:
recuerdo los más insignificantes detalles de una
situación pero me pierdo o no logro concretar aquellos que podrían ser más
significativos." (pág. 39). Pero... la narración es pulcra y agarra. Además el
autor tiene una manera de echar carnada o presentar abrebocas, entregando un párrafo que
anuncia lo que viene, en un momento totalmente inesperado. El encuentro sorpresivo con
Betina Roig en una playa a donde él ha escapado buscando sosiego. Aquí la novela
comienza de verdad con este personaje frío, enigmático y seductor. Vamos casi en una
tercera parte del libro. Ellos se citan, pasean, Betina lo envuelve arteramente. Sabemos
que Jacobo ha escrito sobre torturas, ella lo cita "Quien sobrevive a la tortura o a
la muerte arrastra la culpa de no haber sido también una víctima" (pág. 48).
Es
una historia policiaca con elementos de intriga y suspenso manejados por el conocedor del
secreto, donde los actores se nos van descubriendo terriblemente humanos, con sus
pequeñas perversidades. El padre que pega y maltrata a la hija, aliado de la dictadura
franquista. La madre medio alcohólica que la abandona cuando apenas tiene seis años para
irse con su amante. Ella, Susana que lo obliga a él, a Jacobo, a que le haga fotografías
semidesnuda en poses provocadoras. Pero lo que importa de la historia es la manera como
Collazos nos la va haciendo una, gota a gota. Betina Roig es la madre de Susana Jara.
Susana es una jovencita compleja, de quien poco sabemos, amante de Jacobo, se instaló a
vivir con él, envuelta en actividades revolucionarias y quien desaparece misteriosamente,
en un momento en que la relación de la pareja está en crisis por causa de un joven
revolucionario amante de Susana, a quien se cree muerto. Pasado ya mucho tiempo cuando, el
protagonista ha logrado apenas medio superar la culpa y el miedo y los remordimientos
producidos por la situación que vivió junto a Susana, aparece la madre para revivir no
sólo el pasado violento y doloroso
sino
un presente que él desconoce y que ni alcanza a imaginar siquiera. Susana está, tal vez,
viva en una situación crítica en Alemania, su joven amante y revolucionario que vino a
producir la crisis entre ella y Jacobo, también está vivo y aparece para mover con
maldad de desequilibrado los hilos de la historia dramática en la que él, desamparado,
sufre.
Si
este personaje fuera a seguir viviendo, tal vez este suceso que desencadena su encuentro
con esa realidad, y esos seres extraviados, lo sacará del amodorramiento intelectual en
el que se ha sumido, pero no, el pobre Jacobo se rinde laciamente en manos de Soler.
DORA
CECILIA RAMÍREZ
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