Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 33, Volumen XXX, 1993

 
Los autobiógrafos abusivos


César Rincón: de Madrid al cielo
Javier Villán
Espasa-Calpe, Madrid, 1992, 306 págs.

"Yo era un chaval esmirriado, enteco, delgaducho. Nací en una de esas barriadas, todas iguales, que se extienden bajo esos cerros bogotanos y esas nubes de bordes brillantes y nacarados y panza cenicienta en invierno... Y me llamásteis Julio César. Nombre de emperador... El jergón era tan estrecho que apenas cabíamos todos los hermanos en él... Mi padre no permitía chapuzas, desde luego, pero, ¡vamos!, todos le timaban a porfía, al pobre fotógrafo bucaramangués, de la provincia de Santander, que hubiera sacado el dinero de donde hubiera sido menester para damos lo que tanto queríamos... y hoy me acongoja pensarlo: salíamos por las calles, en un carrito, a vender decol (una especie de lejía que las mujeres usaban para blanquear la ropa)... Pero yo sabía que iba para torero y no para licenciado. Un buen día tomé un jersey como muleta y me lancé al ruedo, mientras el dueño de la hacienda invadida nos gritaba "¡ Como os subáis a la tapia, llamo a la Guardia Civil!", eso cuando no nos repartía una buena paliza. Entonces arreciaban los cantazos sobre los chavales y el hombre seguía en sus trece... Un día me dieron un traje muy apañadico. Si vieras, mamá, cuando el toro va a por tí, sientes que el triunfo es un albur, un dado lanzado al aire. El otro día junto con Sandra, mi novia guapa, nos dirigimos en un coche al Ayuntamiento de Santa Fe de Bogotá y recordé las tantas veces que me han subido en volandas...".

Detengámonos. No se trata de una versión hispana de una novela de Dickens; no se preocupe el lector: simplemente estoy abusando de César Rincón, esto es, estoy consignando sobre el papel mi interpretación —también abusiva desde luego— del relato que encontré en este libro. Se trata nada más que de un ejercicio de composición en estilo peninsular, pero, eso sí, asevero y doy fe que todas y cada una de las expresiones utilizadas en tan infelizparodiaproceden (supuestamente) del autobiógrafo, César Rincón, el del barrio Fátima. Bueno, acaso exagero, porque aquello de la "Guardia Civil" era en realidad dicho de un viejo cascarrabias, español de pura cepa, que vivió en Colombia; es, por lo demas, lo único de lo escrito hasta ahora que parece provenir de los propios labios de Rincón. ¿Qué pensar entonces de esta presunta autobiografía y del fantasma abusivo que no ronda por ella sino que se la toma de lomo a lomo con la mayor frescura y descaro?

El alter ego abusivo es Javier Villán, un periodista español, que ha emprendido, con criterios fácilmente comerciales en su medio, una autobiografía un tanto prematura para un hombre de 27 años. Desde luego se entiende —y tal vez incluso se perdona— que un libro de una colección hispana (en una edición decorosa que en Colombia podría pasar hasta por lujosa) esté destinado a un público no solamente peninsular, sino especializado en un tema que no es para el común de los mortales. Pero bueno es culantro... ¿Qué tal si a nosotros, pobres engendros coloniales, nos diera por traducir a nuestro arbitrio el Quijote? Hasta el más tonto de los chapetones sabe y entiende que César Rincón no es sevillano sino colombiano. ¿Que Rincón no es, ni tiene por qué serlo, un prodigio de expresión verbal? Bueno, hubiera sido más honesto entonces haber utilizado para el efecto a un periodista colombiano, pero no ponerlo a hablar de problemas euclidianos, como lo hace Villán, o hacerle decir, por ejemplo, que Colombia necesita ciertos "revulsivos" ¿Cree por ventura el lector que César Rincón va a saber qué diablos es un revulsivo? Eso me recuerda aquello de Gonzalo Arango en su célebre entrevista a Cochise: "La sublime virtud del campeón radica, precisamente, en su absoluta animalidad, en su poder irracional. Nunca en saber qué diablos es un sufijo, lo cuál sería la ruina de su carrera deportiva...".

El caso del autobiógrafo mercenario tiene entre nosotros algunos ilustres ejemplos. Se me ocurre ahora el de don José Caicedo y Rojas como autobiógrafo del famoso abanderado, el pintor José María Espinosa. El peligro del escritor "mercenario" es que trate de ser más papista que el papa y que escriba en lenguaje rebuscado, no sólo para demostrar que el libro no lo podía hacer nadie más que él, sino para que la prosa del biógrafo responda al espíritu artístico del biografiado.

Ahora bien, César Rincón es un hombre de esos pocos que inspiran una simpatía instintiva a casi todo el mundo. Lo menos que se puede decir de él es que es un hombre sencillo. No cabe duda: si lo que voy a decir existe, entonces César Rincón es un buen hombre. Fuera de eso tiene nombre de torero y su vida es, de todas maneras, como la de su familia, la más novelística del mundo... "Hasta que se casó con mi madre, la vida de papá fue un constante contratiempo. Y después, también... se compró un traje a plazos y el día que acabó de pagarlo y se lo dieron apareció un torero diciendo que ese traje era suyo, que se lo habían robado hacía tiempo. Y Gonzalo Rincón se quedó sin pesos y sin traje de luces...".

Mérito, tiene Rincón todo el que se quiera. El patetismo y el coraje andan por todo el libro, a empezar por el cuento de la madre, la tía y las hermanas lavanderas, almidoneras y planchadoras "ilustres fregonas", digno apenas de las historias que se contaban sobre Marco Fidel Suárez, siguiendo con el cuento del niño que tiene que salir por las calles con su hermanita, arrastrando un carrito de balineras en el cual recogen chatarra para vender... "El carrito nunca se llenaba, pero algo sacábamos para ir viviendo. Ya se sabe, las sociedades pobres tiran pocos desperdicios, lo aprovechan todo". Luego, como vendedor de decol: "Me llamaban el repartidor de blancura, pero yo sabía que aquella limpieza no blanqueaba las oscuras condiciones en que vivíamos en casa ni las miserables situaciones de existencia de tantos bogotanos". Es dable sospechar que los toques filosóficos añadidos —tal vez no necesito decirlo— son de la propia cosecha de Villán, cuando no le da por caer en efluvios líricos: "No sabía yo, por entonces, que en eso de las necesidades y del hambre algunos poetas fuesen como algunos toreros". Contemplamos en seguida al niño que se acerca y con veneración suplica que le dejen limpiar los capotes de alguna estrella en decadencia, para internamos en el terrible episodio, no menos digno de Dickens, en el cual mueren la madre y la hermana de resultas de un incendio por haber puesto una veladora a la virgen para que aniparara al torero en la plaza, y que deja en cualquiera que tenga un ápice de entrañas el sabor de la más atroz de las injusticias... Pero siempre reaparece el filósofo:  "Yo apretaba los dientes y decía: "Hay que seguir" [..,] Hermano, tú eres César Rincón, aquel muchacho pobre de Bogotá que ha estado solo muchas veces y que perdió a su mamá en un incendio" .  "Un torero tiene que saber esto: plantarle cara a la vida. Si no, ¿cómo se va a poner delante de un toro?"

Resalta luego el estremecedor relato de la muerte de su mejor amigo español, José Cubero, el Yiyo, con estocada y cornada simultáneas. Entre los muy pocos matadores muertos por el toro en la historia del toreo, ninguno como aquel, atravesado en el centro del corazon.

Rincón nos cuenta que el toreo es un acto de amor, al menos por su intensidad, y, muchas veces, una revelación. Torear es, en su arte, dar forma a unos impulsos, modelar la irracionalidad de una masa de músculos. De la organización y sumisión de la fuerza bruta nace la caricia de un pase. "Mi tauromaquia no creo que tenga nada de revolucionaria, a no ser lo que tiene de verdadera". Y nos enseña que uno tiene que labrar su destino por encima de las dificultades, que la confianza en uno mismo es imprescindible, aunque no sirve de nada cuando no se proyecta en los otros, y que no basta con tener clase y valor, sino que en la vida cuentan muchas cosas, entre ellas, la suerte... y el carácter de cada uno.

Pienso que César Rincón encarna, como ningún otro, a una de las dos especies del héroe colombiano: la del suicida, la del que prodiga la muerte como espectáculo, la del que no tiene derecho a equivocarse porque al primer error es hombre muerto. La plaza de toros —dice García Lorca— es el único sitio a donde se va con la seguridad de ver la muerte rodeada de la más deslumbrante belleza. La existencia de César Rincón nos inspira tranquilidad en el país de la violencia, porque no ha hipotecado nada más que su vida... Tarde que temprano se lo llevará un toro por delante, si es que a la hora de aparecer esta reseña todavía está vivo. De él podemos decir con estoico semblante lo que decía el "Guerra" de Belmonte: "Daos prisa para verlo torear porque, si no, no lo veréis", a pesar de que la paradoja de la vida hizo morir al que aquello dijo, a los veinticinco años de edad, mientras que Belmonte se tuvo que matar él mismo, viejo y cansado, "harto quizá de que no lo hubiera matado un toro". Pero, como lo dice en dichosa sentencia nuestro propio matador, "morir no es un honor, es una desgracia".

Contrasta el torero con el otro tipo de héroe, aquél cuyas salidas en falso hacen las delicias de todos los públicos y que entre más se equivoca más celebridad adquiere. Abunda este "héroe" en los deportes, en la farándula y en la política...

La parte final del libro trae doce miradas sobre César Rincón: Germán Castro Caycedo, Oscar García Calderón, Loperita...

El auténtico Rincón aparece por aquí y por allá, disperso en estas páginas. Es aquél que con cariño recuerda y exalta el calor de los modestos hostales españoles o el que nos regala esa digresión de filosofía práctica en el capítulo VIII en la que exalta el valor de la amistad y reflexiona sobre los fantasmas del éxito en la vida... Su única verdad, es la verdad de casi todos los colombianos: "En realidad, nunca nadie me ha regalado nada". Ni siquiera —añado— una autobiografía.

LUIS H. ARISTIZÁBAL