Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 32, Volumen XXX, 1993

Un panorama


The Colombian Novel, 1844-1987
Raymond Leslie Williams

Austín, 1991, 279 págs.

Versión castellana:
Novela y poder en Colombia: 1844-1987
Bogotá. 1991, 273 págs.

 

Raymond Williams, no obstante su juventud, tiene contraído un compromiso sólido con las cosas colombianas. Lo atestiguan títulos cuidadosamente documentados y ejecutados con entusiasmo y con cariño, tales como Dos décadas de la novela colombiana (1981) y, más recientemente, la monografía excelente sobre la vida y las obras del laureado Nobel 1982 (Gabriel García Márquez, Boston, 1984). Lo corrobora la Asociación Norteamericana de Colombianistas que fundó hace unos diez años y que, hasta ahora, permanece como la única entidad de su tipo en los países de Latinoamérica. Lo demuestra la Revista de Estudios Colombianos, que dirige con competencia cariñosa.

Su nuevo libro (cuya versión castellana, realizada con sensibilidad, por Alvaro Pineda Botero, llegó a mi poder antes que el estudio original en inglés y, por lo tanto, sirve de base para mis observaciones) se dedica a una tarea ambiciosa: indaga en ciento cuarenta y tres años de labor novelística dentro de su contexto político y social, con acento especifico en la fascinante cultura oral. Ideología y oralidad se destacan entre los criterios dominantes.

La armazón teórica la facilitan las doctrinas de Walter Ong (sobre todo el estudio Orality and Literacy, 1982) y Gérard Genette. A pesar del intento laudable del autor de evitar "el vocabulario demasiado especializado" (pág. 18), se impone la conveniencia de explicar conceptos y términos que pueden frustrar al no especialista.

El estudio de Williams se divide orgánicamente en tres partes. La primera, "Colombia en su novela", brinda una visión panorámica del escenario histórico, examinando la ideología y la novela de los siglos XIX y XX. La segunda parte, "La novela en su región", parte principal, enfoca la tradición novelística de cuatro grandes regiones, o sea el altiplano cundiboyacense, la costa, Antioquia y el Cauca. Tal proceso organizador se basa en la convicción de que el contexto regional es factor fundamental para la interpretación de las novelas analizadas detalladamente en los capítulos 3, 4, 5 y 6. La última parte, "Después del regionalismo", se acerca al escenario de las dos décadas 1967-1987, con atención especial a la obra creadora de García Márquez y Moreno Durán.

El acento en la región como factor clave me parece uno de los muchos aciertos del libro de Williams. La nota 5 de la página 17 acerca del uso de los términos regional y regionalista sin "connotaciones derogatorias" refleja la convicción (que comparto con énfasis) de que ya es hora de liberarnos de la sonrisa peyorativa o, por lo menos, condescendiente que tiende a acompañar el término regionalismo. (Véanse mis ponencias del año 1991 en el Encuentro de Colombianistas Norteamericanos, en Ibagué, y en el Simposio Internacional, en Santafé de Bogotá, auspiciado por la Academia Colombiana de la Lengua, el Instituto Caro y Cuervo y la Fundación Santillana para Iberoamérica).

El factor de la oralidad aporta otra dimensión estimulante. Me permito un pequeño reparo que puede ser útil para la segunda edición de este estudio importante. Creo que el nombre de Mejía Vallejo merece más prominencia en la última parte del libro. En un estudio que hace hincapié en la oralidad, la novela Aire de tango (premio Vivencias 1973) invita a un comentario más sustancioso de lo que sugiere el resumen sucinto "mitifica el cantor de tango argentino" (pág. 255). Aire de tango me parece una obra importante que ilustra, una vez más, el aporte antioqueño a la oralidad, aún en época reciente (el perspicaz estudio. Proceso creativo y visión del inundo en Manuel Mejía Vallejo, Bogotá, 1986, del padre Luis Marino Troncoso, S. J., fallecido hace un par de meses, merece un lugar en la bibliografía).

Williams une la visión panorámica al análisis a fondo. La lectura detallada de diecisiete textos produce conceptos estimulantes que amplían la perspectiva crítica del lector y que retan su imaginación. Aquí, desde luego, surge la pregunta "inevitable" sobre los criterios que rigen el desfile de las obras privilegiadas. No pretendo discutir la selección de estas obras, entre las llamadas "mejores" y las "representativas". La selección me parece válida en su totalidad, aunque tengo mis dudas sobre lo que Williams califica de "consenso", por lo que se refiere a la primera novela de Carrasquilla. Los críticos consagrados, tales como Curcio Altamar, García Prada, Maya, Zalamea Borda ("Ulises") y Uribe Ferrer, reconocen la supremacía de La marquesa de Yolombó, hito clave dentro de la producción carrasquillesca que justifica las diez ediciones de la novela, entre ellas una crítica (Bogotá, 1974), patrocinada por el Instituto Caro y Cuervo. Siento que Williams no analice detalladamente La marquesa de Yolombó, en lugar de Frutos de mi tierra, por más que reconozca (en pág. 177) que aquélla es "una de las obras más notables de la región" y "la obra cumbre de Carrasquilla, en el sentido de que en ella utiliza en su totalidad su interés por las tradiciones rurales y orales antioqueñas". No podría ser más perfecta la ilustración de una tesis central del estudio de Williams y del lugar legitimo que le corresponde, entre las obras privilegiadas, a La marquesa de Yolombó.

Un punto que se presta al debate es la tesis adoptada por Williams (pág. 18) acerca del fenómeno del "genio" en su relación con las "circunstancias ideológicas". Tengo que confesar que no me convence tal tesis aplicada con rigidez al escenario colombiano, mejor dicho a cualquier escenario. Declaraciones rotundas tales como la de que "en Colombia literatura es ideología" (pág. 20) o "desde 1840 [...] el valor estético ha estado supeditado a las contingencias políticas" (pág. 72), invitan a la modificación. Títulos representativos tales como la novela de Isaacs, así como la producción creadora íntegra de Carrasquilla, para no citar sino unos cuantos ejemplos de los más renombrados del escenario colombiano, obligan a cuestionar la tesis extremada. Se podría agregar que incluso el análisis de El día señalado reconoce el aspecto psicológico como factor clave. En general, en mi concepto, es difícil prescindir de la magia del genio, del "no sé que" que nos cautiva sin que entren necesariamente "circunstancias ideológicas". Me parece arriesgado permitir que la dimensión ideológica usurpe el terreno estético, columna vertebral de cualquier creación literaria. Ni contingencias políticas ni circunstancias ideológicas, ni apreciaciones de "race, milieu et moment" pueden reemplazar adecuadamente al genio.

Finalmente una laguna, dos erratas y una indicación de índole bibliográfica: al mencionar El antijovio (pág. 25), una de tantas "historias verdaderas" de la época renacentista, se podría citar la penetrante edición crítica, dirigida por Rafael Torres Quintero, antiguo director del Caro y Cuervo, desaparecido hace varios años (véase Biblioteca de Publicaciones del Instituto Caro y Cuervo, vol. 10). La página 70 atribuye Respirando el verano erróneamente al año 1967, año de la publicación de En noviembre llega el arzobispo (de acuerdo con el original inglés). En la página 66 de la versión castellana se confunde a Jorge Zalamea con su primo hermano Eduardo Zalamea Borda ("Ulises"), autor de la novela Cuatro años a bordo de mí mismo, identificado correctamente por el original inglés (pág. 45). En cuanto a la indicación de índole bibliográfica que pueda enriquecer la segunda edición del estudio de Williams, siento que la versión castellana carezca de bibliografía y de índice, dos ingredientes esenciales que forman parte del libro en inglés. Las cinco cronologías (págs. 111, 161, 196, 239y 269) son informativas pero no desempeñan la función de facilitar [a consulta oportuna. Seria útil llenar esta laguna.

El libro de Williams constituye una labor sumamente meritoria. Se puede discrepar en cuanto a detalles, y evidentemente el que firma estas palabras tiene ciertas dudas que ha expuesto

con propósito sincero de amigo. No se puede negar la importancia de la labor, producto de largas lecturas y de investigación concienzuda. El resultado es un aporte sólido al campo critico de la novelística colombiana. El autor declara modestamente, en el capitulo inicial, que su libro "no tiene por finalidad específica la comprensión de Colombia" (pág. 25). No cabe duda de que The Colombian Novel 1844-1987 (título ampliado en la versión castellana a Novela y poder en Colombia: 1844-1987) es un testimonio valioso que enriquece nuestra comprensión, y vehículo de referencia fundamental para los estudiosos de la narrativa colombiana.

 

KURT L. LEVY