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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
32, Volumen XXX, 1993
¿Y dónde está la literatura?
Sobre historia y literatura
Álvaro Tirado Mejía
Fundación Simón y Lola Gubcrek,
Colección Historia, núm. 1, Santafé de Bogotá,
1991, 287 págs.
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Celebramos el nacimiento de una nueva colección
de esa empresa quijotesca que es la Fundación Simón y Lola Guberek, atraídos por la
trampa del titulo de este libro que no es más que el de una de las notas
aisladas, que en últimas es un compendio de artículos, notas, conferencias,
etcétera, de Álvaro Tirado Mejía. Al final no me queda muy claro si se trata de una
selección de escritos o de una colección de inéditos, pero, en cualquier caso, lo que
quede en deuda es lo que esperábamos según el prospecto, este es, la historia y, sobre
todo, la literatura. ¿Por qué en deuda con la historia? No propiamente porque el libro
sea defectuoso o errado, que no lo es, sino porque la parte que se dedica a la historia de
Colombia es mas bien un conjunto de apuntes sociológicos o socio-politicos, que
propiamente históricos. Así, por ejemplo, en "Estado y sociedad en Colombia,
constatación de un desajuste".
Caballero de la orden de la legión de honor, el
credo de Tirado Mejía se podría sintetizar en la fórmula liberalismo y democracia. Devoto
de "unos postulados que ligan indisolublemente la práctica de la democracia con la
vigencia de los derechos humanos", en estos muy dispersos artículos estudia un
sinfín de temas. La violencia colombiana, uno de ellos, desde luego. Tirado observa que
la violencia se presenta con mayor agudeza en la zonas ricas que en las zonas pobres y
apunta hacia otra clave: los procesos recientes de colonización, con sus secuelas de
riqueza y violencia, con un sistema legal desueto: "Es imposible salir al encuentro
de los masivos procesos de colonización, de su peculiar problemática social y de sus
formas particulares de propiedad, con el código de don Andrés Bello y su concepción
sobre la sociedad".
Aborda en seguida la tesis de la cuestión
religiosa como única línea demarcatoria real entre los dos partidos tradicionales en el
siglo XIX, y refiere cómo la ética religiosa no supo ser compensada con una ética
civil, dando al traste con el fenómeno de la credibilidad, que es analizado más adelante
con algún detenimiento en "Estado y servicios públicos" (1989). Juzga al
Frente Nacional como una experiencia positiva, criticable sólo por su prolongación
innecesaria, que significó un sistema estático que terminó en el inmovilismo y en el
bloqueo de las soluciones reformistas, como si del capitalismo volviéramos al feudalismo,
y constata cada día un foso más profundo entre legalidad y legitimidad en Colombia.
La crisis colombiana, nos dicen, es sobre todo
de tipo ético (pág. 20). Luego de contarnos que éste es un país donde menos del 3% de
los procesos obtienen sentencia, propone una fórmula: necesitamos un Estado fuerte y
democrático...
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El segundo texto, "Algunas características
regionales de Colombia", tomado de su libro Descentralización y centralismo en
Colombia (1983), examina algunos aspectos de diversos problemas, como el
aniquilamiento de la población indígena en el país. Observa que, a diferencia de lo que
se suele decir, las ideas federalistas no eran patrimonio de los liberales (pág. 38).
Critica el enfoque tradicional de ese federalismo, tomado como una simple imitación del
sistema estadounidense, y plantea que ese sistema fue el punto de partida del despegue de
la economía antioqueña, aunque gran parte lo que consiguió en la realidad fue
"descentralizar las guerras" (Quijano Wallis). Por otra parte argumentos como la
crítica al antiguo sistema de nombramiento de contralor general de la república, ya
dieron sus frutos en la Constitución de 1991 Colombia, en síntesis, es país de regiones
y país de ciudades, en el que no se advierte una preponderancia clara de ninguna de
ellas. También es un país de fenómenos de clase y regionales. Según él, el
federalismo evitó la consolidación de un dictador Sin embargo, la forma centralista aún
rige (en 1983) aunque con tendencia un proceso de concentración.
"La presencia de Panamá en las relaciones
internacionales de Colombia" (1983) pone énfasis en algunas ideas, principalmente el
resultado del tratado Urrutia-Thompson, cual fue el desplazamiento de los capitales
europeos, que hasta entonces tenian importancia, en aras de capitales estadounidenses, con
su corolario ineludible, el repliegue de la diplomacia colombiana, en adelante, en línea
cor los intereses ibídem... "La revolución en marcha y la reforma constitucional de
1936" (1985) repite la pregunta de Eduardo Santos : ¿Acaso tuvo vide la
Constitución de 1886? La respuesta es: nunca. Razones, entre otras: las condiciones
políticas, el alud de disposiciones transitorias, entre ellas la Ley 153 de 1887, que en
su artículo 6o. establecía que toda ley se reputaba constitucional y se aplicaría
aunque pareciera contraria a la Carta; luego, la reforma de 1910, que introdujo el
tratamiento constitucional a la oposición y, finalmente, la reforma del 36. que habría
adecuado "la organización jurídica del país a las nuevas realidades sociales e
internacionales, aunque formalmente nos siga rigiendo la Constitución del 86" (pág.
81). Lo que se produce en el año 36 es una nueva Constitución, como lo afirmaría
Gerardo Molina. Me parece que este ensayo encubre, a pesar de la incuestionable honestidad
intelectual del autor, una serie de connotaciones políticas. No niego que el autor tenga
derecho a profesar un credo, pero pienso que abdica mucho de su validez científica en
aras del entusiasmo ideológico. Tirado se defiende anotando que él ve las cosas más
corno historiador que como jurista. Esto me permite ver la norma jurídica, no solamente
en su tenor, sino siempre en el contexto en que se la...". Pasa a hablar del partido
liberal colombiano como una curiosidad rente a sus congéneres del mundo entero, porque
incorporó una problemática que era propia de sectores socialistas democráticos en otras
pases. Cambio que se inicia con Uribe Uribe y que se concreta en la Convención de
Ibagué, en 1922, donde se lijo que el partido iba a ser personero le los sectores
proletarios del país y se habló, como programa de gobierno, de una serie de
reivindicaciones sociales... Aquí creo acertado repetir el comentario anterior; es
evidente que ambos partidos tradicionales reclaman para sí el honor de haber dado paso a
las reformas sociales... Siempre será interesante investigar las fuentes de la célebre
reforma del 36. Tirado remite a algunas influencias: el movimiento de los estudiantes de
Córdoba, Argentina, el aprismo, la revolución mexicana, con su progresista Constitución
de 1917, que habla ya de tres tipos de propiedad, la función social de la propiedad
consagrada en la Constitución de Weimar (1919) y la mayor de todas, la Constitución
española de 1931, así como el New Deal con su estado intervencionista, y las ideas de
Leon Duguit, magisterio grandísimo entre nosotros, o de Tulio Enrique Tascón, uno de los
mayores contradictores de la del 86 en sus Lecciones de derecho constitucional, derecho
constitucional, muchas de cuyas fórmulas serán adoptadas en el 36. La sociedad
colombiana añade el apologista estaba conservatizada tras tantos años de
gobiernos conservadores... El liberalismo señalaría el paso hacia una nueva actitud, con
un nuevo trato para el sindicalismo. El Estado, en adelante, iba a ser un mediador en los
conflictos entre el capital y el trabajo. "Yo creo que nuestra sociedad, y así lo
percibimos los demócratas, debe ser pluralista; pero el pluralismo no es una dádiva. Los
que somos pluralistas reivindicamos la posibilidad de disentir, de tener diferentes
opiniones, de discrepar".
Me parece, no obstante, que con idénticos
argumentos podría sostenerse que la del 36 fue también una reforma ineficaz y que no
pasó de ser el consabido catálogo de buenas intenciones. El propio Tirado reconoce que
sólo tuvo desarrollos parciales, a pesar de haber convertido la nuestra en una
constitución progresista avanzada y moderna, discusión vemos ahora cortada
de plano en 1991.
En Las relaciones entre la Iglesia y el
Estado en Colombia (1987) observa certeramente que el conflicto entre los partidos
nunca fue asunto de dogmas o de impugnación de la doctrina católica, aceptada por ambos;
casi todos los políticos añade con tino se proclamaron creyentes y
católicos. Se lamenta del uso y abuso que del monopolio de la representación de la
Iglesia han ejercido en ocasiones los partidos. Este ensayo concluye con la constatación
de que el país actual se ha vuelto en gran medida laico (pág. 127).
La Constitución de 199), tomado de las
Lecturas Dominicales de El Tiempo, insiste creo que con orgullo en que aquella
es una constitución sin derechos de autor, fruto de la búsqueda de un consenso.
Personalmente estimo que, si bien la bastardía no debe ser una mancha, tampoco es
particularmente deseable. En una visión optimista, anota que en el siglo XIX la mayoría
de las constituciones fueron expedidas en favor o en contra de alguien. Se me antoja, si
no estoy equivocado, que la del 91 lo fue en contra del Congreso y de la clase política,
la cual, se me antoja también anotar al margen, parece estar tomando lenta, fría y
calculada venganza del hecho. Tirado encuentra un valor en el reconocimiento, por vez
primera en nuestra historia, de la existencia de un constituyente primario, y ve como una
bondad la participación, el que no hubiera un grupo hegemónico en su redacción. El
autor de esta nota no lo estima tanto así, y cree que el consenso se puede estimar
bondadoso para establecer prohibiciones mas no para organizar un Estado, pero, en fin...
La segunda parte del libro está dedicada a
estudios sobre Antioquia. La cultura en Antioquia (1988) destaca la importancia de
personajes como Luis Ospina Vásquez, a quienes algunos tildaron de marxista y comunista
"por el delito de abordar la economía como asunto de investigación y
explicación", o las figuras de tantos antioqueños ilustres, Baldomero Sanín Cano,
Alejandro López... En "Realidad social" (1990) sostiene que la crisis
antioqueña de ninguna manera puede desligarse de la crisis nacional y achaca el mal al
terrible problema laboral, origen remoto de "ese fruto podrido", la
"cultura de la violencia Observa, muy certeramente a mi entender, cómo en la
literatura del siglo pasado el antioqueño aparece reflejado como el ser menos violento
del país. Basta leer a Carrasquilla, a Rendón, a Efe Gómez o a Emiro Kastos:
"Aunque católico ferviente, tienen la energía y el amor al trabajo propio de los
pueblos protestantes". Lo rural y lo urbano en la historia de Antioquia (1989)
ataca el tema del despoblamiento en una zona en la que no existió el latifundio, una de
las más atrasadas en el período colonial, tanto que en 1835 sólo el 10% de la
población era antioqueña...
La tercera y última parte está integrada por
una miscelánea (¿caótica?) de artículos periodísticos, prólogos y discursos: un
elogio de Las ideas liberales de Colombia de Gerardo Molina, en el que destaca su
valor como una de las poquísimas obras historiográficas que aún en el rigor científico
al estudio de lo contemporáneo. Sobre historia y literatura (1981), que de título
al libro, es el prólogo la obra Lo que lengua mortal decir no pudo de Alfredo
Iriarte, el Rabelais colombiano. Su tesis es la inevitable importancia de la literatura en
el estudio de la historia. Lo literario, como elemento de interpretación, si no estoy
mal, también ha sido reivindicado por Jorge Orlando Melo. La presentación de Parábola
del retorno de López Michelsen comienza anotando que lo que venga del expresidente es
siempre inteligente y añade que ni sus peores enemigos se atreven a objetar esto en un
"relativista casi escéptico", hijo de una Colombia caliente, mestiza, vallenata
y tropical, que "predica una suerte de determinismo económico muy próximo al
marxismo -
¿Y de la paz qué? El problema de la paz
reside, para Tirado Mejía nadie ignora su autoridad en la materia, en los
desequilibrios económicos y sociales... "La paz no puede ser en Colombia el
resultado de un gran chantaje", dice en un lúcido análisis en "La fe en
Colombia y en su destino" (1989). La paz advierte no puede ser patrimonio
exclusivo de los violentos. Su mensaje final es que todo aquello que fomenta el desarrollo
de la civilización opera, al mismo tiempo, contra la guerra (pág. 274).
Para terminar deseo acotar que este libro es muy
sencillo, de fácil y cómoda prosa, y que en libros misceláneos, como éste, más
apropiados para la consulta y el análisis que para la lectura corriente, echamos de menos
los índices temáticos.
LUIS H. ARISTIZÁBAL
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