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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
32, Volumen XXX, 1993
Las pilas que un vago
necesita
Guía del buen estudiante vago
Eduardo Arias y Karl Troller
Intermedio Editores, 1993, 203 págs.
Sobre escuelas, colegios, internados y orfanatos
se ha escrito hasta el cansancio. Los trece largos años obligatorios de colegio para
algunos son eternos y para otros época inolvidable. La Guía del buen estudiante vago,
escrita por Karl Troller y Eduardo Arias, propone una serie infinita de trucos y
malabares para hacer de estos duros años un gozo memorable. El libro está prohibido para
los padres de familia y los profesores; se podría creer, entonces, que es una guía para
criar vagos necios. Muy por el contrario: a través del humor se hace hincapié en la
necesidad de aprender, de entender y de saber vagar sin caer en torpezas. Los autores, en
el prólogo, advierten: primero, que los trucos propuestos jamás se han ensayado; y
segundo, que el libro es una venganza mental, quince años después de haber obtenido el
título de bachiller siendo buenos muchachos.
El contenido es realmente divertido, y un tanto
absurdo. El juego de los autores se entrevé desde el primer capitulo, titulado
"Retrato del artista vago adolescente". Le siguen otros como "Esperando a
Godot" y "Veinte mil leguas de viaje suburbano", en los que, con infinito
goce, se describen las mil y una formas de copiar sin ser visto, se hace una minuciosa
lista de las enfermedades necesarias para evadir los exámenes y se recomienda la
necesidad de entablar una honda amistad con el buen estudiante, para sacarle provecho. En
el prólogo se advierte: "También queremos dejar muy en claro que quienes tienen
imaginación e iniciativa pueden sacar un gran provecho de su paso por el colegio",
poniendo de manifiesto que este lúdico escrito es una manera agradable de iniciar a los
estudiantes en la lectura, insinuándoles que la trampa, el chancuco y la falsificación
de excusas es un método factible pero dudoso. Para los autores la tarea básica del
escrito es sugerirle al estudiante la manera de pasar por el colegio y divertirse, a la
vez que se prepara para enfrentar al mundo. Permanentemente, entonces, se recomienda nunca
aprender de memoria, estudiar poco pero bien, tratar de entender y digerir la información
y nunca ser un mediocre. "El verdadero vago, contrariamente a lo que insinúa la
etimología de su nombre, es un ser muy activo. Un vago pasivo, que se deja llevar por las
circunstancias, que deja todo al azar o intenta sortear los obstáculos a última hora,
está condenado al fracaso". Se asegura, pues, que, a diferencia de los estudiantes
normales que siempre cumplieron con las tareas y aceptaron todo sin quejarse, los
profesores y alumnos recordarán al buen vago, esa oveja descarriada que hizo historia.
Eduardo Arias, ahora periodista, recuerda:
"Yo fui mal estudiante, no vago bárbaro, fui un vago ejemplar en la medida en que me
aferraba a mis principios, nunca me copié pero si soplé y jamás me interesó repetir de
memoria. Troller, en cambio, fue un poco el vago irredento, siempre al borde del abismo,
pero ninguno de lo dos puso en práctica las atrocidades que sugerimos; fuimos siempre
bueno muchachos. A mi me interesaba particularmente insistir en las fallas de la
educación normal, pero hacerlo de una manera agradable y divertida". Aparentemente
banal, este libro es, a la vez que una permanente tomadura di pelo, una crítica al
sistema educativo, al pénsum del ministerio y a los docentes. "El ochenta por ciento
noventa de los alumnos salen de colegios, escuelas y universidades sin ninguna capacidad
de pensar por si mismos", anotan los autores y reiteran "Prueba de ello es el
saludo de bienvenida que se le da a todo primiparo cuando entra a la universidad: Esto no
es como en el colegio, no crean, ahora si van a aprender y a los profesionales cuando
consiguen su primer empleo... Ustedes no saben nada. Aquí es donde verdaderamente se
aprende el oficio", Bien escrito, narrado con cautela y cierta dosis de humor negro,
el libro recorre la cultura occidental para burlarse de ella, a la vez que insiste en la
importancia de fomentar los intereses del alumno y su creatividad. Al final los autores
concluyen: "Tal como se dijo en el primer capítulo de este libro, no cualquiera es
un buen vago... Algunos se creen muy listos y se exponen a padecer situaciones que,
además de ridículas y humillantes, traen consecuencias muy graves. Otros, en cambio,
jamás llegan a saber que disponían del talento necesario, y desperdician los mejores
años de su juventud y de su vida estudiando lo que no les interesa". Así pues,
concluida la lectura, muchos estudiantes irreverentes se darán cuenta de que han perdido
el tiempo vagando por mal camino mientras otros vagos ilustres, finalmente, serán
reconocidos.
JIMENA MONTAÑA
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