Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 32, Volumen XXX, 1993

25 años de 100 años


...Para que mis amigos me quieran mas... 
Homenaje a Gabriel García Márquez 

Juan Gustavo Cobo Borda (selección
y prólogo)
Siglo del Hombre Editores, Bogotá, 1992, 424 págs.

 

La reseña de un libro como éste es poco menos que imposible. Simplemente porque para el análisis es demasiado un libro escrito por cincuenta autores. Con la sola enumeración de los ensayos o artículos y con los nombres de sus responsables se nos iría la totalidad del espacio disponible. Me parece preferible dedicar siquiera un pequeño espacio al antólogo, para destacar la labor que ha cumplido Juan Gustavo Cobo Borda como lector, antologista, critico y divulgador...

Gracias a él, a la revista Eco y a ese maravilloso Colcultura que dirigía doña Gloria Zea, conocimos en los años setenta lo poco que en literatura colombiana merecía la pena entonces, esa "tradición de la pobreza" en la que sobreaguaban algunas perlas dispersas. Así descubrimos a Sanín Cano, a Hernando Téllez y a tantos otros... Cobo es un "citólogo" obsesivo, tanto porque se ha dado al estudio de las "células" de nuestra literatura como porque, a fuerza de citar, con pertinencia abrumadora, como ya ha sido anotado, nos quiere ayudar a desembarazar —si es que acaso no lo hace para sí mismo— de recortes, periódicos y revistas. Así va creando, por simple adición o sustracción de materia, obras absolutamente imprescindibles.

Muy pocos han advertido, si es que alguno lo ha hecho, que Cobo cumple entre nosotros —sin necesidad de guardar las proporciones— la labor que en otros ámbitos han cumplido Borges, Alfonso Reyes u Octavio Paz, y lo ha hecho más bien calladamente, sin escándalo, y con miras latinoamericanas. A ello se debe que sea mucho más conocido en otros países que en el nuestro. Pero aquí nadie parece haberse dado cuenta. En realidad, aquí nadie se da cuenta de nada. Ahora Cobo nos tiene aguardando la recopilación de los prólogos y las reseñas completas de Borges, libro que podría ser el best-seller del decenio, si es que alguna editorial se le ocurre publicarlo.

El pretexto de esta recopilación es un cuarto. Me explico: no estoy desvariando; se trata, en realidad, de celebrar "25 años de 100 años...": o sea, un cuarto. Un cuarto de siglo en el que García Márquez parece haberse convertido en "monedita de oro" para gustarle a todo el mundo, desde la crítica especializada (que se ha solazado como puercos en muladar en sus ricas páginas), hasta el humilde vulgo apenas letrado. Su lectura es tan gratificante, sus libros son tan buenos, que debería multarse a quien no los haya leído, como pediría Stevenson. Esto lo sabe todo el mundo y me pone ya en guardia. El peligro mayor, al acercarse a Gabo, es caer en la redundancia... Pienso con espanto que estoy entregando ahora una lectura de cuarta mano o "cuarto texto", como diría Jaime Mejía Duque: 1. García Márquez, 2. Sus críticos, 3. Cobo Borda... y 4. Esta reseña...

Sin embargo, si en 1983 había por lo menos treinta libros sobre Cien años de soledad, es curioso que si nos acercamos a una librería en Bogotá en busca de la obra crítica sobre Gabo, es muy poco lo que conseguimos... Acaso por ahí refundido lo de Palencia Roth, que es bastante bueno, o la biografía de Gerald Martin, para quien Colombia va por los lados del siglo XVI y está apenas pasando por sus tragedias shakesperianas.

En ocasiones este grueso volumen se compone de colaboraciones solicitadas: Jorge Amado, Jorge Edwards, Carlos Fuentes, Álvaro Mutis..., algunas muy agradables, como la de ese gran escritor argentino que por aquí ha sido descubierto muy a medias: Tomás Eloy Martínez. En otras, Cobo "compila y antologiza momentos valiosos del análisis". Está dividido en cuatro partes. La primera, "Imágenes", es lo mejor del libro. A veces parece que la selección es acertadísima; en otras, creemos advertir que estamos frente a un libro delicioso y que Gabo es un autor que contagia. Leer sobre García Márquez, me digo muy a gusto, es tan bueno como leer a García Márquez. Creo entonces estar empezando a constatar un extraño fenómeno: que no sólo los autores se parecen a sus obras sino que las críticas se parecen a la obra criticada. ¡Bah! ¡Espejismos! Semejante impresión fantasiosa pronto se deslíe. Doy vuelta al proverbio: "Lo breve, si bueno, dos veces bueno". Porque algunos de los colaboradores se tomaron muy a pecho lo de las tres cuartillas, creyendo que se les pedía el silencio o el lugar común para salir del paso y no alcanzar a decir nada... Otros, peor aún, se explayaron diciendo menos aún, se creyeron dueños del tiempo de los lectores.., y de los lectores, tanto que cabría proponer una antología de la antología. En general, los que se tomaron más de las tres cuartillas son los que menos dicen... (teorema de las tres páginas). Los más famosos, cargados de egolatría, cada uno habla de lo que le da la gana, o del día en que Gabo fue su amigo. Sospecho que en más de un caso el antólogo debió pagar tributo bien sea a la amistad, bien sea a compromisos inevitables o a la cortesía. Varias colaboraciones, y es explicable, debieron quedar incluidas por el simple hecho de haber sido encargadas, con lo cual el compilador salvó en mucho su responsabilidad.

La segunda parte, "Temas", es una antología de ensayos. Deseo referirme en especial a tres o cuatro, que son los que me han abierto el grifo de la imaginación o de la polémica, sin que ello signifique la desestimación de los demás.

A la inteligencia de Ángel Rama se debe "El puesto de García Márquez" (Eco, núm. 255, enero de 1983). Rama alcanza el no despreciable mérito de ser a la vez profundo y comprensible. Cada vez que se va a él se aprende algo. Su ensayo trata de acercarse a las claves de García Márquez. En Cien anos... destaca la "naturalidad", "donde se cuentan las cosas más espantosas, las cosas más extraordinarias, con la misma cara de palo que esta tía dijo que quemaran en el patio un huevo de basilisco, que jamás supe lo que era"... "Su seducción es obvia, en la medida en que transforma el querer ser y la ilusión en realidades". Estudia igualmente los "tensores que con círculos concéntricos ha dibujado fuertemente el autor (casa, familia, pueblo, historia) para contener la fuerza centrífuga de su materia", así como la construcción envolvente tipo Bolero de Ravel que estructura El otoño del patriarca, antes de emprender la reivindicación cultural del autor que "demostró que se podía ser moderno a partir de la lección antigua y analfabeta que habían edificado los latinoamericanos casi a ciegas".

El segundo texto que quiero mencionar es del propio antólogo, "Vueltas en redondo en tomo a Gabriel García Márquez", es un articulo que no fue escrito para Colombia sino para Argentina y que abunda en graciosos quiproquos editoriales, como aquel que se refiere a Vargas Vilas (¿el tenista?) o a la novela de Huxley "Con los esclavos en la novia" (sic), que sugiere un titulo de cine rojo más que de una obra del genial y austero autor inglés. Cobo se interna en una serie de indagaciones en el mundo del García Márquez de lo que pudiéramos llamar "período predinástico", esto es, el de los orígenes y las influencias. Pone en cuestión su posterior militancia política, que literariamente es "inconvincente". Pienso que la postura política de García Márquez ha sido la forma de expresar su resentimiento, tanto más refinado cuanto más satisfecho. Porque un muchacho costeño, pobrísimo, sin padrinos, que vive en Bogotá, desconocido, paseándose en un tranvía recitando versos, a sabiendas de que es un genio, tiene razones de sobra para resentirse.

A propósito de El otoño del patriarca (Eco, núm. 178, agosto de 1975) es el tercer ensayo que traigo a cuento. Es el de don Ernesto Volkening, ese maravilloso glosador antiguo que no sólo usaba palabrotas y mencionaba al pato Donald o al loco Pomponio, al igual que tantos de nuestros escritores terrígenas, sino que además no sólo pensaba sino que citaba a los más abstrusos pensadores de todos los tiempos. A pesar de su prosa elusiva, difícil, Volkening trata de ponerse siempre en el lugar del lector común y corriente, para deleitarnos con comparaciones inesperadas, glosas atrevidas, conjeturas acaso peregrinas, pero siempre estimulantes, volando, como él mismo lo dice, con "las mariposas de la hipótesis" a través de sus "en exceso ampulosas notas marginales", para aducir como única excusa: "échenme piedra si quieren". Defiende su opinión, como quería Voltaire, no porque sea verdadera, sino porque es suya. Qué bien desmenuza el texto, siempre negando esos mundos dizque ocultos que suponen algunos que anidan en algún rincón de la mente... De nuevo la falta de espacio impide entrar en diálogo con el ensayo, sobre todo a partir de esa idea muy suya de que García Márquez representa en último análisis la supervivencia entre nosotros del hombre del neolítico y de su cosmovisión, "burbujeando en poéticas visiones surgidas del inconsciente colectivo en cuyo minoico laberinto se conserva intacto cuanto legado ancestral nos hayan dejado pretéritas edades". Volkening se asemeja a Groussac no sólo en su manera de ver las cosas: por lo general destroza a su modelo con el fin de ensalzarlo, y a fe que lo consigue, así su visión crítica se aleje de las pesquisas de antecedentes del autor y de sus concomitancias, que a su entender son siempre vagas y no permiten ahondar ni hacer descubrimientos que llenen de feliz asombro, como si lo logra la lectura del autor mismo, en su contexto.

Cada quien tiene su manera de matar pulgas. Volkening previó que tras El otoño..., a Gabo sólo le esperaba el silencio. Felizmente, se equivocó.

La falta de espacio y una mirada de conjunto a los ensayos de este libro me invitan a consignar, una vez más, una especie de diatriba o a dejar sentada una posición que más parece una protesta y que difícilmente es tema agradable de meditación. Se trata de denunciar, como ya vamos viendo muy a diario, que la esterilidad que destruye el encanto de los textos proviene de los claustros universitarios. Aquí andan muy orondos un par de secos y nebulosos análisis con los cuales los simples lectores no solamente no podemos competir sino a los cuales ni siquiera entendemos. Esos estudios profundos gozan del dudoso privilegio de ser a la vez mucho más ricos y mucho más pobres. ¿Cuándo entenderán que es el público, así sea letrado, el que lee? ¿Cuándo comprenderán que el escritor, aún siendo erudito, debe tomar elementales medidas de traducción y de acercamiento a sus eventuales lectores? Qué tristeza para los alumnos de literatura tener que soportar ladrillos, que, para no herir susceptibilidades —quizá la única ventaja de reseñar un libro escrito por cincuenta autores—, no mencionaré con nombres propios. Y otras constataciones. A menos que mi juicio se esté volviendo paranoico o patriotero, encuentro infinitamente más acertados, más sabios, a los críticos más cercanos, a los más nuestros, cuyas visiones son por lo menos equilibradas, aunque cada una en su estilo: Germán Colmenares, Moreno Durán, Daniel Samper Pizano, Hernando Téllez Hernando Valencia Goelkel, Germár Vargas, Conrado Zuluaga (cito en orden alfabético)...

Y es que, si bien es verdad que la obra del Nobel da para cualquier cosa son los europeos y norteamericanos quienes usan y abusan de los territorios colonizados con una descarada ignorancia que quiere recubrirse de exotismo. Es como si Macondo fuera para ellos la tierra de Tarzán de los monos (y ya estoy cometiendo el mismo pecado en la carne de nuestros abusados hermanos del África), y no es que quiera pecar de indigenista ni de terrígena, ¡Dios me libre!

Es pasmosa la avidez con la que se arrebatan cualquier impresión de Mutis o de Juan Gossaín, o de Sánchez Juliao, o del mismo Plinio Apuleyo Mendoza... ¡Ah! Gossain dice que lo que quiso decir Gabo fue esto, e inmediatamente corren a las agencias internacionales a poner el fax que irá a iluminar los recintos claustrales de las empolvadas universidades del viejo mundo. Cuando no se quedan en obviedades, deliran. Siempre he sospechado que quienes comienzan por el análisis psicoanalítico van a parar pronto al esoterismo y obras "maestras" como "caballo de Troya". Alguno por ahí sugiere que la utilización del lenguaje de las flores por Gabo es acaso un homenaje a Isaacs; y no se dan cuenta tampoco de o que es obvio hasta para nosotros los cachacos. No sé que provecho pueda sacarse de hacer un recuento de los vendavales y demás vientos huracanados que pasaron algún día por Maconese "grand viento que todo lo leiva". Pero es uno de los más recalcitrantes escuderos, Dieter Janik (¿será uno de los que profesan que para ser in buen filósofo alemán hay que ser u mismo tiempo un escritor execrable?), quien tras analizar como claves en Cien años.., la casa, el huracán y la muerte, por fin acierta a comprender pág. 119) que gran parte de los materiales usados por García Márquez, lejos de las interpretaciones gratuitas id psicoanálisis, o de la escuela de os arquetipos, o de "hondas preocupaciones intelectuales", son sólo señales de "puro y calculado efecto sobre el lector". Con ello nos remite a la posibilidad, bastante sugerente por cierto, de profundizar más en la estética visual, fonética, e incluso espiritual, que anima la obra del Nobel. Las de Gabo son, de algún modo, imágenes felices bajo sonidos eufónicos. Y eso, obviamente, no ha sido inventado por él. Citaré dos ejemplos tomados de Cortázar: "Glasgow suena a mal tiempo, a puerto lleno de gente triste", dice la Maga en Rayuela. Y esta otra: "Traveler se quedaba solo en la oficina y se preguntaba cómo serían los atardeceres en Connecticut". ¿Aquí cualquier lector curioso se pregunta: ¿por qué Connecticut? Obviamente, porque hay un efecto estético en la palabra. En Gabo los ejemplos de este procedimiento son infinitos. En especial los nombres de lugares: todo lo que quede al este de Viena suena a literatura.

Es por lo menos curioso observar cómo una de las características que más encomian los críticos de García Márquez es precisamente la subjetividad, la escapatoria a los esquemas establecidos, en definitiva, su singularidad, y lo hacen, con el mayor descaro, sirviéndose, ellos si, de los esquemas y de los lenguajes técnicos marchitadores y esterilizantes. Mas hay, por su puesto, excepciones. Una de ellas es la "Fabulación sobre lo fabuloso" de Gustav Siebemann, todo un estudio de academia, con acercamiento semiótico, árbol genealógico y todo lo demás, que a pesar de que desmenuza la obra maestra dejándola en piltrafas, sin embargo no solamente es legible sino muy interesante. Se nota que hay un lector no sólo inteligente, sino entusiasmado y agradecido.

Otros ensayos asombran, como aquél, colmado de erudición literaria, del experto en ediciones de Cien años de soledad, Carlos Rincón Bolívar, que lo deja a uno entre la admiración y el rechazo. Rincón nos enrostra una lista de libros de los años noventa, lo más granado de la literatura actual, que son —quien sabe si por fortuna— como una violación de nuestra docta ignorancia.

La tercera parte, "Variaciones", aunque contiene algunos análisis penetrantes, como el de Volkening, parece algo más pobre que las dos anteriores. Se trata de un recuento de reseñas de algunos de los libros de Gabo. En general se dejan leer, salvo alguna que da grima, como la de Régis Debray, el amigo del Che Guevara y de Fidel Castro que vino a hacer la revolución en Suramérica en los años sesenta y no tuvo la decencia de suicidarse ni cuando mataron a su héroe ni cuando se derrumbé el comunismo, sino que ahora funge burguesa y desalentadoramente como zar de la cultura en Francia, al lado de figuras tan dudosas como Arrabal o Bianchiotti, dos hispanos que destilan antihispanismo por el hecho de que allá fueron aceptados. A Bianchiotti, el más argentino de los franceses, de quien hay otro articulo en esta recopilación, le escuché decir alguna vez que la palabra solitude era mucho más rica, profunda, y gozaba de mejores matices que la palabra soledad (?).

Otro que, más que pobre, nos parece lejano en todos los aspectos, es el de Salman Rushdie, a quien no sólo hay que apoyar con todas nuestras fuerzas en contra de la inicua sentencia que lo persigue a sol y a sombra, en nombre de la libertad, ya que no en el de la literatura, pues a la odiosa sentencia del ayatola, a quien Alá tuvo a bien llevarse primero al paraíso que al escritor hindú, cabria agregar, si no fuera por la crueldad de la ocasión, una parodia de Oscar Wilde: "Los versículos satánicos no es inmoral; es peor que eso: está mal escrito".

En lugar de reseña he terminado en lo que me proponía evitar: en un esbozo de ensayo, entremetiendo mi opinión entre las de los críticos criticados, destruyendo el sabor de la función de homenaje que tiene el libro y advirtiendo que aquí no hay una sola crítica abiertamente contraria a Gabo... y que las hay, las hay.

 

LUIS H. ARISTIZÁBAL