Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 32, Volumen XXX, 1993

Tipología del héroe abyecto


El resto es silencio
Carlos Perozzo
 
Planeta, Bogotá, 1993, 467 págs.

 

El héroe abyecto tiene orígenes remotos: en el diálogo saturnal participaban parejas antagónicas: el amo y el esclavo, el monarca y el mendigo, el sabio y el tonto, el filósofo y el loco. La fuerza de este antiguo género literario reside en la posibilidad de subvertir las relaciones de poder. Emparentado con el carnaval, tenía gran acogida entre el pueblo, porque permitía la liberación de buena parte del resentimiento a través de la risa.

El esclavo, el mendigo, el tonto y el loco, que en ocasiones pueden ser más valientes y libres, más ricos, sabios o cuerdos que sus interlocutores, presentan el punto de vista de un amplio sector de la sociedad y la cultura que tradicionalmente ha quedado al margen. Este héroe degradado es capaz, inclusive, de burlarse de si mismo. Pero una vez terminada la representación, las jerarquías y los valores quedaban restablecidos: de nuevo prevalecía lo serio, la moral, la ley y el orden. El autoritarismo salía fortalecido.

La opresión no termina, pues, con el desfogue transitorio: es perpetua. Crece el resentimiento.

El héroe abyecto moderno es heredero de aquella vieja tradición; desciende del esclavo, el mendigo, el tonto y el loco. Los encarna y representa a todos, pero viene armado de un lastre centenario de resentimiento y de una fuerza vengativa de destrucción. En el pasado, la risa era una forma simple de la alegría y el olvido. En la actualidad, el héroe ríe también, pero el tono de su risa es de terror. La alegría se ha convertido en mueca de locura. Y su nihilismo es creciente.

La novela, como género, heredó la tradición del carnaval y la saturnalia. En ella caben con plena autonomía los gargantúas y pantagrueles, los sanchos panza y toda la caterva de héroes dostoievskianos. Pero es en el subgénero de la novela urbana moderna en donde tal tipología ha tenido un desarrollo más amplio y complejo.

En Colombia, el héroe abyecto aparece desde época temprana. Fernando Acosta, uno de los protagonistas de Diana cazadora (1915) de Climaco Soto Borda, es un bogotano de clase alta que desciende, llevado por la pasión malsana y el vicio del alcohol, a la cantina y al burdel. En El día del odio (1952) de Osorio Lizarazo, presenciamos el periplo degradante de Tránsito, una niña campesina que llega a la ciudad y es arrastrada por las circunstancias a la prostitución y a las más bajas pasiones. Más recientemente, otras novelas retoman el héroe abyecto, cada vez con tintes más macabros: Todo o nada (1982) de Oscar Collazos; El pez en el espejo (1984) de Alberto Duque López; Sin remedio (1984) de Antonio Caballero; Las puertas del infierno (1985) de José Luis Díaz Granados; Acelere (1985) de Alberto Esquivel; Entre la soledad y los cuchillos (1985) de José Luis Garcés González; Hacia el abismo (1986) de César Pérez Pinzón y El pelaíto que no duró nada (1991) de Víctor Gaviria: asesinos y prostitutas, drogadictos y raponeros, hombres y mujeres que se arrastran en la periferia de la sociedad y llegan a los extremos más aberrantes.

De esta estirpe es el héroe de la última novela de Carlos Perozzo, El resto es silencio: Jorge Eliécer Altuve Plata, oriundo de Puerto La Antigua, un caserío de provincia, deambula por las calles de Bogotá, después de haber pasado más de veinte años en las peores cárceles de la república, acusado de un crimen que nunca cometió.

En este momento de su existencia, Altuve nada tiene: ni siquiera un rescoldo de moral. Carece de profesión, de sentimientos, de amigos o parientes, de patrimonio. La cárcel no lo "regeneró" sino, más bien, lo convirtió en un monstruo. Se acuesta cada noche "con la esperanza de no despertarse vivo". Ahora hiede física y espiritualmente. Es un "desechable" a la orilla de la vía pública. Su piel está cubierta por el acné, su mirada es de víbora, se viste con harapos. Y, sin embargo, piensa y recuerda.

Altuve ha sufrido todas las violencias. En Puerto La Antigua, su pueblo, se vio de repente en medio del turbión partidista causado por el asesinato de Gaitán. Era maestro de escuela y enseñaba literatura, y algunas evocaciones en este sentido constituyen el único, aunque pálido, paraíso que ha tenido su vida. Se enamora, es víctima de los celos y las intrigas y actúa en defensa de lo que ama, cayendo en una trampa mortal que lo lanza al calabozo, del que ahora emerge sin ninguna ilusión. Y en la última etapa de su vida, mientras algunos de sus conocidos mueren de sida, o son asesinados en las calles, Altuve va evolucionando hacia lo peor, y termina convertido en un matador a sueldo.  

 

Se trata de una novela extensa que se regodea con el detalle, así sea éste grotesco y sucio. La ciudad está descrita desde la mirada del excarcelado. La voz narrativa enfatiza y hace más dramática la multitud de sensaciones que acuden a la mente del protagonista. Son sensaciones no propiamente de belleza o ilusión, sino de miseria, violencia, procacidad, suciedad: las horas de angustia, los rechazos, las humillaciones que sufre cuando busca dónde liberar sus intestinos; la expulsión de la iglesia porque allí no puede pasar la noche; el robo de una botella de alcohol a un borracho, con el objeto de él también emborracharse. Su única compañía es un perro llagoso con el que comparte las horas de lluvia bajo los puentes. Otras veces se dedica a robar sobras de comida, a recoger colillas de cigarrillo, a buscar restos de basuco.

Altuve carece de paradigmas de excelencia. Sólo puede evocar horrores. Ante la violencia que vive en las calles de la ciudad, exclama: "Era más segura la cárcel". En todo momento, "el fracaso lamía sus pies como una ola podrida".

Llama la atención la forma lenta y demorada con que se describen tantas bajezas. Detalle por detalle, sensación por sensación, el relato se detiene en lo más sórdido del ser humano y en lo más vil de la ciudad. A veces, el lenguaje toma un tono juguetón e irónico, en el que se expresa el regodeo del autor profesional. En este punto de la estrategia narrativa cabría una comparación. El Ulises de Joyce: una cotidianidad, un periplo interior, un monólogo y un flujo de conciencia intensos e interminables; comparación que no debe ser llevada más allá del gusto por la minucia y la exhibición de una técnica.

Al margen de tan profunda conciencia de abyección, la novela comporta otras formas de conciencia: la social y la escritural.

La social sirve para denunciar con insistencia todo tipo de instituciones: ese monstruo que deambula por las calles es una creación de la misma sociedad; los medios de comunicación utilizan la mentira sistemática; la democracia es una patraña. Se acusa al Estado de ser autoritario y violento y de estar evolucionando hacia formas todavía más violentas y autoritarias. A veces, aparece un segundo narrador, quien, en letra bastardilla, intercala textos también cargados de ironía sobre ciertos estudios del Fondo Monetario Internacional y otros organismos, en los cuales se da cuenta de una supuesta mejora de los índices de ingreso de las masas de América Latina, o se alaban las políticas carcelarias del país.

En cuanto a la autoconciencia narrativa, Altuve dialoga con el autor en repetidas ocasiones. Se queja de que una novela de más de 150 páginas "es onanismo" (la novela que leemos tiene 467). El autor predice el fracaso de su empresa: "ya ni siquiera queman nuestros libros públicamente". Así, la carga de ironía en el tejido del texto es una forma de enfatizar la desfachatez del protagonista, el determinismo a que está condenado el acusado, y la denuncia social del autor.

Se trata, pues, de una novela del umbral, de lo grotesco y excrementicio, de lo blasfemo y canceroso: crisis del estamento social sin posibilidad de redención. Territorio en donde la razón llega a su ocaso, en donde fracasa el pensamiento; fin de la escritura, dilución y muerte del sujeto, extremaunción de la metafísica, fracaso de toda rebelión e inutilidad de toda violencia.

Tal carga de ironía, procacidad y bajeza no son fáciles de sobrellevar por el lector, por más artilugios literarios con que se adorne el discurso. Por eso, la novela, por su extensión, exige un lector paciente, cuya razón de lectura vaya más allá del mero goce estético.

 

ÁLVARO PINEDA BOTERO