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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
32, Volumen XXX, 1993
Cada generación
inventa sus clásicos
La poesía como idilio
La poesía clásica en Colombia
Oscar Torres Duque
Colcultura, Santafé de Bogotá, 1993, 74 págs.
El presente trabajo recibió el Premio Nacional
de Literatura, 1992, otorgado por Colcultura, a la categoría de ensayo. Sin embargo no
deja de ser sorprendente que, dentro de todo el bombo que se escuchó a raíz del
pronunciamiento de los diversos ganadores, se habló de todo menos del premio al mejor
ensayo, género siempre esquivo a cuanto desborde la medianía ambiental que logra
disfrazarse a veces en el cuento y en la novela, al menos ante los ojos de los jurados.
Oscar Torres Duque, habitual, agudo y estimado
colaborador de este Boletín, es su autor. A la avara nota biográfica que nos regala la
solapa, debemos añadir que Torres es uno de esos enfermos de la literatura que a la
figura de niño prodigio en el célebre "Cabeza y cola", hace ya más de diez
años, añade un conocimiento riguroso de no pocos temas, entre ellos la literatura
medieval o el "clasicismo de los cuales es catedrático universitario. Es él
quien ha escrito que lo lectores de estas reseñas son, en un noventa por ciento, sus
mismos autores. Me atrevería a añadir que ci pareja proporción constituyen (¿o
constituimos?) la respetable cofradía de los poquísimos lectores de libro que todavía
quedan en Colombia.
Ahora trataré de acercarme a este texto, un
tanto difícil para quien no está acostumbrado a trasegar ni la rigores académicos, ni
la crítica dt poesía; y si bien hacer crítica de Li crítica resulta ser negocio harto
banal lecturas de tercera o cuarta mano la descripción somera de la obra
que es la que intentaré ya no lo es tanto Busco, además, en el ensayo, como
Bataille, lecturas sorpresivas. La crítica debe ser también revelación dice Oscar
Torres. A mí un ensayo como este me descubre que el critico o el ensayista, si se
quiere por más riguroso que quiera ser, también es un rey del país de la
imaginación, es un
creador de criaturas novedosas, poéticas... Su lectura
supongo que la de muchos de nosotros lo es es difícil debido a la inmensa
condensación conceptual. Es el defecto (¿o virtud?) de quien tiene muchas ideas y poco
espacio para expresarlas.
Un ensayo que parte de esta premisa: que la
palabra clasicismo, en el contexto de la literatura colombiana no significa nada,
que decir que una poesía es equilibrada, medida y serena no es decir nada o es un
concepto inane, ya invita a la batalla. De hecho el autor, graduado en letras y profesor
académico, empieza renegando de cualquier marco teórico. Pide además un adiós a las
falsas escuelas y periodizaciones forzadas, así como a los mitos nacionales, en la
historia de la literatura colombiana. La tradición se hace, quizá también se revela,
pero no se constata y menos se "pesca". Una tradición, según Oscar Torres, no
es una coincidencia idiomática, ni un "siempre sucio tráfico de
influencias ", ni intereses temáticos comunes... La única tradición
posible subyace en unos principios estéticos fundamentales. Tradición, en suma, es
universo.
La primera pregunta que me intriga es si en
realidad necesitaremos una tradición. No sé por qué razón todas las razas, los
pueblos, las naciones, las generaciones, buscan en el pasado un sostén un "manar en
las fuentes prístinas de...", un lactar en alguien o en algo, una madre, una loba,
lo que sea, so pena acaso de perder la identidad o de caer en el vacío... Torres quiere
mostrar algo, y ese algo es que la única tradición presente en nuestra poesía, la
única que puede fundar un lazo de unión, una línea de sentido, una común visión del
mundo, es la actitud ante "esa cosa distinguida, la muerte", que diría Henry
James, en poetas aparentemente disímiles... ¿Por qué tomar el idilio como punto de
partida? Porque, para el autor, es la más concreta de las realidades poéticas que
permita realizar esa conjunción anhelada... Ahora bien: idilio debe entenderse no como
descripción pastoril sino en su sentido original: lo idealizado, lo ideal concreto...
"Lo ideal se opone aquí a lo práctico, a lo funcional, a lo utilitario, pero no a
lo real". El idilio es retomo al origen, a lo sagrado. El poeta idílico es
epopéyico y es también poeta de la infancia, la edad idílica por excelencia. También
los poemas de la muerte destaca el autor hablan de niños.
Oscar Torres elabora una lista de poetas
idílicos, que no se relaciona en modo alguno con sus gustos personales: Silva, Aurelio
Arturo, Vargas Osorio, Mutis, Quessep, Álvaro Rodríguez y Mario Jursich... ¿Qué por
qué esos siete y no otros? Pues porque así los ve el ensayista y el mínimo derecho que
tiene un autor, bien se ha dicho, es el de partir de sus propios prejuicios. Si todos
estuviéramos de acuerdo, ¿entonces para qué escribir ensayos o cualquier otra cosa?
Aceptemos o no esta lista (para mí es arbitraria, como cualquiera otra y sus conclusiones
serian igualmente válidas para otros poetas), es igual; no importa: como hipótesis, la
acepto; lo importante en este caso es lo que a continuación avanza el critico, con rigor
y método, y que, con más o menos nombres sus conclusiones no son sólo ingeniosas sino
inevitables...
"Se trata de dibujar un esqueleto; por el
esqueleto se imagina el dinosaurio" (pág. 6). Intentemos adentrarnos en el camino.
Torres ensaya el estudio del canto a la muerte, renegando de los fugaces tópicos de moda:
maximalismo y minimalismo. Busca en la poesía colombiana, para comenzar, los rastros de
la epopeya, que desde luego no es sinónimo de heroísmo ni consiste en "las
alegorías insoportables de Aurelio Martínez Mutis"... La primera muestra epopéyica
de nuestra poesía sería el soneto Héctor de José Eusebio Caro ("Y Héctor,
Héctor, la faz de polvo llena..."), donde por vez primera se canta en
epopeya a la muerte... Troya y los griegos son apenas el escenario. No lo mismo
puede decirse del himno A la estatua del Libertador de don Miguel Antonio Caro;
"el presidente filólogo lastró de barrocas metáforas históricas y no disimuladas
tesis políticas su himno". La verdadera epopeya está también en Silva: Al pie
de la estatua ("Un mundo de nobleza se adivina / en la grave expresión de la
escultura"), recreación de un Bolívar divino (no endiosado). El poema todo es una
formulación más del tópico célebre del ubi sunt. Bolívar es grande, pero está
muerto. ¿Dónde está? Ahí mismo, en la estatua.., al héroe le sobran nuestros cantos,
ya está en la cima. Marguerite Yourcenar escribió en palabras que no vendrían mal
al caso que la justificación de las estatuas es inspirar amor a los que las
contemplan (La improvisación sobre Innsbruck, 1929).
"En el fondo" tanto Silva, como Ramos
Sucre (el venezolano que seguramente debería estar dentro de la tradición que quiere
Oscar Torres si hacemos la vista gorda a la imaginaria frontera geográfica) y Mutis no
hablan de otra cosa que de la muerte".
En Alvaro Muris es notoria esa presencia en El
hüsar o en el Poema de lástimas a la muerte de Marcel Proust: "Basta la
trama de celestes venas que se evidencia en sus manos y que cerca su profundo ombligo para
llenar este canto". Un hombre medieval del trópico un trópico de delicia
edénica no es más que una aleación artística (pág. 23). El héroe de epopeya
ya se nos van aclarando las cargas por el camino no compite con los principios
del mundo histórico, su realidad está en el mundo del idilio, lo que ocurre con la
poesía de Aurelio Arturo, "que no es otra cosa que una épica recurrente de
personajes que cruzan como sombras entre un paisaje rotundo y al confundirse con él se
fijan en la memoria, se hacen memorables y con ello epopéyicos, representativos"
(pág. 26). Hablamos, claro está, de Morada al sur (1963), "sutil pero más
bien monumental epopeya", que acude a la estilización, al recorte, propios de lo
idílico. Pero aquí estamos, además, presentes en el mundo de la fábula. Las cosas, que
el piedracelismo había convertido en medios metafóricos, son en Arturo "personajes
concretos, no simbólicos, que imponen su esencial existencia" (pág. 32) y se
pregunta si ese mundo fabuloso, ese "reino artúrico", que es en realidad el
desarrollo de un ciclo mitológico, no será uno de los mismos que visita Maqroll en sus
tantas correrías.
El de Arturo, como el de Giovanni Quessep, es un
mundo agreste, negación del mundo moderno; a la vez está lleno de tipologías: "Soy
el profundo río de los mantos suntuosos...", sólo que Quessep es también intimista
y ha optado por mezclar el mundo monumental con la miniatura épica de los paisajes
cerrados. En Mutis sólo el desastre es descriptible. La muerte se lleva todo. En Quessep
la muerte es un reino, "lo que dura es siempre ruina, muerte encarnada, pero la ruina
es memorable, la muerte es inmortal..." (pág. 43).
Un viaje a las fuentes sagradas es igualmente la
poesía de Tomás Vargas Osorio, el autor de Regreso de la muerte y, por
excelencia, de Poemillas y de La muerte es un país verde, de clara
raigambre narrativa aunque sin el menor asomo de nada profano. El santandereano "no
buscaba una identidad cultural sino que escribía desde ella". El poeta
le da pie a Torres para emprender todo un ensayo individual: La experiencia del
límite: aquí es ya no sólo la muerte, sino el sentimiento del paisaje y la
persistencia de un orden sagrado, "una voz que no importa qué sea: existe porque
está cantando, porque tiembla. Es limite" (pág. 61) y, como nos dice luego, la
muerte es el limite que dignifica y hace agradables todas las cosas. La felicidad
consiste, pues, en aceptar los límites.
La continuidad de esa tradición excepcional de
poetas épicos "que fundamenta toda la creación poética en el poder del
encantamiento", se encarnaría luego en la poesía de Álvaro Rodríguez,
particularmente en El viento en el puente ("la belleza es lo eminente del
tiempo") y en Mario Jursich. "Lo épico en Rodríguez ofrece una raíz
monumental y juglaresca: la de la alabanza" (pág. 46). Para él la poesía es una
acción de gracias (y. gr. su Agradecimiento a Auden). Es un poeta que se complace
en el mundo que canta, y la suya es, si ello es posible, una poesía feliz.
En Glimpses, Mario Jursich intenta una
"revaloración, hoy agresiva, de la imagen bella" en un mundo cerrado y
repetitivo que sigue la tradición de William Carlos Williams: ("...ver la luz / con
asombro / y pensar que el día / está en suspenso, / igual a este minuto / que del árbol
pende". Glimpse es vislumbre, mirada rápida, instante fugaz. "El poeta
es quien ve rápido y ve todo" (pág. 40). Poesía de objetos y del hombre que los
mira a campo abierto. Observa con agudeza el ensayista que en Jursich desaparecen el
medio, la atmósfera... "Se trata de una poética de la singularidad, de la forma
única", poesía ontológica que recuerda la de Jorge Guillén.
He leído una reciente aunque igualmente
tardía reseña de este libro. En ella se le tacha de imprecisión, voluntarismo y
premura especulativa, y se le encasilla dentro de una curiosa categoría: lo juvenil; esto
es, desparpajo, desinterés, generosidad, alegría, frivolidad e... incluso, pedantería.
Me permito disentir amablemente. Lo que yo no encuentro aquí por ninguna parte es la
pedantería. Concedo que la selección de poetas es arbitraria, pero también creo que si
el escritor no puede expresar en su propia obra su propio yo -sus propias ideas, que son
de él y de nadie más, para lo cual hay que hablar en primera persona, entonces
entramos en el mundo totalitario de la literatura... El autor tiene derecho a consignar lo
que ve, del mismo modo que los lectores tenemos derecho a no estar de acuerdo... Lo único
que no debemos permitir, y fustigar, es que se digan presumiendo autoridad
falsedades fácilmente comprobables o tonterías atrevidas que denuncian de inmediato una
mente virgen que quiere hacer carrera en un mundo en el que el triunfo de algunos
mediocres da esperanzas a cualquiera. El rigor del critico, un historiador muy notable por
cierto, y de criterio serio e independiente, me hace pensar en que hoy, mas que nunca, se
precisa entre nosotros esa crítica afectuosa que pedía Roland Barthes. Ser joven, si es
un defecto, amerita ser instruido por quien no lo es. El canibalismo literario tan
practicado por algunas de nuestras "glorias" nacionales me parece sólo
admisible donde no hay más alimento que el prójimo y donde no se encuentran no
digamos ya carne fresca sino ni siquiera modestos e insípidos vegetales para
sobrevivir.
LUIS H. ARISTIZÁBAL
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