Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 32, Volumen XXX, 1993

Libros curiosos y olvidados


Viajeros colombianos, en Alemania 
Gabriel Giraldo Jaramillo
Imprenta Nacional, Bogotá, 1955.

Diversas razones pueden hacer curioso un libro. Su antigüedad, su editor o impresor, las ilustraciones o, como se trata en este caso, su tema. Gabriel Giraldo Jaramillo —a quien el país le debe el homenaje de una reedición de sus obras, todas ellas signadas por la voluntad de recuperar aspectos olvidados de nuestra historia y cultura— se dio a la interesante tarea de reunir en un volumen las notas de viaje por Alemania de algunos colombianos en un largo período comprendido entre 1830 y 1938. Un prólogo breve y esencial, del autor de la compilación, hace un recuento panorámico y preciso de lo que ha sido la presencia alemana en la economía, las ciencias y las artes colombianas, desde la Conquista hasta mediados del siglo XX. Finalmente, unas también breves notas biobibliográficas nos informan sobre los autores de los distintos textos recopilados.

Estas notas de los viajeros colombianos tienen interés en más de un sentido. Dicen tanto de Alemania como de la sensibilidad y la estructura intelectual de quienes la recorrieron y escribieron sobre ella. En todos los casos se trata de lo que se llama "viajeros cultos", es decir, personas con buenos conocimientos previos sobre el país que visitan y con una cultura general y una experiencia viajera que les permiten no sólo gozar del viaje con más plenitud sino que los dotan de distancia crítica, de la capacidad de discrepar, trátese de la vida política, del arte o de las costumbres. Así, todos tienen palabras elogiosas —y en las que se repiten a menudo los adjetivos "soberbio", "espléndido" y "deslumbrante"— para los castillos, las iglesias y catedrales, los monumentos, los cementerios, las bibliotecas, las ruinas, los zoológicos, las calles, los jardines, los parques, los ríos, lagos, llanuras y montañas, los museos, los restaurantes y, por supuesto, los hombres y sus costumbres. Pero, como acabamos de anotar, en medio de la descripción, la narración o el elogio, no falta la nota crítica —tocada de ironía, a veces— sobre lo que consideran mal gusto, excesiva suntuosidad o monumentalidad, o acerca de la falta de animación y hasta aburrimiento producido ya por la uniformidad estilística de las residencias de una zona, ya por la soledad de calles perfectamente trazadas. Aunque más de uno de los antologados toca la nota del aburrimiento, el que más pareció acusar esa situación fue José María Samper (1828-1888), quien después de referirse a Carlsruhe como "limpia, elegante por sus formas, sólidamente construida, singular en su estilo, interesante por algunos monumentos, pero también singularmente monótona y solitaria", de impugnar las entonces partes nuevas (1862) de las ciudades, porque "en lo totalmente nuevo todo es regular, vasto, uniforme, monótono y sin estilo ninguno; todo es pretencioso, pedantesco, imponiendo la ley de la línea recta en todas direcciones", de insistir más adelante en la misma queja respecto de Maimheim (aunque aquí el juicio se equilibra con el señalamiento de lo que le pareció agradable): "Mannheim posee de 25 a 28.000 habitantes que, si no tuviesen negocios en que ocuparse con actividad, lindos y numerosos jardines en las cercanías, y agradables paseos en las riberas de los ríos y en el magnífico parque del palacio gran-ducal, deberían morirse todos de tedio, al vagar por aquellas calles anchísimas, rectísimas y tristísimas, orilladas por hileras de casas absolutamente iguales y cortadas invariablemente en ángulos rectos", y de una o dos observaciones más de la misma índole, saturado, lanza en sus notas de viaje lo que es ya una incontenible reacción dionisiaca: "Realmente, Darmstadt es tan fastidiosa en su parte nueva, que al recorrer sus calles dan ganas de acostarse con toda franqueza, sobre las baldosas de una accra, a dormir el sueño eterno de los justos, con la esperanza de despertar, por vía de compensación, en medio de un carnaval italiano".

Es cosa archirreconocida que diferentes aspectos de la mentalidad predominante en un siglo se prolongan en los hombres de la siguiente centuria. Estos viajeros colombianos —específicamente los que vivieron en el siglo XIX— tenían la obsesión dieciochesca, más exactamente, iluminista, de la precisión, del dato, resultado de la veneración que imponía el desarrollo de las llamadas ciencias positivas. Se los imagina uno libreta en mano, requiriendo de guías o tomándolos de manuales, toda clase de datos: número de habitantes, extensión de un lago, medidas de un monumento, producción agrícola de una región, número de volúmenes y folletos de una biblioteca, las varas que mide un puente, el peso de un monolito, etc. Claro está que tal preocupación salva a estos retratos de la vaguedad lírica (el único que cae en este vicio tan colombiano es Santiago Pérez Triana, al hacer el retrato exaltado de un profesor de química: "Las arrugas de su frente, ceñida como de blanca aureola por su cabello encanecido, eran como el surco del pensamiento de ese cerebro tenaz...") y les otorga un espesor tangible, rico en información y en placer. Incluso esa eficacia es especialmente enriquecedora cuando las descripciones están a cargo de escritores de oficio, con garra literaria, como es el caso de las páginas de José María Samper. Sólo que para un lector de hoy puede resultar molesto ver interrumpida la amena descripción de un paisaje o la narración de una anécdota para leer que "Este monolito enorme tiene 7 metros 33 centímetros de diámetro y pesa 1.500 quintales" o que "...esa rotonda mide 75 metros de diámetro, lo que es enorme, y 41 de elevación". Sin embargo, y dentro de un espíritu de precisión similar, debemos decir que tales minuciosidades no llegan a ser excesivas.

Debe reseñarse también el espíritu justo, equilibrado, de nuestros viajeros. En ningún caso la distancia crítica y el pensamiento predominantemente democrático que los caracterizaba los condujo a la mezquindad para con las mejores realizaciones de la nobleza y el pueblo alemanes, o para con las bellezas naturales del país. Por eso, y para ilustrar lo que decimos, a la vez que varios de los antologados no dejaron de anotar un relevante ambiente militarista en ciertas esferas —ambiente que tienen el acierto de contextualizar históricamente: las antiguas y mutuas agresiones entre Francia y Alemania— de la nación, observaciones que se tocan incluso de agudeza premonitoria en Medardo Rivas (1825-1901), quien luego de informamos por encima sobre el abundante armamento (más de cien mil armas) contenido en los salones de El Arsenal, museo militar, concluye con acento de plegaria: "...y quiera Dios que la historia de Alemania se encierre en la inscripción que he citado, colocada en la puerta del Arsenal" (la inscripción decía: "Estas armas sirven sólo para la defensa de la patria; jamás para guerras injustas ni para oprimir a otros pueblos”). ¡Rivas hacia su anotación en el año 1885! A la par, decíamos, con este tipo de observaciones y otras similares sobre aspectos de la organización política, etc., y descontando, por supuesto, el material más abundante: la narración y descripción objetivas, los que escriben son francos e igualmente minuciosos en el elogio: "Dondequiera reinaban en los muebles y adornos la sencillez, la modestia y la economía. ¡Ningún lujo, ninguna preocupación de ostentación artística o palaciega! Tal parecía como si el palacio fuese una residencia de simples bourgeois alemanes. Confieso que, si bajo el punto de vista artístico quedamos muy descontentos, el espectáculo nos gustó mucho como rasgo indicativo de las costumbres alemanas", escribe José María Samper, el más predispuesto a la crítica. "El Hotel de Ville o Casa del Ayuntamiento es un verdadero alcázar regio, en cuyos salones se admiran las valiosas tapicerías, colgaduras de terciopelo, cueros estampados y grabados en estuco que adornan las paredes [...] de un trabajo artístico incomparable, con cielos rasos de estilo gótico primorosamente tallados en madera de nogal" nos cuenta en sus notas de viaje de 1907 José María Cordovez Moure (1835-1918).

El largo lapso (108 años) entre el primer y el último viaje recogidos en el libro, permite captar interesantes cambios en Alemania, en la mentalidad de los viajeros —menos exhaustivos, al menos en lo seleccionado por el compilador, los viajeros del siglo XX, más dados a narrar las incidencias de su viaje particular que a agotar cuanto veían— y en las mismas condiciones materiales del viaje. Es este sentido llama la atención cómo ya en 1929 Antonio Martínez Delgado (1894-1933) se queja y ridiculiza esa modalidad del viaje colectivo, en manada, hoy conocido como "tours", donde se esfuma la posibilidad del viaje personal, del detenimiento y la morosidad individuales, de la aventura, en áreas de un superficial querer verlo todo: "Nosotros hicimos lo propio, como era de rigor, y después tomamos asiento en uno de esos buses típicos que recorren las ciudades europeas cargados de excursionistas, todos provistos de Baedeker y cámaras fotográficas. No obstante la evidente comodidad y conveniencia de estas excursiones, pues le evitan al turista la difícil obligación de formarse un itinerario por cuenta propia, hay en ellas no sé qué de infantil y depresivo, pues reducen al viajero a la condición de colegial obediente, forzándole a escuchar una lección de historia repetida cien veces del mismo modo [...J El guía [...] va gritando nombres a través de su bocina y relatando historias, mientras los edificios, las grandes plazas, los jardines y los monumentos pasan y pasan en interminable sucesión, dejando en la mente un recuerdo confuso..."

No pocos aspectos del libro han quedado por fuera de nuestro comentario, pero los que hemos reseñado son suficientes para afirmar que dentro de la más bien escasa bibliografía nacional sobre viajes, esta selección de textos es una de las más sugestivas.

 

JAIRO MORALES HENAO