Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 31, Volumen XXVIII, 1991
 

Reflexiones en torno a una antología


Antologia del cuento vallecaucano
Harold Kremer
Centro Editorial Universidad del Valle, Cali,
1992, 258 págs.  

Antiguamente se hablaba de “florilegio”: colección de trozos selectos de materias literarias. En los círculos religiosos, las antologías reúnen oraciones y cantos para ser entonados en las fiestas solemnes. La etimología de la palabra está relacionada con la idea de “escoger flores” (anthos, flor; legein, escoger).

Lo que usualmente no explican los diccionarios es que elaborar una antología supone un acto de poder. Lo ejerce quien hace la escogencia. En los florilegios religiosos es evidente que los himnos seleccionados son los que la autoridad desea poner en boca de los fieles. De igual forma, en las antologías literarias, el antólogo y la entidad que patrocina la publicación imponen unos criterios y unos textos para que sean leídos como “clásicos”, como “los mejores” o “los más representativos”.

Esta es en realidad la función de la crítica y de la historiografía literaria: establecer (o discutir) el canon y elegir el corpus. Se funda una literatura o se reconstruye una tradición a partir de actos críticos de selección. No podemos hablar de literatura si estamos ante un conjunto de obras sueltas, como no podríamos hablar de biblioteca ante un montón de libros en desorden sobre un andén. Se necesita un canon que organice, que permita la escogencia y la interpretación, que sirva para probar o rebatir una tesis.

Generalmente el antólogo explica en la introducción el canon utilizado. Las posibilidades son muchas. Puede elegir por el tema. O tomar las fechas de nacimiento de los autores, tal ocurre con el llamado “método de las generaciones”. Si se utilizan las formas del estilo, sería posible congregar textos románticos, irónicos, fantásticos o realistas. Consideraciones sobre lo social o histórico permitirían antologías sobre la colonización, la violencia, lo urbano o lo posmoderno.

Al acercamos a la Antología del cuento vallecaucano, la primera pregunta que podemos formular tendría que ver precisamente con la cuestión del canon. ¿Cuáles fueron los criterios de selección?

La verdad es que no es fácil contestarla. El título podría ser clave suficiente, y tal es la impresión al comenzar la lectura: cuentos vallecaucanos. Pero a poco surgen las dudas: ¿Escritos por personas nacidas en el Valle?, ¿o por personas de otros lugares, pero que nos ayudan a comprender los rasgos de esta región? ¿Cuentos ambientados en su territorio?, ¿cuentos que buscan definir, o que son expresión, de una identidad regional?, ¿que ejemplarizan una tradición, una evolución del género?, ¿que presentan una particular forma de ver el mundo, o de sentir?

Más aún: ¿qué significado tiene en este caso la expresión “Valle del Cauca”? En la corta introducción que escribe Harold Kremer, el antólogo, no se responden estas preguntas. Los lectores deben orientarse por sí mismos.

Al analizar los escasos datos biográficos que se incluyen, encontramos que no todos los autores son oriundos del Valle. Hay un cubano (Dow Dow); un chocoano (Oscar Collazos), un bogotano (Aguilera Garramuño) y un tolimense (Boris Salazar), quienes, debemos suponerlo, han vivido en el Valle en alguna etapa de sus vidas. ¿Es suficiente esta circunstancia para calificar de “vallecaucana” la obra de un autor? Hay otros escritores que también han vivido en el Valle y que no están incluidos en la antología, como Fanny Buitrago y Eutiquio Leal.

Además, ¿por qué se excluyen algunos que sí son oriundos del Valle, como José Cardona López y Enrique Cabezar Rher? ¿Por qué no excluir a Armando Romero, quien, si bien nació en el Valle, ha pasado casi toda su vida fuera de la región?

Las biografías no explican, pues, la selección. Tampoco la explican los textos mismos; el de Salazar tiene que ver con Estados Unidos; el de Garramuño es una fábula que sucede en un lugar sin nombre. El de Romero caería posiblemente en la categoría de lo fantástico. Además hay textos sobre la colonización en el Caquetá, la violencia, la ciudad y las pandillas juveniles; la música, la droga, la promiscuidad sexual; sobre prostitución y la vida de familia y sus conflictos. Algunos están expresamente ambientados en el Valle; otros podrían situarse en cualquier lugar. El mosaico de temas y de ambientes es tan amplio que no sirve de criterio de clasificación.

Tampoco podríamos hablar de generaciones. El primero es Germán Cardona Cruz (Tuluá, 1903) y el último Alberto Esquivel (Cali, 1958). Están organizados secuencialmente, de acuerdo con su fecha de nacimiento; pero no se agrupan, no hay separación de épocas ni de estilos. Los cuentos incluidos no traen la fecha de su primera publicación.

Los estilos son variados: prevalece el realismo, pero hay sátira, elementos fantásticos, tratamientos cursis. Hay descripciones objetivas, pero también introspección, vida onírica y monólogos interiores complejos. Hay formas tradicionales del estilo, pero también experimentación. Muchos son novelistas. Pero hay un pintor (Germán Cuervo); un dramaturgo (Enrique Buenaventura) y varios ensayistas.

Algunos autores tienen amplia trayectoria y otros no han publicado aún su primer libro. ¿ Por qué darles a todos la misma importancia? ¿Por qué se selecciona de su producción este cuento y no otro?

Podríamos, como lectores, multiplicar las preguntas; preguntas que seguramente el mismo antólogo se planteó en su momento. La realidad es que en estos casos, a medida que aumenta el corpus, la definición del canon se dificulta. La confusión que experimentó Kremer la ha experimentado cualquier persona que pretende hacer una antología, o simplemente seleccionar textos para un curso de literatura, si antes no cuenta con un criterio claro.

No halló, pues, forma de eliminar autores o textos; ni de agruparlos o compararlos. Por eso, en la introducción afirma: “Cada uno de los escritores de la presente antología, quizás por la falta de tradición, es una ínsula”. Con esta frase la situación no se aclara. Kremer sortea el problema sin establecer el canon y además sugiere que no hay una tradición literaria en el Valle del Cauca. ¿Cómo escogió entonces los cuentos incluidos en el volumen?: ¿por su “intuición” y su experiencia de “buen lector”?, ¿al azar?, ¿a solicitud de sus amigos, los cuentistas? La falta de un canon abre la puerta a estas penosas inquietudes.

Empero, es necesario abonarle el hecho de no haber incluido, siendo él mismo cuentista, un texto narrativo de su propia creación; torpeza frecuenta en muchas otras antologías colombianas. En un párrafo anterior pregunté qué se entiende por la expresión “Valle del Cauca”. Se trata, por supuesto, de un departamento; pero cuyos límites territoriales quizás no responden a realidades culturales, étnicas y sociales, es decir, a una identidad, sino meramente a intereses políticos en algún momentos del pasado.

Desde la Independencia, la historia de la literatura colombiana ha sido escrita en Bogotá con criterios centralistas. Y esta visión artificial se ha impuesto al resto del país, a través de los programas de estudios promulgados por el ministerio de Educación y la Academia de la Lengua, que seleccionaban las obras “clásicas” que todos debíamos leer. El canon comúnmente utilizado ha sido el de las generaciones: el Centenario, los Nuevos, Piedra y Cielo, Mito... Todas han tenido como centro la capital, y han servido como expresión del discurso centralista oficial. Las divisiones políticas fueron arbitrarias; obedecieron a intereses partidistas del momento, no a consideraciones étnicas, culturales o geográficas. Oficialmente no existían identidades ni literaturas regionales. Los autores que sobresalían fuera del círculo cerrado de una “generación” capitalina, generalmente quedaban en el limbo, porque no habían canon para estudiarlos.

Por fortuna, esta situación está cambiando desde la Constitución de 1991. Ya podemos hablar de multiculturalismo. Las divisiones políticas están reconsiderándose a la luz de las realidades de cada zona geográfica, y esperamos que en un futuro no lejano se hagan los ajustes del caso. Está abierto el debate sobre cuántas y cuáles son las regiones del país, y cuáles los elementos para establecer las identidades regionales. Una vez establecidas, podremos reconstruir las tradiciones literarias.

Parecería que la Constitución del 91 nos hubiese cogido de sorpresa. Muy poco habíamos pensado en el multiculturalismo que comporta el país. Ahora queremos hablar del cuento vallecaucano, o antioqueño, o costeño, pero no contamos con definiciones mínimas que nos permitan acceder a tales ontologías. La afirmación de Harold Kremer, de que falta una tradición en el Valle, deberíamos entenderla como un reto: los críticos e historiógrafos tenemos la tarea de crear las tradiciones necesarias, para que los autores no sean “insulas”, para que las antologías tengan elementos claros de elaboración; y sobre todo, para que no se les imponga a los jóvenes una “identidad nacional” por decreto.

Al estudiar la novela en Colombia, el crítico estadounidense Raymond L. Williams, en su libro Novela y poder en Colombia, 1844-1987 (1991), se enfrentó al mismo problema que tuvo que sobrellevar Harold Kremer. Lo resolvió estableciendo cuatro tradiciones en contra de lo que hasta ese momento se había creído. (El libro “clásico” sobre el tema, Evolución de, la novela en Colombia (1975) dc Antonio Curcio Altamar, hablaba de una sola tradición). Williams propone la Costa, Antioquia la grande, el Gran Cauca, el Altiplano cundiboyacense. Para definir el Gran Cauca se remonta a la Colonia y toma en cuenta los diversos aportes étnicos, las migraciones, las tradiciones orales y otra elementos de la cultura. Establece relaciones entre el litoral del Pacífico, Nariño, Cauca y el actual Valle del Cauca. Esta forma de acercamiento a la identidad regional permite, quizá, enraizar de manera más convincente un determinado corpus literario.

Las propuestas de Williams son discutibles en cuanto a los elementos que tomó para definir las varias regiones, y en cuanto a la selección de lo que él denomina “obras más representativas”. En cambio, su rechazo a una visión unicultural en Colombia y su interés por definir las tradiciones locales, me parece de la máxima importancia para la discusión crítica e historiográfica en el país.

Las herramientas conceptuales de que disponemos son tan incipiente que a ningún antólogo se le facilita su labor. Faltan más estudios antropológicos. Falta una mayor crítica sobre las culturas regionales. Falta definir las varias identidades. Y éstas no son tareas para ser enfrentadas por un sola individuo, ni siquiera por una sola institución, así sea la Universidad de Valle.

En Colombia estamos no solamente ante la falta de tradiciones regional sino ante algo más grave: un vacío teórico, una falta de criterios, una ausencia de discusión de los cánonei Quizá esto explica por qué a veces la selección del corpus (llámese antología, pénsum de colegio, colección  publicaciones de Colcultura, de lna departamentos o municipios) queda  arbitrio de la improvisación, de la política, de la influencia del amigo, aún peor, del poder económico o los medios. Es laudable el propésita de Kremer y de la Universidad del Valle de comenzar a definir una tradición y un canon. Pero la tarea apenas comienza.

ALVARO PINEDA-BOTERO