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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
31, Volumen XXVIII, 1991
Un poeta por conocer
Borges:
de la ciudad al mito
Manuel Hernández
Uniandes, Bogotá, 1991, 192 págs.
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Como ningún otro autor en
Hispanoamérica, Jorge Luis Borges le ha impuesto un estilo personal a sus críticos: el
de la erudición. La mayoría de ellos parecen empeñados en competir con el escritor
argentino y, por lo tanto, citan muchísimos autores, dando así la impresión de un
extenso conocimiento de la literatura universal y de la bibliografía borgesiana. Es
decir, no les basta con ser diligentes, tienen que ser exhaustivos. Ya en 1978 la
bibliografía preparada por Jorge Horacio Becco registraba en la sola sección de
Crítica y biografía cerca de mil diez trabajos. Este ensayo de compilación
se llevó a cabo trece años antes de la muerte de Borges, lo que quiere decir que hasta
el día de hoy, después de su fallecimiento y el consecuente reconocimiento universal,
los trabajos críticos se multiplicaron de manera lógica y desaforada. O será posible la
lectura de tantos materiales académicos, sumados tantos libros clásicos, cuyo
conocimiento ha de ser inevitable en estos trabajos?).
El segundo rasgo de estilo es la entrevista con Borges. Esta ya parece el
género del siglo inventado por el mismo Borges. Con el agravante de que el tipo de
entrevista que se le hacia llevaba un propósito preconcebido: hallar la verdad sobre su
obra, la
verdad
sobre la condición política latinoamericana, la verdad sobre Dante, en fin, la Verdad
sobre la Vida y el Universo. Creo que por esto Borges se dedicó con excelente humor a
desmitificarse en sus entrevistas y a la postre creó más de una confusión en la
entusiasta cabeza de los interesados (El decía que, en un diálogo o entrevista, no
importaba quién tuviera la razón; que lo importante era crear la conversación y
enriquecerse...). Cabe añadir que la materia de la que están compuestos muchos de estos
libros críticos está consignada en las innumerables grabadoras que le rodearon en vida.
Así las cosas, para quien escribe esta reseña, el asunto y el sentido de estos trabajos
pretendidamente hermenéuticos, es decir, que suponen una interpretación, es simplemente
el producto de una lectura denotativa.
Esta cualidades las posee el
ensayo Borges: de la ciudad al mito de Manuel
Hernández. Tiene sus momentos de erudición y no le falta la entrevista personal. El
ensayo está compuesto de apéndices de otros autores, comentarios del propio Manuel
Hernández y glosas a la poesía borgesiana. Este libro al parecer se hizo en varios años
y por eso no tiene el mismo tono en los diferentes capítulos y contiene agregados que el
autor declara haber escrito después de tener el cuerpo del libro. Los capítulos están
enfocados, digámoslo de esta manera, didácticamente, para explicar la ciudad, la
biblioteca y el mito en la obra del escritor argentino. Son tres entidades que sin lugar a
dudas se pueden detectar en una lectura de la obra del poeta, y aunque su exposición
esté bien lograda, no deja de ser el típico trabajo de un preocupado profesor
universitario, de cuyo nombre no he podido acordarme.
Lo insatisfactorio de un
libro como éste es que realmente no intenta una interpretación, no arriesga una idea que
esté por fuera de lo leído, sino que más bien desglosa lo que dijera Borges sobre sí
mismo y su obra, y juro que no miento, con mejor puño y letra. El libro del poeta
venezolano Guillermo Sucre (de quien Manuel Hernández toma uno de sus muchos apéndices)
es una de esas excepciones a la regla que vale la pena mencionar. Mientras la lectura de
Manuel Hernández va de la ciudad al mito (desde los poemas a su Buenos Aires del alma y
su última etapa de recobrar lo esencial de la creación poética), la de Guillermo Sucre
encuentra en Borges a un poeta humilde y de la pobreza. No hace falta estudiar
demasiadas carreras universitarias para darse cuenta del abismo que existe entre estas dos
propuestas.
Por parte del reseñista se aventura una hipótesis al respecto del tema
Borges y su contraparte editorial: quizás sea necesario que pase Tiempo (al estilo del
poeta) para que se le pueda ver con otros ojos y así llevar a cabo una hermenéutica de
su obra realmente nueva y enriquecedora. Nada tiene de original esta proposición, puesto
que se halla contenida en el prólogo que hiciera él mismo a su antología personal.
Allí simplemente cuenta cómo las opiniones de los poetas sobre sus propias obras son lo
más superficial que hay en ellos y que sólo el paso de las generaciones gesta la
identidad de una obra y su posterior destino.
El libro de Manuel Hernández
pasa a engrosar la lista interminable de la nueva bibliografía que, dada la
paradójica suerte de los poetas, otro erudito, disciplinado, tesonero y
entusiasta profesor de una universidad escandinava debe de estar preparando.
Mientras esto sucede, Borges
sigue allí donde lo dejamos: en sus prólogos, entrevistas, poemas y páginas perfectas
que fueron su arte, para los lectores del presente y del futuro, afortunadamente, como un
poeta por conocer.
MARIO DUARTE DE LA TORRE
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