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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
31, Volumen XXVIII, 1991
Para olvidar
Los olvidados.
500 años de incomprensión
entre indios y
criollos
Emilio Serrano Calderón de Ayala
Tercer Mundo Editores, Santafá de Bogotá,
1992, 266 págs.
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Definitivamente,
1992 es un año muy especial. El quinto centenario del descubrimiento europeo de América
da para todo. No es sólo el momento obligado para que los países y las instituciones
culturales de los dos continentes se manifiesten con algún tipo de acto, más o menos
rimbombante, más o menos sensato, sino que es el año del florecimiento que para
beneficio de la cultura universal todos han visto en este su momento único y feliz. Sobre
el tema del V Centenario o alguno relacionado, cada pintor ha hecho su serie de cuadros,
cada tallerista su ciclo de talleres, cada comerciante su negocio, cada escultor su
estatua y cada autor su libro. También ha sido, por supuesto, el año del dinero: las
entidades privadas y las estatales ven ahora un panorama mezclado de obligación y
oportunidad de figuración que no se puede desaprovechar. Llueve la plata y llueven los
proyectos y se produce de todo. Este es el marco que habremos de tener en cuenta para
analizar el libro de don Emilio Serrano.
Sólo en una coyuntura semejante
podría haberse producido la publicación de una serie de ensayos escritos por un
ingeniero agrónomo español sobre los indios de América. Para quien conozca, así sea
superficialmente, todos los importantes documentos que sobre el mismo tema se han quedado
inéditos, resulta incomprensible que primero se difunda un libro de esta naturaleza y los
demás se queden esperando un turno que quizá nunca llegue. Pero don Emilio no tiene, en
definitiva, la culpa. Lleva doce años merodeando entre diversas comunidades indígenas de
América y tiene un cuaderno repleto de notas de viaje, no escribe nada mal, utiliza los
mismos datos aterradores que ya se conocen y emplea un tono de denuncia y acusación que
seduce para presentarlos en
capítulos cortos. Pero, sobre todo, don Emilio se
presenta en 1992. ¿Cómo podría ser más oportuno?
A pesar de que la presentación
anuncia una lectura fácil (son capítulos cortos, excepto dos), terminar la lectura de
todo el libro es una labor bien ardua. Lo que cansa desde el segundo capitulo en adelante
es la repetición: los planteamientos generales están en el principio, vuelven a aparecer
en seguida y se repiten en interminable sucesión una y otra vez hasta la última página.
Lo que don Emilio quería decir pudo haberlo dicho en una décima parte del espacio y aún
le hubieran sobrado cuartillas. Un segundo factor que molesta es que rápidamente el
lector llega al convencimiento de que lo que está repasando son las opiniones personales
del autor:
esto no es,
en efecto, un conjunto de ensayos documentales sobre la problemática indígena. Lo que el
libro verdaderamente viene a ser es el conjunto de pensamientos de don Emilio Serrano
sobre los indios. Y no es realmente lo mismo una cosa que otra. No quiere decir que los
ensayos documentales deban estar exentos de opiniones personales, pero algo muy distinto
es cuando lo fundamental y central son las opiniones, y los datos se usan de vez en cuando
para refrendar la validez de las primeras.
Nadie podría dejar de reconocerle
a don Emilio cierto conocimiento de los asuntos que trata; lo posee, sin duda alguna, y en
buena parte de primera mano. Tal hecho le permite acertar en muchos de sus planteamientos,
poner el dedo en la llaga y hasta emplear con propiedad conceptos y terminología
antropológicos. Especialmente interesante resulta su análisis de la interacción de las
sociedades indígenas con la sociedad nacional y sobre los efectos perjudiciales que el
advenimiento de la "civilización" conlleva para los aborígenes americanos.
En algunos pasajes marcadamente
lúcidos del libro, uno casi llega a olvidar que, está leyendo el escrito de un ingeniero
agrónomo aterrado por la situación indígena, y hasta siente que hay un hilo conductor
en el fondo que llevará a planteamientos importantes. Infortunadamente no es así, y
cuando llega al capítulo 27 la desilusión es apabullante. Allí se propone como
solución al problema de los indígenas afectados por la colonización un traslado masivo
hacia nuevas zonas. ¿Cuáles zonas podrían ser? ¿Cuáles que reproduzcan las
propiedades y recursos de las que ahora ocupan y que se encuentren, al tiempo, libres de
presión colonizadora? ¿Cuáles en las que deje de actuar un Estado inconsciente e
ignorante de las necesidades indígenas, a las que no vayan a llegar los misioneros, los
narcotraficantes?
Si el libro se aborda con el deseo
de aprender sobre la situación de los indígenas en América, lo más que se puede lograr
es conocer algunos ejemplos y casos concretos para ilustrar cosas que ya de tanto
repetirlas se han vuelto casi vox populi: que el contacto con la sociedad nacional
aniquila la cultura indígena, que la colonización arrasa el suelo de las selvas, que la
labor de las misiones tiene aspectos
oscuros, que la falta de tierras ds el más grave problema de los indios, que la
independencia de las repúblicas de América no trajo bienestar a las minorías étnicas.
Volver a repetir todo esto, que se ha tratado en miles de artículos, cientos de libros y
decenas de foros de todo tipo, se justifica sólo si se aporta algo nuevo, ya sea factual
o conceptual. Aquí no hay cosas nuevas y, si las hubiera, sería para un lector muy
desinformado y con poco interés en el tema, que de todas maneras no emprendería la
lectura completa de esta clase de libros.
Al principio de esta reseña anoté
que el autor del libro es español. Este énfasis en su nacionalidad no es cuestión de
chauvinismo. Lo que ocurre es que don Emilio no puede olvidar este hecho, y en varios
pasajes del libro se le sale el espíritu nacional en forma harto curiosa. Cuando compara
la situación de los indígenas americanos bajo la sucesiva dominación de la sociedad
colonial española y la sociedad criolla, escribe cosas como ésta:
"La igualdad nominal supuso en
realidad un retroceso en la condición de los indígenas frente al Estado, si se compara
con la que tuvieron durante la Colonia. Al menos entonces, considerando que los indios
eran tenidos como menores de edad, existían leyes tutelares y protectoras que a veces se
hacían cumplir a rajatabla" (pág. 17). ral afirmación y otras similares regadas
por el libro son, por lo menos, discutibles. No es que uno quiera erigirse en defensor de
las sociedades criollas, pero lo que no se puede discutir es que éstas sólo han
continuado prácticas como el etnocidio, el irrespeto cultural y el despojo que
inauguraron y perfeccionaron durante tres siglos los colonizadores europeos. No cabe
tampoco en un libro sobre la problemática de los indios de América una defensa tímida
de la Colonia, ni siquiera cuando quien escribe es español.
Dice en la contraportada que el
libro obtuvo el premio Casa de las Américas en este año. Me cuesta trabajo entender la
razón por la cual obtuvo dicho galardón, y al inquirir por ella sólo he podido
encontrar una posibilidad: 1992, el año en que el
mundo se tiene que acordar de América y de los indios.
Ya pasará la fiebre del V Centenario y se olvidará de nuevo el mundo de este tema.
Probablemente se olvide también de Los olvidados...
ROBERTO LLERAS PÉREZ
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