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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
31, Volumen XXVIII, 1991
El héroe, el gato y la mujer de Lot
Conviene a los felices permanecer en casa
Andrés Hoyos
Altamira, Bogotá, 1992, 301 págs.
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Andrés Hoyos es uno de
los escritores jóvenes más sólidos de Colombia. Si su primera novela, Por el sendero de los ángeles caídos (Carlos
Valencia Editores, 1989), puede describirse como una desenfadada explicación teológica
de los acontecimientos del 9 de abril de 1948
(1)
, su segunda novela formula una oscura
enseñanza moral a propósito de las guerras de independencia. Ambas obras son, pues,
novelas históricas; ambas, igualmente, son obras temerarias: se ocupan de eventos y de
personajes demasiado conocidos, monopolio de una historia académica que parece dejar poco
espacio a la imaginación literaria. Por su temeridad y por su concepción de la historia,
las páginas de Andrés Hoyos se asocian a un proyecto literario que establecieron en
Latinoamérica obras como Terra Nostra de
Carlos Fuentes y El otoño del patriarca de
Gabriel García Márquez (ambas publicadas en 1975),
y que comparten obras colombianas de la década de los 80 como La tejedora de coronas (1982), Las cenizas del libertador (1985), Los felinos del
canciller (1987) y El general en su laberinto (1989).
Ese proyecto podría definirse de una manera sucinta como una crítica de las fundaciones
(2)
.
A diferencia de las grandes
novelas latinoamericanas que se publicaron en los años 60 (con la maravillosa excepción
de Rayuela [1962], la crítica de las
fundaciones o de los orígenes no se interesa, a propósito de un momento fundacional, por
declarar un destino
nacional, una identidad cultural o una historia silenciada por los
académicos del poder. Por el contrario, su propósito consiste en desmantelar la idea
misma de origen o de fundación y, en vez de oponer a la historia oficial una
historia subversiva, entiende que una y otra no son sino versiones igualmente discutibles
de eso que ningún lenguaje alcanza: la prolijidad de lo real. Sólo cuando se ha
entendido que la historia es un fenómeno esencialmente textual, se la ha podido
considerar como una provincia más en el vasto territorio de la imaginación. Es evidente
la importancia que esta nueva concepción de la historia ha significado para la novela
histórica. Así, por ejemplo, le ha permitido concebirse a si misma como un palimpsesto
(i.e. El otoño del patriarca), como un amplio
ejercicio de intertextualidad (i.c., el diálogo de La
tejedora de coronas con el Candide de
Voltaire), como una parodia sistemática (i.e., Los
felinos del canciller), como una cotidianización del gran personaje histórico (i.e., Las cenizas del libertador, El general en su
laberinto). Una crítica literaria interesada en definir el género de la novela
histórica podría encontrar estas y otras características en la última novela de
Andrés Hoyos
(3)
sin
embargo, para no dejarse arrastrar por el monótono inventario de sus características ni
reducir la novela al simple ejercicio de una perspectiva, parece más razonable describir
la forma en que Hoyos desmantela un momento fundacional de la historia nacional
colombiana.
Tres partes principales
componen la novela: una breve advertencia editorial, un cuerpo principal de
cinco capítulos y una Cronología, tal vez prescindible, que quiere auxiliar
al lector desmemoriado en cuestiones de historia patria. La advertencia
editorial define la novela como un palimpsesto y le atribuye una naturaleza
delirante e imprudente que invita a mirarle la cara sombría a una edad
proverbialmente luminosa (pág. 7); los cinco capítulos relatan la vida del
realista español José Trinidad Romanos y de la viuda criolla Pastora Obando entre los
años 1808 y 1830, esto es, en lo que va de la entronización de Femando VII en España a
la muerte de Simón Bolívar en Santa Marta. Sus títulos son tan elusivos o crípticos
como el que lleva la novela. El primero de ellos, por ejemplo, En el nombre del
padre..., puede referirse a la enemistad de José Trinidad Romanos con su padre, un
español liberal y afrancesado que no comprende las ideas conservadoras y monarquistas de
su hijo; también puede referirse a las mismas andanzas de José Trinidad, quien, contra
su voluntad, viaja a América como funcionario de la corona; sobrevive al terremoto de
Caracas de 1812, al cuchillo de un rufián pelirrojo que le amputa dos dedos para robarle
un anillo, y al patíbulo al que lo condenan los patriotas y de donde lo rescata Pastora
Obando, quien lo lleva a vivir a su casa y, sin que sepamos la razón, lo llama siempre
padre. Los nombres del personaje, no sólo entrañan una alusión teológica,
sino que también se refieren al padre de la patria, Simón José
Antonio
de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, y en esa medida su existencia sirve de
contrapunto o de cara sombría a la del mismo Libertador.
El
segundo capitulo, En el nombre del hijo..., es una retrospección: se refiere
a la vida de Pastora Obando antes que conociera a José Trinidad y relata sus amores
adúlteros con un irlandés llamado Florencio McBrigde, a quien sigue hasta Cartagena y de
quien tiene un hijo, Moisés Cristóbal, del que poco se ocupa la novela. El título del
tercer capítulo, Y del espíritu que temía ser santo..., resulta más
critico que los anteriores; podría referirse al espíritu de la guerra y a la confusión
que vivió el país durante las campañas libertadoras. El capítulo nana la muerte del
esposo de Pastora, el español Femando Eliseo Pascual,
durante
la epidemia de viruela que se desató en Santafé por
la época de la reconquista española; también ilustra los sueños napoleónicos de Tadec
Obando, un hermano de Pastora, botánico y músico, que lleva el prime! piano a Santafé y
que interpreta para su hermana la sonata Del
Padre, del Hijo y del Espíritu que no quiera ser santo, escrita, según dice, por
un español amigo [suyo] pensando en las tribulaciones de nuestra América
(pág. 188). El cuarto capítulo, Así sea, trata de la determinación con que
Pastora decide seducir a José Trinidad poniéndole pequeñas trampas de amor y
satisfaciendo sus deseos voyeuristas; sus intrigas fracasan cuando José Trinidad reconoce
en el pelele con quien Pastora hace el amor al rufián pelirrojo que estuvo a punto de
matarlo en Caracas. El último capítulo, Epilogo del anticristo o mutaciones en la
teología del gato, puede describirse como un divertimento
fantástico: Pastora termina sus días en la Sierra Nevada del Cocuy de la misma
manera como José Trinidad termina los suyos en la Sierra Nevada de Santa Marta; ella
dará origen a la estirpe de los violentos chulavitas y él a una teología cuyo
protagonista es el gato.
A diferencia de lo que
ocurría en su primera novela, Hoyos ha podido conservar esta vez el ritmo o el interés
de la narración y también ha integrado con mayor eficacia el destino de los personajes a
su irónica obsesión por la teología. En conformidad con la advertencia que le sirve
de título
Conviene a
los felices permanecer en
casa, la
obra parodia el tópico moral del
mundus inversus, y esto a partir de tres
motivos principales: el motivo del caos, el motivo de la mujer de Lot y el motivo de
héroe. En Caracas, mientras se restablece de sus heridas, José Trinidad da et pensar que
el mundo está todo patas arriba (pág. 56), que no es posible comprender
cómo una multitud de in dios y mulatos al mando de José Tomás Boyes defienda la
monarquía, cuando los criollos más blancos se declaran sus enemigos a muerte; y al
asomarse a la ventana de su habitación y sorprender una mujer blanca que besa y abraza a
ur hombre negro, concluye escandalizado que todo [está] al revés (pág. 65).
De igual forma, años más tarde, convaleciente en Santafé de una picadura de
serpiente, asevera que en América ya no existe un rumbo a Jerusalén y 105 que
atravesamos el mar en un cruzada darnos vueltas y vueltas en redondo (pág. 250). Y
mientras en Caracas la mujer que le servia de enfermera exclamaba compadecida: Cómo
se ve que el señorito es muy demasiado lo delicado para este infierno [...]! (pág.
275), ahora en Santafé Pastora lo reprende desconsolada: Padre, usted le está
buscando tres patas al gato (pág. 250). José Trinidad entiende estas palabras de
una manera literal y decide a partir de entonces buscar ese gato; esto es, perfeccionar la
idea del gato como un emblema de ese infierno, de ese caos americano en el cual ha
decidido internarse sin esperanza de regreso. Dentro de esta simbología del caos es
posible sugerir una interpretación a los motivos de la mujer de Lot y del héroe.
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Para los hombres que vivieron cerca de ella y que nunca supieron poseerla,
Pastora Obando es una mujer simbólica:
es la mujer de Babilonia, la mujer que no
entiende de regresos (pág. 78), que no sabe de tierras prometidas, bien sean éstas
Jerusalén o España (pág. 250).
Don
Femando, su esposo, sueña una noche con una estatua de sal con figura de mujer, que
empezaba a desleírse pues anos muchachos la orinaban desde un balcón (pág. 45), y
en la mañana siguiente, al discutir con su mujer sobre [a causa de los patriotas, siente
que ella lo mira con los ojos tornadizos de la mujer de Lot (pág. 46); de
igual forma, Fosé Trinidad atribuye el comportamiento seductor de Pastora a la
incontinencia de las mujeres americanas (pág. l54), la misma conclusión a la que
llegaba cuando veía en Caracas a la mujer
blanca abrazada a su sirvienta negro y afirmaba que todas las mujeres [eran] la
mujer de Lot (pág. 66). Pastora bien puede ser un emblema de la tierras americanas
en el momento en que se separan de España y optan por seguir menos que su libertad, su
capricho. As pues, José Trinidad entiende hacia e final de su vida que mientras esta
tierras fueron colonias españolas todo estaba claro porque el poder decía que nada
substancial era discutible, ahora [en cambio] todo se había embrollado todo se ponía en
duda porque un tomate bien puede pasar por una cebolla s nadie lo prohíbe, del mismo modo
que las intenciones de liviandad podían estar
¿por qué no? teñidas de infamia
(pág.
285)
(4)
.
Y es el caos, por último, el que destruye al héroe o el que eleva al hombre
cualquiera a una dimensión heroica. Así, por ejemplo, personajes corrientes como José
Trinidad y Pastora Obando terminan sus días en altas cumbres, en sierras nevadas;
mientras que Simón Bolívar es considerado un héroe inadecuado (pág. 174),
un héroe improbable (pág. 175), un ser condenado a la llanura a pesar de su
condición cuasidivina. Unas lineas del último capítulo enuncian el procedimiento
simbólico de la novela, la forma en que opera en ella el tópico del mundus inversus
[...]
hasta entonces José Trinidad nunca había pensado
que la cuarta y enigmática persona de la Trinidad tuviese un atributo de trueque y caos,
de simonía, que intercambiase lo sagrado por lo profano, lo viejo por lo nuevo, el cielo
por la tierra, la vida por la muerte, el principio por el fin.
Sí,
pero de la misma manera en que Simón Bolívar había
terminado por ser su propia negación, el intríngulis trinitario podía entenderse en su
disolución caótica hacia el futuro, en el innumerable fin de un único principio; y tal
vez en la imagen de aquel hombre que casi llegara a ser un dios y que a la sazón no
pasaba de ser un triste espectro, se hallaría
una
respuesta teológica, si bien lo necesario por lo pronto era almorzar... [pág.
279]
El trueque, el intercambio,
la inversión de lo uno en lo otro, son privilegios de la imaginación, pero también lo
es la interrupción de tal reflexión trascendental a causa de una súbita necesidad
digestiva. La poética de la novela consiste entonces en desmantelar el mundo coherente y
luminoso que ofrece la historia oficial introduciendo en él una
discontinuidad, una equivocación, una experiencia cotidiana, lo mismo en escenas tan
complejas como aquella en que José Trinidad y Bolívar cruzan una larga y tediosa
mirada (pág. 278), que en pasajes tan simples como aquel otro en que el narrador
afirma que a cierta hora terminó de oscurecer en la arrasada capilla el 24 de junio
de 1814 (pág. 55), con lo que convierte
la abstracción de una fecha histórica en algo
más visible, en un día que transcurre. A
diferencia de las novelas de los años 60 que se proponían decir lo que nunca se dijo, la
nueva novela histórica se propone decir lo que nunca se supo, aquello que en Conviene a los felices.., se considera posible
antes que probable (pág. 8). En lo que va de la primera a la segunda obra de Hoyos, esta
concepción de la imaginación con relación a la historia ha adquirido mayor solidez, la
ilustra menos una simbología compleja que las vicisitudes de los personajes: este
español en tierras de infieles, esta santafereña encendida en pasión por un oficial
irlandés, este libertador fatigado a orillas del mar.
J. EDUARDO
JARAMILLO ZULUAGA
1 Reseñada
por Alvaro Pineda-Botero, 9 de abril: violencia y satanismo, en Boletín
Cultural y Bibliográfico, núms. 24-25, Bogotá, 1990, vol. XXVII, págs. 128-129
(regresar 1)
2 He
intentado una definición dc este proyecto en Los
fimos del canciller: una crítica dc las fundaciones, en Alvaro Pineda Botero y
Raymond L. Williams (comps.), De ficciones y realidades: perspectivas sobre literatura e historia
colombianas, Bogotá, Tercer Mundo, 1989, págs. 255-268.
(regresar 2)
3 Seymour Menton adelanta en la actualidad un estudio sobre
la novela histórica, a la que atribuye las siguientes condiciones: subordinación de la
mimesis a la presentación dc ciertas ideas en tono ensayistico; distorsión de la
historia con omisiones o anacronismos; ficcionalización de personajes históricos en
contra de la fórmula de Lukács dc no hacerlo; metaflcción o comentarios del narrador
sobre el arte dc escribir, intertextualdad y palimpsesto; lo dialógico, lo carnavalesco,
lo paródico, la hcteroglosla (Seymour Menton, La nueva novela histórica
latinoamericana, IX Congreso Inlemacional de Hispanistas, Universidad de California,
Irvine, agosto de
1992).
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4 En Conviene a los felices.., se compara a Santafé
con Salomé: Ah, Santafé, Santafé impía, hija eres de Herodias y bailas desnuda
ante el tirano (pág. 162); en Por el sendero
de los ángeles caídos se la consideraba una ciudad-dragón; así se decía en la presentación de personajes:
La Ciudad se desdobla en sus argonds ángeles
piratas de ultratumba y ultramar y en su Dragón, bestia proteica (pág.
24).
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