Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 31, Volumen XXVIII, 1991
 

¿Será que aquí no llueve nunca?


Momentos mágicos. Embrujo de la costa pacífica colombiana
Victor Englebert
Englebert Editores, Cali, 1992, 128 págs., fots.    

Tengo para mi que la selva húmeda tropical y la costa del Pacifico colombiano son tierra de Maqroll el Gaviero. A lo largo de la travesía por el río Xurandó, en La nieve del almirante, está la misma aventura sin futuro, el mismo clima atosigante, iguales insectos de élitros azules y tormentas que doblan el zinc de los tejados, el mismo olor de animal y lianas y esa densa atmósfera que amenaza sumir todo en un abismo sin regreso.

Ejemplo de un mundo que, inventado y traspuesto por la poesía, encuentra, a posteriori, su correspondiente reflejo en la realidad. Operación inversa la del fotógrafo que emprende una expedición y, en lugar de la invención poética, cuenta con una realidad y procede a buscar el instante que pueda revelar el embrujo o la magia. Tal vez el escritor toma dictado y compone, y el fotógrafo espera, mira y escoge.

Como antecedente cercano está el libro del fotógrafo antioqueño León Ruiz El Río Grande de la Magdalena publicado por Editorial Colina. Ruiz emprendió un viaje a lo largo del río y produjo un buen libro de fotos, acompañado por un texto que no está a la altura de las imágenes impresas. Los editores utilizaron una tipografía de tarjeta de matrimonio que hace aún más ingrata la lectura.

La magia que promete el título resulta escasa cuando se recorre el libro de Englebert, escrito en primera persona. Nana las experiencias personales del fotógrafo y sus observaciones en cinco regiones del Chocó, desde el extremo sur, en el río Satinga, hasta las bocas del Atrato, en el golfo de Urabá, pasando por el valle y la ensenada de Utria.

Es frecuente el mal uso de la tilde, de las conjunciones y de las preposiciones. Aliteraciones y consonancias repetidas confirman el descuido en la redacción. En los primeros tres capítulos, el relato recuerda las composiciones escolares de vacaciones. A veces se encuentran los recursos triviales del periodista que tiene que llenar renglones. Un romanticismo ecológico superficial, mezclado con detalles insulsos y pequeñas anécdotas personales sin interés, elevadas al rango de trascendentales, demuestran que, si bien el autor logró congelar cierta magia en las fotografías, en la mayor parte del texto condensó una esencia prosaica.

Los dos últimos capítulos, “Por el río Atrato” y “Entre los Noamas”, están mejor escritos y logran que el lector sostenga el deseo de leer. Las anécdotas y observaciones tienen mejor sentido. Pero el fantasma de El Gaviero ronda reclamando una literatura más justa para sus tierras.

“Los momentos mágicos revelan las secretos íntimos de la naturaleza’, escribió el autor en la presentación. Tal vez es justamente lo contrario: un momento mágico no revela ningún secreto. Un momento mágico descubre que el secreto existe, que le es propio el misterio, y que, nada más ni nada menos, nos queda la resignación de aceptarlo y la dicha de haberlo conocido. Ni en estas fotos ni en el texto re revelan secretos íntimos de la naturaleza, porque son eso: secretos íntimos.

Encontramos más bien en este libro una selección de imágenes, todas ellas bien elaboradas, que describen paisajes y aspectos de una región colombiana poco conocida. Casi todas sos convencionales y previsibles. Olas reventando contra acantilados, palmeras, costas, pájaros. Si bien el libro es justo con esos cielos de plomo y el verde ineludible de la selva húmeda tropical, es inexplicable que no se encuentre un solo registro de la lluvia que cae sobre la región reputada como la más lluviosa del planeta. Todo luce a veces demasiado National Geographic. Periodismo fotográfico de marca, estética turística, escasa poesía.

Comparando este libro con otro anterior del autor, titulado Vibrante Colombia, se nota que la mirada ha ganado profundidad, unidad y concentración. Sobre todo porque el afán de convertir las hojas en papel moneda ha cedido. Y porque la belleza y la imponencia indecible del medio natural hace que haya que captarlos de ese modo.

Hay fotos en las que se siente que el alma de la naturaleza quedó retratada: la caída de agua en Ladrilleros (pág. 63), el mercado sobre el Atrato en Quibdó (pág. 64), el denso verdor de la selva (págs. 77, 82, 106). Tal vez la fotografía más sobresaliente, porque es una imagen que sólo la fotografía puede producir, es una caída de agua en Bahía Málaga (pág. 89). Sin el fotógrafo y su cámara este momento nunca nos sería revelado. No comprendemos ni comprenderemos el secreto que encierra. Basta presenciarlo. Aquí el arte, como quería Klee, no reproduce ni embellece lo visible, sino que hace visible.

 

SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ