Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 31, Volumen XXVIII, 1991
 

Cuando llores también piensa en mí


Lo que cuentan los boleros
Hernán Restrepo Duque
Centro Editorial de Estudios Musicales, Bogotá,
1992, 244 págs., ilus.
 

Son largas las generaciones cobijadas por ese ritmo acompasado, lento, con el claro aroma de los ambientes interiores y nocturnos, que es el bolero. Y por aquellas letras casi siempre locamente enamoradas, que también describen la fatalidad y el dolor de este sentimiento que mueve al mundo. ¿Quién no recuerda, en la cocina de su casa en un radiecito Philips medio destartalado, matizada con los olores del almuerzo que se desprendían de los fogones, la dulce y portentosa voz de Toña la Negra cantando Cenizas a dúo con la voz exaltada de Ella, la de todos los amores y todos los dolores, mientras revolvía la sopa de verduras con un cucharón de palo?

En varias ocasiones se ha hablado de la muerte del bolero, de la decadencia de sus letras, de la extinción de sus intérpretes y compositores. Esto, sin embargo, sólo ha servido para reavivar las polémicas, sacar a relucir las joyas inmortales de este género y las figuras que, después de muertas, continúan en escena como auténticas leyendas. Agustín Lara, el doctor Enrique Ortiz Tirado, Juan Arvizu, Pedro Vargas, son apenas algunos casos. La historia del bolero y sus protagonistas en América se asemeja a una gran novela que comienza a finales del siglo pasado y cuya última página aún no se escribe. Una novela con sus siempre posibles dosis de truculencia, amores apasionados, actitudes heroicas, frivolidad, muertes prematuras, mentiras, etc.

Y eso es precisamente lo que parece Lo que cuentan los boleros, de Hernán Restrepo Duque. Libro publicado póstumamente en octubre de 1992 por su amigo, editor y también experto en el tema, Jaime Rico Salazar. Restrepo Duque murió en Medellín, en noviembre de 1991, en un accidente automovilístico. Contaba 64 años y aún tenía, seguramente, muchas cosas por contar y por escribir de su rica y vital experiencia de melómano. A lo largo de toda su vida se mantuvo fiel a dos pasiones que, aun por serlo, jamás alteraron su buen gusto y su imparcialidad: la música y la tauromaquia. En la primera, fue experto conocedor y crítico de la música colombiana, el tango y los boleros. A ello hay que agregarle su gusto por la escritura y, en ella, el tino, la prudencia, el buen humor, el cuidadoso trato con las palabras. De allí se desprenden sus libros Lo que cuentan las canciones (1971), La gran crónica de Julio Flórez (1972), A mi cóntame un bambuco (1986), Las cien mejores canciones de la música colombiana y sus autores (1991), además de innumerables artículos diseminados en revistas y periódicos, básicamente en Medellín y Bogotá, y además de colaboraciones internacionales y programas de radio, con lo que prácticamente formó a toda una generación en el gusto por la música y los toros. En este último campo, Restrepo Duque llegó a ostentar primerísimos lugares en el país y por fuera de él, en el conocimiento de todos sus meandros, y los llevó, con gran fortuna, a la locución radial en el comentario taurino. Pero fue en la música, sin lugar a dudas, donde el autor dejó una huella imborrable, una tradición, un ejemplo. Ahí están, como testimonios invaluables de lo anterior, sus libros.

En la presentación del texto que quiero comentar, Lo que cuentan los boleros, su editor anota, entre otras interesantes cosas: “Al final de cuentas fue una vida dedicada con una mística y un cariño apasionantes a conocer los entreveros de la historia de la canción popular. Inquietud que nació en él estando muy joven y que sin proponérselo lo fue convirtiendo en la persona más versada en esta temática en Latinoamérica, haciendo de su trabajo una verdadera profesión”.

Lo que cuentan los boleros es un libro cuidadosamente editado que, además del acervo de datos e historias contadas por su autor, goza de gran pulcritud y detalle en las ilustraciones fotográficas de casi todos los protagonistas de este género romántico. Cuenta, además, con una separata-cancionero con las letras de cien boleros que el lector puede ir leyendo, tarareando y hasta cantando, a medida que van discurriendo las historias y biografías en que Hernán Restrepo Duque lo va ensimismando página a página. Por todas ellas corre una muy completa narración de lo que han significado estas cien canciones, en términos de sus autores, sus cantantes y la suerte o el infortunio con que nacieron un día para, finalmente, quedarse en la memoria de todos y tal vez para siempre.

Desde Quiéreme mucho, de Gonza­lo Roig (Cuba), pasando por Solamente una vez, de Agustín Lara (México), Ahora seremos felices de Rafael Hernández (Puerto Rico), Adoro de Armando Manzanero (México), hasta muchos otros temas y compositores que suenan a nuestros oídos con la familiaridad de los recuerdos y los ambientes más vivos de nuestra casa.

Restrepo Duque no escribe estas crónicas pensando en dictar una cátedra magistral en materia de música ni de boleros. Ni siquiera se le escapan términos técnicos, intrínsecos al mundo de los especialistas y que él debía conocer a la perfección (tuvo su propia casa disquera y figura como uno de los más importantes coleccionistas de música en Suramérica, teniendo en su haber unos 17.000 discos de larga duración y muchas joyas en 78 r.p.m.), sino que su prosa corre sin apresuramientos, sin alardes, de una manera casi conversacional. Tampoco apela a ningún ensañamiento ni exagera ningún rasgo de quienes pasan por su repertorio. El respeto por las calidades humanas supera cualquier admiración, cualquier animadversión o cualquier apasionamiento. Miremos, a guisa de ejemplo, cómo comienza las magistrales páginas que dedica a la figura turbadora de Agustín Lara:

“Nombrar a Agustín Lara es cubrir casi medio siglo de romances musicales, de amores imposibles, de gentiles cantos dirigidos al eterno femenino. Dígase lo que se diga de su presunta cursilería, lo cierto es que nadie tuvo sus palabras, nadie la inspiración melódica que poseyó este feo ejemplar humano inmensamente capacitado para el amor, que nació en 1897 en el Callejón del Cuervo, en el centro de la ciudad de México, en las que hoy son las calles República de Colombia, pero se proclamaba de Tlacotalpan (Veracruz) y de 1900. Allá él” (pág. 31).

Cada capítulo de este libro, cada página, es una pincelada más en la conformación de ese gran fresco del bolero en América. Ni siquiera hay que ser un especialista en el tema o un amante empedernido de este género musical, para disfrutar y entusiasmarse con estas historias. Lograr que esto sea posible, es propio de quienes no alardean con el conocimiento ni exponen su experiencia pretendiendo hacerlo desde ningún pedestal de falsa sabiduría, de vano intelectualismo. Como llegó a sorprenderse Chéjov, por ejemplo, del éxito de sus libros y del gran número de sus lectores porque, decía, lo único que hacía era tratar de contar las historias simples que le tocaban de su tiempo y sus gentes. Podría decirse que Lo que cuentan los boleros tiene la misma desaprensión de las letras de ese ritmo, dado que ellos nacieron, casi siempre (por no decir que siempre) en el acto que obedece sólo al sentimiento, al deseo sincero de expresar un estado del alma, del corazón. Restrepo Duque no pretende indagar más allá de lo que ya fueron estas vidas, estas canciones, estas pasiones. Más allá de lo que ha sido esta cultura que, menospreciada por muchos so pretexto de carecer de un calado “intelectual” y, por lo tanto, de carecer de lenguajes rimbombantes, ha dejado un idioma musical imborrable, entrañable para el sentimiento de sus cultores.

Orlando Mora, uno de esos grandes enamorados del bolero y que en cada ocasión nos enseña algo nuevo y hermoso sobre él, acuña este bello párrafo que cito de su libro Que nunca llegue la hora del olvido (Universidad de Antioquia, 1986, págs. 11 y 12):

“El bolero, para decirlo desde un principio, es la glorificación, la exaltación hasta el delirio del sentimiento amoroso. De allí esa suerte de universalidad ajena por lo regular a otras formas de nuestra música popular y también la sensación de precariedad que íntimamente transmite. Es el tono de sus letras el que ha propiciado siempre una intensa comunicación y el que explica en parte el regreso al bolero que hoy se vive entre alguna gente joven. Una nueva valoración y reconsideración del amor, por fuera de fórmulas que agotaban las posibilidades de la vida; otra vez se siente la necesidad de regresar a unas verdades más propias y secretas, de volver a cantar sin vergüenza el pequeño dolor personal, la vivencia discreta y es eso lo que se encuentra en estos versos, que de manera directa y sencilla hablan del amor”.

Esa sensibilidad y discreto encanto del bolero es exactamente lo que Restrepo Duque alcanza a despertar con este libro. Si antes he dicho que este autor no muestra ninguna falsa actitud por aparecer como un experto, ahora puedo decir que sí pretende, en este sencillo tejido de historias, mostramos todo el amor que ellas encierran.

Estas breves biografías, semblanzas o pequeñas historias que nos llevan al buen puerto de un entendimiento más cercano del bolero como fenómeno de un continente, tienen la gracilidad incomparable de un auténtico contador de anécdotas. Como no lanza juicios de valor o trata de subrayar nada que no sea lo propio de la importancia histórica, por ejemplo, de alguna composición o de algún autor, todo el libro se lee, casi, como si fuese un libro de ficción. En cada párrafo el lector se va introduciendo en ese territorio que, como he dicho, aloja los exponentes de una cultura profundamente romántica, espontánea, soñadora y de un talento igualmente sorpresivo y sin demasiadas apostillas.

Un libro, no me cabe duda, para todos los enamorados de la música y aun de la literatura. Un ejemplo sencillo y magistral de cómo se conduce un tema con buen gusto y exquisitez, sin ningún tipo de pedantería. ¿Crónicas periodísticas, biografías, reseñas históricas? No importa. Lo que cuentan los boleros es un libro para perdurar en la historia musical de nuestro país. Un libro para contar y cantar.

 

LUIS GERMÁN SIERRA J.