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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
31, Volumen XXVIII, 1991
Tocar lo intangible
Dentro y fuera
Carlos José Reyes
Universidad de Antioquia, Colección Teatro,
Medellín, 1992, 421 págs. y láminas
Viene a ser ésta la cuarta
oportunidad en que la Universidad de Antioquia edita un volumen dedicado al teatro para,
según nos dice una solapa del libro, satisfacer la nueva y calificada demanda que
ha surgido en el país con la creación, en menos de dos décadas, de seis escuelas
superiores de teatro, la mayoría de ellas universitarias, con el creciente desarrollo del
teatro independiente y con el inusitado interés hacia el teatro latinoamericano, y
colombiano en particular, que se ha generado en todo el mundo. Conviene, pues,
destacar la visión, junto con el empeño y la constancia, que ha tenido dicha universidad
para continuar una importante labor de divulgación de un género que día a día adquiere
el puesto que le corresponde dentro de las letras y el arte colombianos.
En esta ocasión la publicación de siete obras del conocido dramaturgo
Carlos José Reyes, en este momento director de la Biblioteca Nacional en Bogotá, resulta
sin duda necesaria y oportuna, pues la mayoría de estas piezas dramáticas si no
todas permanecían inéditas. En efecto, no se puede desconocer la intervención
decisiva que Carlos José Reyes ha tenido en el desarrollo del teatro colombiano reciente,
no sólo por sus obras escritas, sino por su labor de hombre de teatro completo, de
organizador del gremio teatral y de teórico e historiador del género. Esta edición
coincide,
como si hubiera sido presentido, con el reconocimiento que a la obra de este
autor se le ha hecho en España, al publicar, casi simultáneamente con la edición a que
nos referimos, su pieza El carnaval de la muerte
alegre; la primera vez, que sepamos, que un dramaturgo colombiano merece allí ese
gran honor. Estas dos publicaciones consagran, pues, la producción de Carlos José Reyes
como una de las más características, no ya sólo de nuestro país, sino del continente.
La importancia mundial que la dramaturgia colombiana va adquiriendo así, poco a poco, por
lo demás, será de nuevo reconocida próximamente por el mismo ministerio de Cultura de
España, con la edición de la primera untologia de teatro colombiano contemporáneo, en
la que participan quince de nuestros dramaturgos modernos, entre ellos, claro está, al
propio Carlos Jose Reyes. De manera que lo manifestado en la solapa de Dentro y fuera
no es en absoluto exagerado; es el reconocimiento de una realidad.
Los siete dramas aquí recopilados
que no constituyen la producción
total de Carlos José Reyes vienen precedidos por una concienzuda introducción de
la investigadora María Mercedes Jaramillo, residente en los Estados Unidos, que titula
La labor teatral de Carlos José Reyes: se trata no sólo de un recuento
biográfico de la vida profesional del autor, sino también de una síntesis argumental y
temática de sus obras, la cual suministra útiles referencias para localizarlas en el
tiempo y valorarlas en su marco histórico. Las palabras del propio dramaturgo, que siguen
a esta introducción, explican al lector la unidad temática que impregna toda esta serie
de piezas, cuya escritura se ha realizado entre los años 1968 y 1991, dándole así al
libro una total coherencia.
La mayoría de los
escritores, en efecto sobre todo cuando se les puede leer, como en este caso, en
forma retrospectiva, persiguen, obra tras obra y quizá sin proponérselo
conscientemente, abordar ciertos temas que les son tan íntimos como su misma esencia. Al
ver la totalidad de su producción, sus obsesiones se hacen aún más evidentes y vienen a
constituir lo que llamamos la obra de un autor.
Aquí el dramaturgo, que ya asume una conciencia más clara de la temática que lo
persigue, ha sometido a revisión sus piezas más antiguas, en particular Los viejos baúles empolvados que nuestros padres nos
prohibieron abrir, obra de 1968, para explicitar los motivos temáticos que entonces
apenas resultaban implícitos; y uno de esos motivos, también asunto de sus otras obras,
se hace evidente: el de objetivar el mundo subjetivo de sus personajes, los que casi
siempre escoge dentro de la clase acomodada de la sociedad colombiana y en el seno
familiar, en el abrigo del hogar; de manera que
su motivo primordial aparece aquí no sólo como el de dar expresión a las profundas
inquietudes de una clase social específica que se encuentra en un período de crisis y
agotamiento, sino como la voluntad de dar forma teatral acudiendo a recursos
diversos, como los fantasmas, las alucinaciones, la ambigüedad del tiempo y el
espacio al conflicto permanente y humano entre
el mundo interior y el mundo exterior. De este modo, Reyes supera su limitación de
expresar solamente a una clase social específica, para saltar al mundo del hombre en
general; de ahí, pues, el título del volumen, acertadamente escogido, que parece
sintetizar con precisión la obra teatral de
este dramaturgo colombiano, aunque, claro está, quizá las obras aquí no incluidas, en
especial sus piezas infantiles y, muy particularmente, Soldados y Metamorfosis,
de 1966, pudieran hacer variar esta visión.
En los años sesenta, cuando
Carlos José Reyes empezaba a escribir y a representar sus primeros dramas, quizá él
mismo y su público consideraran que su temática esencial consistía en simplemente
criticar a la clase burguesa colombiana; incluso, se dijo, Los viejos baúles tenían como tema la burla del
género típico de la clase burguesa: el melodrama. Ahora, sin embargo, cuando
el fervor político se ha desvanecido un poco del escenario, por lo menos en
la forma estereotipada en que antes nos obsesionaba, podemos damos cuenta de que la
temática de Reyes iba un poco mas allá de la esquematización maniqueísta de la
sociedad, objetivo teatral que en realidad Carlos José Reyes nunca expuso abiertamente,
como tal vez muchos de sus contemporáneos hemos seguido creyendo. La profundización en
la psicología íntima de sus personajes, así como una búsqueda continua de la
construcción de argumentos complejos, en el sincero intento de acercarse al máximo a la
vida misma, independientemente de las clases sociales o los dogmas políticos, demuestran
ser en la mayoría de estas obras, la mejor manera de liberarse de los estereotipos. Era,
por lo demás, osado, en ese entonces, insistir en la teatralización de conflictos que
llamamos burgueses, y, sin embargo, Reyes ha seguido, imperturbable,
resistiendo en su intento reaccionario, aun, y sobre todo, en sus últimas
obras, si exceptuamos la publicada en España. De manera que podemos concluir que sus
intenciones expresivas, que siguen siendo constantes, eran mucho más profundas que la
mera crítica social; se dirigían más bien a lograr materializar en forma
teatral emociones, sentimientos o pensamientos de personajes redondeadamente
humanos.
De ahí que no sorprende hallar en este teatro, al lado de un inocultable
desasosiego en la escogencia temática, que se manifiesta sobre todo en el humor negro de
las piezas (forma de distanciarse de sus personajes) o en sus recursos
surrealistas y burlones, cierta continuidad escasamente sospechada hasta ahora por
algunos con el teatro que se escribió en nuestro país en la primera mitad de
nuestro siglo; un teatro, justamente, marcadamente burgués por su insistencia
en el tratamiento de conflictos que hemos denominado de alcoba. Reyes es
consciente de este hecho, pero se disculpa por
medio de la burla, de ese
humor corrosivo y destructor, irreverente y
desmitificador, como diríamos es esos años. Se hace así patente que la
llamada ruptura teatral de que tanto se ha hablado con el advenimiento del teatro
experimental en la década de los años cincuenta, no fue, a pesar de todo, tan radical
como para hacer olvidar completamente (consciente o inconscientemente) las viejas
obsesiones empolvadas de las temáticas teatrales. No es, pues, coincidencia
que Reyes haya derivado en sus inquietudes hacia la historia: la historia también forma
parte de su obra; y no es tampoco un argumento
en contra de lo que aquí sostengo el hecho de que Reyes sea, por este aspecto, casi
único en el período: su excepción quizá confirme la regla.
Paradójicamente, pues,
Carlos José Reyes, uno de nuestros primeros dramaturgos rebeldes en la época
experimental, conecta en forma muy coherente el teatro centenarista con el que ahora ocupa
la cartelera de gran número de salas comerciales e, incluso, tal vez, con el
drama naturalista de la televisión, al que Reyes ha hecho también aportes importantes.
Inscrito, pues, por un lado, en una tradición teatral demasiado a menudo
desconocida, por el otro la impugna, ilustrando así teatralmente, con toda su
obra la aguda crisis social que ha vivido Colombia en la segunda mitad del siglo XX.
Carlos José Reyes, en
efecto, no es un recién llegado al teatro y ha puesto los recursos dramáticos más
modernos al servicio de sus más íntimas necesidades expresivas. Por ello su drama rompe
con el tradicional, aunque no lo desconoce; de ahí el interés suplementario que ofrece
una producción dramática que ahora, tal vez, pueda verse como perteneciendo a un
interesante periodo de búsqueda autónoma, al asimilar nuevos estilos teatrales, no con
un propósito imitativo sino realmente original. Reyes, en efecto, acusa la inevitable
influencia, por ejemplo, de Ramón del Valle Inclán, cuyos esperpentos ha montado en
varias ocasiones; del surrealismo (en Los viejos
baúles y en Recorrido en redondo, especialmente);
de Bertold Brecht, claro está, y su técnica del distanciamiento (evidente en El camaval), e, incluso, de técnicas que
podríamos retrotraer al teatro-documento de Peter Weiss (también en El carnaval); pero hay aportes
nacionales, claro está, en especial ese recurso que él mismo parece haberse
inventado en la obra Soldados, el cual consiste
en hacer representar al mismo actor los personajes mas diversos, incluso contrarios a su
sexo, recurso que definitivamente ingresó al teatro colombiano y latinoamericano desde
entonces y que Reyes sigue utilizando casi siempre con la mayor propiedad. Sin embargo, el
teatro del absurdo, digámoslo de una vez, aunque aludido, no parece ser realmente muy
afín al temperamento de Reyes, porque sus obras son, al fin y al cabo, esencialmente
realistas. A mi modo de ver, la verosimilitud argumental y la lógica causal, siempre
presentes a pesar de las más alocadas visiones, fantasmas, alucinaciones o del libre
tratamiento del tiempo y el espacio, son demasiado consubstanciales a su obra como para
que aquí pueda tener cabida coherente un auténtico absurdo. Reyes puede ser un crítico
mordaz y a veces hasta un trágico verdadero (como en la pieza La antesala), pero no es, definitivamente, un
desesperado que no le halla sentido a la vida.
Seria innecesario resumir el
argumento de las siete piezas que aquí me ocupan, ya que con mucho acierto lo hace la
prologuista del libro; pero sí quisiera aludir a otras obsesiones temáticas de Carlos
José Reyes y expresar mi propio sentimiento respecto a algunas de estas obras, todas
ellas ligadas tan coherentemente al deseo del dramaturgo de hacer tangible la
subjetividad.
El encierro es también
característico de todas las obras aquí presentadas, naturalmente, porque el encierro
favorece la expresión de la subjetividad. El aislamiento de los personajes, a menudo más
que su soledad, es motivo constante que obedece, no tanto a un acto voluntario, como el
miedo que sienten por el exterior. Este aislamiento sólo llega a convertirse en
auténtica soledad y abandono en la obra quizá más lograda de todas, La antesala, patético cuadro de tres mujeres muy
diferentes que jamás lograrán establecer una verdadera comunicación, en el ancianato
donde esperan la muerte; las separan no sólo sus distintas clases sociales, sino también
la historia que juntas vuelven a revivir: una historia de infidelidad que,
paradójicamente, las une al principio para separarlas irremediablemente al final; la
anciana que parece no tener función en la obra, que mira nostálgicamente por la ventana,
es un hermoso contrapunteo de esa soledad y ese abandono. Las visiones del pasado y otros
recursos teatrales a veces tal vez excesivos en otras obras no se presentan
aquí como traídos un poco de los cabellos por un deseo de lograr una espectacularidad
casi gratuita, sino como una auténtica necesidad argumental.
En El redentor, primera obra que figura en esta
antología, los personajes, una señora y su sirvienta, también se hallan aislados del
mundo exterior; en una casa deteriorada esperan la llegada del hijo de la dama, en
condiciones que hacen que el espectador piense en un Mesías; pero la alusión religiosa
no se desarrolla, excepto al final, cuando se ilumina el cuadro del Sagrado Corazón. En Los viejos baúles, no sólo vivir por encima de
los propios recuerdos económicos resulta desastroso para la vida de una familia, sino
también su deseo de mantener en secreto las actividades subversivas de uno de sus
miembros, lo que termina por aislarla aún más de su entorno social. En La mudez, un ama de casa no logra entender a su
sirvienta, que se ha quedado súbitamente muda, y teme al mundo exterior, representado no
sólo por esa amenaza interna, sino por la de un hombre que la vigila desde la calle y por
las supuestas amigas que llegan a visitarla; al final de la obra es la propia señora la
que pierde el habla ante su marido. En Recorrido en
redondo es donde se hace más patente, quizá, ese aislamiento de los personajes, ese
temor al mundo exterior, al intentar el protagonista, en forma obsesiva y absurda,
reconstruir el mundo ya irremediablemente muerto de sus antepasados. La voz materializa ya la conciencia del personaje
en esa mecánica dicción exterior que le persigue y que no es otra que la voz de su
conciencia. Finalmente, en Función nocturna una
pareja que desea salir de su apartamento a divertirse por una noche, no lo logra por el
justificado temor a la violencia del mundo exterior.
De manera que el volumen Dentro y fuera, del dramaturgo Carlos José Reyes,
constituye un libro interesante y coherente, un aporte documental importante para la
comprensión de los más recientes desarrollos del teatro colombiano; pero, quizá lo que
resulta más importante, constituye en su conjunto una lectura realmente agradable, con
obras, como La antesala, que impulsan a ser
leídas de un solo tirón, como se dice. Carlos José Reyes ha sabido correr hábilmente
el velo que demasiado ocultaba el aislamiento de una clase social colombiana que ha
cambiado y que sigue cambiando, la cual representa el estamento dirigente del país. Al
presentarnos la dicotomía entre lo interno y lo externo, este autor también quizás
apunte con un dedo acusador al desconocimiento
por temor que esa misma clase
social aún tiene de las más patentes realidades, no tanto del mundo que la rodea, como
particularmente, del pá que pretende dirigir.
FERNANDO GONZÁLEZ CAJIAO
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