Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 31, Volumen XXVIII, 1991
 

Estetas mirando arquitectura popular


Arquitectura popular en Colombia.
Herencia y tradiciones
Lorenzo Fonseca Martinez, Alberto Saldarriaga Roa
Altamir Editores, Bogotá, 1992, 213 págs., ilus.
 

Se trata de un libro de pasta dura, formato manejable, buena calidad editorial, atractivas fotografías. Los autores tienen amplia trayectoria en el estudio de la arquitectura colombiana; la obra, según se informa en la presentación, compendia “resultados de quince años de investigación continua en el campo de la arquitectura popular colombiana” (pág. 9).

No obstante, es un cuerpo desigual en sus partes componentes, debido al doble desequilibrio que lo asiste. Por una parte, se registra una evidente disociación entre el texto y las ilustraciones, las cuales funcionan como mudos adornos, pues no se hace referencia a ellas en ningún momento, y los pies de ilustración son pobres a más no poder. Por otra, el texto mismo está desigualmente compuesto, pues los capítulos I (Lo popular), II

(Poblamiento del territorio y formación del las culturas regionales) y IV (Modernización, religión y estética) lucen desintegrados del núcleo de la obra, contenido en el capítulo III, el mejor hecho. Ello hace que el lector sienta que sólo a partir de la página 86 y hasta la 176 se cumple la promesa del título.

Las dos primeras partes y la última, de un total de cuatro, han sido concebidas, dispuestas y escritas de tal modo que lucen sueltas unas al lado de las otras, como si la necesaria síntesis de unos cabos sueltos se hiciera sola por el simple hecho de la cohabitación y de la ayuda deshilvanada de mapas, fotos y diagrama de síntesis. Es uno de los vicios típicos de las llamadas investigaciones universitarias “interdisciplinarias”: ante la dificultad de desarrollar vasos comunicantes entre los discursos de las “disciplinas”, cada especialista anónimo entona su canto, con la (des)esperanza de que al unísono se produzca alguna polifonía en la mente del lector; en el equipo de investigación participaron un total de 22 personas.

Está, así mismo, el cumplimiento de un autoimpuesto deber académico de presentar un marco teórico e histórico como antesala desconectada, aunque adyacente, del resto. Y está el repetido fenómeno de que, en tal empeño, el objeto mismo de la investigación se diluye en generalidades, por el afán de dotar a la arquitectura popular de un contexto histórico y antropológico, bajo el que parece un irrefrenable ánimo teorizante.

E l lector que se acerca a un libro como éste, esperaría encontrar claridad al menos en los siguientes puntos: por qué es importante estudiar la “arquitectura popular”; qué se entiende por tal; cuáles son los elementos constitutivos propios de esa arquitectura; cuál es la estética y el funcionamiento de las distintas arquitecturas populares del país; cómo determina el medio natural y la disponibilidad de materiales de construcción locales a esa arquitectura, Y estudios detallados de casos representativos y significativos de arquitectura popular, tanto en su estética como en los aspectos constructivos, organizativos y funcionales.

El trabajo de Fonseca y Saldarriaga no es claro en varios de estos puntos, que son fundamentales. Su mayor logro es el capítulo III (Las herencias culturales en las tradiciones urbanas y arquitectónicas), bien escrito y fundamentado, en el que señalan y caracterizan apropiadamente las influencias que ha recibido la arquitectura popular en las principales regiones nacional.

Siendo la arquitectura una particular forma de relación con el espacio, convendría establecer de manera clara y suficientemente ejemplificada, no sólo con bellas fotos sueltas en el texto, cómo se constituye esa relación de construcción y utilización, no sólo a partir de lo fácilmente visible, como es la fachada, sino también, y sobre todo, de los espacios interiores de la casa, la forma como se jerarquizan y ocupan, pues es en esos escenarios donde se produce y reproduce la vida y la muerte día tras día, y es eso lo que, en último término, le da el sentido final a la arquitectura, su estudio e investigación.

La “arquitectura popular” escogida aquí es la que reviste un interés estético particular, centrado en la casa de habitación. Muchas fotos poseen cualidades pictóricas por su colorido y composición debidas al colorido y diseño de las viviendas que representan; recordemos, por ejemplo, Salento (pág. 141), El Molino (pág. 178), Dibulla (pág. 183), Cabo de la Vela (pág. 185), Ubaque (pág. 187), Montería (pág. 198), Mariquita (pág. 199), Carmen de Vivoral (pág. 201). Si bien todas ellas pueden considerarse como muestras de arquitectura popular urbana y rural, salta la pregunta de por qué otras viviendas urbanas menos “bellas” o pintorescas, como las multitudinarias urbanizaciones de estrato medio bajo y los proyectos de autoconstrucción, entre otras, no caben en un libro que estudia justamente la arquitectura popular. Acaso nadie quiere verlas en una publicación elegante, acaso no formen parte de la estética que interesa a los autores. Pero son, en todo caso, las formas modernas que va asumiendo la arquitectura popular.

Ello hace que por momentos el trabajo se acerque, de manera indeseable, a lo que sería un álbum que apela más a la vacua sensibilidad del turista que colecciona postales. Un extranjero encontrará que en la arquitectura popular colombiana existe una gran calidad pictórica y coloristica, que casi no hay gente que la habite, que ni el hacinamiento ni los inquilinatos forman parte de ella. Que la utilización de la casa de habitación como lugar de trabajo, sea éste tienda, bar o taller artesanal, es casi inexistente, como inexistente es la localización de casas de pobres atravesadas en medio de barrios de clase media y alta. Estos fenómenos de la “modernidad” no aparecen, aunque es evidente que son propios de la arquitectura popular en Colombia. Aquí todo parece “bonito”, brillante, limpio, bien encuadrado, y aun el bahareque y el techo de paja están demasiado bien compuestos y vacíos.

Nada sabremos de los habitantes de esos espacios, nada veremos de los escenarios interiores y sus decorados. Parecería que la arquitectura fuera sólo un arte de producción de fachadas, o que lo único que se le reconoce a la arquitectura popular es este aspecto.

Curiosa forma de entender la arquitectura popular, desligándola del pueblo, que es su autor: aunque las fachadas, las puertas y ventanas son dominantes en el estudio, casi nadie se asoma a una ventana o abre una puerta. Las calles son vacías, muy poca ropa cuelga a la vista, no hay ni cocinas ni habitaciones ni baños ni corredores ni patios, no rondan cerdos ni gallinas, y las carretillas, bicicletas y motos duermen escondidas.

Un “marco teórico” más claro y menos ritual del contexto histórico habría dejado ver y decir con más nitidez las casas de los de abajo.

SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ