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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
31, Volumen XXVIII, 1991
Amor sin dientes
La
ceremonia de la soledad
Fernando Cruz Kronfly
Editorial Planeta, Bogotá, 1992, 285 págs.
...¿Ladridos en la
selva de los árboles de mierda? ¿Estiércol esparcido? Sí, todo eso y mucho más.
¿Pero, qué decir entonces? ¿Qué clase de argumentos esgrimir? Lo de los dos estaban
ahí, como una cortada, igual que una boca en su limite, en su final. Eso ya no daba para
más. Mire, un amor que ya no tenía dientes.
Amor sin dientes, y con mal
aliento, es el que recrean los personajes de esta novela de Femando Cruz Kronfly,
presentada en la cubierta como una historia de desamor en el corazón de un
triángulo amoroso sin salida. Decimos con mal aliento, porque la cualidad de lo
fétido y lo descompuesto persiste en la novela a tal punto, que llega a darle su tono
característico. La heroína de este triángulo amoroso, por ejemplo, se refiere a su
madre como un gallinazo que come camaza en el caballete; a Arcángel, su
amante, como el olvidado entre los desperdicios y las cáscaras podridas; y a
Almagro, su marido, como un chancho que remueve la tierra en busca de
lombrices. La basura, la mierda, los desperdicios se suceden una y otra vez para
describir los sueños, el pensamiento, la música, el silencio, la felicidad incluso y,
por supuesto, el mundo, el gran basurero del mundo. Este ambiente enrarecido
es el que enfrenta quien pretende adentrarse en el mundo de esta novela, mundo
muerto, sin agua, sin aire, para decirlo con las palabras de Beckett que aparecen al
comienzo del libro. La basura es el único referente que poseen los personajes para
explicar su condición a lo largo de toda la historia. Para muestra, esta cita que abre la
cuarta y última parte del libro: Ha terminado el verano de agosto. Hace varios
días ella está sintiendo como si un inmenso buque cargado de desperdicios se hubiese
desprendido para siempre de su lugar en los quietos manglares, para emprender su viaje
final. Un buque lleno de peces podridos, espumosos, legumbres descompuestas coronadas de
hongos y cubiertas de otras espumas, pedazos de carne donde se veían viejas huellas de
violencia y cardenales a todo lo largo, frascos con señales de llanto, cajas con montones
de estiércol, tarros vacíos, alfombras cuasideshechas, ramas y hojas viejas.
Al decir que la novela
apesta, estamos señalando, no un juicio de valor, sino un rango distintivo. Esta obra no
hace al lector ninguna clase de concesión; por el contrario, lo somete a un malestar
producido no sólo por el tono escatológico, sino también por la conciencia enfermiza
que preside el curso de la narración. Yo me atrevería a designar esta conciencia
enfermiza como una suerte de paranoia de la escritura que somete al lector a los vaivenes,
a las entradas en falso, a las pistas ciertas o falsas, a los encuentros y desencuentros
de una memoria que hurga en los umbrales de su pasado perdido como en un
intrincado laberinto. Graciana Lorenza Lombardi, la protagonista, duda que su voz sea
realmente su propia voz, duda que sus manos sean realmente esas manos que la masturban,
duda de la existencia de su marido y del paisaje y de ella misma: Ah, a pesar de
tantos y tantos años, ella todavía no sabe quién es, lo único que hasta ahora sabe es
que no es un sujeto unitario, sino apenas un pasadero de voces.
La cita anterior es de la
página 261 (la novela tiene 285), pero podría encontrarse en el comienzo, en la mitad o
en el final del libro. Así como el autor no hace concesión alguna al lector, tampoco a
los personajes les otorga ninguna oportunidad de salir de la sinsalida que significan sus
vidas. De este modo el triángulo amoroso deviene en círculo vicioso; desconoce esa sabia
geometría que pone en movimiento los triángulos de amor, haciendo que cada uno de sus
integrantes haga las veces de amante, cornudo o cónyuge infiel, según el triángulo en
el que se encuentren. Pero no es sólo por esto que el triángulo constituye un círculo
vicioso; también lo es por la manera como se construye el mundo fictivo. Ya en la página
29 Graciana piensa en atribuir su existencia y la existencia del mundo que la rodea a la
fantasía de algún escritor: Estos muebles, se dijo, aquellas alfombras y las copas
de cristal que veo brillar junto a los retratos que cuelgan en los muros, señor, aquellas
bifloras, todo cuanto observo ¿no será acaso la maravillosa invención de aquel que
escribe bajo la lámpara? Más adelante se revela que lo que acontece en el libro
coincide exactamente con una historia que Arcángel, el amante, está escribiendo. Si todo
cuanto ocurre es invención de Arcángel, él mismo es un personaje ficticio que inventa
su propia historia. Al no ser posible precisar la procedencia de lo real o lo ficticio, el
rango de realidad en que viven los personajes se hace aún más incierto. Triste
condición la de estos personajes incapaces de trascender, pero ni siquiera de comprender
su propia historia:
-Mira, desde ayer las cosas
parecen haber tomado un rumbo por completo ajeno a nuestro control. ¿ No lo sientes
acaso?
Yo no entiendo nada de lo que dices; siempre hablas así como con papas en la boca,
¿eso qué es?
Hablo de un rumbo confieso en
todo esto, eso es todo.
Entre todas, la más triste
condición es la de Graciana, la mujer enajenada en un pasado incierto, atormentada por el
recuerdo de la madre y el hijo muerto, alcohólica, poseída en las noches por un amante
misterioso que le deja flores en el lecho como único testimonio de su existencia. Sin
poder entablar un contacto personal con ninguno de sus hombres, pues mientras el primero
no cesa de repetirle que sólo habla bah, basura, pura y simple basura de la
peor, el segundo solo llega hablarle a través de un teléfono-visor que acentúa
aún más lo impersonal de la relación: Una vez más entre los dos se levantó el
silencio, igual que una parvada de pájaros negros en medio de los bambúes. Y cada
instante vacío de palabras resultó como hecho de tela morada, leche sucia, goma de
cadáveres. ¿Qué clase de coágulo era el silencio? ¿En qué consistía su materia, que
tanto desesperaba, que tanto pavor era capaz de traer?
Durante casi 300 páginas Oraciana Lorenza busca afanosamente lo que ella
llama igualdad; una igualdad que termina encontrando en la soledad más
radical, en el punto más alto del sinsentido:
Graciana Lorenza tiembla, envuelta en una cobija que parece más bien una gran hoja
de plátano. Estoy sola, dice, esa es la verdad, pero no me quejo. Tan sola como nunca
antes lo estuve. Ahora sí soy igual, dice, pero nadie sabe a qué precio. ¿Igual a
qué?
Convengamos en que la vida se ha hecho absurda. Pero hay quienes dicen que
entre el absurdo fatal y el absurdo feliz, el primero es el que más fácilmente claudica
ante la situación de las cosas. A quienes así piensan no les será grata la difícil
experiencia de leer La ceremonia de la soledad.
JOHN GALÁN CASANOVA
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