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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
31, Volumen XXVIII, 1991
Besos
que se resisten a claudicar
Perdurable
fulgor
Carlos Martín
Arango Editores, Bogotá, 1992, 95 págs.
En un lapso corto, cuestión
de un año quizá, Carlos Martín ha ciado a conocer dos libros: Hacia el último asombro y Perdurable fulgor, que desde el saque nos invita a
una reflexión sobre ese espejo, empañado por los años, en el que el
hablante despierta con el sueño de alguien que está soñando un mundo ignoto en
otro mundo (Redoble oscuro, pág. 7).
Despertar, por cierto, de la palabra y su articulación poética (que no específicamente
gramatical) en otra orilla de otro lejano sueño (Rosa de sueño, pág. 12).
Esta ambición de entrar en
zona caliente la del misterio cotidiano y sus inexplicables causas ha sido el
pan de Piedra y Cielo, y también su más seria identidad con los poderes expresivos de aquello que antecede a la palabra. Aquello que, en
última instancia, toda palabra destruye al querer representarlo. Porque la imaginación,
la fantasía y los ensueños tienen, gracias al lenguaje, esos correspondientes rostros
que anulan ipsofacto su existencia encantatoria: la
realidad, la verosimilitud y los actos. La poesía de Carlos Martin no escapa a tal
destino; antes bien, lo atestigua y lo padece verbalmente.
Una voz se interpone siempre
como el delirio en Hacia el último
asombro entre el preámbulo y la realización; entre lo excesivo del presentir,
pensar y encima revelar el poema, y la gota de silencio que se cuela con un grito, casi
por obliga. clon. Desde el romanticismo, la búsqueda de los orígenes , así mismo, la de
la perdurabilidad de las formas. Y por lo tanto de una constancia en la percepción de la
realidad que es la lengua del poeta, vivita y coleteando en la página.
Dos poemas largos en
secuencias numeradas fijan el libro a esta concepción genésico/escatológica del
verbo. Los comienzos de la formalización las instancias previas del
poema le dan la mano a la fragilidad del material con que labora el artista. El lazo
de esta poesía con el barroco español tiene, al menos en el presente libro, un añadido
religioso: la creencia firme en un mundo más allá del nuestro. La vida, a secas, es un
tránsito. Amanecer de Adán (págs. 19-40), por
ejemplo, con su incomparable carga nerudiana, recorre unos instantes el gozo de una pareja
sentida y palpada como expresión del universo y, en consecuencia, de la palabra que ya lo
instala ante nuestros ojos. Seres que son lenguaje:
Por las aguas del tiempo los dos andamos juntos,/ en busca de
sorpresas: un cometa sin rumbo,/ un crepúsculo de ámbar o un lucero dormido en tanto que
vida y nube devanan su destino (VI, pág. 35).
¿Cuáles serían, pues dichas sorpresas? Poco sabemos de ellas, salvo la devoción al
canto celebratorio en esa parcela de la creación asumida entre alegrías y penas/
en libertad de rumbos en que el ser revela
(VI, pág. 36). Como otros poemas de tal estirpe, aquí la historia mítica es un pretexto
para urdir digámoslo así un tramado verbal de fulgores lleno y también de
sueños y besos (tres palabras claves en el libro, como ya veremos). El otro texto, Leyendo a Hölderlin
(págs. 47-63), es un paseo más que cultural por su filiación: imagen del poeta que
encama las metamorfosis de los fracasos de la poesía moderna; el albatros baudeleriano
(pág. 51) les da el ala (así tendrá que ser) a las palomas que surcan ese cielo
azul entre los pinos (pág. 55), el mar de
Valéry, la tumba coronada de susurros. Los cuatro versos finales exponen la poética de Perdurable fulgor:
No obstante, fue guardián de la
/sagrada llana,
consagrado al misterio de la
/eterna belleza
en que la hu
m
anidad y la
/naturaleza
en la divinidad universal se
/funden.
[y, pág. 63]
Como ocurría con Hacia el último asombro, Carlos Martin despliega
nuevamente toda su pericia formal (que no es poca, que conste) para recordarnos una vez
más que la poesía es fundamentalmente un oficio vinculado al misterio. Llámese delirio,
asombro, secreto u orden mágico, lo inexorable posee la carnalidad de la destreza con que
la palabra lo recrea y lo acentúa, amén de pronunciarlo. Si en el libro
anterior la belleza escondida parecía condenada a ser un adorno de tipo nominal, en el
más reciente volumen la disyuntiva (entre presentimiento y plasmación) se resuelve, al
menos poéticamente, que es lo único que cuenta, vía la ilusión del abrazo de los
contrarios, o de la fundación de una tercera identidad, a medias señalada pero de hecho
intuida. Las oposiciones seguirán tan sueltas de huesos
(1)
. Pero ahora la cacería no dará respiro:
Entre tanto, relámpagos del
/origen del ser
iluminan el mundo y logran la /aventura lírica
de la unificación total del alma /con el universo.
[Entre tanto..., pág. 70]
Consérvame, no obstante, en el
/
olvido
de esa sombra mortal, ebrio de
/
vida,
al mismo yugo del amor uncido. [Sombra
mortal, pág. 71]
Ambición de no poca monta, y
si no que lo diga la obra de Jorge Guillén, al que estos versos rinden homenaje:
Contemplo la creación con deleite y asombro,/ en despertar de vida del
universo todo: valles, colinas, ríos, se suceden sin pausa! en claridad y sombra bajo el
sol o la lluvia (Amanecer de Adán, VII,
pág. 38). Lo particularmente notable de este libro (en el que un ojo atento ha de
aprender que la poesía no es asunto exclusivo del delirio o la premeditación) es la
serenidad con que nos lleva a sus propios abismos sin respuesta, sean los humanos o los
poéticos, por más que haya una cruz de amor que sea norte y
centro (pág. 45). Porque en verdad lo
que importa en poesía es la trascendencia desde el lenguaje, la boca misma del horno.
Beso de sueño caliente y labios dispuestos no como espadas (¿o sí?). Vicente Aleixandre
sería otra presencia de una larga fila que llega al clasicismo peninsular; sonambulía,
resplandor de sonidos:
.
..cuando al
fondo del sueño, en ¡la penumbra, se oyen
voces de las campanas, en la
¡niebla distante,
de pájaros huyendo o acaso de
/
la lluvia
llorando entre los árboles,
/
mientras crece un delirio de sombra y tempestad en
que
/
tiembla y fulgura
el rostro de la poesía cuyos
/
ojos azules
escrutan en los míos la raíz de
/
mi ser
y cuya boca siendo la boca del
/
amor
eterniza el instante en la
/
palabra: beso.
[Vuelo de palabras, pág. 14,
subrayados míos]
He aquí, en este fragmento,
a los integrantes del menú verbal de Carlos Martín, habitantes de un mismo espacio
(2)
. Poco a poco
los veremos más y más juntos, y no interesa si se trata o no de un proceso consciente
del poeta. Allí están, en la marca de su incandescencia erótica: Cuerpo, no
obstante, en desnudez de piedra duraj encendida de besos y poemas (Cuerpo silvestre, pág. 66).
Fulgor, beso, delirio y
sueño, cuádruple insistencia que suele anunciar la pulsión del verbo. Apenas si memoria
para el territorio perdido:
Luz de cielo estrellado fulgura ¡en tu presencia
y te acercas al beso con pies de ¡madreselva...
Mas no es tan solo humano el
/
mandato de amarnos,
un rumor de combate de dioses
/
y relámpagos
acerca nuestras bocas al cauce
/
del delirio
[pág. 28, subrayados míos]
Eres el primer paso, la simiente
/
que inicia
la multiplicación del Universo,
/
vida,
realidad y deseo, canciones
/
y combates
de besos y relámpagos, de
/
abrazos y volcanes.
Nuestros sueños se unen como dos ramas altas...
que alimenta el delirio de
/
invisibles estrellas.
En tu abrazo y figura yo abrazo
/
lo que existe,
con el fulgor fugaz de todo lo
/
que vive...
[pág. 39, subrayados míos]
la eternidad en sueño
/
convertida.
Mas aparece en tránsito, un
¡instante,
la estrella del destino en beso,
/
en filo
de amorosa mirada,
fulgurante,
que cual fanal en niebla hace
/
presente
delirio en realidad de antiguo
/
mito...
[pág. 44, subrayados míos]
Sólo tú puedes detener el
/
tiempo
con tu fulgor de estrellas y de
/
besos...
Por donde tú me llevas
/
tiernamente
en delirio que un dulce otoño
/
dora...
[pág. 67, subrayados míos]
Entre el ser y el no
ser de la existencia (pág. 71), ¿qué busca esta comunión de palabras? En primer
lugar, una arquitectura límpida, como la destresa en magníficos sonetos con que se
escribe el libro. Y el sueño como muda imagen de la muerte, al decir de Francisco de
Quevedo; pero además orno reintegración al espacio de lo vivido:
Encontrarás mi sombra por el
¡mundo
y mis manos, también,
/
resucitadas
en plantas del camino; y en
/
profundo
leve rumor de fuentes olvidadas,
oirás mi corazón en niebla
oculto
y en el fondo del sueño sus
/
palabras,
teñidas para siempre por el
/
húmedo
fulgor de cielo azul en tu
/
mirada,
te dirán, en secreto, esta
r
/
contigo
cual una melodía o un soñado fantasma, tan
amante y tan
/
amigo,
que hallarás el amor siempre a
/
tu lado
y en el final recodo del camino sentirás su
delirio entre tus
/
labios.
[En mi ausencia, pág. 75]
Al respecto valdría la pena
ensayar algunos nexos (arbitrarios, por supuesto) como la fusión de Neruda y Jorge
Guillén, por un lado, y Baudelaire y Valéry, por otro, con una rama de la mística
española. Ahí tendríamos una variante en el romanticismo del siglo XX (aceptemos de una
vez el término), pues todo condiciona la elección léxica que impone su vocabulario
(3)
. Por
ejemplo, el poema sobre Adán puede hallarse en ciertas zonas de La espada encendida (1970), de Neruda; y el que
trata a Hólderlin me recuerda más por interés temático que por
realización aquel que sobre William Blake aparece en El justo tiempo humano (1962), de Heberto
Padilla. Pero quizá la analogía precisa sería el hermético Travesía de extramares (sonetos a Chopin), de
Martín Adán, premio nacional de 1946 y editado en Lima cuatro años después.
Carlos Martín es un perito del verso (heptasílabos y endecasílabos son sus
preferidos; el alejandrino es, en resumidas cuentas, una simple duplicación) y muy bien
habría podido establecer un código más personal mediante el empleo de estructuras
cerradas como pocas. El cultivo de las formas no es óbice (¡epa!) para
emprender tratos con una realidad irreductible a conceptos. Basta pensar en los sonetos
del ya mencionado Adán o en los de León de Greiff y Borges, tan inconfundibles.
¿Implantación de un
vocabulario o evocación de una atmósfera? Las dos tareas,
seguramente. (Y aquí en lo que a creación de ambiente se refiere los cuadros
de Paul Delvaux y Magritte serían pertinentes, O tal vez un romántico de la onda de
Caspar David Priedrich. O un simbolista a lo Gustave Moreau). Y es que Carlos Martin es,
en el fondo, un poeta de armas clásicas e ímpetu irrefrenable que quiere
atrapar la huidiza sensación (de engañosas esperas, de reinos
prometidos/ y del misterio trágico de lo desconocido, pág. 40) con una lengua
poética que se sentiría supercómoda en una casa de campo en medio del bosque y a merced
de las fieras; pero, eso sí, con servicios higiénicos y cocina eléctrica. La locura de
Hölderlin es tratada desde una rigurosa explicación:
De los cuatro elementos de que
/hablaron
los filósofos griegos solo tres fueron consustanciales con su
/espíritu,
del fuego: lumbre, crepitar,
/pasión,
del agua: claridad fluidez
/frescura
del aire: transparencia y
/levedad
[pág. 58]
A veces, entre las estrofas
cautivas de cierto almidón semántico, asoman versos de indudable sintonía con el dorso
del lenguaje: ...su rumor es de alas de pájaros fantasmas/ que dejan cicatrices
luminosas,/ imágenes que muerden la soledad, la sombra (pág. 52). Estas palabras
valen más que una cátedra hólderliniana en verso (para tal caso Heidegger
se mandó ya la parte, en prosa más que poética). Perdura
ble fulgor se cobija en la forma y, al mismo tiempo, reproduce a otro nivel dicha
ansiedad de desorden controlado. (Aunque
según parece se rehúsa a conseguir las llaves de esa celda).
Para esta voz el Jardín del Edén
es anacrónico a propósito. Así se dirige a la compañera del siglo XX: Por
costumbre terrestre que no del paraiso/ cocinas, riegas flores y cantas a los hijos,/
podas rosales, árboles y plantas los geranios,/ cultivas los frutales y duermes en mis
brazos (pág. 31). Pero la parodia no tiene cabida, o digamos que los volantes del
Women Liberation no le llegaron a Eva. El poeta pudo proponerse (y lograrlo,
claro que si) un epitalamio con harto despliegue de sensualidad: dos cuerpos solitos (sin
hijos todavía y en todo caso los ángeles se habrían encargado de asesorar la crianza),
un gran lecho con infinidad de frutos y el césped bien cortado como para echarse a lo que
la imaginación dictara. Es decir, un locus amenus de
maravillas hasta para el romance de la serpiente. Prefirió, en cambio, contamos una
versión muy sobria y carente de excesos (ni siquiera un pezoncito entre las amapolas).
Esta es la contradicción imaginaria que mueve a la poesía de Martín:
persigue la seguridad de la forma, la exactitud del decir (Valéry/Guillén), pero al
mismo tiempo le atrae la desmesura y el erotismo descontrolado de la expresión (Neruda).
Al final, ¿qué nos queda?
Sin pensarlo mucho, cualquier beso (consentido, quiero decir) tiende a crear un pacto
entre deseos de distinta inquietud (en pro de un sentido consensual). Así, la boca y los
labios representan en este libro la vehemencia de una comunicación de lenguas: la del
habla de todos los días y esa íntima (de agridulce presencia como el eco de los
adioses), oculta en el aire y en los sueños, y muy pocas veces relamida. Pero no todo
deseo está garantizado. Más aún: hasta el hálito mismo es cosa de sudor,
mortificación de las palabras.
EDGAR OHARA
1 El amor
frente a la muerte(págs. 11,65),que seria uno de los tópicos principales del libro. O su
extensión metonímica dcl color de la vida y
el color de la muerte (pág 13) En realidad
todas las oposiciones cabrían en ésta. (regresar 1)
2
Por
ejemplo, las distintas apariciones de
sue
ñ
o
(págs. 7, 10, 12, 14, 17, 18, 25, 30,
31, 33, 35, 38, 39, 41, 44, 45, 51, 57, 61,
63, 64, 68, 72, 74, 75, 76), delirio (págs. 10,
14, 18 delirante, 28, 31, 39, 42, 44, 65,
67, 75, 76), beso (págs. 10, 11, 13, 14, 15,
16, 28, 32, 33, 35, 39, 44, 45, 57, 66, 67,
68, 69, 76) y fulgor (págs. 11, 14, 15, 16,
18, 28, 34, 38, 39, 41, 44, 63. 66, 67, 69,
72, 75).
Y
las campanas
(págs. 9, 12, 14, 25) redoblan, claro está, por Isla Negra.
(regresar 2)
3 Se podría incluso espigar mi vocabulario semejante en los
comentarios críticos (págs. 79-95) dc autores de distintas ¿pocas. Por ejemplo, de
Pedro Gómez Valderrama: ...su poesía tan personal, tan llena de sentidos
ocultos.. (pág. 79); de Dionisio Aymara:
ha tocado de alguna manera el Gran
Enigma [...] En sus páginas se encuentran el fulgor y
la sangre de la voz que domina las tinieblas (págs. 80-81); de Augusto Sacotto
Anas ...su sueño, su pasión, su deluio lúcido (pág 2); de J. A.
Hernández. .. territorio de banderas y campanas, de meblas y socios. (pág
83); de Vicente Gerbasi hundiéndose así en los ámbitos del misterio [...] lo hacen
tocar las difíciles zonas del misterio [...] cl eco de tina oración profunda
[...]escucha los ecos de su ser (pág 85-86), de J Carrera Andrade
libro que fulgura en imágenes (pág 87), de Eduardo Carranza
cabelleras en delirio [...] fantasmas delirantes [...] una visión original dcl mundo y
su misterio (págs. 88-89).
(regresar 3)
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