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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
31, Volumen XXVIII, 1991
Hernán
Diaz,
autor de Cartagena
Cartagena
de siempre
Hern
á
n D
í
az
Villegas Editores, Toppan Printing Co.
Lid,
Japón, 1992, 150 fotografías, 62 págs.
Historiada y fotogénica, luminosa y única,
Cartagena es blanco fácil del negocio editorial. Es así como le han propinado diversos y
numerosos libros fotográficos. Cartagena de Indias,
Cartagena a ojo de alcatraz, Cartagena industrial, Cartagena, son títulos que se
repiten una y otra vez a lo largo de los años, buscando atender las inestables oleadas de
visitantes y las campañas de promoción de la ciudad.
El rico espectáculo de su belleza
arquitectónica y natural, y la complejidad propia de la vida caribeña, se han ido
reduciendo a una magra colección de postales estereotipadas, producidas con diversa
fortuna. Es lo que podríamos llamar una estética turística, en el mal
sentido de la palabra. Una y otra vez, desfilan en los consabidos libros esos enrojecidos
atardeceres, los contraluces de palmeras, pelícanos, garitas y murallas; negras con sus
poncheras de frutas vendedores de copito de nieve, el centro de convenciones, algún
embarcadero, tal vez el buque insignia Gloria.
La estética turística se vale de la apariencia
brillante, de las imágenes genéricas, del lugar común, pero sobre todo de la máscara
sin alma, del maquillaje facial, de la apariencia vaciada. Los libros que guardan estas
estampas están reiterativamente acompañados de textos insulsos en un caso, elegiacos en
otros, dulzarrones, inútiles casi siempre.
La Cartagena de Hernán Díaz comenzó a ser
construida hacia 1958, y a la fecha consta de una población numerosa de imágenes,
algunas de las cuales han sido ampliamente divulgadas hasta convertirse en clásicas. Un
libro previo publicado hace un decenio (Cartagena, Fondo
Educativo Interamericano, 1982) constituye la cartografía más detallada de la ciudad que
Díaz ha producido. Es una suerte de summa fotográfica, pues reúne 150 fotos, varias de ellas en color. Repasando
este álbum, se constata que las observaciones que hiciera el entonces presidente
Belisario Betancur sobre el artista siguen siendo acertadas: Hernán Diaz ha excluido la
monumentalidad en una ciudad que es ella misma monumento; ha preferido el rancio
desaliño, de que hablaba el Tuerto López, a la elegía militar arquitectónica,
entregando así una ciudad nueva, distinta, con nitidez canicular.
Por su parte, Darío Jaramillo Agudelo escribió
en la tapa que cierra el citado volumen: Hernán Díaz deja en sus fotos el
testimonio de un hechizo y localiza una geografía más profunda, que vincula su historia
personal con la ciudad y que establece lazos e identidades entre la mitología
haciéndola visible y las fechas y los habitantes de este lugar embrujado
donde el tiempo se mide en destellos.
Cartagena de siempre contiene la Cartagena esencial
del artista, la Cartagena decantada con la perspectiva del tiempo y el refinamiento del
ojo y el oficio. Es el más puro extracto de tuétano visual elaborado a lo largo de más
de veinte años. La insistencia en unas imágenes es plenamente justificada por la fuerza
interior que poseen, por su autonomía y por la capacidad de condensar y concentrar el
momento irrepetible que se constituye en una suerte de símbolo.
El único faltante en esta publicación es la
fecha de cada foto y un texto propio del artista, quien en otras ocasiones ha hecho gala
de una pluma imaginativa y emocionada.
La renuncia al color es significativa.
Fotografías trascendentales como Pérsides, Tramo
de la muralla y La ropita colgada, que en el
libro de hace diez años aparecieron en sepia o en color, hoy se encuentran en blanco y
negro. Ante la posible estridencia turística del color enardecido del trópico, el
artista optó en definitiva por el rigor y la pureza sin concesiones del blanco y negro.
El trabajo de impresión, realizado en el
Japón, es simplemente excelente. La riqueza de grises es excepcional entre las
publicaciones de su clase y le confiere calidez y profundidad a cada imagen. Las texturas
adquieren espesor y densidad, y cada elemento piel, muro, agua, aire, vegetal,
arena reencuentra su nítida individualidad.
Este libro no existe, según se
informa en la solapa. Es cierto. Este libro es
una Cartagena. Ahí están ciertas playas hechas
de viento, arena, reflejos y salitre. Las murallas y los minaretes de luz, costra y
calicanto que reverbera en formas acariciadas y modeladas, asientos del beso, del juego,
de la mirada que escruta un viejo horizonte de piratas. Domos y capiteles como los de
Santo Domingo o San Pedro perforan el aire y fundan referencias urbanas. Aleros,
sinfonías de soles y sombras, desiertos pasadizos donde resuena el eco de los cocheros
atravesando la calle de los Siete Infantes. Balcones que se precipitan al vacío, paredes
carcomidas, gentes que pasan, que siguen pasando. Perros perdidos. Perros hechos de sombra
recortada. Vendedoras quietas de paso elástico. Pérsides contra el fondo listado del
paraguas, parece deshacerse para siempre en una carcajada blanca y feliz. La siesta. El
Portal de los Dulces, donde una anciana nimia amarguras. La calle de los santos de piedra
con dos mujeres que se siguen contando sus episodios. Las bóvedas con su perspectiva
central de vértigo. Los patios frescos, los zaguanes. La galería del eco, un eco visual
que repite para siempre las miradas.
No se puede olvidar Ceremonia de sombras ni La ropita colgada, dos de las más bellas
fotografías contemporáneas de Colombia, que han sido repetidas y variadas hasta la
exasperación por las cámaras de los clubes fotográficos. Estas piezas parecen confirmar
lo que escribiera Kandinsky (De lo espiritual en
el arte): La verdadera obra de arte nace misteriosamente del artista por vía
mística.
La fotografía no es aquí el intento de
duplicar la realidad. No es la inalcanzable ilusión del souvenir turístico, ni la complacencia con la
miseria ni un hurgar en la levedad de la condición humana. Es, más bien, una
transposición poética por intermedio de un corazón que mira, que edifica las partes de
una ciudad, convirtiéndose en su documento y memoria. Lapsos de ensimismamiento visual,
invención única y perdurable.
SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ
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