Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 31, Volumen XXVIII, 1991
 

 

Para dejar que la luz siga bebiéndome


La casa
Victor López Rache
Editorial Retina, Bogotá, 1992,64 págs.  

Noche y sol
Augusto Rincón Castro
Editorial Retina, Bogotá, 1992, 60 págs

Libro de alquimia y soledad
Gabriel Arturo Castro Morales
Editorial Retina, Bogotá, 1992. 64 págs.

Travesia del ojo
Carlos Jiménez
Universidad del Valle, Cali, 1992, 95 págs.
 

La alcaldía mayor de Santafé de Bogotá y el Instituto Distrital de Cultura y Turismo organizaron el Segundo Concurso Nacional del Libro de Cuento y Poesía, con el apoyo de la Comi­sión y Centenario y la Editorial Educar. En lo concerniente a la poesía, el jurado, —compuesto por Fernando Chany, Germán Espinosa y William Ospina— dio como ganadores a Victor López (primer puesto) por su libro La casa; a Augusto Rincón (segundo puesto) por su obra Noche y sol, y a Gabriel Castro (tercer puesto) por su obra Libro de alquimia y soledad. El resultado, en cuanto a la publicación para los tres poemarios ganadores, es discreto; un exceso de sellos, patrocinadores, presentaciones y banderas en portadas y contraportadas nos recuerdan, sin proponemoslo, las camisetas de nuestros ciclistas profesionales.

Contrastando con la presentación formal de estos tres libros, el Centro Editorial de la Universidad del Valle publica simultáneamente el poemario de Carlos Jiménez titulado Travesía del ojo. Buen ejemplo de estética y gusto. Un diseño sobrio, limpio y, sin lugar a dudas, con el mismo o menor costo editorial que los textos premiados en Santafé de Bogotá. Estas minucias editoriales son válidas, puesto que lo que se convocaba en la capital era a un concurso nacional de “libro” en las modalidades de cuento y poesía.

Ahora bien: el resultado en cuanto a la elección de los poetas ganadores es acertado. Un ejemplo más de esa “clase media poética en la que cientos de escritores escriben correcta, pulcra, decorosamente”, como diría el maestro Edgar O’Hara. Tres libros consistentes, decantados, llenos de magia. Empecemos con La casa, poemario de Víctor López, que sin lugar a dudas absorbe con su madurez y fuerza expresiva al lector. La contundencia y vitalidad de sus versos sobrecogen, atrapan con sólo la primera lectura. Y es que el poeta, como buen arquitecto y albañil, va edificando ante nuestros ojos su morada: “Cuánto sufrimos para inventar la casa.! Siglos de imaginación” (La casa, pág. 11), afirma el poeta en sus primeros versos. La otra puerta, Pared encantada, Enigma de una llave, Dentro de ese cuarto, son poemas que nos van enseñando los pasillos y corredores de esa casa “construida a la medida de nuestras angustias y nuestras esperanzas” (Las puertas de la nada, pág. 14). Finalmente descubrimos que esa inspección es hacia afuera y hacia adentro, que el viaje propuesto al recinto sagrado es un itinerario “al fondo de sí mismos”, como lo afirma el epígrafe de Huidobro con el que encabeza esta sección que da título al libro. Gaston Bachelard en La poética del espacio, en su capitulo titulado “La inmensidad íntima”, da en el clavo cuando aclara: “La grandeza progresa en el mundo a medida que la intimidad se profundiza” (pág. 233). Cita a Françoise Minkowska cuando declara: “Pedirle al niño que dibuje una casa, es pedirle que revele el sueño más profundo”. 

Por tanto, la casa que nos propone sugestivamente Víctor López no es el recinto cerrado y estático que conocemos. Inmovilidad significa aquí ‘estar en otra parte’. El espectáculo exterior de una vivienda ayuda a desplegar una agudeza íntima. Inmensidad en el aspecto íntimo es intensidad, ‘intensidad de ser’ concluye Bachelard. Por eso, para Victor López su nido, su casa, termina diluida en el aire a la manera de Escalona, En mitad de la noche o en una Tormenta en el paraíso. No así sus versos, que se mantienen cargados, a punto de detonar en cada instante. La perfección formal lo lleva a plantear su más lúcida poética: “En mis planes río existe la esperanza.! Nunca he dejado la alegría para mañana” (Huidizo, como el río, pág. 28); “No llegar es la mas fantástica aventura” (pág. 27).

El poemario Noche y sol de Augusto Rincón, segundo premio en el mencionado concurso, juega apostando al poema corto. Un lenguaje diáfano hace aparición para concentrarse en la imagen. Exactitud e intensidad definirán esta poesía en sus momentos más altos. Sin embargo, ciertos bajones en el voltaje aparecen, apagones en los que el autor se queda en la pirueta sin nunca acceder al gesto. Cierto tono artificioso, literatoso, se apodera especialmente de los textos más largos para robarles esa espontaneidad y autenticidad que pide a voces el poema: “El frío se disuelve/ entre los delicados zarpazos de la soledad” (pág. 12), “Un silencio amigo! Una mano amiga! [...]/ Fuego en oro Fuego en silencio” (pág. 13), “Voy a coger con mis manos/ un poco de tiempo;/ como un gato lo pondré en mi pecho” (pág. 24). En estos versos el alcance de la imaginación parece no abordar el producto verbal, y viceversa. Por el contrario, en otros momentos, en los instantes más cortos, la palabra da en el blanco, acierta sin tener tiempo para angustiarse, el autor logra cristalizar el instante verbal:

El sol cruza
y yo me hago sombra
para dejar que la luz siga
/bebiéndome. [pág. 51]

El abismo no es más
que el otro lado de mi cuerpo.
[pág. 57]

Un minuto para abrir el destino Tus marionetas, tu cauta de
música
Un puñado de polvo
para soltarlo al viento.
[pág. 39]

Por su parte, el Libro de alquimia y soledad, de Gabriel Castro, invita a damos un banquete con el lenguaje, un festín con la imaginación. Este libro transmite una vitalidad recia, en la que palabras y fantasía se juntan en el lugar de la más alta creación. Es el encuentro con luminosas imágenes desprovistas de lastre verbal. Imágenes con un poeta detrás, no imágenes en las que se agota el poeta, no imágenes con un poeta delante. Poeta de la estirpe de Juan Manuel Roca, con resonancias a la mejor manera del mexicano Antonio Montes de Oca, con esa imaginación metafórica desbordante. Castro es también lo contrario de un poeta que se empeña en conservar ciertos esquemas de construcción, en su poemario se ve la lucha perpetua contra sus propias técnicas y fórmulas. Perseguido por sí mismo, el poeta no da un verso de tregua, exprime las palabras, las junta por primera vez, las entresaca, les da vuelta. Citar sus imágenes últimas es por eso inútil e injusto, porque las más bellas no son mera decoración retórica, sino un mundo creado a imagen y semejanza de su más pura imaginación, de su más lúcida pasión. En esa mitología propia se encuentran sin lugar a dudas las huellas de un futuro poeta. Poemas de la talla de La vendedora de aves, Hacedor de lluvia, Largo viaje del pedaleante, Viejos rumiantes, lo confirman. Pese al orden dado por el jurado en este concurso, seria válido afirmar que este poemario titulado Libro de alquimia y soledad bien podría compartir el primer puesto junto al hermoso libro La casa de Victor López Rache.

Por otro lado, en Travesía del ojo (libro fuera de concurso), Carlos Jiménez (Cali, 1947) nos propone un itinerario por la mirada, una biografía del ojo. Travesía del ojo es un viaje del exterior al interior de la existencia. En un afán por condensar su fenomenología a través de las palabras, el autor edifica una poesía de respeto por la imagen verbal:

Ganas

Expulsa fuerte y lejos
Haz que alcance
Sus pólidos senos. [pág. 59]

El ojo y la sustancia lingüística son para el poeta elementos fusionados y transparentes como el agua. Estos destellos nos enseñan simultáneamente una profundidad lograda desde el primer poema, que da título al libro Travesía del ojo, donde se capta ese camino de indagación formal por la que ha pasado el poeta:

Travesía del ojo

Salta el agua intacta
Desde la alta brecha
Y en la travesía es lluvia
/ pertinaz
Sobre un espejo verde y quieto.
Resistiendo a la muerte
Que aguarda la rocosa
/ sequedad
El agua mansamente
Se dobla sobre sí misma como un ojo.  

La impecable factura del lenguaje (profundidad en la forma), acompaña­da también de una profundidad en los elementos de la realidad seleccionados diestramente por la mirada del poeta, permite enseñamos (damos a ver): lo fugaz, el preciso momento, lo mínimo, el instante, lo fútil de la naturaleza que poco a poco constituye nuestra vida.

Suite

En la latitud del sueño
sólo tus pies dejan huella.

1986

Agrio sabor de una primavera Sin domingos.

Poesía de la mirada, poesía del pensamiento en la que palabras y cosas Confluyen como un ser en la imagen del poema (visión verbal). Poemas de naturaleza sensorial e intelectual, sin adornos, sin explicaciones, ni sentimentalismos. Pasión del ojo por reflexionar, por condensar. O corno afirma Ricardo Sánchez en el prólogo: “Su mirada es autoconciencia sobre el mundo fugaz [...] Fabricando una fórmula, el ojo es el elemento que permite que seamos distintos a nosotros mismos”.

JORGE H. CADAVID