Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 31, Volumen XXVIII, 1991
 

  Un arquitecto escribiendo historia es tan temible como un historiador diseñando casas


Historia de la arquitectura en Colombia
Silvia Arango
Centro Editorial y Facultad de Artes, 
Universidad Nacional de Colombia, Bogota, 1989, 291 págs., ilus.
 

Estudiosos del tema, como Jaime Jaramillo Uribe, han venido expresando desde hace varios decenios la necesidad e importancia de una historia de la cultura en Colombia en sus múltiples aspectos. Últimamente los investigadores han incursionado en asuntos como las artes, la arquitectura, el folclor, el vestido, la comida, la religiosidad, las ideas y el pensamiento, la vida cotidiana, la literatura, etc. Los primeros estudios sobre la historia de la arquitectura colombiana apenas se empezaron a realizar en los años cincuenta. Sin embargo, indagaron exclusivamente acerca de la arquitectura colonial, en respuesta a la urgencia de proteger numerosos edificios de ese período amenazados por una onda demoledora que se dio en aquellos años.

La investigación histórica trajo como consecuencia la valoración del patrimonio arquitectónico y la definición de los monumentos dignos de conservarse, dada su significación para la historia del país, bajo criterios que hoy parecen obsoletos, pero que en su momento lograron alertar y divulgar aspectos de la cultura colombiana bastante desconocidos.

La visión panorámica de la historia de la arquitectura en Colombia sólo la había acometido con osadía Germán Téllez (Manual de historia de Colombia, tomos II y III, Bogotá, 1979; Crítica e imagen, Bogotá, 1979), quien suplió, con hábil manejo de la crítica, las carencias de investigación y consulta de fuentes documentales. Es un trabajo pionero en su planteamiento, difícil de superar en razón de la cultura y las dotes literarias de Téllez.

El libro de la arquitecta Silvia Arango, que publica la Universidad Nacional, está dentro de la línea de visión totalizadora del desarrollo de la arquitectura en Colombia a lo largo de más de cinco siglos. Al definirlo en la introducción como una visión general”, presenta como excusa el poco tiempo que tuvo para redactarlo: “No [...] podía aspirar a llenar todos los vacíos detectados ni a hacer dispendiosas investigaciones locales”. En la obra, al decir de la autora, “sólo lo protuberante se destaca”. Reconoce las carencias y los vacíos. 0pta por desechar las indagaciones locales, posición bastante inadecuada en un momento en que se reconoce a Colombia como país de regiones. La única manera de comprender y estudiar su multiplicidad y diferencias es mediante investigaciones particulares y regionales. Al definir “lo protuberante”, la autora se sumerge en un juicio crítico excluyente de temas y objetos de su estudio, sin dejar suficientemente claro el porqué desde el punto de vista, no meramente operativo, sino teórico. Estas posiciones se empiezan a presentar como problemas en la obra, a las cuales se une la confusión de conceptos tales como considerar la historia de la arquitectura un hecho aislado y extraño a la “historia general del país”.

La confusión que se presenta en la introducción y la larga lista de interrogantes no resueltos sobre la manera como se iba a tratar el problema, desembocan en la definición de una aparatosa, confusa y rebuscada estructura de niveles de análisis que hacen alusión a la ubicación temporal en la cual se inscriben las diferentes manifestaciones arquitectónicas. Tales niveles los define como “tempo histórico lento”, “tempo histórico de mayor celeridad” y nivel “monográfico”. A estos tres niveles se agregan otros intermedios, creaciones y derroches de verbosidad, como el denominado “ideológico-generacional-lingüístico”.

Para completar necesitó, además, determinar la periodización, mediante “una recomposición e imbricación de estos distintos niveles para presentarlos como una secuencia cronológica coherente”. Los siete capítulos que constituyen el libro: Arquitectura indígena, Arquitectura colonial, El siglo XIX, Arquitectura republicana (1880-1930), La transición (1930-1945), El movimiento moderno (1945-1970) y La arquitectura actual (1970-1985), poseen también, en algunos casos, una “secuencia tipológica global” con tres períodos de inflexión. Por último, el panorama general posee un “tempo en continua aceleración”, aunque en el siglo XX la temporalización adquiere una “forma hiperbólica”. ¿Acaso la altisonancia y el rebuscamiento lingüístico hacen más seria, rigurosa y científica una investigación histórica sobre arquitectura? De esa manera, no solamente en la introducción sino a lo largo del libro, se encontrará el lector con lo que Germán Colmenares definió como “excentricidades idiomáticas”, útiles sólo para sumergirse en confusiones innecesarias. Hubiera sido deseable que se simplificaran los niveles de análisis acudiendo a la definición y localización de las estructuras y fenómenos de larga y corta duración, suficientemente teorizados y definidos por la historiografía universal contemporánea.

La pretensión de desarrollar una historia total se desvanece al avanzar la exposición. Efectivamente, están ausentes personajes, regiones, edificios, ciudades y temas de importancia. El problema radica en que todavía es arriesgado definir y seleccionar los elementos y fenómenos arquitectónicos más significativos, ante la carencia de por lo menos un inventario del patrimonio de lo construido en el país, existente o desaparecido. Tal dificultad, simple y sencilla, trae como con­secuencia la imposibilidad de una historia total rigurosa y coherente. Sería indispensable primero un diagnóstico exhaustivo —que aún no se ha hecho— antes de empezar una historia de este tipo.

La complejidad del tema y la extensión de la temporalidad abarcada en la investigación evidencian la superficialidad de ésta. La interdisciplinaridad es una solución para lograr las historias totales, de las cuales ya existen algunos ejemplos dignos de tomarse como modelo. No obstante haberse iniciado el trabajo investigativo de manera colectiva (dada su amplitud temática, geográfica y cronológica), la etapa de redacción fue adelantada solitariamente por la arquitecta Silvia Arango. Esto dio como resultado algunos capítulos que producen inevitable desconfianza, como el de la arquitectura indígena prehispánica, donde de manera temeraria la autora “ordeno” y “complementó” con algunas hipótesis generales los “pocos estudios sistemáticos” realizados por algunos especialistas, arqueólogos y antropólogos

(Reichel-Dolmatoff, E. Reichel, Duque Gómez, Cubillos, B. Valderrama, etc., siempre muy mesurados en sus planteamientos, producidos después de toda una vida dedicada a la investigación). Sobre aspecto tan desconocido, lo más viable hubiera sido optar por la simple descripción y dejarles a los expertos la formulación de las hipótesis y análisis, pues son ellos los llamados a plantearnos.

El trabajo colectivo de los investigadores en la primera fase del proyecto, que debió seguir así hasta el final, dio como resultado una exposición museológica y un lujoso catálogo sobre la arquitectura en Colombia que fueron difundidos en diferentes países. Tampoco estuvo exenta la muestra de algunas críticas (revista Proa, núm. 387, 1989).

Uno de los logros más importantes de la historiografía colombiana en los últimos años ha sido el empleo del valioso patrimonio documental manuscrito e impreso existente en los diferentes archivos locales, regionales y nacionales. El único archivo que se cita en el libro es el “Archivo Histórico Nacional de Bogotá” (¿ será quizá el Archivo Histórico Nacional de Colombia?), el “Archivo Histórico” (de donde?) y el archivo de Bogotá (?) (págs. 63, 84, 90). Al parecer, Arango consultó la mapoteca para sacar algunas ilustraciones. En el capitulo sobre arquitectura de la Colonia se hace muy evidente la carencia del empleo de nuevas fuentes de archivo bastante abundantes pero en mora de consultarse para conocer este periodo. Así las cosas, poco se avanza y aporta al conocimiento de la arquitectura colonial. Por otra parte, la falta de rigor histórico conduce a aseveraciones como la referente a Nóvita, ciudad que, por estar en un lugar apartado, “se encontraba aún a comienzos del siglo XIX, en condiciones similares a la Santafé de Bogotá de 1600” (pág. 48). Para tal aseveración no se presentan los patrones de medición o referencia. Cuando trata acerca de los pueblos de indios, flota la confusión sobre la figura del encomendero y la del oidor visitador creador de los pueblos, o la de centro doctrinero y pueblo de indios. Vale aclarar que un centro de adoctrinamiento no fue necesariamente un pueblo de indios. Para suplir algunas carencias se acude ingenuamente a la imaginación (a la “imaginativa interpretación”, al “traslado mental”, al “trasladarse mentalmente en el tiempo”) y a la especulación, con suposiciones sustentadas con muy pocos o ningún indicio (“al parecer”, “es posible”, “es probable”, “posiblemente”) sobre asuntos, fechas, personajes o instituciones, con lo cual se evidencia la falta de conocimiento o comprensión (págs. 13, 39, 62, 64, 80, 81, 90, 93, 117, 118, 120, 140, 157, 158). A todo lo anterior se agrega la poca claridad de algunos apartes debido a un mal empleo del lenguaje. El incorrecto uso de las conjugaciones verbales genera graves problemas gramaticales y errores en el manejo del tiempo histórico de la narración.

Según Arango, durante el siglo XVIII “la geografía irá adquiriendo una conformación que se organiza mentalmente a partir de centros urbanos...”(pág. 64), o “en términos sociales generales se puede hablar de [...] haciendas ‘serviles’ o feudales [...] en Colombia hasta la primera mitad del siglo XX” (pág. 89). Hay muchas afirmaciones caducas (como la que sostiene la existencia de feudalismo en Colombia), o que rayan en la ingenuidad (como la de una geografía que se conforma y organiza mentalmente).

Plantea algunas contextualizaciones ingenuas de la arquitectura ecléctica o republicana. Por ejemplo, define los años diez y veinte de este siglo como “época femenina” (pág. 139). ¿Acaso las demás épocas son masculinas? ¿O ya es posible definirle el género a los diferentes períodos de la historia? Salvo lo anterior, el capítulo IV está mejor logrado. Los capítulos V a VII son los mejor elaborados de todo el libro. En ellos se pone de manifiesto un conocimiento profundo del tema tratado, en comparación con los anteriores. El tránsito por los ásperos caminos de la historia colonial malogran esta obra. Se debe anotar, sin embargo, que para los períodos recientes, según palabras de Silvia Arango, “el papel del crítico sobresale sobre el de historiador” (pág. 13).

En conclusión, a la obra le falta unidad y carácter. Se define como historia pero lo ganado en una mejor exposición del tema en los últimos capítulos lo pierde en rigor histórico, hasta desvanecerlo en crítica, con el propósito de subsanar las dificultades que conlleva el tratamiento de la historia contemporánea de la arquitectura colombiana.

La presentación editorial tiene muchas deficiencias, en cuanto a diagramación e impresión. Cerca de 40 reproducciones de planos de proyectos arquitectónicos y urbanísticos, debido a la mala edición y reproducción, que no permiten su lectura y consulta, se convierten en un material inútil que no cumple su función de apoyo a los textos. La primera edición del libro se agotó rápidamente, en razón de las numerosas expectativas que creó en el mundo académico. Desde entonces las críticas no han faltado.

LUIS FERNANDO MOLINA L.