Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992


Lecciones para el barro


Poemas
José Manuel Arango

Ediciones Autores Antioqueños, Medellin, 1991.
 

 

Esta reunión de poemas de José Manuel Arango incluye los libros ya conocidos por sus lectores —Este lu­gar de la noche (1973), signos (1978) y Cantiga (1987)— más una sección adicional de composiciones. La oportunidad resulta perfecta para imaginarnos el trazado de tal verbo. Entonces, preguntémonos: ¿es la poesía una forma de conocimiento? ¿De qué? En todo caso un conjunto de poemas permite el acceso a una formulación lingüística (o su precedente, que siempre lo hay). A la par que las palabras “ajenas” pueden funcionar como un estímulo porque activan la mimesis, debemos entender también que con y en ellas uno recibe la disposición de reescribir el mundo. Es decir, esa nomenclatura de vivencias. 

Acontecimiento de dudosa importancia (¿para quién?), la poesía tiene perfiles que hieren o curan, socavan la ideología e instauran el poder de su propia ejecutoria. Es la lengua de una distinción. Arango lo expresa así:
 

como tener algo vivo en las manos
una tórtola: su buche vibrante
y en el ojo redondo
un punto de fuego
 

y luego el aleteo contra el rostro 
su urgencia alocada; y el vuelo
bello y curvo sobre los árboles
vencidos: memoria del viento
 

[XXXV, pág. 28]  

La metáfora rige para Este lugar de la noche, pues el libro se propone la lectura de la ciudad: calles, parques, asilos (III), hospitales (XV), mercados (XX), carnicerías (XXII), casas (XXVIII), como si ésta fuera un ser vivo a punto de escabullírsele de las manos. Para lograr retenerla en el lapso que dura esa huida, el poeta se vale de un ritual que nos informa del valor añadido que poseería cada experiencia. La noche es propicia para esta revelación: “las miradas de los cajeros adolescentes// repiten los movimientos de un antiguo baile/ sagrado” (1, pág. 9). Y también lo es la luz:
 

...y cuando en la plaza
real por un instante en el mediodía
coge los pájaros en su dedo 
y les habla
 

tal acto encubre otros actos 
de más viejo sentido
y a su mágico gesto de encantador
los pájaros mueven los ojos

dorados
 

[XX, pág. 20]  

Este contrapunto, muy a lo Ungaretti, de luz y sombra, movimiento y quietud, nos remite no sólo a la economía verbal del italiano, sino a la constitución de figuras o personas para el poema: receptáculo de anécdotas , por mínimas que sean (1) . Arango "lee" continuamente la ciudad, pero sus pesquisas se nos hacen más profundas, pues repiten la costumbre, un arquetipo: "es la misma calle de siempre, los sitios familiares qué extraños sin embargo de pronto como apariencias de un helado país de muerte [...] día a día debiste hacer tu jornada de lento viajero..." (XXIII, pág. 22). Es también un antirritual, el reconocimiento de la presencia perturbadora del olvido. Recuperación de un lugar —la memoria— a través de paisajes que sintonizan las acciones desprendidas de los protagonistas. Costras de la experiencia:

y no cruzo el puente de piedra
porque ya no hay piedra; no toco
los muros; pienso
otros muros vanos; descamino
los sitios, ya interiores, del hábito 

[X, Ciudad, 4, pág. 14] 

En Signos, la ciudad, sin dejar de ser "un texto" (pág. 58), será el cuerpo deseado y recorrido. Al mismo tiempo se consolida el ritual del primer libro: "y a una hora prescrita de la noche/ entre dos gritos, se repite// el sueño arcaico/ que a la mañana no recuerdas" (XLIII, pág. 59). Ese sueño no es otro, que el amor reencontrado "como en los frescos antiguos" (XIV, pág. 43), la caricia permitida por los "juegos sagrados" (XII, pág. 42) o un similar "parentesco" (XXXII, pág. 51). Toda la naturaleza participa en el acto de la escritura (creación), desde el trazo negro del relámpago a la "lluvia de tiza que borra los techos" (XXIX, pág. 49). Aunque parezca mentira (por tratarse de una voz poética esencialmente urbana), Arango despliega en estos poemas una visión renacentista, digamos, en la que cielo y tierra comparten un mismo eco amoroso y en donde una expectativa sublime puede cumplirse en cualquier momento: 

con los ojos ariscos del venado
que atisba por entre ramas oscuras
un dios fugaz podría aparecer de
pronto 

[IX, pág. 41] 

El cuerpo es a la expresión lo que el surco a la semilla. De ahí que Cantiga suponga, además, una expansión temática de los sentidos o de la privación de éstos (rasgos de lo inerte) o su ausencia (como en el caso del ciego que empuña la guitarra o ese niño al "que le dicen ésta es la lluvia/ y él la acepta en el dorso de la mano" [pág. 86] (2) . La piel, emblema de este quehacer con las palabras, tiene ahora nombres (o títulos, ya que nos referimos a los poemas). La mirada se detiene a inspeccionar los objetos, y no en balde el poeta ha traducido a William Carlos Williams (3) . Pero este ánimo va mucho más allá de la mera consideración del lugar y función de los seres en ese mundo. La lengua sufre también de tiempo y desgaste. Y hasta el poeta, en un momento decisivo, puede verse privado de vocablos; pero ciertamente la "limosna" no le ha de venir de fuera, sino que tiene que buscarla dentro de si, aunque en un continuo contacto con el exterior: 

Las palabras secretas oídas en el sueño
son acaso las mismas
que alguien al otro día
—por Ventura el mendigo que pide una moneda—
nos dice en una lengua usada 

[Palabras de mendigo, pág. 114]  

De igual manera que el rito tenía una respuesta (contraria) en los dos primeros libros, aquí a la lengua "material" se le une otra, percibida y actualizada por canales insospechados: "Cada noche converso con mi padre/ Después de su muerte/ nos hemos hecho amigos" (Una larga conversación, pág. 115). Y la dialéctica verbal (imaginémosla en este caso como un intercambio entre lo privado y lo público, la intimidad y la vociferación tendrá su analogía en la imagen de la demolición (pág. 103): brindarle un rostro nuevo a la ciudad (tal vez no siempre lozano). A los escombros llegan de inmediato los "pájaros parleros" (pág. 104), metáforas del poeta para instalarse en las ruinas del lenguaje y practicar una reconstrucción ¿Será por eso que en los Otros poemas se repite esta escena de muerte, la espera de qué? Añoranza de un decir:

Y esa forma suya de hablar, con vocablos redondos, duros
Uno sabe: esto es mío. Se reconoce.
Usó para pensarnos el dialecto que hablamos

[Pensamientos de un viejo, 11 pág. 139] 

Pensaba en un lenguaje secreto,
inventado para asegurarse contra los desvaríos 

[Libro y cuchillo, 1, pág. 143] 

Pero la poética final de esta reunión ha de ser la "vigilancia, la búsqueda activa" de la bailarina sonámbula de Lezama. Y el propio texto (¿boceto de poema o reflexión en prosa que deviene repentino manantial?) lo confirma. Cuando se dice que hay que aprender a ver con otros ojos, ¿no sí está pidiendo acaso que se lea a través de otras palabras? Un poema de esta última sección nos servirá de apoyo: 

Estas raíces
—en parte cercenadas—
del pino
que un tajo en la montaña
al borde
del camino dejó desnudas 

Estas raíces
obstinadas y corvas
que se aferran
como uñas
al suelo. 

[Pino, pág. 146] 

Afinidad con el cielo, por definición; pero firmes los pies en este mundo. Empecinada conciencia, incluso tortuosa, de la sujeción de la palabra al silencio, guardián de lo posible. Pero así es la poesía: las raíces son aéreas cuando asienta su linaje en el polvo, y quiere volver a modelarlo y quiere volver a darle el soplo de altitud. Y quiere siempre volver, nada más. Poema, trabajo pesado. 

 

EDGAR O’HARA

 

(1) Compárense estos versos de Urtgaretti: "Toda una noche/ echado junto/ a un compañero/ masacrado/ con su bocal rechinante/ vuelta al plenilumio...” (Vela, pág. 26) y el poema Eterno ("Entre la flor que tomo y la que doy/la inexpresable nada"), de Antología (selección, traducción y prólogo de Rodolfo Alonso), Buenos Aires, Fabril Editora, 1971, págs. 26 y 15, con los siguientes versos del primer libro de José Manuel Arango: "entre/ el cerrar/ y el abrir los ojos/ la nada..." (Negrura amenazante detrás de los párpados, pág. 23) y pág. 23) y "toda la noche/ pasada en vela/ tratando de recordar un rostro" (insomnio, pág. 24). (Regresar a 1)

(2) Pero en Este lugar de la noche hallarnos también a los sordos que "hacen signos extraños/ con los dedos" hallarnos también a los sordos que "hacen signos extraños/ con los dedos" (Asilo, 1, pág. 10) y a un ciego cuyas manos repiten "la forma/ de una vasija" (X, Ciudad. 1, pág. 14). (Regresar a 2) 

(3) Cf. Tres poetas norteamericanos: Whitman, Dickinsort, Williams (trad. de J. M. Arango), Bogotá, Norma, 1991. Al respecto bastaría citar un par de poemas de Cantiga: ver el rectángulo de la tumba (pág. 72) y Con un solo ojo torvo (pág. 78), que tienen la atmósfera de los poemas objetivistas del doctor Williams. (Regresar a 3)