|
Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
30, Volumen XXIX, 1992
Más que mil palabras
Santander, un testimonio
fotográfico
Oscar Martínez Vásquez
s. c. s. l. f.
Nacido en Italia en 1861, Quintilio Gavassa
abrió su gabinete de fotografía en 1894 en Bucaramanga. Ante su lente desfilaron la
sociedad bumanguesa, los grandes acontecimientos colectivos y las transformaciones de la
ciudad. Gracias a su trabajo y al de sus hijos Edmundo, Quintilio y Rafael, que lo
continuaron, disponemos hoy de un registro invaluable de la vida de la capital
santandereana, parcialmente divulgado en el libro Fotografía italiana, que en 1982
publicó la Papelería América. Todo parece indicar que el propósito original de Gavassa
fue ser un cronista social que supo crear y aprovechar un mercado para sus fotografías,
apoyado tanto en la destreza con que aplicó los conocimientos aprendidos de don Juan
Martínez Lión en Bogotá, como en el deseo de pasar a la posteridad de una activa clase
mercantil y agrícola, artífice del progreso de la población.
En cierto modo, las fotografías de Oscar
Martínez Vásquez son herederas de la intención original de Gavassa, común en realidad
a cualquier buen fotógrafo: preservar un instante particular, escogido tras el lente,
ofreciéndonos no una visión objetiva de la realidad, sino construyéndola bajo el
imperio de una necesidad interior. No obstante esta común empresa, la temática es bien
diferente. Martínez no es un cronista social sino un observador lírico de la
naturaleza.
El libro está dividido en tres capítulos: La
Naturaleza, La Naturaleza y el Hombre, y La Ciudad. Adolece de un texto fragmentado en
verso, que se pretende fastidiosamente poema, salido de la pluma del escritor Augusto
Pinilla. Ello permite establecer, en contraposición, que a estas fotografías no les es
debida la palabra. Sólo la mirada y la contemplación, porque allí ya está nombrado el
mundo, pero con los ojos.
La introducción, a cargo de Alda Martínez
Carreño, ofrece un recorrido relámpago por la historia de la región, tratando de
sustentar la vieja tesis de que el medio natural condiciona el carácter del hombre que lo
habita. Demostrable o no, esta hipótesis no se comprueba con el libro. Curiosamente, el
texto introductorio no establece ninguna relación con las fotos que prologa, y apenas
sirve de telón de fondo desenfocado.
El propio artista no ha resistido la tentación
de escribir algunas líneas donde da rienda suelta a la consabida moraleja ecológica y
humanista, a la trivialización de la maravilla, al lugar común de periodista sin tema,
lo cual no conduce ni al esclarecimiento ni al goce. Basten dos ejemplos: Tenemos
que reflexionar sobre el tratamiento que a la tierra le debemos dar, para no destruir la
única base de nuestro sustento y así de una manera racional podamos mantener su
equilibrio, para poder gozar de su bondad y belleza. ELLA sin nosotros vive; nosotros sin
ELLA no. El hombre campesino ha despertado como lo vienen haciendo desde
siempre; al alborar el día (¿alborar o alborear?).
Así pues, los textos funcionan más
como escollos que el lector debe sortear, hasta encontrar, por fin, las imágenes que se
inician con el páramo de Santurbán, donde de repente comienza un emocionado y contenido
canto, una sucesión de imágenes que nos llevan desde altos parajes hasta el insípido
trajinar de la ciudad, pasando por húmedas sombras, olvidadas ruinas, frentes dobladas
cumpliendo labores, ajeno todo ello a las necias palabras le los hombres. Y aquí debería
callar a reseña. Pero el género exige informar sobre el libro. Diré que carece de
paginación, índice y pie de imprenta. Que, con algunas excepciones en el último
capítulo dedicado a lo urbano, las imágenes son de una intensa belleza visual. No está
aquí la gran sociedad a la que Gavassa dio brillo y memoria. Las fiestas populares son
las grandes ausentes, tratándose del proyecto de dar un testimonio de Santander. El ojo
del fotógrafo prefirió dar cuenta de una naturaleza cuya presencia ineludible parece
sagrada por momentos.
El páramo, el río, el bosque, el sol rompiendo
el cielo, el cañón, los estoraques. Vegas cultivadas, retículas dictadas por la
geometría agraria, los oficios del hombre, la niña a cuyo lado retoña un tabacal, el
viejo que tiende el caney, el ajetreo de la caña el café. En medio de esto, la cierta
sorpresa, como en La misteriosa puerta
de Cepitá, o El portal de la
laguna del sapo por Zapatoca. Fachadas de aja que también albergan ilusiones, vistas
panorámicas de pueblos, torres, el presagio de las nubes. El recodo le un empedrado
sendero, esos cielos patios de Barichara. Alguien que transita en la soledad colonial de
San Juan de Girón. A la vuelta de la página, los oficios urbanos, la ventera, la
fritanguera, los viejos músicos, las beatas. Esa extraordinaria Familia de Cepitá que
pasa con sabia inocencia, abriendo una sucesiva galería de retratos. Niños que la vida
envejeció sin saberse cuándo, artesanos herederos de oficios centenarios.
El tono decae al encontrar la ciudad. La poesía
parece sucumbir al atosigue de edificios y antenas parabólicas, estilos arquitectónicos
y espacios culturales, configurando lugares comunes, captados con el mismo
lente e contemplación que detuvo en el papel un horizonte. Ahora la mirada parece no
saber bien donde posarse. En la serie En el centro se recupera parcialmente la
eficacia perdida: la carnicera impávida, el transeúnte disciplinado por las filas, el
sobandero que visita los muertos, el culebrero, el pintor Agelvis, el sugestivo Circo
del Viaducto.
Para la cámara, convertida en el instrumento de
una declaración visual, la naturaleza ha desaparecido y su lugar lo ocupa ahora el hombre
común, hostigado por el progreso, sumergido en la congestión de un espacio
artificial.
SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ
|