Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992


La Vorágine


Derechos territoriales indígenas y ecología en las selvas tropicales de América
Cerec-Gaia Fundation
Cerec: Serie Amerindia, núm. 3, Editorial Presencia, Bogotá, 1992, 385 págs.

 

Este es un libro de gran actualidad, producto de un seminario realizado en Villa de Leyva, en marzo de 1991, por iniciativa de la secretaria de asuntos fronterizos de la Presidencia de la República de Colombia, para hacer un balance del estado actual de los derechos de los pueblos indígenas en el trópico americano, comparando la legislación vigente y su aplicación real en Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Panamá, Paraguay, Perú y Venezuela. Se compone de trece ponencias —que fueron leídas durante el seminario por representantes de organizaciones indígenas y representantes gubernamentales y de organismos no gubernamentales de los diversos piases— precedidas por una introducción, que sirve como documento de reflexión y síntesis, escrita por los investigadores Adriana Hurtado y Enrique Sánchez. 

La mayoría de los participantes enfatizan en que los indígenas tienen modelos específicos para la utilización y el manejo de los recursos naturales en la selva húmeda tropical que difieren totalmente de los modelos utilizados por los colonos o empresas que invaden sus territorios, los cuales, sin embargo, son los que cuentan con los mecanismos legales del Estado a su favor. Para el "blanco" lo importante es la propiedad de la tierra y su utilización económica, estableciendo con ella relaciones de dominación que lo desvinculan de su "objeto" de trabajo. Al contrario, el indígena no se considera dueño de la tierra ni de los ecosistemas, porque se siente integrado con ellos, al igual que con el resto de la naturaleza. El territorio indígena es un territorio mítico, equilibrado por fuerzas sobrenaturales que deben ser respetadas, porque ellas son guardianas de las cosas y del hombre. En tal sentido, el territorio se conforma como una totalidad que no puede ser mutilada, pues ello equivale al desequilibrio de todas las fuerzas que sostienen su estructura. 

Para el Estado esa relación territorial no cuenta, puesto que sólo reconoce, de acuerdo con el código civil francés, el titulo de propiedad individual, refrendado legalmente. Si ese título no existe, considera que esos son terrenos baldíos que pertenecen al Estado mismo. Hay que hacer la salvedad de que el seminario origen de este libro se realizó antes de ser aprobada la Constitución que rige actualmente a Colombia y en la cual se aprobó la existencia legal de entidades territoriales indígenas. Sin embargo, en nuestro país no se tiene hasta el momento mucha claridad sobre las formas como van a funcionar esas entidades, puesto que nuestros códigos y el espíritu de las leyes vigentes son totalmente contrarios a la posesión colectiva de la tierra. Claro que eso no significa la imposibilidad de transformar esa situación; pero ello no es fácil, pues significa el cambio de una mentalidad profundamente cimentada sobre quinientos años de prejuicios contra el indígena. El problema no es de forma, pues desde el siglo XVI existen leyes en favor del indígena, pero ellas se han cumplido muy poco por ello la reforma implica necesariamente transformar conscientemente aquello que podríamos llamar la cultura nacional. Es decir, los valores generales y universalizantes compartidos por la gran mayoría de los colombianos, reafirmados diariamente por la educación y los aparatos ideológicos del Estado. La nuestra es una cultura eurocéntrica que sólo considera como "civilizados" los valores y normas de tipo occidental-cristiano. Toda otra norma de vivir, pensar o actuar se considera como anómala, infantil y bárbara. Por eso, cualquier colombiano coparticipe de la "cultura nacional" se considera superior al indígena y con autoridad moral para vejarlo impunemente o, por lo menos, para no sentirse un igual con un ser tan diferente que no hace esfuerzos para "progresar". Cuando el colono se apodera de las tierras del indígena no está haciendo otra cosa que aplicar ese código civilizatorio, pues considera que el indígena no deforesta la tierra por ser un incapaz. 

El libro deja, sin embargo, una enorme duda sobre la aplicabilidad de los modelos ecológicos del indígena para obtener aquello que se define actualmente como desarrollo sostenido en la selva húmeda tropical. Como bien lo define Thomas Walshburger en su articulo "Delimitación y manejo de territorios indígenas ecológicamente equilibrados en áreas de selva húmeda tropical", para el indígena "el principio ordenador del mundo está en no acumular y, por lo tanto, en reciclar permanentemente las energías extraídas de algún medio natural o sobrenatural". Mas, esa no acumulación puede darse solamente con una fuerte limitación al consumo de energía por el grupo: la población se mantiene estable aplicando fuertes restricciones demográficas; además, para no agotar los recursos se utiliza una gran dispersión poblacional; y, para mantener estable el balance entre oferta y demanda de los recursos, se utiliza la estrategia de abandonar los sitios poblacionales cada cierto tiempo, permitiendo así que la biota se regenere. Es decir, que para obtener un resultado semejante, la cultura europeísta tendría que negarse a si misma, pues ella se basa en la utilización intensiva de la energía y en la concentración permanente de enormes conjuntos poblacionales en las ciudades. En otras palabras, planteado en esa forma, el desarrollo sostenido significa excluir la civilización urbana, y ello no pasa de ser una especulación, imposible de aplicar. 

Las ideas expresadas en el libro suscitan centenares de interrogantes, como el anterior, cuya respuesta tiene que darse muy pronto, pues la destrucción de la selva húmeda tropical avanza día a día y las culturas indígenas desaparecen junto con ella. Detrás de todo ello hay una urgente necesidad de replantearnos las bases totales de nuestra cultura, y para ello necesitamos el concurso de nuestros mejores pensadores latinoamericanos, como en la presente obra. 

 

CAMILO DOMÍNGUEZ