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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
30, Volumen XXIX, 1992
La investigación en Bogotá y regiones
circunvecinas
La investigación en Colombia en las artes,
las humanidades y las ciencias sociales
Carlos B. Gutiérrez (comp.)
Universidad de los Andes. Bogotá. 1991.
Se reúnen en este libro la docena de trabajos
presentados a un foro realizado en la Universidad de los Andes en mayo de 1990, con el
objetivo, al decir del compilador, de "alcanzar una visión conjunta de la ya
apreciable labor investigativa que se adelanta en universidades e institutos en las áreas
del saber en lo social y de lo cultural, áreas cercanas no sólo por su historia sino
también por su contenido" (pág. 1).
Lo que primero llama la atención es la
insistencia en reclamar como argumento de calidad, en la introducción y en la cubierta,
"los reconocidos méritos de los autores invitados". Hubo épocas en que sólo
lo que tenía mérito se publicaba y el lector sabía esto. Ahora parece necesario
invocarlo. Por algo será. Lo cierto es que esos méritos que se ofrecen como aval de la
obra, deben ser demostrados en la obra misma, y no con la hoja de vida (que es vida de
hoja, como decía el poeta), pues no se trata de un concurso laboral; de malos trabajos de
"autores meritorios" está plagado el infierno bibliográfico. Y este libro no
deja de hacer sus propios aportes.
En su enfoque general, repite un vicio muy capitalino que
habrá que combatir siempre: tomar la parte por el todo. La investigación que se hace en
Colombia es la que se hace en Bogotá. Este vicio, que viene desde el siglo XIX, cuando el
país era en la práctica su capital y los medios de comunicación no eran lo que son hoy,
se ejerce impunemente todavía, mostrando la pereza de quienes se atreven a realizar
inventarios o panoramas generales de una disciplina, o bien, el desprecio y subvaloración
por las producciones regionales.
Para estos viciosos parroquiales es más
rimbombante llamarse "la investigación en Colombia", así a tal titulo sólo se
acojan dos de doce textos, que "la investigación en dos universidades en
Bogotá". Ello es especialmente patético en la ponencia de Ivonne Pini "La
investigación en arte", que, aunque advierte que sólo se refiere a las
Universidades de los Andes y Nacional, es tranquilamente incluida sin ningún recato en un
libro que aspira a perspectivas más amplias.
La segunda pero no menor debilidad del libro es
la inconsistencia en los enfoques. Lo que se ofrece como un panorama del bosque, se
convierte rápidamente en descripción de un par de árboles, en reseña de ciertas hojas,
en discusiones sobre el modo de entender el concepto de bosque y de árbol, y no falta
quien hable de la maleza o de la importancia del sol en la fotosíntesis. Todo esto
muestra que parecen existir tantas ciencias sociales como practicantes, lo cual contradice
el concepto de ciencia. Mientras algunos autores intentan inventarios locales (Pini en
artes plásticas, Torres Velasco en ciencia política), otros con mejor tino se acogen al
objetivo que los convocó y se esfuerzan en el retrato del bosque (Jimeno Santoyo en
antropología, Chaves Cuevas en lingüística).
Si algunos vuelven por las sendas de las
discusiones de marcos teóricos y posiciones metodológicas, desaprovechando la ocasión
de ofrecer sus propias fotografías del paisaje que les corresponde (Peña en psicología,
Mesa Rodríguez en "Orientaciones teóricas y metodológicas de las Ciencias
Sociales"), otros salen apresuradamente del paso señalando generalidades (Sanz de
Santamaría y Ayala en economía).
Fuera de juego queda Briceño Jáuregui con su
ensayo "Investigación y humanismo clásico", que, como su titulo lo indica, ni
siquiera se refiere a trabajos hechos en Bogotá; propio sería para un simposio sobre el
mundo griego, pues en su especulación el autor más mencionado es Homero.
Quedan entonces los que, sin emprender el
inventario nacional o tomar parte en el pleito teérico-metodológico, se preguntan y
reflexionan sobre qué es lo que estudian y sobre cuáles son sus alcances, limitaciones e
incertidumbres, con el mérito adicional, pero no menor, de ser capaces de producir textos
bien escritos y agradables de leer, al alcance de un lector medio. Estos atributos los
menciono porque desgraciadamente parecen vedados a las disciplinas discursivas, todavía
enredadas en querer cambiar el mundo a punta de palabras que no se entienden ni producen
el menor deleite.
De la investigación sociológica en los años
ochenta se ocupan Alvaro Camacho Guizado y Jorge Hernández Lara. Se trata de un buen
esfuerzo por sintetizar la situación actual de una disciplina y los caminos que ha
emprendido.
Monserrat Ordóñez, en "Investigación y
literatura", piensa alrededor de "extrañas preguntas", como ¿qué es
investigación en literatura?, o trabaja en la identificación de cuáles son las
principales carencias para el avance de su disciplina. Se trata de un interesante texto
reflexivo que seguramente compartirán sus colegas y pondrá en advertencia al
interesado.
En "La historia: las perplejidades de una
disciplina consolidada", Jorge Orlando Melo muestra su capacidad de tomar perspectiva
y distancia, y a la vez su poder de síntesis para identificar las líneas de evolución y
las dudas en una disciplina en la que ha sido destacado protagonista. Pocos tienen el
valor de Melo para reconocer que
la
historia es una disciplina contingente y suprimible. Las ciencias que nuestra sociedad
juzga inevitables y cuya validez no se discute sin poner en cuestión los fundamentos
mismos de nuestras formas de vida, son aquellas que pueden fundar una tecnología, que
conducen a intervenciones sobre la naturaleza o la sociedad. La historia no pertenece a
estas ciencias, y por ello puede verse como prescindible, o como un simple adorno de la
vida. [pág. 53].
Y agrega el autor, destruyendo el eslogan aquel
de que quien no conoce la historia está condenado a repetirla, que
los historiadores creemos, sin
embargo, que para la sociedad es importante conocer su pasado, a pesar de que en la
realidad casi nadie conoce mó.s que unas cuantas imágenes y unos cuantos datos aislados
de él. Podemos atribuir a esta ignorancia de nuestro pasado algunos de los males del
presente, pero creo que sería muy pretencioso atribuirle una importancia muy grande a
esta causa. Las fuerzas que mueven un país, que lo sacan adelante o lo precipitan en la
violencia, son otras.
[pág. 53].
Esperemos que algún día los editores
aprenderán que lo nacional no es lo regional, y que bien visto, no es mejor o peor uno u
otro, pero que sí importa principio elemental llamar las cosas por su
nombre.
El libro de la Universidad de los Andes muestra que la
diversidad de enfoques es propia de las ciencias humanas, y que la tendencia a la
unificación de las ciencias, ilusión epistenológica que cree ver en marcha el
compilador de la obra en su prólogo, no es más que eso, una ilusión, y tal vez, una
manifestación de complejo de inferioridad. En las "humanidades", los lenguajes,
los métodos y por supuesto los individuos que los producen, distan mucho entre sí. Y de
alguna manera, tantos discursos y discusiones parecen sugerir que las ciencias del hombre
se acercan, antes que a las ciencias físicas o naturales, a una literatura, que con
diversas y cambiantes retóricas, a lo que parece aspirar siempre es a contar una
historia. Al respecto, leemos en el ensayo de Melo:
Dentro de esos debates, el discurso
histórico, en la medida en que mantenga alguna pretensión de coherencia, de
historia total para usar un término que empieza a parecer una mala
palabra seguirá siendo un polo unificador, un lugar de atracción de las preguntas
aún no resueltas. Además, porque el discurso histórico en sentido estricto, en mi
opinión, lucha permanentemente contra su conversión en ideología o en mito: impedir que
los textos o los hombres o los incidentes o las encrucijadas del pasado se conviertan en
ejemplos a seguir o evitar [...]. Promover, en fin, una conciencia histórica para la cual
el pasado sea ante todo una fuente de experiencia compartida pero no una mano muerta que
agarre el presente. [págs. 54-55].
Cabe recordar, por último, que el Boletin
Cultural y Bibliográfico presentó en 1988, en el número 15, un amplio y comprensivo
panorama del estado, en la década de los años ochenta, de la arqueología (Luis Duque
Gómez), las artes plásticas (Ana María Escallón), el cine (Orlando Mora y Sandro
Romero), la filosofía Rubén Sierra Mejía), la historia (Jorge Orlando Melo), la
narrativa (J. E. Jaramillo Zuluaga), la poesía (J. G. Cobo Borda), la sociología
(Gabriel Restrepo) y el teatro (Eduardo Gómez). Se trata de estudios del bosque que
muestran que es posible conocer los árboles y sus partes componentes, manteniendo una
unidad en la diversidad, gracias no a un sofisticado método científico o malabarismo
teórico, sino al rigor y seriedad.
SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ
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