Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992


El ojo ajeno


Silabario bogotano
Edgar O’Hara
Universidad de Washington (Seattle)

 

La única manera de cumplir decorosamente con la solicitud de una crónica para "El ojo ajeno" será reconocer cuanto antes los límites de la misma. Es decir, su fragmentarismo, su visión prejuiciosa y parcializada. O recordar siempre que se estará hablando a partir de sensaciones, metáforas, desubicaciones...

Hubo un tiempo, si, en que viajar era una proeza. Felipe Pardo y Aliaga, por ejemplo, nos contó en el siglo XIX "El viaje del niño Goyito", una deliciosa "pintura costumbrista" (no me queda más que echar mano de estos devaluados pero puntuales términos) de los interminables preparativos de Gregorio, el Goyito de cincuenta abriles, para embarcarse rumbo a Valparaíso...

Como el personaje de Swift, que cargaba un diccionario personalísimo de objetos en vez de palabras, los viajeros buscaban desde todo punto de vista las diferencias entre uno y otro país, entre una cultura y la otra. Aunque a Marco Polo le entusiasmaba en mayor medida el olor de las monedas, sometió su paladar a las artes culinarias de ese oriente de sedas y ravioles en potencia (hervidos que no fritos como su progenitor, el wantán)...

Los románticos de pura cepa, en cambio, se entregaban a un destino salvaje pero condicionado por las ciencias de su tiempo. Hasta bien entrado el siglo XX hallaremos en cualquier novela "regionalista" (La vorágine, para más señas) un personaje cuya pericia científica o filosófica consiste en querer saberlo todo pero desde una contemplación ya codificada. En fin, cronistas de Indias ha habido por todas las esquinas del planeta...

Actualmente la ansiedad por establecer diferencias —al menos entre nosotros, testigos de una misma tragedia cotidiana— ha cedido a la práctica de comparar las semejanzas. Culturalmente casi no existen abismos en nuestro lado americano (¿existieron alguna vez?) y a tres cuartas y un repique nos encontramos con un fin de siglo que poco tendría de alborada y mucho de salto sin garrocha del tercero al quinto mundo. (Incluidos, mal que les pese, los nunca bien ponderados bonaerenses o esos inefables charrúas que son capaces de venderles la Antártica a los pingüinos). Así está la vaina...

El desarrollismo de los años sesenta se media en nuestros países como un contraste cualitativo. Es decir, "este año terminaremos una carretera para..." y "nosotros, a su vez, tendremos unos servicios públicos que ni se diga... Hoy por hoy (basta con parar la oreja), los contrastes se miden desde un deterioro cabal: "no, no y no; te digo que mi país está peor que el tuyo y "de qué te quejas, si en el mío la situación (hasta la responsabilidad de este hundimiento ya dejó de ser potestad exclusiva del imperialismo). Las respuestas están en nosotros mismos y en nuestra posibilidad de cambiar el estado de cosas, amparándonos en aquello de que nada es irremediable excepto la muerte. Contra ella, y a favor de la vida, sólo cabe —en mi modesta opinión— un socialismo curado de espanto (libre de fantasmas y de relicarios), curtido en el arte de la seducción. Pero este cantar no es el que me toca...

¿Era Tolstói quien afirmaba que bastaba describir las pasiones de cualquier aldea para capturar literariamente al mundo? Cuando visito un país desconocido me propongo tomarle la temperatura política, esto es: verificar en qué punto de ebullición está la lucha de clases. Pero lamentablemente al probar la primera cerveza Aguila se ponen más agudas otras conexiones que a la larga resultan enigmáticas y veraces al mismo tiempo. El estómago puede convertirse en una fuente de información tan perspicaz como la ecología y tan soberana como nuestras constituciones políticas y nuestros himnos patrios...

Siguiendo el consejo de Tolstói, sacaré de mi libreta de viajes algunas chispas de mi fugaz estadía en la Bogotá de mayo de 1988. Es mas: palpé la ciudad desde la Candelaria y, dentro de tales fronteras, mis movimientos se redujeron a unas cuantas manzanas. Para ese entonces  ya Colombia había dejado de ser para mí el equipo que eliminó a Perú del Mundial del 62. O aquella fortaleza en Cartagena custodiada por unos piratas (pues si, mozos de un bar con pañuelo en la cabeza y parche en el ojo) que asomaban por las almenas para mi absoluto desconcierto y para tantear la incredulidad de mi padre, mientras trepábamos a la cúspide, es decir, al restorán, durante la pascana turística del barco mercante en que volvíamos de Nueva York a Lima en 1960. También la tierra de leones, de Fruko y sus Tesos y los moños rojos de la maricucha, que nos era revelada de primera mano por Boby López cuando retornó al Perú en las navidades de 1977...

La Colombia de la cumbia y el camino ‘culebrero’, de las imágenes macondianas y los versos repulidos del gordo Cobo, cedería lugar en mi adicción poética —empujado por ese gran pata que es Darío Jaramillo— a la lectura de un imaginario que me acercaría poco a poco a otra realidad. De esa comunión he de solfear y entonces...

...siento el olor a tierra fresca de la mañana y ese friecito (he aquí la palabra) de la altura. En las faldas del Monserrate pastan algunas vaquillas y el rocio perdura en las tejas de las casas y los eucaliptos se ven más verdes todavía. Los caminos que van de las colinas al centro de Bogotá cruzan primero una neblina natural y después la que pica en los ojos...

...Plaza de Bolívar, Palacio de gobierno, El día feriado atenúa la avalancha de papelería que rueda por las calles; en cambio el polvo de las refacciones (por el próximo aniversario de la capital) viaja en el aire...

...lo moderno frente a lo tradicional, en el centro de Bogotá, podría no evaluarse arquitectónica sino olfativamente, al igual que en otras ciudades de nuestra América. En los cafés de los años sesenta circulaba una atmósfera todavía existencialista o emparentada con ese progreso parodiado por Mi tío, la jocosa película de Jacques Tati. ¿0 quizá ya empezaban a reinar los vientos de soledad metafísica al estilo - de bajos costos— de "Twilight Zone", la Dimensión Desconocida? Pero de un tiempo a esta parte los centros de nuestras ciudades (o capitales, más bien) se distinguen por un olor a fritanga plastificada. Y la razón no es porque pululen los Burger King o McDonald’s, sino por ciertos decorados que, en nombre de la comida al paso (ahí donde la muchedumbre come poco, o nada), instalan sus reales de material innoble: fibra de vidrio, imitación caoba, tacitas y platos irrompibles. La grasa y los humores del cuerpo no pasan, se quedan allí prendidos como una zarza pestífera que no conviene mezclar con el sándalo...

...por una paralela de la Jiménez vienen corriendo tres individuos con intenciones contradictorias: uno es el perseguido y los demás los vejados por lo que aparentemente ha sido un robo (en otra esquina o en la mesa de cartas o dados de un bar). Pero los perseguidores le van disparando con lo que tienen a mano: botellas que no acabaron de secar o que encuentran gratuitamente en el piso, lo mismo que piedras (ahora que las calles de Bogotá están levantadas para acicalarse mejor). Y no parecen preocupados por el resto del mundo, concentrados como van en su objetivo. El paisaje carece —para ellos— de transeúntes o micros o busetas. El asaltante pasa junto a mí, que intento protegerme de los proyectiles que atrae como un imán envueltos en frases como deténgalo y otras no dignas del lector. El pecador —más pálido que los deudos de un poema fúnebre de Silva— sigue curso ("di paso") por una callejuela empinada, mientras sus sabuesos (con menos estado físico y arcadas a la vista) se detienen en la esquina en que me he recluido. Por un momento fantaseo y me atemoriza el que a tales ciudadanos se les ocurra buscar un chivo expiatorio y se conviertan en ladrones por obra de la compensación...

...el restorán que da en pleno centro. El ajiaco tiene una maravillosa consistencia con los trozos de palta recogidos por una cuchara de palo que husmea entre verduras y tronchos de carne. La cerveza, a la usanza de los Andes, ha de tomarse al tiempo, señor, a la temperatura ambiental no mas...

los cambistas o traficantes de esmeraldas ocupan un sitio en el perímetro de la ciudad. Se supone que esta actividad se realiza en forma clandestina, y para ello se reúnen todos en una misma calle. Algunos son caballeros de sombrerito y flor en el ojal, mismos personajes de Borges pero sin el lado épico del orillero. Aquí la muerte es un problema técnico, parte de la reinvención cotidiana, un cerco, una posibilidad a la vuelta de la esquina. Y sin embargo la gente tiene que hacer lo suyo con humor y algo de prisa; hasta con solemnidad, que es el rasgo andino por excelencia...

...los únicos morenos en el centro de Bogotá venden piñas en rodajas...

...la pasión del terruño es una herencia hispánica, así como los afanes independentistas parecen un calco de las autonomías peninsulares: Quito vs. Guayaquil; Arequipa vs. Lima; cachacos contra costeños. Pero en Colombia el poder central es más diluido y en todo caso Medellín —celebrada en el Pachito Eché de Celia Cruz— es quien la lleva, en el doble sentido coloquial del verbo: billetera y droga. Esta descentralización, cualidad de la vida colombiana, se reagrupa en los chistes sobre paisas, pastusos ("pastense" dice el Larousse) y cachacos, que expresan la injerencia (invisible) de sus costumbres y hábitos ciudadanos. Más aún: dicha injerencia constituye una estratificación más seria que cómica...

...a veces los estancos literarios son más resistentes al cambio que los sociales, porque los sustenta una imaginación que, curiosamente, tiene cadenas de seguridad a prueba de las más tercas evidencias. Pero el mundillo literario bogotano —a diferencia del de otras latitudes— parece haber canjeado la prepotencia por la ceremonia y su línea de acción semeja la ternura: la lisonja comedida y la no escrita ley del ascenso burocrático. El desdén por alguien del medio (e incluso por el foráneo) se vuelve tan sutil que hasta sus explosivos coloquiales podrían confundirse con las entradas predilectas del Manual de Carreño. La norma lingüística es tan fuerte como la poética y esto lo avala —qué duda cabe— la supervivencia de la fama de Atenas sudamericana...

...pero tiene de qué enorgullecerse. Lo que en otros países no pasa de ser una pecerita llena de pirañas, en Colombia la institución literaria equivale a una piscina olímpica donde los involucrados pueden hallar zonas de esparcimiento y de combate...

...el Museo del Oro, la Biblioteca Luis Angel Arango (con su espléndida sala para música de cámara y órgano), la Casa Silva, son espacios no sólo invalorables sino muy bien administrados...

...el escenario poético cuenta con aguas y bichos de distinto espesor y pelambre, aunque regidos por un respeto común al habla constituida. Esta dice alimentarse del verbo de la comunidad (el "hablar bien", que es otro rezago mítico), pero su misión es acentuar la distancia entre la comunidad y los productos acabados. Lo que definiría en última instancia el casillero "poesía colombiana" no es una retórica ni una oratoria (aunque ambas, como chicuelos, sean las que más gocen de la piscina olímpica) sino la perdurabilidad de un oficio consagrado a unir, a preservar la familia (con las connotaciones cristianas que este término pueda tener en Antioquia: la familia es el cartel y éste posee un lenguaje sacro), a recrear imaginariamente aquel armónico mundo que en la praxis de la vía pública se larga para donde le da la gana. De pronto ese deseo de orden puede sufrir movimientos sísmicos (Valencia es el árbol caído del que muchos hacen leña; prepárense, muchachos, que después les tocará a los nadaistas), pero no tiene pinta de sufrir resquebrajaduras graves, no hace agua por ningún lado. El cuerpo de ese orden imaginario es y ha sido moral e inequívocamente cristiano...

...la sangre de la novelística de la violencia responde a la acción —proyección en este caso— de destacar ese orbe en lo que de carne tuviera, es decir: tinta y palabreo. Pero el cuerpo desmembrado resurge —intacto— en una puesta en escena de la resurrección. La "novela de la violencia" fue el descenso a los infiernos; Cien años de soledad es el primer peldaño al cielo (en poesía, Suenan timbres es un purgatorio prolongadísimo, si es que no ya limbo completo).

¿Puede haber acaso un lenguaje más culposo —desde el punto de vista analítico y en referencia a la Santa Madre Iglesia- que el de la mayor parte de los nadaístas? Sus diatribas y blasfemias parecen solapadas alabanzas del Parnaso al que aspiraron. Y sin embargo, la culpa literaria (usemos la parábola del Flaco: lo mucho de cizaña, lo poco de grano artístico) no es propiamente de los nadaistas (su rebeldía no fue un conjuro del Espíritu Santo) sino de una estructura social y política (asaz religiosa) carente de humor, inflexible e histérica, que a la primera pirueta de los adolescentes respondió con el garrote eclesiástico. Lo interesante es que, para castigo de los rebeldes con causa, dicha estructura, en su vertiente literaria, resultó magnámina: los perdonó y los canonizó. Pero el más grande nadaista seria el padre Camilo Torres, en quien lo sublime empieza y termina en un acto de purificación que no debería ser interpretado como la apología de la violencia ni el trueque simbólico de una situación histórica intolerable por otra menos indulgente...

...decia Tim — el viejito entrenador brasileño de la selección peruana de fútbol— que se iría a la tumba sin comprender por qué Cesar Cueto (ese zurdo que los colombianos conocen) no había dado un solo pase bueno en el Mundial de España 82. Y Tim se fue primero a Brasil, y después definitivamente, sin entender qué le había ocurrido a Cueto. A mi me pasa algo semejante con la poesía colombiana y no pienso irme de este mundo sin lanzar al menos una hipótesis respecto a su ceremoniosa vitalidad. Esa fuerza unitaria, que despreció a las vanguardias del 20/30, sigue de lo más fresca, pues, debido al ejercicio mimético de su origen: articular como discurso coherente lo que en forma dividida —geográfica y socialmente— fue el quid de la gesta independentista. Esta articulación reverencia los lazos peninsulares —poéticos y religiosos— y se proyecta como pasión indestructible...

...sí, los bogotanos se expresan con propiedad y cierta parsimonia, por encima de la labor de zapa que en contra de ese estilo practica cierto periodismo escrito e incluso algunos escritores (apáticos en ortografía y puntuación). En cambio los periodistas radiales son flor de verba y pachangueria...

...en omnibus a Suesca, a dos horas de Bogotá. La campiña es hermosa, a pesar de que las orillas de la carretera ostentan una gama infinita de papeles y botellas. Paso revista al mercado al aire libre (morcillas, papa amarilla, chicharrón y cerveza; obleas con arequipe, mermelada de frutilla y maní) y luego visito el cementerio. El culto dominical a los seres queridos atrae con la misma intensidad que la reunión en el mercado. En el campo santo lo anónimo resulta ajeno (hablo de un pueblo pequeño) y habría en todo caso que ganarse el privilegio. A las imágenes de superficie (túmulos de los principales, mausoleos de familias adineradas, simples tumbas del que no será dueño ni de la suerte de su polvo) se les suman algunas inscripciones. Lo fugitivo permanece y dura, dijo don Francisco. Y me resisto a pasarlo por alto. Y sé que en esta tierra escribo y me aferro...

 

EDGAR O’HARA