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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
30, Volumen XXIX, 1992
La caída del muro de Berlín
El último embajador
Testimonio de un colombiano que vio construir y caer el muro de Berlín
Luis Villar Borda
Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1992
Tras la insurrección del 7 de junio el
secretario de la Unión de Escritores hizo distribuir volantes en la Avenida Stalin en los
que se podía leer que el pueblo habla perdido la confianza del gobierno y que sólo
trabajando el doble la podría recuperar ¿no sería más fácil que el gobierno
disolviera el pueblo y eligiera otro?
Berltold Brecht
No es ciertamente casual que el autor anteponga
como epígrafe a su libro las palabras de Goethe al atardecer del 20 de septiembre de 1792
que el mismo escogiera en su diario de guerra, la "Campaña de Francia"
cuando, al ser interpelado en relación con lo acaecido aquel día, respondiera a
los otros miembros del séquito del duque de Weimar: "Aquí, en este lugar y en este
día comienza una nueva época de la historia del mundo y podréis decir que estuvisteis
presentes". En el monumento que todavía hoy recuerda el triunfo de los
revolucionarios franceses en Valmy se grabaran en piedra estas palabras.
Se trataba de la derrota de los prusianos al mando del duque de
Brunswick, cuyo manifiesto había provocada el 10 de agosto en París la arremetida de las
masas populares contra el palacio de las tullerías, el aprisionamiento de la pareja real,
la proclamación de la República. Como lo ha descrito Albert Soboul, cuando Kellermann
gritó, agitando su sombrero en ha punta de la espada, "viva la nación", el
ejército de desarrapados, las tropas improvisadas por la levée general de los
jacobinos, repitieron de batallón en batallón la consigna revolucionaria: "bajo el
fuego de las tropas más ordenadas y reputadas de Europa ni un sola hombre retrocedió, la
infantería prusiana se detuvo, Brunswick no se atrevió a ordenar el asalto".
Consideramos pertinente recordar la
circunstancia ante la cual se pronuncio el gran poeta porque pensamos con el autor que lo
que se produjo en Alemania Oriental durante el ataño de 1989, a doscientos años de los
acontecimientos que desencadenaría el asalto a la Bastilla, fue ciertamente una
revolución. "La revolución, nacida de abajo, sin direcciones ni jerarquías,
sintetizó en una consigna su significado profundo: Nosotros somos el pueblo. Era
el reclama de la soberanía popular, la restitución del derecho del pueblo a gobernarse,
el repudio a medio sigla de interdicción y tutelaje, el anhelo incontenible de libertad.
El estado totalitario se mostró desmantelada e impotente para controlar la fuerza
desatada de la masa, dueña de la calle y desde ha calle del poder" (pág. 12).
Un proceso revolucionario que, sin embargo, no
tuvo tiempo pasa articularse autónomamente, tal y como lo propugnaban los iniciadores del
mismo las agrupaciones que en una primera fase llevaron la yacería del pueblo, como
El Nuevo Foro, el Despertar Democrático, las "mesas redondas" que
recogían los anhelos libertarios del común, las organizaciones de las iglesias y
parroquias luteranas, así coma las de los intelectuales, los escritores y artistas,
por lo cual sucumbió al embate del nacionalismo, al plantearse con vigor inusitado la cuestión
nacional e imponerse finalmente la política de reunificación. "La rapidez del
proceso impidió que de allí surgiera una organización, o la pureza de las intenciones
de los revolucionarios, que se negaban a sustituir con una nueva coyunda partidista u otra
forma de intermediación o tutela del pueblo el aparato de dominación abatido... Pera el
factor decisiva del viraje, del paso de la revolución democrática a otro estado fue el
problema nacional. En un cierta momento la consigna inicial se transformó, señalando
nítidamente el cambio operado por la de nosotros somos un pueblo".
Hasta ese momento, dice el autor, "ni en el Este ni en el
Oeste se había hablado de reunificación de Alemania como reconstitución de un solo
Estado en un término breve, sino de una fórmula confederativa, que permitiera la
coexistencia de das Estados alemanes, con sus particularidades y rasgos propios, pero bajo
comunes normas democráticas, en la apertura de un proceso de aproximación que
probablemente llevaría en el futuro a la unión federal bajo el techo de una Europa
integrada. Es decir, primera Europa y luego la unidad alemana, o recordando a Thomas Mann,
una Alemania europea y no una Europa alemana". Sin embargo, las cosas se precipitaron
y tomaron un camino irreversible, "sobre todo desde que el Canciller Helmut Kohl
intervino directamente en las manifestaciones este-alemanas y ofreció lo que fue ha gran
bandera en las elecciones del 18 de marzo: el masco alemán accidental, el D-Mark. Contra
la fuerza de atracción le la moneda dura, que se mostraba como panacea para todos los
males de la economía y la sociedad de ha RDA, qué podían hacer los argumentos de
intelectuales e idealistas empeñados en que lo que conviene a la humanidad de hoy,
acuciada por problemas que amenazan su subsistencia, no es retrasar el reloj para retomar
a la hora de los nacionalismos".
Con razón se pregunta el autor, al meditar sobre la precaución
y has advertencias de algunos portavoces intelectuales del proceso liberador, como los
escritores Günther Grass (RFA) y Stefan Heym (RDA), si esta salida no iría a tener
consecuencias negativas que ya empiezan a percibirse, no incidiría en el
renacimiento de comportamientos agresivos de tipo chovinista. "¿Predominará ha
corriente nacionalista con su impulso de expansión económica y política hacia eh
oriente europeo y su arrogancia de gran potencia o la tradición liberal y humanista
anchada en la idea de Europa? Una Europa que sea la casa común desde eh Atlántico hasta
los Urales, un continente en el que se destierre para siempre la posibilidad de una guerra
y con su enorme potencial pueda contribuir a la solución de los problemas globales de la
humanidad: la pobreza, el deterioro del medio ambiente, ha insoportable carga de la deuda
del Tercer Mundo, el comercio y consumo de drogas, ha amenaza del desastre nuclear".
Coincide Villas con Günther Grass
(1)
en considerar
apresurado eh proceso de la reunificación. El recuerda de qué manera, contra el criterio
de los expertos y la opinión de vastos sectores políticos, "prevaleció el afán
del canciller Kohl por la unión rápida y el interés del gran capital por campeas sobre
las ruinas de Alemania Oriental", (pág. 14) lo que ha tenido como secuela el cierre
de miles de empresas, ha presencia de millones de desempleados aquí, la miseria de la
agricultura, "un balance desolador apenas a dos meses de la unión monetaria",
todo ello producto de lo que el autor llama un "tratamiento de choque", de
acuerdo con la idea de ha "destrucción creadora", una teoría que justificaría
"el arrasamiento de una economía ineficiente para empezar a partir de cero, como
después de una guerra", lo que agrega- "puede ser cierto desde un punto
de vista estrictamente económica, pero no tiene en cuenta las deplorables secuelas
sociales y los peligrosos efectos políticos que tal estrategia entraña". Y añade:
"Es precisamente eh clima creado por esta situación el que propicia la formación de
grupos extremistas, el terrorismo y los sentimientos de odiosidad al extranjero,
chovinismo y frustración, que son aprovechados por demagogos con ha más grosera y
primitiva ideología".
El autor plantea que la reconstrucción económica de la antigua
RDA debe comprometer a toda Europa y manifiesta sus simpatías por una salida socialista y
democrática. "Que en ella se construya un modelo distinto ah del fracasado
realsocialismo despótico y burocrático, y al capitalismo salvaje, es la
aspiración de nobles espíritus de las dos partes de Alemania y sin duda fue la causa
inicial de la revolución pacífica: un estado socialdemocrático y liberal".
Es en este contexto que cita palabras de Willy Brandt, antiguo
canciller de la República Federal y figura descollante de la Internacional Socialista,
por quien el autor manifiesta a lo largo del libro una gran admiración y respeto y quien
al considerar la problemática global del mundo contemporánea y la responsabilidad que
dentro de ella le corresponde al vieja mundo afirma: "Yo quisiera, una Europa que
creciera unida y que reconociera su responsabilidad por otras partes del mundo. Estamos
todos enfrentados a problemas globales: Subdesarrollo, riesgos ecológicos, desenfrenado
crecimiento de la población mundial, para mencionar sólo algunos. Existe el temor de que
se haga una concentración de recursos económicos en los países de Europa Oriental y que
nosotros hagamos menos por la solución de los problemas globales. Pero estamos
advertidos, porque destrucciones del medio en otras partes del mundo, por ejemplo, se
devuelven contra nosotros. No debemos aislamos, sino asumir la corresponsabilidad alemana
y europea por otras partes del mundo" (pág. 15).
El análisis de la dictadura nos muestra de qué
manera desde un principio el país fue manejado por un grupo de burócratas que se cerró
a toda consulta y participación popular; y se afianzó en sus privilegios, en la rutina
de un poder indiscutido, aunque en verdad frágil por depender de ha gran potencia
ocupante: "otra hipoteca inicial fue naturalmente la falta de soberanía, ya que las
decisiones centrales fueran siempre tomadas desde Moscú y la única manifestación de
independencia la dio la envejecida dirigencia del buró político cuando pretendió
oponerse a la política de cambios propiciada por los soviéticos" (pág. 20).
El autor recuerda que desde la fundación de la
república, proclamada el 7 de octubre de 1949, se produjo la obligada fusión de los das
partidos obreros comunista y socialdemócrata y que según denuncias
recientes, miles de militantes socialdemócratas reacios a la unidad fueron ejecutados y
otros pagaron largas condenas de cárcel. Se consagró en ha Constitución eh carácter
del Partido Socialista Unificado (el resultado de la mencionada fusión) como "la
fuerza dirigente del país", con lo cual se protocolizó de hecho la dictadura de un
partida, pues "nadie podía estar en contra o discutir las directivas y guías
trazadas por ese partido" (pág. 20).
De esta manera, el poder real y efectivo se
concentró en el buró político, porque las instituciones del Estado la
"Cámara del pueblo" (un remedo de parlamento), la justicia, el gobierno
"no eran sino fachadas del poder real". Lo que trajo consigo ha estagnación, el
anquilosamiento de ha vida pública. "Eliminada la separación de los órganos del
Estado en nombre de la teoría de la unidad del poder, ha dictadura se concentra en las
manos del partido dominante, lo cual en síntesis quiere decir del secretario general y,
cuando mucho, del buró político. Desaparece todo control, y la participación popular ha
sido eliminada desde el comienzo, ah impedir una vida política democrática, con partidas
opositores, pluralismo político, libertad de expresión, etc." (pág. 21).
La desconfianza ante los intelectuales parece haber sido
característica desde el primer momento. Por ejemplo, como lo recuerda repetidas veces el
autor, ante marxistas tan destacadas como los filósofos Ernst Bloch y Wolfgang Haricha o
el germanista Hans Meyer (son las ejemplos que da el autor aunque podrían citarse muchos
otros nombres). El control escolástico sobre la vida del espíritu, sobre las
universidades y las publicaciones, tuvo como resultado "la esterilidad en las
ciencias sociales a lo largo de estos 40 años de repetición estereotipada de las mismos
clichés ideológicas" (pág. 20), documentada por los demás en has anaqueles de las
librerías que siempre ofrecían los mismas tomos de "marxismo-leninismo" y, en
los sesenta, las "Obras completas" de Walter Ulbricht, por ejemplo.
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Como consecuencia de todo ella resulta bien
significativo el que a lo largo de sus 40 años de existencia hubiesen abandonado el país
unas tres millones de personas y sólo entre julio de 1989 y febrero de 1990 otro medio
millón. Recuerda el autor que en alguna ocasión "tuvo la fortuna de conocer y
conversas con el gran economista y revolucionario marxista Ernesto Mandel" (dirigente
de la IV Internacional) y cuando le preguntó su opinión sobre eh régimen de la RDA
éste le dio por respuesta: "¿Cómo puede ser un gobierno que tiene que encerrarse
detrás de un muro para sobrevivir?" Por cierto que enseguida le cantó que a él no
le estaba permitido enseñar ni dictar conferencias en ninguno de los dos berlines...
El alejamiento de la realidad y de la voluntad
de las ciudadanos por parte de la clase dirigente era tan desproporcionado a los hechos
que, como rememora el autor, cuando se posesionó como embajador en mayo de 1988
"nada parecía indicar que el régimen atravesara una crisis insuperable".
Cuando en el otoño de ese año visitó a los más altas jerarcas del Estado y el partido,
ninguno daba la menor señal de que hubiera una crisis en camino (pág. 31).
Si era perceptible en cambio el rechazo por
parte de la dirigencia a la "Perestroika" y la política del
"Glasnost" de Mijail Gorvachov. Fue el único momento en cuarenta años en que
se manifestó independiente frente a Moscú, justamente cuando allí se intentaba la
democratización del socialismo y la instauración de un estado de derecha, el
establecimiento de lo que aquél llamara "los principios de una legalidad
socialista".
De hecho, el modelo leninista que luego degenerara en el sistema
totalitario plenamente desarrollado por Stalin era lo que se encontraba a la base de tal
actitud. "El papel dirigente que la propia constitución consagraba al partida
dominante y la aplicación del principio del llamado centralismo democrático en la
práctica se traducía en una dictadura de partido, dentro del partido de un pequeño
grupo, el buró político, y dentro del buró político de una persona, el secretario
general. El modelo fue copiado de la Unión Soviética y obedecía a la estructura de las
partidas comunistas de tipo leninista, elaborada para períodos de guerra y conspiración,
pera que al convertirse en doctrina oficial y sustancia de las instituciones públicas
sólo podía llevar al despotismo con características especiales de acuerdo con el
respectivo país" (pág. 33).
Como acentúa Villar, en la realidad el régimen "no era
otra cosa que un gobierno de la seguridad del Estado con una legitimación aparente, el
marxismo-leninismo, una oligarquía política cooptativa y hereditaria que gozaba de toda
suerte de privilegios y terminó por corromperse, una clase media con un nivel de vida
aceptable con relación a las demás países del socialismo real, formada por
profesionales, técnicos, obreras calificados artistas, burócratas, artesanos, pequeños
comerciantes e industriales, es decir, la mayoría de las habitantes de un país bastante
industrializado" (pág. 32).
Por lo cual aclara el autor que las reivindicaciones que
movilizaron a la gente fueron "en primer término políticas más que
económicas", agregando que "el factor político e ideológico fue
predominante", lo que en su opinión hacia el fenómeno "particularmente
atractivo" para el análisis. Y concluye: "es por esto que, al contrario de lo
que en general puede decirse de las revoluciones, ésta no fue producida por factores
económicas ni fue el hambre lo que lanzó a las masas a la calle" (ídem).
Basta recordar, por ejemplo, que cuando comenzó a gestarse el proceso y fueron
perceptibles lo que Villar califica con el subtítulo de un apartado "los primeros
síntomas" del mismo, se celebró, como todas los años, el acto conmemorativo, en
este caso del setenta aniversario del asesinato de Rosa Luxembourgo y Karl Liebknecht, el
17 de enero de 1989, y más de cien manifestantes fueron detenidos por portar carteles
reclamando, con las palabras de Rosa, libertad de pensamiento: "Libertad es siempre
libertad de los que piensan en forma diferente".
Acaso pueda resultar pertinente en este contexto recordar alguna
literatura testimonial sobre el stalinismo. Recordar por ejemplo las experiencias de
Wolfgang Leonhardt, quien desde el 33 y a comienzos de su adolescencia fuera educado en
una escuela de cuadros del partido en Moscú, cuando su madre, militante comunista
alemana, se trasladara allí huyendo de Hitler y que llegó a Berlín con el ejército
rojo como integrante del llamado "Grupo Ulbricht" de incondicionales de
Stalin que conformaría el primer gobierno de la Alemania del Este, y quien a
finales del 48 rompiera con la dirigencia para trasladarse a Yugoslavia que acababa
de anunciar su ruptura con la dirigencia de Moscú proclamando allí en la primavera
del año subsiguiente su solidaridad con los comunistas yugoslavos. En un libro publicado
por primera vez en 1955 y que desde entonces ha tenido más de veinte ediciones: Die
Revolution entlässt ihre Kinder (La Revolución abandona a sus hijos), relata que
cuando llegaron con las tropas soviéticas a la capital en ruinas del Reich en la
primavera del 45 bajo el mando de Walter Ulbricht, lo primero que ordenó éste fue
disolver las grupas de resistencia a la dictadura, de quienes arriesgando sus vidas
habían luchado clandestinamente contra Hitler, pues la desconfianza ante todo
comportamiento autónomo era lo predominante en su actitud. Después de toda venía de
Moscú, en donde la delación, el oportunismo, la desconfianza generalizada era lo
característico.
Podríamos recordar también las memorias de
Herbert Wehner, publicadas a mediados de las sesenta por el semanario Der Spiegel, quien
después de la guerra fuera uno de los fundadores del partido socialdemócrata alemán en
Hamburgo y se convertiría luego y hasta su muerte, acaecida hace unas diez años, en una
de las figuras estelares de la democracia alemana: durante la guerra fue testigo en
Moscú, en su calidad de militante comunista y responsable de las actividades contra
la dictadura hitleriana de la persecución a los comunistas alemanes por parte del
régimen stalinista. O el impresionante libro de Margaret Buder-Neumann Como
prisionera de Stalin y Hitler (1968), que da testimonio sobre los horrores de
los campos de concentración de Siberia, en los que estuvo recluida al ser acusada por el
hecho de ser su marido un dirigente disidente acusado de "trotskysta" por
entonces, y que luego fuera entregada a la Gestapo en la aldea fronteriza con Polonia en
donde se realizara el primer acto diplomático de la revolución (Brest Litovsk), luego de
que las dos potencias celebraron el pacto de no agresión, más conocido por el nombre de
los ministros de relaciones que lo suscribieron: Molotov-Ribbentrop, que le permitió a
Hitler invadir a Polonia (con lo cual se iniciaría la segunda guerra mundial).
Precisamente en el libro de Leanhardt se recuerda de qué manera,
cuando se firmó el pacto en la primavera del 39, cambiaron radicalmente los titulares y
el contenido de los periódicos soviéticos para saludar, con impresionante cinismo, el
viraje de la diplomacia stahiniana. O las memorias de Nadiezsha Mandelstamm, la viuda del
gran poeta fallecido, como tantos otras opositores a Stalin, en un campo de
concentración. Testimonias de una misma actitud: el absoluto desprecio por el individuo
humano, la absoluta falta de consideración por su dignidad como persona. La manipulación
implacable de los hombres, reducidos a la condición de cifras, o de "fichas"
del aparato totalitario. Como lo ha formulado Theodor Adorno, "individuos que se
integran ciegamente en el colectiva se convierten a sí mismos en algo así como materia
prima, desaparecen como seres autónomos. Con lo cual se corresponde la disposición a
tratar a los otros como masas amorfas... Primero se asimilan a sí mismos a las cosas y
luego, de serles posible, convierten a los demás en casas".
Las limitaciones de espacio de esta reseña no nos permiten
reconstruir minuciosamente el proceso que se desencadenó desde los comienzas del 89 en el
territorio de la hay desaparecida República Democrática Alemana y que el autor describe
pormenorizada e inteligentemente, acompañando la relación de los hechos con ilustrativas
anécdotas, conversaciones con desconcertados funcionarios del régimen o antiguos
profesores suyos, por ejemplo, o las incidencias de una excursión de caza organizada por
el jefe del Estado en homenaje al cuerpo diplomático, la reacción de desconcierto del
presidente de la "Cámara del puebla" al ser interrogado por su homólogo
colombiano, que presidía una delegación de nuestro parlamento en visita oficial, en
cuanto a los efectos de la política de la "Perestroika" en el país...
Nos encontramos igualmente con un análisis
certero sobre la naturaleza del totalitarismo y la pesada carga que representó desde sus
orígenes en el desarrollo y el destino del país la herencia stalinista, ilustrado por
medio de recuerdos personales, vivencias, diálogos con revolucionarios sinceras,
juristas, intelectuales. De otra parte, por la evocación del autor de su primera
experiencia, cuando en las años cincuenta realizara estudios de posgrado en Leipzig y
compartiera con su amigo Gabriel García Márquez una temporada allí, así como una
visita en 1957 al festival de la juventud de Moscu, durante el periodo en el que Nikita
Kruschev, en quien según el autor hay que reconocer al precursor de la Perestroika,
iniciaba el proceso de desestalinización, que fue suspendido tras su destitución...
El libro se cierra con un inteligente epílogo
en el cual el autor de nuevo plantea la posibilidad y la esperanza de que la
crisis alemana conduzca a una salida lo más democrática posible: "...que la
introducción de la economía de mercado sea atemperada por un criterio humanista o, para
decirlo en términos políticos, socialdemócrata", porque "de otra manera se
pasaría de la dictadura estalinista a la dictadura de los monopolios". Recuerda de
qué modo el presidente de Francia, François Mitterrand, "ha dicho sabiamente que la
catástrofe del comunismo en la Europa del Este no entierra la idea humanitaria del
socialismo y que los países de esta región del mundo, cuando se fatiguen de la ley de la
jungla del mercado, buscarán nuevas salidas en un socialismo liberal y
democrático". Las últimas ocho páginas y con el subtitulo Crónica
de
los principales acontecimientos traen un recuento cronológico de los hechos más
destacados, que permite reconstruir el proceso y reconocer su evolución así como, para
terminar, plantearse los interrogantes más pertinentes o urgentes sobre el
futuro. De tantas cosas.
RUBÉN JARAMILLO VÉLEZ
(1)
Gunther Grass, Alemania una unificación Insensata, Madrid, El País/Aguilar, 1990.
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