Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992

Noventa y tres años de juventud


América es otra cosa
Germán Arciniegas
Antología
y epílogo de Juan Gustavo Cobo Borda
Intermedio Editores/Círculo de Lectores, Bogotá, 1992, 245 págs.

 

En alguna reunión social una elegante dama bogotana he preguntó a Germán Arciniegas cuál era su oficio. "Señora -respondió-, soy escritor, he escrito más de cuarenta libros". La dama sorprendida, sólo acertó a volver a preguntar: "Entonces... ¿no ha trabajado nunca?".

Quizá nada pinta mejor que esta anécdota lo que para Colombia y para América ha significado este señor que ha sostenido con paciencia, tesón y mucha disciplina la dignidad de una profesión insólita por estos lares: la de escritor. Y la ha sostenido como un panadero: amasando palabras todos los días de la vida, tanto que ha llegado a afirmar: "Los libros son como los cestos: lo difícil es hacer el primero, que después cualquiera hace un ciento". Germán Arciniegas ha encarnado, como ningún otro, la profesionalidad del escritor. Sólo eso bastaría para defenderlo a capa y espada, pluma, procesador de palabras y cuantas armas punzantes tengamos a la mano.

Los años pasan, y el joven que salió a has calles para ayudar a tumbar la dictadura de Reyes es posible que esté inaugurando una nueva generación de inmortales, aunque a los amigos de las cábalas cabría recordarles que no sólo Mark Twain dijo que había nacido con el corneta Halley y que con él se iría, sino que el propio Arciniegas estableció cuántos serian los años de su vida cuando en 1948 escribió En medio del camino de la vida, por cierto su única novela.

Arciniegas escogió su tema, su obsesión, y ha venido desgranándolo con apabullante e imperturbable prolijidad a través de ochenta años. Nada más le interesa, y no veo por qué no va a tener derecho a ello. A pesar de la sugestiva propuesta de que todos los más de cincuenta tomos de Germán Arciniegas conforman un sólo y único libro, debo hacer la salvedad de que a mi modo de ver no hay uno sino varios Arciniegas. Encuentro por lo menos dos escritores bastante disimiles, si no en los temas, sí en el vigor del estilo: el Arciniegas joven, que es extraordinario y —como el Borges joven— un poco olvidado. El otro, el viejo Arciniegas, famoso, curtido en homenajes y discursos académicos, que repite demasiado su vieja salmodia insistente, como intentando cobrar al tiempo el que lo haya escuchado durante tantos años. Lo malo, diría yo, es que los textos claves están diseminados en fragmentos no sólo en las primeras obras sino incluso por entre la maraña de has más recientes, aunque, desde luego, en menor profusión.

Ahora bien: esta recopilación de artículos, hecha por Cobo Borda, no distingue. Aquí hay testimonios de todas las épocas, entreverados sin ningún orden cronológico. Los incluidos en esta antología presentan sólo dos puntos en común: todos se refieren, más o menos en forma directa, al tema del descubrimiento de América, y ninguno había sido publicado antes en libro. No es la primera vez que Cobo maneja el tema Arciniegas. Con éste, son ya cuatro los libros que nos ha regalado sobre el mismo autor, uno de sus "caballitos de batalla" preferidos. Cobo ha sido, además, el compilador por excelencia o, como le dice Arciniegas, la "cosedora mágica" que cada vez que saca un libro nos ayuda a ordenar un poco una biblioteca llena de recortes regados por todas partes y que por fin consiguen acceder a su destino inevitable de basura.

La tesis central de este libro, sobre todo en la primera de sus tres partes, es que América es "otra cosa" y que esto que se está celebrando no es un descubrimiento sino la verdadera creación de un nuevo mundo. Para el autor, el descubrimiento de América es ha obra cumbre de ha novela de caballería y nosotros "no somos indios, ni blancos, ni negros. Somos de acá". Acaso se trata de otra de sus "hermosas e inexactas teorías", como las llamó Hernando Téllez. Aquí me es licito apuntar lo mismo que Téllez: los libros de Arciniegas "me deleitan aunque con muy pocas de sus tesis esté acorde", o lo de Sanan Cano: "No me convence siempre, pero me instruye y me fascina un poco". El estilo, como lo calificó Luis Alberto Sánchez, es "deliciosamente leve", y la ambigüedad de las tesis permite afirmar que pertenecen más al mundo del arte, de la poesía, que ah de la historia.

Ots Capdequi sostuvo que Arciniegas era un historiador, quiéralo o no. Son evidentes su desborde retórico, sus exageraciones sin medida, o sus afirmaciones gratuitas sin sustento documental, muy a la colombiana. Una y otra vez se ha discutido sobre la invención en la historia, y no pocas veces ha sido Arciniegas el centro de la disputa. ¡Qué difícil es, ciertamente destruir una mentira bien fundamentada y bien inverosímil! Y a Arciniegas se le cree o, por lo menos, se tiene la idea vaga de que es un sabio en sus asuntos; la gente que lo lee, el común que devora periódicos, tiene la idea vaga de que Arciniegas ha dicho cosas importantes, ya que vierte sobre ellos teorías agradables que alimentan la vanidad, en un estilo no menos gracioso, y eso les basta. Ahora bien: no comparto la crítica de quienes le exigen al escritor precisión histórica. Creo que, como escritor, Arciniegas está emancipado del rigor histórico. Medardo Vitier lo defendió: "En el ensayo el arte tiene sus derechos". Sus virtudes son otras. Un estilo, una fuerza, un ambiente polémico, impregnado de retórica, si se quiere, pero efectivo. Arciniegas ha conseguido algo a lo que ningún historiador profesional se ha siquiera acercado: que la voz americana sea escuchada, así lo que diga sea exagerado o no sea cierto. Pero con ello abrió el camino para que pudieran hablar otros. Su actitud retadora, recalcitrante, hizo que Papini, en Italia, donde oficiaba como sumo pontífice y despreciaba todo lo no europeo, se viera desafiado a "meter las patas" por un joven latinoamericano y desencadenara una polémica en la cual el que salió bastante mal parado fue el europeo.

Las metas fundamentales de Arciniegas son otras. Ha estado siempre empeñado en "creas una imagen" para el mundo. Desde este punto de vista. sus alegatos se podrían equiparar a cualquier comercial de televisión. Poco importa si el producto mostrado tiene o no tiene las virtudes que se enseñan en ha propaganda. Lo importante es que seduzca al cliente. Y, por lo menos su primera época, la que se inicia con El estudiante de la mesa redonda y culmina con la muy original Biografié del Caribe, es ampliamente seductora Como lector, recibo el mundo que me propone Arciniegas, aun a sabiendas de que Macando no existe. La atmósfera no sólo me seduce sino que la encuentro, de algún modo, no menos real que la historia verdadera, que por cierto es sólo provisionalmente verdadera.

Acepto, por vía de ejemplo, a sabiendas de su manifiesta falsedad, su interpretación demasiado libre de ha Utopía de Tomás Moro, ese "incunable del comunismo , —como alguna vez lo calificara el mismo Arciniegas—, del que aduce ser una simple exposición del mundo que había hallado Vespucio en sus viajes. Y también me agrada el tono irreverente que utiliza en frases de esas como ha que se refiere a feroces edictos de los piadosos Reyes Católicos".

La lista de temas en éste, como en todos los libros del autor, no es demasiado grande: que en América nacen el derecho de gentes, los derechos del hombre, la libertad para los europeos (Europa se regenera y se libera con el fenómeno de la inmigración). Los que se van del viejo continente, los emigrados, "los audaces o los infelices", de origen humilde, pobres, perseguidos personifican el bien, son más atrevidos. más arriesgados, mejores ciudadanos, republicanos, y han creado leyes que proscriben la tortura y la censura. Del otro lado están los que se quedan, malos, una minoría de nobles privilegiados, ricos, perseguidores, intolerantes, con legislación que —si hemos de entender contrario sensu— aplica la tortura y la censura. Por un lado parece una lista de maldades y por el otro una de bondades, en un maniqueísmo recalcitrante que puede llegar, cómo no, a molestar a un europeo imparcial.

 En América se inventan la república, "salirse de Europa era caminas hacia la república y dejar atrás ha monarquía esencial de santo Tomás"; la independencia, "obra maestra del renacimiento n el mundo"; ha democracia, para no hablar del rascacielos, el ascensor, la ciudad grande, la velocidad o la glass-harmónica de Franklin, ni del teléfono, el fonógrafo o la luz eléctrica.

Yo, sinceramente, aunque mi vanidad pretenda convencerme, no me acabo de tragar el cuento de que seamos mejores que los europeos. O, como diría Borges, todos somos humanos, ¿se puede ser algo peor que eso?

Pero hay otros temas: el Caribe como Fundamento de la "raza universal", un poco ha idea de Vasconcehos de esa raza cósmica formada por blancos, indios y negros; el famoso mapa de Waldseemülher, en la abadía de SaintDie, en Lorena, en el que se inventó el nombre de América; ha Atlántida platónica, el mar de los Sárgazos, el mar de lodo. España no es Europa sino también "otra cosa". Arciniegas escogió un héroe, Quesada, y a capa y espada ha defendido año tras año la reputación de su Dulcinea, cuando día a día ha historia va desentrañando mayores dudas sobre ese personaje, al parecer emparentado a la vez con los ángeles y con los demonios y que ya fuera fustigado duramente por Liévano Aguirre.

Da la impresión, a través de los escritos de Arciniegas, aunque ésta es otra afirmación que habría que sostener con mucho cuidado, porque de pronto tampoco pasa de ser una vaguedad acaso surgida por contagio, que emprende una campaña en desmedro de España y en favor de una Italia a la que a menudo pródiga sus afectos, quizá bajo la premisa de ser "el país europeo casi único sin imperio y sin colonias". De ahí acaso que el texto clave en esta recopilación sea "América en Italia" (Cuadernos Americanos, México, julio-agosto, 1976). Destaca si el uso, por parte de los italianos, de la primera letra de cambio, entre América y Europa. Cuando se ve apretado, nos desliza cómodas generalizaciones contemporizadoras: "Un genovés descubrió eh Atlántico, un florentino el continente americano y un español el Pacífico" (El Tiempo, 22 de noviembre de 1990). Total: todos contentos, hay para todos. Por cierto que no está de más advertir el valor de Italia en la aventura del Descubrimiento. En Arcinegas se advierte esa doble naturaleza de sus escritos; por una parte saca a la luz algo completamente desconocido, asombroso. Luego, a veces a través de lentos años de aluviones en artículos y libros, le va aplicando su visión americanista, individual, parcializada, al principio un poco tímidamente, ah final sin ningún reato, y termina en una afirmación casi estrambótica, polémica, que por lo menos consigue el efecto esperado por el autor: que se hable de aquella primera idea esbozada mucho tiempo atrás.

Pródiga entonces afirmaciones que denotan más el entusiasmo que un asomo de realidad, como aquella de que el Pacifico es el único océano que queda, el único mar de verdad (La Nación, 26 de octubre de 1941), como si el hecho de que el Pacífico aparezca siempre en eh revés del mapa, en la parte de atrás, como la cara oculta de la luna, lo hiciera más océano que a los demás, o esta otra entusiástica afirmación que se apoya en eh orgullo de la filiación legítima: "Señores de los 500 años: la que tiene América, no lo tiene Europa, ni Asia, ni África: fe de bautismo”.

Una segunda parte reúne la obra periodística reciente del escritor. Se trata de artículos breves, condensados, aparecidos en El Tiempo entre 1989 y 1991. Son dardos breves y envenenados: no fue la reina Isabel quien puso el dinero del primer viaje de Colón, sino el papa Inocencio III (la teoría es de Robertson); que la reina Isabel fue ha primera indigenista, cuando "Las Casas no estaba en borrador", lo cual es rigurosamente cierto; o el escándalo provocado por sus declaraciones irreverentes para con la Madre Patria, junto con su polémica exclusión del comité organizador de la gran fiesta de quienes se aprestan a renegar para siempre de América formando parte de la futura Europa unificada.

Colón no es santo de la devoción de Arciniegas. No debería ser el héroe americano sino el de Europa. Al autor he asiste toda la razón en que los quinientos años no pueden ser la fiesta del imperio español.

La tercera parte está dedicada a recoger el cúmulo de influencias que transformarían a cada país de Europa en América y viceversa: los siete millones de alemanes llegados a Norteamérica, los que llegaron a Chile y ah Brasil, los judíos, portugueses, griegos... Para él no hay cambio fundamental en Europa que no esté determinado por la presencia de América. "Todos venimos de europeos fugitivos". "América es el experimento universal más notable del hombre libre...".

Peca a menudo de un ansia pueril por demostrar que todo lo importante en la vida europea actual procede de América. Lo importante, en todo caso, como lo dice Cobo Borda, es ha trayectoria de un hombre que ha hecho de su palabra un punto de convergencia y de diálogo y que, añado, ha tocado siempre temas que nadie se había atrevido a tocar. Su obra entera es un perpetuo intento por acceder a la importancia, por libramos del complejo de inferioridad que nos devora.

A veces sentimos, casi con repugnancia, que si no hacemos el elogio desmedido del autor, nos quedamos por debajo de quienes ponen por las nubes a cuanto farsante literario anda por ahí, y los que pierden son eh atolondrado público y aquel a quien estamos reseñando. Y ese, léase bien, no es eh caso presente, pues, por fortuna, después de noventa años, ya Arciniegas ha conseguido defenderse solo. En función de has obras completas, esta nueva recopilación está muy bien. Si usted desconoce por completo ha obra de Arciniegas y desea conocer un solo libro, aparte de que esta reseña jamás pasará frente a sus ojos (si es socio del Círculo de Lectores o por casualidad le cae en las manos este volumen), entonces podrá acercarse a una imagen más o menos correcta de la obra total del escritor y podrá decir a sus amigos, que deben de ser muchos, que conoce a Germán Arciniegas. Si usted ha leído por lo menos algo de la obra cumbre le Arciniegas, puede dejarlo pasas sin mayor menoscabo. No he hará falta.

 

LUIS H. ARISTIZÁBAL