Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
30, Volumen XXIX, 1992
Turismo irregular
Tesoros de Cartagena
Germán Téllez y Alfredo Iriarte
El Sello editores, Bogotá. 1991
Homenaje al Cauca
Varios autores
Villegas Editores, Bogotá, 1991
Por los caminos de Caldas
Beatriz Zuluaga V. y Omar Morales B.
Ediciones Hoge, Bogotá (?), 1991
El progreso tecnológico se ha hecho presente de
manera notable en la industria editorial colombiana, y los procesadores de texto, Scanners,
PageMakers y toda la "parafernalia" del mundo de la informática ha dejado
de ser un exotismo. Como consecuencia de ello. Las encuadernaciones, diagramaciones y
reproducciones en color son generalmente de gran calidad y atractivo visual. Pero las
pruebas sin corregir, los textos voluntariosos y guardianes de la "buena
imagen", los escritos improvisados de autores de cierta fama, los precarios soportes
documentales y has tautológicas o irrisorias descripciones de las ilustraciones, son
todavía males repetidos en los libros de pasta dura, justificados únicamente por las
láminas. En una palabra, sigue el reinado del mucho ruido con pocas nueces. Y las obras
aquí consideradas, con excepción de la de Cartagena, no se apartan de la tendencia
general.
Hacer un único libro sobre Colombia plantea el no pequeño
problema de resolver la pregunta de cuáles son las imágenes que definen al país: si las
exóticas o las triviales; las turísticas y repetidas o las desconocidas e inéditas: cuáles
son las regiones que se deben incluir y cuáles las que hay que excluir en razón del
espacio limitado. Pocos de los libros publicados hasta ahora que aspiran, legítimamente,
a mostrar el país a propios y extraños han resuelto satisfactoriamente el problema.
Parecería que los autores y editores han preferido la línea más fácil: unos cuantos
viajes aquí y allá para captar algunas imágenes desgastadas, unos infaltables
atardeceres, arreglos frutales y florales, uno que otro paisaje marino intercalado con
escenas urbanas, y asunto resuelto.
Como resultado de ello, puede decirse que aún carecemos de un
libro de imágenes colombianas que no incurra en la seguridad de la rutina obvia ni en las
veleidades patrioteras.
Abordar las regiones ofrece la ventaja de poder
profundizar en un horizonte definible e identificable. Todavía muchas fotografías
duermen inéditas allí, dispuestas a brindar asombro, deleite y
conocimiento, lo
que permite eludir el lugar común y, al mismo tiempo, desnudar la ignorancia que
tenemos del país. Y esta es una de las funciones más importantes que cumple este tipo de
obras: revelar un mundo inédito y fijar en la memoria la cultura de una región.
Cartagena, por sus características
arquitectónicas y estéticas, es una de las ciudades colombianas que probablemente más
libros han propiciado. Hernán Díaz ha sido uno de los fotógrafos que con mayor fortuna
han producido imágenes perdurables de la ciudad, recogidas en publicaciones como Cartagena
morena. Ejemplo de souvenir turístico sin mayor trascendencia estética es Cartagena
de Indias de la Editorial Colina, con fotografías de Patrick Rouillard y unos
débiles textos a manera de comentarios a las ilustraciones, que apenas cumplen con
repetir el lugar común.
Tesoros de Cartagena enfoca los valores
arquitectónicos de la ciudad en una perspectiva amena sin abandonar la fundamentación
histórica. El libro presenta dos grandes secciones. La primera, escrita por Germán
Téllez con el titulo de "Aventura de las formas construidas", parte de los
orígenes de la ciudad hasta llegar a su consolidación arquitectónica. Se detiene a
considerar los distintos hitos urbanos no militares: la calle, la plaza, las iglesias,
claustros y conventos, así como la Aduana, la Gobernación y la Inquisición. Téllez
parte de la premisa de que la conquista condujo a otra aventura: la de la construcción,
que en Cartagena asumió sus propias peculiaridades casi desde el momento mismo de su
fundación por Pedro de Heredia, en 1533.
La principal riqueza patrimonial de Cartagena,
según el autor, es la calidad arquitectónica de las casas e iglesias, y no los atributos
decorativos, como en el caso de otras ciudades coloniales como Tunja o Popayán. La
utilización de materiales "inapropiados", en ausencia de otro tipo de piedras y
dada ha falta de arcilla apropiada para ladrillos y rejas, hicieron que se
adoptaran soluciones técnicas nativas dictadas por los elementos disponibles, y
con
ellos se desarrollara un estilo local propio. Para Téllez, los edificios religiosos
constituyen las principales referencias urbanas no militares de la ciudad, levantados a lo
largo de más de dos siglos. La orden franciscana fue la primera en establecerse en la
ciudad, fundando una tradición de conventos e iglesias, a la que se sumaron los
agustinos, los jesuitas, Los dominicos y otras órdenes.
Por su parte, la casa cartagenera adoptó dos tipologías
básicas: ha casa "alta", propia de la aristocracia comercial y los funcionarios
de rango; y la casa "baja", que albergó a las clases medias y los artesanos,
como también a comerciantes y otros funcionarios menores. En la primera ha escalera que
comunicaba el primer piso con el segundo tuvo una especial importancia, pues adquirió una
"desmesura dimensional" destinada a hacer resaltar los desplazamientos de los
señores y sus visitantes.
Las decoraciones, la carencia o presencia de portadas de piedra,
eh mayor o menor número de balcones y ventanas y la calidad del trabajo de Carpintería
marcaron adicionales diferencias entre ambos tipos de vivienda. En la arquitectura
doméstica de Cartagena, como lo muestra el autor, los alarifes debieron encontrar
sustitutos Locales a los materiales ibéricos. Así, en los balcones volados y en las
ventanas de las fachadas, las rejas y balaustradas de madera reemplazaron el hierro
forjado que el salitre devoraba implacablemente.
En Cartagena los edificios públicos río alcanzaron ni la
importancia ni la abundancia de las construcciones militares o religiosas. La Aduana, ha
la Gobernación y la Inquisición son los más significativos. Entre estos tres se destaca
la portada barroca de las casa inquisitorial, labrada en piedra coralina por algún
artesano anónimo. Según Téllez, "lo estupendo [...] no estriba en la filiación de
cada uno de sus abigarrados rasgos, sino en la hazaña artística de perpetrar efectos
escultóricos finos y dinámicos en el peor material imaginable para esa tarea"
(pág. 85). Con esta esforzada pieza, la arquitectura colonial encontrará su punto final
en la ciudad.
La segunda parte del libro lleva por título "Llave y
antemural del reino", escrita por Alfredo Iriarte, con una prosa brillante y
agradable, donde ha sorpresa aguarda casi en cada página, y la cuidadosa construcción
literaria transforma lo que podría ser el tedio del dato histórico en una aventura
incitante. Eh autor ofrece un recorrido por la historia militar de Cartagena, los cruentos
ataques que la arruinaron sucesivamente, a cargo de piratas ingleses y franceses atraídos
por los caudales de sus arcas, y las esforzadas construcciones que se levantaron en su
defensa. En ellas hoy se puede apreciar, como señalan los autores, no sólo la pericia de
los ingenieros militares que las trazaron y dispusieron para la protección, sino una
estética del escultor que en nuestros días ha terminado imponiéndose a los fines
utilitarios originales.
El libro cuenta con un conjunto notable de fotografías que
ilustran, con riqueza y nitidez, cada uno de los temas tratados. Tanto textos como
fotografías mantienen equilibrada importancia y complemento mutuo. Cierran la
publicación un glosario de términos y tres mapas, que infortunadamente son poco
legibles, dado el reducido espacio que se les asignó, a pesar de la importancia que
tienen en un libro como éste, sin duda uno de los mejores en su género que han sido
editados sobre la Heroica.
Lo más impactante del volumen Homenaje al Cauca son sus
fotografías. Cuando el lector accede a leer las páginas tras el efecto inicial, se topa
con el prólogo. Ante él, no queda más que tratar de sobrellevar pacientemente, con la
resignación que demanda la emoción visual suscitada, el discurso típico del político,
grandilocuente y vacuo: "Aspiramos dice en el último párrafo a que las
páginas de este libro produzcan la ampliación de algo muy sonoro: el corazón del pueblo
palpitando al unísono por ha reconstrucción de la patria". A continuación se
entiende todo, cuando uno se devuelve a los créditos y encuentra que eh Senado de la
República es el patrocinador de la obra. ¿Será acaso una colección de
"homenaje" a las distintas regiones colombianas? Nada de eso. Averigüe usted
cuál departamento representaban los senadores influyentes que en determinado momento
lograron apropiar recursos para esta obra, y el misterio será desentrañado.
Una ojeada al índice sugiere que la estructura es adecuada:
"Breve historia natural del Cauca", "Trazo etnohistórico" y
"Perfil cultural". Pero la lectura revelará que no todos los contenidos están
al nivel que la publicación requiere. Utilizando un procedimiento algo exótico y hasta
podría decirse que innecesario, Gustavo Wilches-Chaux, en la "Breve historia
natural", hace una lectura del paisaje caucano a partir del I Ching (!). Si
bien en general el texto es ameno e imaginativo, el yo subjetivo del autor aparece
demasiadas veces, y las "licencias poéticas" terminan por exceder lo tolerable.
Sin mucha tardanza se encuentra una especulación excesiva, y por momentos la inspiración
se confunde con el artificio.
Elaborado por Diego Castrillón Arboleda, el "Trazo
etnohistórico" presenta un panorama de ha historia social del Cauca, desde la
conquista hasta la actualidad. El recuento es suficientemente ilustrativo hasta que
empieza el siglo XX, cuando entonces se torna a destacar a los prohombres, la tradición
de sus universidades, la grandeza de has industrias, el "renombre universal" de
sus artistas, da fe en el porvenir en el que el Cauca estará presente "para repetir
sus hazañas con su amo Ecce Horno sobre el hombro..." (pág. 109). El "Perfil
cultural", a cargo de Julio Arboleda Valencia, se inicia con breves menciones sobre
los habitantes precolombinos, con cierto énfasis en Tierradentro, para seguir luego con
alusiones a Popayán y su arquitectura, la religiosidad, a los virtuosos hombres, a las
preciadas cenizas que reposan en su panteón, a la gran cultura urbanística. Luego se
habla de la música. De nuevo reaparecen las "figuras cimeras". Y éste es el
"Perfil cultural". Un texto deshilvanado que no logra razas ni con claridad ni
con suficiente información lo que se propone.
Concluye el Homenaje con fragmentos de poesías de Julio
Arboleda, Guillermo Valencia y los himnos de Popayán y eh Cauca. Y una bibliografía que
luce más como decoración intelectual.
Este libro hace visibles escenarios naturales poco accesibles al
hombre común, y allí es donde ofrece su parcial valor. Infortunadamente los ensayos
contribuyen a mantener el estilo de Villegas Editores. Libro bonito, apto pasa decorar
mesas o repisas, conveniente para cumplir un contrato con el Senado. La historia que
pretende contar y el perfil que anuncia trazar, habrá que encontrarlos en otra
parte.
Por los caminos de Caldas es otra publicación que
según se lee en el prólogo "colma la aspiración de rendir un cálido
homenaje de fidelidad y solidaridad a las varias municipalidades del departamento de
Caldas, dejando decorosas reseñas de sus orígenes, su situación económico social, sus
desvelos culturales [?], sus fiestas tradicionales y su incuestionable presencia en el
devenir de la república".
De los tres volúmenes aquí considerados es el de menor calidad.
Se trata de un recorrido por veinticuatro municipios caldenses, con fotografías
generalmente triviales de Félix Tisnés y textos que combinan datos básicos generales,
detalles socioeconómicos y un no saber qué más decir revestido de florituras y
devaneos. Caldas es el "departamento modelo". Las tierras son ariscas. La
voluntad de sus gentes es indomable. Las vertientes son empinadas. La hospitalidad es
legendaria. La raza es laboriosa y fuerte.
El tono de los pies de fotos queda bien representado con el
siguiente texto que comenta tres imágenes: "Un rincón campesino, casi perdido en la
montaña, nos habla de la paz del campo y has gratificaciones de la soledad. Un rostro
sereno que muestra, quizá con orgullo, las huellas que ha dejado el trabajo.
Como una cámara indiscreta, la lente se adentra en ha intimidad
de un patio con un sello de indiscutible plasticidad" (pág. 164).
En todo el volumen no se encuentra un mapa que permita ubicar los
municipios ni conocer las rutas para llegar a ellos. No existe un índice, y la
"bibliografía" es una lista de autores y títulos sin más datos editoriales.
Mientras los autores se sigan sintiendo obligados a entonar
cantos elegíacos inspirados en un deseo abstracto de progreso, donde el lector se topa
por todos lados con adjetivos superlativos destinados a la decoración de láminas, la
duración de estos libros seguirá siendo fugaz.
Acaso sería preferible que los editores renunciaran a los
escritos y asumieran ha publicación de fotografías excelentes. Libros para miras y no
pasa leer son preferibles a discursos deficientes bien ilustrados.
Todo esto conduce a pensar que en materia de publicaciones
regionales y homenajes bibliográficos permanece como ejemplo la Historia de Antioquia,
publicada con los auspicios de Suramericana de Seguros en 1988 sin mayores
pretensiones. Y que con la excepción de Tesoros de Cartagena, en los aquí
considerados, el conocimiento que intentan ofrecer de los departamentos sólo alcanza a
ser salvado parcialmente por la fotografía, pues lo demás está teñido por la
retórica, los lugares comunes, el afán de grandilocuencia y la irregular comprensión de
lo que pretenden divulgar.
SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ
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