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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
30, Volumen XXIX, 1992
Un criollo ilustrado
Mil leguas por América, de Lima a Caracas, 1740-1741.
Diario de don Miguel de Santisteban
David J. Robinson (ed.)
Banco de la República, Bogotá, 1992.
La construcción histórica exige el uso de los
más variados testimonios de actores sociales que en los diversos niveles de la economía
y la política han ido dejando el rastro de sus rostros, dispersos entre la pasión, el
amor, el odio y la sevicia. Este poder de vivir bajo los techos de las amarguras y
alegrías de una época, se va esculpiendo en un paisaje, en unos quehaceres, en unos
gustos, en unas medidas, en unos sueños y en unos ideales que la escritura resguarda de
la erosión del tiempo.
Estas son algunas de las reflexiones que surgen
de la lectura de don Miguel de Santisteban, quien recogió entre 1740 y 1741 jirones de la
geografía, la economía y la política de decenas de ciudades, pueblos, aldeas, sitios y
ventas tirados a lo largo de las cordilleras y caminos que lo llevaron desde Lima-Quito a
Mompox y luego a Honda, Santafé y Caracas para guardarlos en su Diario. Estos retazos de
historia quedaron en su obra Mil leguas por América, de Lima a Caracas, 1740-1741.
La obra como tal tiene una importancia derivada
del hecho de que no se dispone de fuentes históricas de este género para el período
anterior a 1750. Este descuido de funcionarios o personas ilustradas, o producto de una
precaria investigación y edición de fuentes, le dan a este Diario un puesto singular en
la bibliografía histórica colombiana del siglo XVIII. Sabemos que, después de 1750,
este tipo de testimonios son más numerosos y comunes tanto en la
Nueva Granada como en otras regiones de América
(1)
. Debemos recordar, sin embargo, que Jorge Juan
y Antonio de Ulloa nos dejaron una obra ejemplar para los años 40 del
siglo XVIII. Sus Noticias secretas
(2)
,
aunque coetáneas al viaje de Santisteban, no ofrecen para la Nueva Granada esa visión
sociológica de denuncia de unas estructuras de poder local en donde curas, hacendados y
comerciantes aliados al poder de los corregidores habían logrado postrar a la población
andina hasta niveles inhumanos. No queremos significar con esto que la obra de Santisteban
tenga los ribetes sociológicos del esfuerzo de Jorge Juan y Antonio de Ulloa. Al
contrario, si algún rasgo ofrece este Diario, es el de haber dejado de lado un afán de
denuncia y de observación social. Los paisajes están vacíos el hombre está ausente,
las ciudades son cajas donde apenas la sensibilidad del lector intuye el poder del trabajo
humano que subyace entre los caseríos, las sementeras, los alimentos y los animales
domésticos.
Entonces, ¿cuál es la utilidad de este
documento que parece entregamos las huellas de mil leguas de soledad andina? Tal vez lo
más valioso de esta obra sea la rica gama de detalles y de pinceladas breves de un
paisaje que va cambiando a medida que se avanza de sur a norte. Tal vez lo rescatable de
obras de este género sea la orfebrería implícita en las múltiples referencias a la
geografía, a la economía familiar, a los mercados, a la alimentación, a los precios, a
las comunicaciones y a las medidas. Una obra que ofrece muy pocas reflexiones de conjunto
y escasas visiones capaces de sintetizas los dramas de una época. Al contrario, el Diario
es rico y útil porque abundan los pequeños trazos propios de quien aspira a reconstruir
una historia de aldeas y parroquias.
En otras palabras, queremos llamar la atención
sobre cómo Santisteban fue describiendo las imágenes que cabían en sus ojos a medida
que alargaba sus pasos de viajero. Su ruta iba cosiendo todos estos detalles que sólo se
quiebran en una que otra especulación, como en Popayán, donde supuso exagerada la
productividad de los negros, o en la ciudad de Santafé, en donde el virreinato surgió
con las ventajas derivadas de abrir el comercio de esclavos a otros países, estimulando
con ello la producción minera. Con estas excepciones, sus registros son esencialmente
aportes para una historia local. Son minúsculos datos para quien tenga interés en volcar
su mirada sobre municipios perdidos, sobre puntos venidos a más o idos a menos con los
años. Es decir, hay allí un poco de historia parroquial y regional. El Diario es un
rosario de breves referencias más o menos ricas para múltiples pueblos del interior del
Ecuador, Colombia y Venezuela.
Destaquemos, pues, algunos de los aportes de
esta obra. En ella los geógrafos encontrarán un punto de enlace sobre los caminos, los
vados, los puentes y las comunicaciones. Sobre todo está el paisaje de "dilatados
llanos, fértiles pastos y en las riberas de los ríos y arroyos que los bañan, bosques
de árboles muy copados que hacen fresca sombra para refrigerio del sol". Estos son
indudablemente escenarios de los llanos del Tolima (pág. 152). En otro lado el terreno es
"descubierto de selva y de maleza... [y] de tierra arenosa y resbaladiza" (pág.
139). Son los Andes en su paso de Guanacas mientras el viajero se dirige del Cauca al
Huila. Pero estas citas no son generalizaciones del viajero. Son referencias específicas
a lugares muy concretos de la geografía nacional.
Los historiadores estarán atentos a la
economía, a las formas de tenencia y a los mercados; los urbanistas a las descripciones
de los pueblos y los economistas a la historia de los precios. Todos ellos podrán
rescatar, de esas minúsculas referencias, visiones macrorregionales. Pero el dato invita
esencialmente a la microhistoria, al microanálisis. Pero no sólo existen en el Diario
los problemas de interés de las ciencias sociales. Existen otros problemas que están
ligados a la medicina, cuando se hace referencia a enfermedades como el coto y el carate;
a la artesanía cuando se describe el uso del barniz de pasto, o a los ingenieros cuando
se describe con minuciosidad el funcionamiento de una tarabita.
II
Tratándose de un documento dispuesto más para
la historia local que para cualquier pretensión de historia virreinal, algunos ejemplos
podrán ilustrarnos la validez de esta consideración. Aunque el Diario no es
profundamente expresivo y muestra un desinterés del autor por una cirugía del detalle,
los registros surgen como especies de acuarelas. En estas pinturas, en donde priman los
grandes trazos de lo minúsculo, se destaca una ausencia de protagonismo social. El
espacio urbano nos ayudará a testimoniar esta apreciación; luego destacaremos cómo a
Santisteban le interesan más los objetos que los sujetos.
1. Las localidades: El primer núcleo de
referencia se ubica en las localidades visitadas por el viajero. Tanto los grandes centros
urbanos como los pueblos medianos, sitios y ventas van desfilando bajo una percepción muy
original. Así, la ciudad de Pasto está situada en un llano, con sus campos de trigo,
cebada, maíz y todo género de semillas. Es la primera visión de la ciudad. Su espacio
rural y urbano lo ha integrado como si fuera un solo cuadro. Sin embargo, por un extremo
del casco urbano corren los pequeños ríos que "se juntan detrás de la carnicería
y pasan por dos puentes de un arco de cal y piedra". Luego la descripción se detiene
para fijar algunos detalles: el ejido en un costado, un volcán en otro, y entre las
faldas colgando haciendas de caña de que se labra azúcar. Pero en el casco urbano hay
conventos, mientras que las casas de la ciudad muestran los efectos de una crisis que la
ha arruinado y despoblado. La ciudad fue rica gracias a sus minas y veneros de oro, pero,
como lo testificaron algunos ancianos, hará "40 años [...] los indios infieles se
apoderaron de las minas inmediatas a la ciudad de Mocoa", abriéndole una grieta a la
prosperidad para que crecieran las lianas de la decadencia económica (págs. 123-124).
Esta es toda la imagen de una ciudad, la primera del sur de Colombia. Los hombres no
aparecen en sus calles, plazas o lugares públicos. Sólo el testimonio de algunos viejos.
La vida se deduce entonces de la naturaleza del paisaje. Es una tendencia de alguien que
posiblemente denunciaba con ello su interés de naturalista y de botánico
ilustrado.
Pero esto no es un prejuicio, pues Popayán
está situada en un llano y "sus calles son anchas y divididas en cuadras uniformes a
la extensión que tiene, que será de poco más de un estadio por lo más largo, y de poco
menos por lo más ancho". Este es el plano de la ciudad visto desde ha lejanía del
camino. Al entrar a ella, las casas "son altas y otras bajas y muchas de ellas muy
buenas". De este rasgo exterior apenas sobresale una mirada a las huertas que muchas
de ellas tienen, en donde se dan plátanos, naranjos, legumbres y "muy grandes y
regaladas chirimoyas". Al lado de las construcciones civiles se destacan las
construcciones religiosas, sus tres conventos y sus dos casas de monjas. La sociedad
apenas se expresa en sus vecinos, hombres ricos con cuadrillas de 300 a 500 negros
esclavos (págs. 137-138).
El camino lo ha llevado a Honda, situada sobre
una barranca al lado occidental del río Magdalena para extenderse "como 10 cuadras
de a 150 varas", y de ancho dos a tres cuadras, "sin la gran calle de casas de
paja sobre la barranca de Guali, que tendrá como seis de las referidas cuadras, que es
por donde se entra y por donde el río Gualí divide la villa". Las dos ciudades, la
de paja y la de teja, están unidas por un puente. Este es el plano físico de la gran
ciudad comercial del virreinato. La descripción deja entrever un mundo resguardado por
sus techos de paja, disfrutando del río Guali, y otro en la orilla del Magdalena, en
donde se levantan "casas bajas de teja fuera de dos o tres que hay de dos altos en la
plaza y por lo ancho desde dos a tres de las mismas cuadras" (págs. 157-158). No hay
tiempo para la vida, para el bullicio de los intercambios, para los ritos sociales de la
vida cotidiana; sólo relatos del clima, de las aguas, del puente y de los problemas de la
navegación.
Eran las dos de la tarde del 21 de marzo de 1741
cuando Mompox se abrió al poniente del río Magdalena. Su población, con una anchura no
uniforme de hasta tres cuadras, se extiende sobre la barranca inmediata al río, "que
sólo deja una angosta calle desde sus casas al muro que llaman la albarrada", hecha
para defender la ciudad de las inundaciones centenarias del río Magdalena. El paisaje
muestra los testimonios de este poder desbordante de las aguas que ha podido sumir en
ruinas la iglesia que fue de Santa Bárbara, la cual apenas deja ver sus muñones de
piedra, tajadas por las fauces del río Magdalena. En este plano de renovación y ruina la
población se prolonga por una milla de largo. Al entrar en este corredor, llegando al
centro aparecen casas bajas a uno y otro costado, muchas "acomodadas de ladrillo y
cal" y cubiertas de tejas "con anchos corredores que sirven de portales que dan
paso al público" para que se refresque. Las casas que están frente al río son de
techo de paja. He aquí una descripción física repetida de otras ciudades de la ribera
del río en donde el plano muestra dos mundos que viven separados, diferencia que se
expresa apenas por los ambientes habitacionales que delimitan la teja o la paja. El cuadro
de la ciudad se completa con sus bosques pantanosos y la isla que abraza el gran
río.
Así hay otras ciudades, como Santafé o
Caracas, y otros pueblos que apenas merecen mencionar su número le vecinos. La Plata, por
ejemplo, tiene 80 a 100 casas cubiertas de paja y "no tiene tres calles que sean
regulares" (pág. 144). La villa de Sargento, antes de Petaquero, "tendrá como
tres leguas de largo y poco más de un cuarto de ancho, incluidas las lomas le una
serranía a otra, que forman el seno de su situación" (pág. 181). Estas son las
cajas vacías de lo urbano, consecuentes con lo que Santisteban llama
"caserías", cuando ve habitaciones en el campo.
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2. Las comunidades y el hombre: Santisteban no
es un etnólogo. Poco interés tiene por los hombres y su vida cotidiana. Sin embargo, hay
en su Diario ocasionales referencias al trabajo y a la vida diaria. Pero cuando uno espera
que describa los quehaceres de los bogas que le atraen en Mompox, sus referencias acuden
al instrumento de trabajo más que al trabajador. Así, surge la canoa como un objeto de
observación. Del mismo modo, cuando advirtió la decadencia de Pasto, que lo forzaba a
pensar en la vida de las gentes, optó por describir las bondades del barniz de pasto y
cómo obtenerlo. No he interesan los esclavos, sino en la medida en que le permiten
realizar cálculos económicos. Otro tanto ocurre cuando encuentra en Montecito, camino de
Enciso, la necesidad de tomar una tarabita: "Habían muchos hombres y mujeres que
aguardaban para pasar e ir a misa al pueblo de Capitanejo que está en la otra banda [...]
toda era gente pobre que vive en los contornos", nos dice para trasladar su relato a
la tarabita misma y a su funcionamiento (págs. 207-208). Tiene más interés en las
"tahonas" donde se muele el tabaco que en las tabaqueras.
En Carlos Ama se admiraba de la "policía,
de los indios y su devoción, pues sin otro estímulo que eh de su buena educación y
enseñanza se congregaban al anochecer a la iglesia a cantar el Rosario y otras oraciones
en bien entonada música" (pág. 119). Son cosas muy particulares las que lo obligan
a volver los ojos a los hombres de núcleos rurales. Pero, como en el paisaje urbano,
sólo le interesa la epidermis de los objetos. En el sitio de Meneses, nos dice, hay
caserías habitadas de gentes pobres (pág. 126); mientras que en Bojoleo es más curioso
describir el carate que el sufrimiento de los zambos y mulatos que lo toleran (pág. 134).
Algo similar ocurre en Guayabal, en donde le sorprende el coto que sufren sus habitantes.
Aquí no resiste a ampliar su testimonio escribiendo que estos morenos eran tan
"macilentos que me pareció aquel sitio era algún hospital de enfermos incurables en
que muchos pedían limosna; todos los que encontré tenían en los cuellos aquella especie
de tumores movibles llamados bocios o papos y en el Perú, cotos, que angustian la
respiración y no pocos llenos de llagas de San Lázaro, que fueron objetos de nuestra
compasión (págs 156-157). Este es el tipo de referencia más directo a la comunidad y a
los hombres. Pero, como lo hemos observado, es necesario mirar toda la obra como un punto
de apoyo a la historia parroquial, que es donde se puede dimensionar estas escasas
referencias a la vida material. La invisibilidad humana de Santisteban puede ser
compensada con otras fuentes para poder levantar al hombre sobre estos espacios de
haciendas, huertas, ventas comerciantes y trajinantes.
Así como hay una actitud de vacías del paisaje la vida de
los hombres, Santisteban tuvo gran interés por la disponibilidad de alimentos y vituallas
En cada lugar le llamaba la atención ese mercado menudo de aves, carne y huevos que
podían aliviar la fatiga de los viajeros. En cada sitio denuncia la presencia de pollos,
huevos y leche, o maíz, yuca, batatas y legumbres. En el río Magdalena y en las tierras
cálidas, el pescado, el plátano y el cabrito. Son estos los rastros de una alimentación
no descrita sino noticiada por el viajero.
Sin embargo no debemos olvidas que cajas
vacías, bodegones, naturalezas muertas y paisajes exigen del observador cierta
sensibilidad para percibir que detrás de estas pinturas se expresa no sólo el espíritu
de una época sino la fuerza creativa de los hombres.
Podríamos seguir destacando el valor de ésta y
otra información para contrastarla con otra anterior y posterior al viaje de Santisteban.
Por ejemplo, la referencia a fletes en los vados, en los puentes y en los ríos. O los
precios, indicadores de mercados minúsculos y de sorpresivas uniformidades y tendencias
que sólo la investigación sistemática de productos de consumo popular podrán
sustituir. Además, las medidas de peso: un cesto equivalente a 5 libras, y una carga a 10
arrobas y 10 tercios; o las medidas de volumen, como el azumbre, equivalente a 2.016
litros, o a 7 libras cuando se trata de la miel. Indicadores siempre útiles para
cualquier estudioso de la historia económica.
Digamos finalmente que la obra tiene una
introducción que nos bosqueja la vida de este criollo ilustrado, especialmente después
de 1750. Unos documentos complementarios contribuyen a esclarecer sus actividades
militares, burocráticas y científicas. Pero indudablemente su labor como naturalista
merecería un estudio más riguroso y sistematizado.
Debemos agradecer al profesor David Robinson, de
la Universidad de Syracuse por todo el esfuerzo de transcripción y presentación
biográfica del Diario y de la vida de don Miguel de Santisteban. Indudablemente él nos
ha ayudado con este esfuerzo a disponer de un valioso documento que enriquecerá el
estudio de nuestra historia municipal y regional en la primera mitad del siglo XVIII, para
continuar realizando nuestros esfuerzos por comprender los grandes dramas de nuestra
historia nacional.
HERMES TOVAR PINZÓN
(1) Véase a manera de
ejemplo, la Biblioteca India de viajes y viajeros (Editorial Aguilar, Madrid, 1958). Para
la Nueva Granada es notable el Diario de viaje del P. Joseph Palacios de la Vega, entre
los indios y negros de la provincia de Cartagena en el Nuevo Reino de Granada, 1787-1788
(ed. por G. Reichel-Dolmatoff), Bogotá, Editorial A.B.C., 1955. (Regresar
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(2) Jorge Juan y Antonio de
Ulloa, Noticias secretas de América sobre el estado naval, militar y político de los
Reynos del Perú y provincias de Quito, costas de Nueva Granada y Chile, Bogotá, Banco
Popular, 1983, 2 vols. (Regresar a 2)
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