Hablar de Guillermo Valencia implica sumarse a
una discusión. Esta discusión empieza en 1914, cuando se publica la segunda edición de
Ritos, con el famoso prólogo de Baldomero Sanín Cano, en el que ya están contenidos
todos los argumentos que después usarán los defensores de Valencia; continúa con la
aparición de "Bardolatria" de Eduardo Carranza, que pone en cuestión la figura
de Valencia como el poeta colombiano por excelencia, y se prolonga hasta los más
recientes juicios de Andrés Holguín, en su Antología crítica de la poesía colombiana
(1975), y Rafael Gutiérrez Girardot, en su artículo "La literatura colombiana en el
siglo XX" (1980), quienes, desde distintos puntos de vista, le dan a la obra, de
Valencia un valor mucho menor que el que la historiografía literaria tradicional le
había dado.
Quien intente, por consiguiente, como lo hace
Germán Espinosa, hacer hoy una vindicación de Guillermo Valencia no puede limitarse,
como le era posible a Sanín Cano en 1914, a nacer una presentación elogiosa del poeta,
sino que tiene que entrar a polemizar con los, por así llamarlos, enemigos de Valencia,
si no quiere incurrir en un panegírico acrítico. Espinosa, sin embargo, prefiere eludir
esta polémica.
La bibliografía del trabajo de Espinosa pasa por alto la
existencia del artículo de Gutiérrez, así como la de la antología de Holguín, de
quien, sin embargo, cita un ensayo, "Guillermo Valencia y el parnasianismo",
aparecido en el libro La poesía inconclusa y otros ensayos. A Carranza si lo cita,
pero para descalificarlo acríticamente, recurriendo al fácil y tramposo expediente de
quitarle valor a un juicio crítico, afirmando que quien lo hace nao es un buen poeta,
para ahorrarse así el esfuerzo de discutir las razones y los argumentos de
Carranza.
Estas razones, por lo demás, no eran tan sólo argumentos
personales de un poeta, sino que estaban fundadas en cierta concepción de la poesía que
bien podría caber dentro de lo que Hugo Friedrich llamó "La estructura le la
lírica moderna" (1953). "En el Lirismo escribe Carranza para distanciarse
de Valencia lo esencial no es [o que se dice sino lo que no se dice, la dorada
niebla de sugestión que enuelve los contornos del poema; lo que va entre líneas, lo que
hay más allá de las palabras y su sentido estricto".
En la afirmación anterior se resume el
presupuesto crítico con el que Carranza se enfrenta a la obra de Valencia. Ante ésta,
Espinosa hubiera tenido dos posibilidades: la primera, discutir la concepción de la
poesía en Ħa que se fundamenta este presupuesto. Esta opción lo hubiera obligado a
discutir no sólo con Carranza sino con Juan Ramón Jiménez y con buena parte de la
lírica de este siglo y de Finales del anterior. Hubiera tenido que polemizar, entre
otros, con Verlaine y con Hugo von Hofmannstahl, con Georg Trakl y con Gustavo Adolfo
Bécquer, con Rubén Darío y el Leopoldo Lugones del Lunario sentimental y, entre
nosotros, con Eduardo Castillo, coterráneo y contemporáneo de Valencia.
Pero supongo que Espinosa no hubiera optado por
ese primer camino, ya que él debe saber que la tesis de que en lirismo lo que importa es
lo que se dice es prácticamente insostenible, sobre todo si se intenta defender la obra
de un poeta al que se califica de modernista. Pero le hubiera quedado, entonces, una
segunda posibilidad: tratar de mostrar que en la poesía de Valencia, o al menos en
algunos de sus poemas, se logra abrir una puerta hacia eso "que hay más allá de las
palabras". Es decir: hacia lo innombrable, hacia, para decirlo con un verso de Xavier
Abril citado por Carranza, "lo que queda después de los violines".
Emprendido este camino, la confrontación con
Andrés Holguín hubiera sido inevitable, ya que Holguín, en su antología, trata de
mostrar, a través de algunos poemas de Valencia, precisamente lo contrario: que en la
mayor parte de la obra valenciana no se alcanza lo poético. Holguín absuelve, por así
decirlo, algunos poemas, como Los camellos, pero, en último término, considera que la
fama de que ha gozado Valencia no está en modo alguno respaldada por la calidad de su
obra; que existe, en la figura de Valencia, un mito gigantesco que no puede ser
justificado por sus versos.
Seguramente, de haberse ocupado del juicio de
Holguín, Espinosa lo hubiera impugnado, acusándolo de ahistoricidad, lo mismo que hace
sumariamente con otros críticos de Valencia. La posteridad, dice Espinosa al comienzo de
su trabajo, se ha empeñado en juzgar a Valencia al margen de su circunstancia. Y en esta
impugnación se resume quizá el propósito expreso del trabajo de Espinosa: justificar a
Valencia a través de la circunstancia histórica que le tocó vivir, a cuyo criterio
estético habría respondido su obra. Pero, al tomar esta posición, Espinosa olvida algo
fundamental: un criterio estético, aún considerado dentro de las circunstancias
históricas especificas que lo hacen posible, es, también, susceptible de crítica.
Esto último puede ejemplificarse, sin abandonar
el tema de Valencia, que es el que nos ocupa, recurriendo a la primera parte del ya citado
articulo de Gutiérrez Girardot, "La literatura colombiana en el siglo XX",
dedicada al poeta payanés y titulada "Cultura de viñeta".
Valencia, para Gutiérrez, "encarna los
ideales humanistas del reducido estrato gobernante" de comienzos de siglo. Pero ese
supuesto humanismo no tenía nada que ver con las formas del humanismo que conoció
Occidente a partir del Renacimiento que buscaban una interpretación humana y no
teológica del mundo, sino, por el contrario, para decirlo con palabras de
Gutiérrez, era un "humanismo de sacristía", que defendía la concepción
medievalizante de la cultura que todavía imperaba en el ámbito colombiano y se oponía a
la ciencia y a las diversas manifestaciones de la modernidad.
Esa voluntad ahistórica, que creía o quería
creer que los conceptos fundamentalmente modernos de Estado, sociedad y nación
encontraban su realización en la sociedad señorial colombiana, se expresaba a través de
la simulación. Para negar la modernidad se la simulaba y se la hacia inofensiva a través
de su reproducción artificial, a través de la viñeta.
Si la poesía de Valencia, es fría, como se ha
dicho hasta la saciedad, no es, continúa Gutiérrez, porque sea parnasiana o porque
prefiera el mundo de las ideas al de los sentimientos, sino porque es artificial. Esa
artificialidad, que no tiene nada que ver con la de Los paraísos artificiales de
Baudelaire, corresponde a la artificialidad simuladora de la cultura colombiana de
comienzos de siglo.
Como ejemplo de esta "poesía de
viñeta" que, como dice Adorno, en un texto que cita Marta Traba refiriéndose,
en su Historia abierta del arte colombiano (1974), a la misma época en que Valencia tiene
su prestigio más alto, lo mismo que todos los productos de la seudocultura,
"confisca con criterio fetichista los bienes culturales y los hace posesión
suya", Gutiérrez propone un análisis de Leyendo a Silva; al que presenta como
un ejemplo de voluptuosidad neutralizada a través de la viñeta.
Las primeras estrofas muestran una mujer
"que parece seductora y es una exquisita lectora". Pero se la describe con
"elementos tópicos modernistas", y su voluptuosidad se entremezcla con
"rasgos de castidad segura" y con "alusiones a figuras tópicas de la
tradición literaria". De esta manera la voluptuosidad y el hedonismo, rasgos
típicos de la modernidad y del modernismo de Rubén Darío, terminan conviniéndose en
tema para una viñeta. Es decir: para una reproducción sin sangre.
Así el modernismo, a través de su simulación, termina por
perder su potencial crítico frente a la cultura señorial y se convierte al final en un
barniz suyo, en un adorno superficial y vanal que justificaría el titulo que Gutiérrez
le da a Valencia de "joyero de la sociedad señorial".
Y el culto a la viñeta termina por llevar a la
idea de que la reproducción puede ser mejor que el original. Esa idea, que desvirtúa
todos los patrones estéticos, se expresa, por ejemplo en la idea, que Espinosa
tímidamente sugiere sin atreverse a afirmarla, de que las traducciones de Valencia eran
mejores que los originales.
Ese gusto por la trivialización de la cultura, que servia
para hacerla inofensiva, no forma una estética de la evasión, como en Darío y Lugones,
sino de la dominación. Lo bello es el gusto de la clase dominante. Lo culto, lo que
Valencia toma de sus fuentes "cultas", por así llamarlas -que para Gutiérrez
no son más que manuales escolares, crestomatías y cuadernillos
de divulgación de historia y
mitología antiguas es expresado por medio de metáforas tópicas ("Es un
invierno tu cabeza", comienza el soneto Homero) y adjetivaciones obvias, como
"ásperas cadenas", "férvidos corceles" y "candente arena",
para no hablar de los "lánguidos camellos", de las "elásticas
cervices", de los "verdes ojos claros" y de la "piel sedosa y
rubia", con lo cual la poesía se convierte en retórica, y lo que en Lugones y en
Darío es nostalgia de otro mundo se convierte en mistificación del mundo en el que se
vive.
Si Espinosa hubiera considerado la
argumentación de Gutiérrez, hubiera podido, lo mismo que en el caso de Carranza, escoger
entre dos caminos para intentar refutarla. El primer camino hubiera sido negar la
interpretación de Valencia como "poeta de viñeta" y como trivializador de la
cultura que hace Gutiérrez. El otro hubiera sido intentar hacer una defensa de la
estética viñetista, una defensa de la trivialización y de la simulación.
Y aunque Espinosa no consideró necesario
ocuparse de los argumentos de Gutiérrez, o quizá precisamente por eso, puede pensarse
que, secretamente, Espinosa optó, no por una defensa de la simulación (lo cual la
desbarataría, ya que la revelaría como tal) sino por una prolongación de la misma. La
señal más clara de este hecho, quizá, la conforman las citas que Espinosa, bajo el
titulo "Juicios sobre Guillermo Valencia", agrupé al final del libro.
Todos los juicios escogidos por Espinosa son
juicios consagratorios, y su conjunto parece estar destinado a producir en el lector
desprevenido la idea de que la figura de Valencia es una figura incuestionada. Los tres
trabajos críticos a los que se ha hecho referencia aquí, que no son los únicos que, por
así decirlo, condenan a Valencia, muestran que eso no es así. Por el contrario, Valencia
es, como se sugirió al principio, ante todo, un tema de discusión. Hablar de él,
eludiendo la discusión, es mistificarlo.
Por otra parte, a Espinosa le parece necesario
colaborar para que pervivan ciertos mitos que se han tejido alrededor de Valencia. Baste
con referirnos a la leyenda de que Valencia "conoció a Nietzsche". La fecha de
este supuesto episodio ya de por sí, lo refuta. Se dice, y Espinosa lo repite, que
Valencia conoció a Nietzsche en 1900. En 1900 muere Nietzsche. Para entonces su estado de
salud como nos lo cuenta, por ejemplo su biógrafo Curt Paul Janz (Friedrich
Nietzsche. Biografie, Munich, 1979, tomo 3, pág. 208), que dice que, a partir por lo
menos de 1897, Nietzsche se había convertido en un cuerpo casi vegetal que formaba parte
del archivo de su hermana Elizabeth ya no le permitía "conocer" a nadie
ni que nadie verdaderamente lo "conociera". Una cosa es ver de lejos, a través
de los vidrios de una habitación de hospital, a un Nietzsche totalmente alienado al final
de su vida y otra muy distinta haber conocido a uno de los críticos de la civilización
más radicales que haya conocido la historia de Occidente. Pero para el fetichismo
cultural esta diferencia no existe, y la visión de los despojos de Nietzsche esa
visión que lleva a Resa von Schirnhofer a describir al filósofo en sus últimos días
como inmóvil, ausente, como un autómata que estuviera sentado allí donde una voluntad
ajena lo había puesto" le parece suficiente para apropiarse de él.
Y la tradición mistificante, que Espinosa
continúa, no ha reparado, no ha querido reparar, en ese hecho y ha seguido alimentando la
idea de un Valencia que se sienta a conversar con Nietzsche, de un Valencia discípulo de
Nietzsche, que después se aleja de las enseñanzas de su maestro para bien de la sociedad
señorial y de las buenas costumbres.
Espinosa se apoya, para justificar su
panegírico, en el sentimiento patriótico, en, como él mismo lo dice, el tan socorrido
"amor a lo nuestro", que muchas veces no es más que una forma disimulada de
egolatría. Sin embargo, lo que revela su trabajo es un profundo desprecio por "lo
nuestro" en la medida en que se ha considerado por encima de una discusión que es
"nuestra" y ha preferido pasarla por alto, o reducirla a notas marginales, en
lugar de tomar parte en ella. Espinosa no ilumina la obra de Valencia, sino que vuelve a
cubrirla con el manto del elogio. Un manto que, quizá, él desearía para si mismo, lo
cual no es en sí censurable, pero que empieza a serlo cuando conduce a los intelectuales
a abandonar la crítica y a sumarse al aparato de las simulaciones, que es el que reparte
los elogios.
RODRIGO ZULETA