Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992

 

La construcción de un género


Historia de la crítica literaria en Colombia
David Jiménez Panesso
Universidad Nacional y Colcultura, Bogotá, 1992.

 

Durante muchos años que abarcan la memoria viva —el tiempo suficiente para establecer un prejuicio— ha imperado la mentira de que no existe la crítica en nuestro país. Disculpa para autores vanidosos o tema adicional de la crítica misma, en todo caso, con su libro David Jiménez Panesso parece demostrar lo contrario. Y, además, se ocupa de localizar el origen de esta postura: "En las décadas del veinte al cincuenta parece existir un cierto acuerdo en Colombia acerca de la inexistencia, o al menos intrascendencia, de la crítica literaria nacional, aunque se difiere ampliamente a la hora de asignar causas al fenómeno". En seguida agrega las variadas hipótesis de Sanin Cano, Hernando Téllez, Rafael Maya y Jorge Zalamea, es decir, los críticos negando la crítica. 

Sin embargo, el hecho patente es que tenemos una crítica —la que nos merecemos, como siempre sucede—, una crítica que ya merece ser estudiada en su transcurso histórico, como lo hace ahora David Jiménez, profesor de la Universidad Nacional. 

Para Jiménez, la crítica es una actividad consolidada en el siglo XIX: esto le da motivo para omitir toda la Colonia, en la que ciertamente no abundan las reflexiones sobre la literatura. Por su lado, Héctor Orjuela destaca un texto de Domínguez Camargo, que considera fundador de nuestra crítica. 

Pero aquéllos eran balbuceos. 

En el primer capítulo analiza la crítica durante el siglo XIX. Allí dedica apartados a José María Samper, un ensayista "dividido en dos mitades mal soladas", para quien lo esencial de la poesía era el sentimiento; José María Vergara y Vergara, católico, partidario de la originalidad, propagandista de la poesía popular y de la novela y enemigo de lo francés: "el cultivo de la literatura francesa nos matará al fin"; Salvador Camacho Roldán, quien, no obstante ser autor de sólo dos artículos de crítica, le merece muchos elogios y varias páginas a Jiménez, en las que destaca que la poesía para Camacho Roldán es "conocimiento de la verdad oculta" y que la literatura tiene valor de documento social. También incluye, a pesar de su escasa producción, a Juan de Dios Uribe, quien predicaba el combate contra la "lira cristiana" con la "lira liberal". No parece tampoco muy clara —y este es el tercer caso— la mención de Núñez en un capítulo aparte, y más cuando el mismo autor reconoce "la trivialidad de sus comentarios y la insignificancia de su aporte al género crítico". 

En cambio de la inclusión de esas —para una historia de la crítica— figuras menores, se extraña la ausencia de acápites dedicados a José María Rivas Groot —compilador de La Lira Nueva y prologuista de antologías de mucho valor coyuntural. 

A partir de Miguel Antonio Caro —católico, hispanófilo, tradicionalista—, Jiménez trenza su historia como una lucha entre dos tendencias, mejor, dos espíritus, el primero representado por Caro, Gómez Restrepo y Maya —proclásicos, moralistas, ortodoxos—, y el segundo representado por la figura central de este libro, Baldomero Sanin Cano, y algunos personajes posteriores. 

Sanin Cano representa "la autonomía de lo estético", el escepticismo, la apertura hacia lo universal, la libertad formal. Sanín es el lector artista que aspira a que la crítica tenga tanto valor como la poesía o la novela, y a él se dedica un capítulo entero de esta historia. 

El tercer capítulo enfoca la crítica en la época del modernismo: Ricardo Tirado Macias, para quien la poesía era "lo inexpresado, lo no dicho", al igual que Andrés Holguín seguiría diciendo treinta años después; Tomás Carrasquilla, quien reivindica lo local frente al oficio de "cincelar camafeos grecorromanos"; Antonio Gómez Restrepo, continuador de Caro, a quien Jiménez considera "un anacronismo perpetuado en institución académica, un investigador que trabaja sin preguntas"; Carlos Arturo Torres, discipulo de Rivas Groot, quien creía que el poeta es "soldado en el combate del progreso eterno" y era un obseso de los "temas elevados". También hay apartados especiales para Saturnino Ramírez, un desconocido colaborador de revistas de fin de siglo, que representa para Jiménez el arquetipo del nietzscheano puro, y para Eduardo Castillo, un crítico subjetivo que se interesaba en las "sonoridades inauditas" y la "sugestión inquietante". 

En el capitulo del modernismo se extraña la ausencia de Vargas Vila, quien no sólo escribió abundantemente sobre temas literarios, sino que tuvo una influencia que —sospecho— todavía se prolonga en nuestros días. 

El cuarto y último capítulo detiene esta historia en la crítica posterior al modernismo. Rafael Maya cree en valores eternos y en el clasicismo. Luis Tejada es un leninista entusiasmado, que hace profesión de vanguardista. Jorge Zalamea ve en la injusticia social el problema para resolver. 

Esta historia culmina con Hernando Téllez, y esto la hace ver como inconclusa. De la generación siguiente hay menciones laterales a Gaitán Durán, pero la cronología no le permitió llegar a Fernando Charry Lara, Rafael Gutiérrez Girardot y Hernando Valencia Goelkel. 

Así mismo es curioso que esta historia académica omita cierta crítica académica —Otero Muñoz, García Prada, Carlos Martín, el Caro y Cuervo todo— y la crítica que se produjo en ciudades distintas de Bogotá y de la Medellín de fines del siglo XIX. 

Pero el mismo autor se adelanta a estas observaciones cuando anota que no se trata de hacer un estudio exhaustivo. Y en realidad son adjetivas frente al mérito principal de haber elaborado un relato de los avatares de nuestra crítica. 

 

DARÍO JARAMILLO AGUDELO