Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992

 

Los servicios de la lengua


Baldomero Sanin Cano
Jorge Eliécer Ruiz 

Jorge Gaitán Durán
Pedro Gómez Valderrama
Colección Clásicos Colombianos, Procultura,
Bogotá, 1991.

 

Baldomero Sanín Cano (1861-1957) fue un escritor en todo el sentido de la palabra, además de traductor infatigable, académico universitario y representante oficial ante diversos organismos internacionales. Como indica el encargado de esta miniaventura no antológica, a Sanin Cano le urgía en la década del veinte "provocar un corto circuito intelectual que nos permitiera incluirnos en la órbita de una civilización que comenzaba a ser cosmopolita y menos provinciana" (págs. 12-13). Ser un ensayista en aquellos años (situémonos mejor: los tres primeros decenios de este siglo) equivalía a vivir literalmente empapado de lo que sucedía alrededor nuestro. En el plano del lenguaje el periodismo era, por lo tanto, un compromiso y una tarea intelectual y distaba mucho de ser lo que, en líneas generales, se nos ofrece hoy día: una especie de fast­food con inclinaciones a corromper el idioma.

Aún no se ha recopilado una parte (cuantiosa, por cierto) de la obra de Sanín Cano dispersa en periódicos y revistas. Por lo menos en Amauta, dirigida por José Carlos Mariátegui, hay dos cartas y dos notas (1) . Si a esta vena se le suman los libros publicados, fácil es adivinar el problema que significó elegir materiales para el volumen que comentamos. Por ello es que Jorge Eliécer Ruiz 0pta por una “incitación” al lector, un estímulo para que otras búsquedas sean emprendidas. Pero al no citarse las fuentes originales de los textos seleccionados, uno pierde la oportunidad de “contradecir” aquellas palabras de Rafael Maya incluidas en la sección “Cómo vieron a Sanín Cano sus contemporáneos”:  

Cultivó siempre un estilo uniforme, sin mayores apariencias, y que no sufrió cambio alguno a lo largo de la vida del escritor, de manera que su primer escrito es exactamente igual al último, desde ese punto de vista. Otros ensayan estilos, de acuerdo con sus lecturas o con los temas tratados. Sanín Cano siguió siempre la misma línea... [pág. 97].

Sabemos a qué se refiere Rafael Maya: al trato cotidiano con la lengua (vivaracha, grácil, amena). ¿Pero que no hubo cambios en 70 años de ejercicio con las palabras? Estos se han de hallar en los intersticios de sus escritos, por las rendijas de la época. Si el crítico es aquella persona que “discierne” (pág. 26), entonces estaba muy bien que Sanín Cano dijera que “sin querer implantar un pontificado, la crítica se propone en nuestros días buscar a un hombre detrás de cada obra o grupo de obras ejecutadas por un individuo” (pág. 33), pues él consideraba que ciertas voluntades artísticas contribuían a la formación del “pensamiento universal” (pág. 31). Ese humanismo de raíces europeas (recordemos las opiniones del autor respecto a las lenguas inglesa, francesa o alemana) fue muy saludable en cuanto a la desmitificación de lo que llamaríamos, con Martí, el síndrome del aldeano vanidoso. En Sanín Cano ese disfrute del intelecto va de la mano con una curiosidad sin límites, pagando tributo, como no podía ser de otra manera, a las lecturas de su tiempo (mas certero: los diferentes tiempos que le tocó asumir). De ahí que parafraseara aquello de las dádivas de natura:

Pero hay una virtud espiritual susceptible de cultivo cuando existe orgánicamente, pero de imposible adquisición cuando no se ha recibido como dote de la naturaleza. Es el buen gusto. Hay psicologías privadas de ese don de la pródiga y gentil naturaleza. Hay personas en quienes el mal gusto persiste al de la experiencia y del medio.
[pág. 31]

Debido a este convencimiento es que la cultura se institucionalizaría (dijera nuestro escritor) como una fuente de regocijo inmaterial (no mensurable) opuesto a la famosa “letra [que] con sangre entra”. Avidez de fin de siglo, ni vuelta que darle. Y es por eso que él valora tanto esa condición heroica de algunos grandes escritores: “Rubén Darío y Silva, cuya actividad literaria deslumbra por momentos a causa de la variedad de que da testimonio, fueron autodidactas” (pág. 41). Es la suya también, y la de Mariátegui. No habría mejor definición del impulso de la prosa de Sanín Cano que estas cualidades que hacen de Bernard Shaw “el escritor universal por excelencia”:

El sentido común firme, apoyado sobre una amplia base de conocimientos generales, y la capacidad de hacer venir a su conjuro mágico la palabra más apropiada en el momento preciso, sin la extraordinaria y abrumadora faena, enervante y destructiva, de un Flaubert o de un León Tolstói... [pág. 51]

La mano “ligera” del periodista pulsada por el gancho de un afán incesante de conocimiento. En ese mismo y largo ensayo sobre Shaw (“o el sentido común”), Sanin Cano toca puntos claves en la concepción de lo que él considera el aprendizaje de una cultura. En “El ocaso de la crítica” habíamos encontrado que un rasgo del provincianismo (es decir, en ciudades “de población numéricamente reducida”) sería la “irritabilidad” como expresión de una “cultura incipiente” (pág. 32). Su fe en el “curso del progreso humano” (pág. 69) está atada a la produccion artistica, entendiendo por ésta todo trabajo que enalteciera a una comunidad y borrara la oposición simplista de provincia/metrópoli. Popayán será, digamos, esa flor que se gana el aire por entre las peñas. Y es “natural” que el apologista se detenga en un dúo de representaciones: el cuadro Apoteosis de Popayán, de Efraín Martínez, inspirado a su vez en Canto a Popayán, de Guillermo Valencia. Es como un juego de cajas chinas, en el que un lenguaje vive desde el otro. No estamos lejos, por ello, de una concepción de la cultura a base de inclusiones y ampliaciones. Pero en el contexto socioeconómico, la misma idea tiende a adoptar otros postulados. En sus reflexiones sobre Shaw surge una relevante disquisición:

En este punto los americanos relacionados con negocios de préstamos o de concesiones con los países europeos no debemos olvidar el papel importantísimo que hemos desempeñado en su evolución social. Hasta hace cincuenta años nos consideraban aquellas bienaventuradas personas que residían más al norte del paralelo 22, como pueblos salvajes destinados por una provi­dencia parcial y muy inteligente a servir de vasallos a las razas favo­recidas por la situación geográfica. Pero en 50 años estos países de América han realizado conquistas culturales, han aprendido el significado de la civilización moderna, han mejorado las razas de ganado, e incidentalmente la humana, y están en situación de implantar reformas sociales con la misma o mayor facilidad que los países del norte. Los ingleses han estudiado esa faz del problema con la mayor atención: ellos poseen en la América del Norte y del Sur minas, empresas agrícolas, y considerable extensión de líneas férreas. Un cómputo moderado hace subir el valor de estas empresas a mil millones de libras esterlinas. El día en que la Gran Bretaña dé el ejemplo de nacionalizar minas de carbón, ferrovías, extensiones de tierra dedicadas a la caza, la América del Sur tendrá un saludable ejemplo que imitar, y sus actividades, siguiéndolo, se ejercerán principalmente sobre la propiedad extranjera, en la cual están comprendidos aquellos elementos de riqueza. Mientras Gran Bretaña no haya nacionalizado las minas y ferrocarriles, tendrá un grande argumento para usar con los gobiernos de América que pretendan (como pretenderán) llevar a cabo la nacionalización... [págs. 61-62]

Lo pertinente de la cita (amén de su longitud) es su condición de cantera política de muchas puntas. Las “razas favorecidas”, por ejemplo (y las “otras”, que pueden mejorarse); o la percepción del problema de fondo (la dominación), pero desde la instancia de un respeto (¿quizás irónico?) por las decisiones ajenas, las del poder dominante o foráneo. A Sanín Cano le podemos perdonar (desde un aquí que se está pareciendo muchísimo a los tiempos en que el colonialismo inglés no había cedido aún su lugar al estadounidense) una franqueza que, por otro lado, era la que también manejaba Rodó. La cultura —la Alta, pues— sólo puede venirnos de fuera. A lo más, nosotros pujamos por alcanzar alguna noción de brillo. Epoca dorada en la que civilización, progreso y futuro iban de la mano como los tres chanchitos, sin lobo a la vista. Pero ahora hasta los chamanes de la modernidad (la mismísima y la post) vuelven sus ojos a los preceptos ecológicos y medicinales de los modestos curanderos del tercer mundo. Sólo que los prejuicios siguen siendo los de antes. La ferocidad de la modernización (en su vertiente capitalista) ha cambiado de rostro, pero no de garaje: nuestras tierras continúan siendo el depósito de tales experiencias. (Y eso para no hablar del auge del fascismo y la discriminación racial en Europa). No confundamos las cosas, sin embargo. El empeño de Sanín Cano por extender el radio de sus lecturas y su pasión universalista nada tiene que ver con las expoliaciones extranjeras (ni con las nacionales, a manos de la oligarquía terrateniente). En este sentido fue un hombre que no quería rendir su perspectiva: “Cuando el individuo pierde el respeto de sí mismo, cuando la sociabilidad degenera en sumisión exenta de raciocinio, las artes se desmayan en períodos de impotencia” (pág. 77).

Por otra parte, el proyecto vital y artístico de Jorge Gaitán Durán parecería la continuación (en un mundo ya “industrializado”) del de Sanín Cano. La revolución invisible (1959) representa la expresión, en lo político, de una apertura “nacionalista” para la burguesía que aún no salda sus cuentas con el feudalismo rural ni con la aristocracia urbana. El paraíso, al final de nuestros esfuerzos (en la teoría del desarrollismo posterior a la segunda guerra mundial), se llamaba “independencia económica” (pág. 80). Pero el problema, además, era acomodarse o reformular el vacio de Dios, ocupado ahora por “los mitos de la burguesía para que el ser desvalido se comportara como si Dios siguiera existiendo” (pág. 89). ¿Qué hacer cuando “al pensamiento de Marx lo devora la idolatría por la Clase o el Partido?” (pág. 89) Volver al lenguaje, reestructurar las gastadas representaciones, ofrecerle más de un respiro: otros pulmones. En ese trance se debatió Gaitán Durán (y también su lengua poética, ya veremos). Como en Sanin Cano, emerge la metáfora de las restricciones de aldea:

No es fácil obrar de acuerdo con la acerada objetividad que es la historia en medio de las innumerables tinieblas subjetivas que, surgidas de nuestras frustradas y fragmentarias relaciones con los hombres y las cosas, nos impiden ver el hombre y el mundo, es decir, lo universal. No me sorprende por ello que nuestros hombres de estado y, lo que es más grave, nuestros intelectuales confundan lo que la industria es y lo que puede ser; no me sorprende que sean incapaces de analizar las llamadas oligarquías y distinguir cuáles obedecen a intereses nacionales o progresistas y cuáles a intereses extranjeros o retardatarios, ni que reproduzcan el lenguaje demagógico de algunos políticos imbéciles contra los gerentes y crean que la izquierda se reduce a esto, cuando la izquierda es todo lo contrario: razón y realidad. Ciertamente nuestra industria es todavía algo informe...[págs. 77-78].

Por la misma época —mediados de los años cincuenta— el entonces joven arquitecto Femando Belaúnde tenía para el Perú ideas algo semejantes, aunque —claro está— él distaba mucho de ser un poeta. Con ello quiero señalar de paso que la burguesía nacionalista del Perú (si alguna vez hubo  alguna) careció de un lenguaje y de un ideario. Sus intelectuales no militaban en el naciente partido Acción Popular, sino más bien en la chiquitita democracia cristiana, esa especie de flan o pudín (del que salieron algunas mentes lúcidas) que luego terminó devorado por el ala más conservadora del Estado. Vuelta, pues, a Sanín Cano y a Mariátegui. Este último sí que tenía las cosas claras en la década del veinte, en un mundo todavía prenuclear, precampos de exterminio, premármoles ideológicos (pero esa es otra historia). La poesía de Gaitán Durán nos aguarda. 

En los comienzos de su Diario, en 1951, es posible observar su condición de habitante de dos mundos (probablemente un comunista para la oligarquia; quizá un simple liberal para la izquierda) y presentir dos aproximaciones (política/poética) al lenguaje (2) Sin recordar lo que Marx "predicara" acerca del desarrollo desigual entre el modo de producción y la obra artística, Gaitán suelta esta reflexión que será un hilo de Ariadna (o tal vez decir no más el cuerpo de Ariadna, sus muslos, las gotas de sudor "en la piel aceitunada" y los "senos memorables") para valorar su propia lucha: 

La decadencia del signo y el embalsamamiento de la técnica, tienen a lo menos correspondencias, no por ambiguas, menos activas. Si se acepta que a una estructura social y económica corresponde una superestructura ideológica, debe admitirse igualmente que las técnicas nacen, se desarrollan y mueren con el cuadro histórico que las hace necesarias para la expresión. Materialmente pueden supervivir, agotada ya su aptitud comunicativa. Pero su presencia física sólo implica especialización, artesanía —en cierto sentido— retórica. Algo semejante sucede con el poema, tal como lo entendemos hoy. [pág. 40]  

 

 

Esta "rigidez" semántica (aclaremos: en el manejo de los conceptos) podría ser, curiosamente, una feliz entrada al conflicto entre una palabra todavía no liberada del lastre de la gravedad y una libertad expresiva que ha optado por una temática (o fue elegida por ésta). No es casual que casi todos los lectores de Gaitán, contemporáneos o no, le adjudiquen una prioridad en cuanto a la incorporación (o recuperación vía Sade, vía Bataille) de un erotismo que invade su verbo. Pedro Gómez Valderrama va más allá y establece los lazos entre persona biográfica y voz poética:

Hay un aspecto de su poesía, el erótico, que lo describe también temperamentalmente. Vivía muy próximo al sexo, pero antes que dejarse condicionar por él lo hacía una parte importante de su vida y así lo dominaba. Falta todavía por escribir, y quedará faltando por siempre, o al menos por mucho tiempo, el relato y la descripción de las mujeres que lo rodearon y contribuyeron a su poesía. [Introducción, pág. 11] 

Pero este supuesto estudio (con visos de encuesta) entraría, de hecho, en la persona y poco tendría que ver con la poesía, salvo que alguien quiera entender o demostrar que el pulso sexual de una persona es directamente proporcional a la calidad de sus productos artísticos (Gómez Valderrama no lo insinúa, felizmente; es claro al proponer "el relato y la descripción"). Pero bien sabemos que la relación entre aquellas causas y estos efectos es cualquier cosa, menos transparente. Digamos que el "genio" de Picasso no puede medirse por el número de bellezas que pasaron por su atelier (o se quedaron a tirar una pestañita). A lo mas una indagación de ese tipo serviría para distinguir lo que los críticos de pintura llaman "períodos" en la obra de un artista. Y en el caso de Gaitán Durán, su vocación por el erotismo está exactamente al mismo nivel que el interés de Alvaro Mutis por los catamaranes o el de Jaramillo Escobar por el caudal de los ríos (los de verdad y los de palabras): todos pueden ser instigadores de la poesía, pero no la califican estéticamente. Si alguien quiere de verdad averiguar por qué son tan bajetones los libros iniciales de Gaitán Durán, no tiene que acudir al erotismo como eje de su poética a partir de Amantes (1958) en oposición a la mermelada sin sabor de las honduras juveniles. Es un asunto más pedestre: de técnica literaria, de poder de seducción metafórica. Uno jamás esperaría de Rilke (y menos de don Miguel de Unamuno y Jugo) la obsesión en cueros, la delicia de ese coro de la Sonora Matancera que la tararea así: cosita linda, mamá. Y uno no ha de pedirle ningún espesor (ni filosófico ni lírico) a las primeras obras de Gaitán, aunque el poeta se esforzara en hablar de aquellos temas inmarcesibles de las profundidades del alma, por decir algo. Gaitán estaba todavía en búsqueda no del erotismo, sino sencillamente de un lenguaje. La revista Mito será, por donde se la mire, ese maravilloso proyecto de expresión cultural que engarza ambas realidades: la política o filosófica con la poética. 

Una simple ojeada a la selección de poemas de Gaitán nos permitiría sacar no sé si algunas conclusiones pero si, tal vez, constataciones inquietantes por el uso de un humilde nexo comparativo. Su ausencia en los primeros poemas (los que cita la antología, repito) contrasta con la insistencia de su aparición desde las citas de Amantes y Si mañana despierto (1961). Es de suponer que el "control" del material por parte del poeta en Insistencia en la tristeza (1946), Presencia del hombre (1947) y Asombro (1949), fuese sentido como una realidad en sí, en la que la duda (en abierta discordia con la seriedad de los temas y el léxico elegido) no tenía cabida. Pero luego empezamos a detectar esa necesidad de un puente con una realidad lingüística mucho menos tangible, tan escurridiza como el placer: 

• Haberte impuesto como una ciudad entre los hombres
[Quiero, pág. 29]

• Los hombres ya no viven: como enterradas serpientes,
En el otoño, como lunas perezosas...
[...]
Quieren ser corno uñas o dientes en el otro,
Corno la selva tras la tormenta...
[...]
Ayuntados como hermosas bestias o en fuga como criminales...
[El infierno, pág. 29] 

• Nos olvidamos de la muerte, mas la muerte no nos olvida,
Sino nos cuida, corno el padre y la madre...
[Etica, pág. 30]

• O atroces arden como dos mundos...
[...]
Saltan como dos delfines blancos en el día,
Pasan como un solo incendio por la noche.
[Se juntan desnudos, págs. 30-31]

• Somos como son los que se aman.
[...]
En su red, como en la falta de dioses adúlteros.
Enamorados como dos locos. [Amantes, pág. 31] 

• Desnudos enfrentamos el cuerpo 
Como dos ángeles equivocados, 
Como dos soles rojos en un bosque oscuro,
Como dos vampiros al alzarse el día...
[...] 
De pie como perezosos árboles en el estío,
Sentados como dioses ebrios
Para que me abrasen en el polvo tus dos astros,
Tendidos como guerreros de dos patrias..
[Amantes, págs. 3 1-32] 

• El amor levantado como roca en la injuria...
[...]
Por entre los cerros, ponientes 
rojos como en otoño el bosque,
Felicidades extrañas como un lucero en pleno día...
[Esta ciudad es nuestra, pág. 32]

• Voló por la ciudad como mil soles...
[...]
El mundo, espejo de mi mano iba 
Como una joya opaca por tus ojos, 
Te miraba mirar rostros, reinos, memoria
Súbita, nube que como una desdicha Pasa por la carne...
[Hecha polvo, pág. 33]

• No será su existir fácil
Como respeto de puta: guerrero, sí,
o loco pero nunca inocente.
[El guerrero, pág. 34]

• Como un dios murió al tocar el polvo...
[...]
Inmolar supo, vivir como todo un hombre...
[Marcha fúnebre, pág. 34]

• Porque sólo aquí como un don fugaz puedo abrasarte,
Al fin como un dios crearme en tus pupilas...
[La tierra que era mía, pág. 35] 

• Habla como la infancia...
[...]
Nubes que ni veía desde entonces
Como la muerte pasan por el agua.
[Fuente en Cúcuta, pág. 36]

Lo que estas citas nos sugieren es que la voz poética, al margen de su predilección por los símiles, está articulando un lenguaje que da cuenta de su condición de "intérprete" de dos realidades. En cierto sentido la no resolución del debate político (hablando en términos de su representación verbal, como en las observaciones sobre China y la Unión Soviética en el Diario: "Apenas ha comenzado la era de las grandes transformaciones y ya aparece un orden establecido, invariablemente retardatario" [pág. 57] tiene su correlación en la manera como la lengua poética es construida: mediante una suma de imágenes que hablan constantemente de distancia, retiro, posibilidad de sobrevivir. Fue lamentable que el poeta no tuviera la oportunidad de explorar tales bordes. Pero la obra que nos dejó es más que suficiente para comprender y apreciar esa lucha. 

Jorge Gaitán Durán y Baldomero Sanín Cano se encuentran así hermanados por una misma encrucijada. No tanto del lenguaje como de aquello que lo antecede o, en algunos casos, es soñado por las palabras. Encarnación del oficio y nombramiento del porvenir.

 

EDGAR O’HARA

 

(1)   Cf. Alberto Tauro, Amauta y su influencia, Lima, Biblioteca Antauta, núm. 19, 1Oa. edic., 1986, pág. 166. Los artículos versan sobre Emilio Pettoruti y "Las ideas, los motes, los hechos”; ambas cartas están dirigidas a Jose Carlos Mariátegui. (Regresar a 1)

(2) En una nota de 1956, añadida al Diario como un comentario a los viajes de 1952 a China y la Unión Soviética, Gaitán Durán explica: "Ojalá sirvan a lo menos de respuesta a los reaccionarios que me llaman comunista y a los comunistas que me llaman reaccionario. Apenas son el testimonio,
probablemente ineficaz, de un hombre que pretende ser libre" (pág. 55 n.). (Regresar a 2)