Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992

 

El gusto por el detalle


Del poder y la gramática
Malcolm Deas
Tercer Mundo, Bogotá, 1993.

 

Antes que el interés por García Márquez volcara la atención de profesores de universidades extranjeras —principalmente norteamericanas— sobre la literatura colombiana; aún antes que los biólogos de lugares donde cae la nieve se dedicaran con excepcional ahínco a la investigación acerca de nuestros coleópteros —acaso el recurso local más estudiado después de Gabo—; mucho antes, unos profesores, sobre todo historiadores, se habían acercado a nuestra realidad y a nuestro pasado, como James J. Parsons, Frank Safford y David Bushnell, entre otros. Hubo otros, sí, pero a la vez que Colombia seguía mereciendo el mote que le adjudicó un embajador francés a principios de siglo —el Tibet de Suramérica—, también pocos extranjeros se interesaban en un país que no poseía ningún bien estratégico y ni siquiera podía exhibir el prestigio que significa poseer ruinas arqueológicas de piedra. 

En ese contexto, en 1963 llegó por primera vez al país un joven scholar inglés de veintidós años. "Todo me pareció curioso e inexplicable". En los siguientes treinta años, Malcolm Deas ha vuelto tantas veces que ya tiene una casa en Bogotá y otra en Oxford; allí, en St. Anthony’s College, fue uno de los fundadores del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Oxford, que ha dirigido en varios períodos. 

Existe una tradición mayor de ensayistas ingleses. De Swift a Bertrand Russell, de De Quincey a Chesterton, de Stevenson a Orwell: nombres clásicos de uno de los platos más exquisitos de la literatura, el ensayo, y sus principales valores han tenido la virtud de colarse a lo más selecto del ensayo académico, al tono de los historiadores y críticos: la capacidad para examinar los temas desde el principio, sin ideas preconcebidas y desmontando sin piedad las que existan, con el suficiente humor para considerar la provisionalidad de los juicios y para hacer resaltar las paradojas. 

No en vano Lewis Carroll y Oscar Wilde forman parte de la tradición de Oxford. Y Malcolm Deas ha asimilado esa tradición hasta el punto confortable en que Del poder y la gramática se lee con fluidez y con algunas sonrisas, producto de un estilo descomplicado, pero no por ello muy riguroso en el terreno propio de la historia. En especial, merece destacarse su adicción a la información antes que a las interpretaciones: "Para explicar primero es necesario describir con toda la minuciosidad posible. El gusto por el detalle no me parece un gusto frívolo; el poeta William Blake aspiraba a ‘ver un mundo en un grano de arena’, y el historiador puede tener la misma aspiración. No me gusta el antagonismo entre ‘vieja historia’ y ‘nueva historia’; hay que hacer nueva historia: económica, popular, profesional, cosmopolita, comparativa, de archivo, rigurosa... pero eso no implica el rechazo de la vieja... Los archivos son fundamentales (todavía hay tanto por hacer para rescatar el archivo republicano de Colombia), pero muchas cosas no se encuentran en ellos. Hay que leer mucho libro viejo —malo y bueno— y la prensa, muy poco explotada hasta ahora...". 

Del poder y la gramática reúne una antología de veintiún ensayos publicados en los últimos veinte años por el profesor Deas, si bien la mayoría datan del último decenio. El que le da su título al libro responde a una pregunta que Deas plantea así: "¿Cómo pudo ocurrir que cuatro personas, conectadas por una sola librería, se convirtieran en presidentes de la nación en un lapso de treinta años?". Contestando, Deas aprovecha para mostrar las frecuentes conexiones de la gramática con el poder y los vínculos que unos letrados querían mantener con el pasado español. La debilidad institucional del Estado adquiere características mensurables a través del estudio sobre la hacienda pública durante el siglo XIX y también del relato de una guerra civil a través de los movimientos de un Gaitán Obeso. 

Allí, en una de sus picantes notas de pie de página, se halla una cita de Camacho Roldan: "proporción de la sociabilidad expresada por la correspondencia epistolar entre los habitantes de Inglaterra y los de Colombia: 500 a 1". 

De historia de la literatura, el volumen trae un ensayo acerca de las relaciones de Joseph Conrad con Colombia y otro sobre Vargas Vila, cuyo renombre explica por la hostilidad del clero: "tuvo la ventaja de ser autor de quien hablaban mal desde el púlpito". De historia empresarial, el libro contiene un ensayo excelente sobre la hacienda Santa Bárbara, basado en la correspondencia entre el propietario y el administrador. 

Acaso el texto más a contracorriente sea el referente a "la presencia de la política nacional en la vida provinciana, pueblerina y rural de Colombia en el primer siglo de la república", en el que plantea preguntas tales como "¿hasta qué punto se puede hablar de una política nacional en el primer siglo de vida republicana?.., ¿cuál fue el impacto popular de la independencia?.., ¿dónde pueden hallarse fuentes en este campo tan difícil que es el pensamiento político de los humildes?". Estas son apenas tres de las muchas preguntas que enuncia. Deas halla rasgos de la presencia del aparato estatal en el siglo pasado en toda la nación, en campos tales como el régimen fiscal, la cuestión de la esclavitud, la legislación sobre tierras, el reclutamiento para el ejército, la cuestión indígena, las aduanas, los correos, etc.; también encuentra un sistema de comunicaciones y está otra evidencia: "la gente en Colombia habla, y ha hablado durante siglos, la misma lengua desde la Guajira hasta el Carchi, por no decir más allá. No hay grandes obstáculos lingüísticos que se opongan a la unidad nacional. Esto no sucede en toda América Latina; no es lo mismo en México, Guatemala, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay. Tampoco es el caso en ciertas naciones de Europa: sería posible argumentar que Italia o incluso Francia tenían menos unidad lingüística en el siglo pasado que la pobre Nueva Granada con todas sus pintorescas excepciones". 

Un libro para especialistas en historia —por la información nueva que trae, por las fuentes que descubre, por sus enfoques nuevos—, y también un libro para simples legos que se tocarán de un libro muy serio de un historiador profesional que se lee con facilidad porque tiene la gracia del humor y la fluidez de quien no se toma nunca demasiado en serio. 

 

DARÍO JARAMILLO AGUDELO