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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
30, Volumen XXIX, 1992
Sutil intemporalidad macondiana
El vuelo de la paloma
Roberto Burgos Cantor
Editorial Planeta, Bogotá, 1992.
Hace algunos años, en Bogotá, en una rueda de
prensa ofrecida por Mario Vargas Llosa a propósito de la publicación de Historia de
Mayta, con la mejor buena fe una periodista le hizo al escritor una pregunta que ya no
recuerdo, pero que empezaba diciendo: "En La ciudad y los perros usted dice
que...". La respuesta, que recuerdo mucho menos, estuvo precedida por una especie de
disertación-regaño en la que Vargas Llosa señalaba el imperdonable error de confundir
al autor con el narrador. "El primer personaje que un escritor ha de inventar al
escribir una novela decía es el narrador". Cosa, ciertamente, ya sabida
y anotada por otros: "Quien habla (en el relato) no es quien escribe (en la
vida)", dice una conocida frase de Roland Barthes.
En literatura, el autor, digamos Roberto Burgos,
el de El vuelo de la paloma, no importa; es un sujeto trivial. Poco interesa que haya
nacido en Cartagena, que ahora vive en Bogotá, y que veamos su foto junto a una columna
periodística que usualmente escribe. Pero puestos a leer una novela suya (o una novela
cualquiera) nos importa aún menos el narrador en su papel de personaje ficticio cuya
función es comunicar el relato. Lo que al leer, quizá, realmente nos interesa, y no
porque la busquemos sino porque ella sencillamente nos llama, es la porción de
conciencia, de humanidad, que el primero va dejando en la voz del segundo: mientras
escribe.
Quien habla no es quien escribe, pero quien
escribe no es quien firma ("no es quien existe", dice Barthes). Es algo que
menciona Borges hablando de sí mismo: el Borges que camina por Buenos Aires no es el
mismo Borges que escribe versos; el primero "vive, se deja vivir", para que el
segundo "pueda tramar su literatura"; y sólo algún instante del uno podrá
sobrevivir en el otro, en alguna página válida que escriba; instante que al leerla
quizá venga a nuestro encuentro y nos salude.
Igual, existe en cada novela "válida"
la voz de una conciencia, que no es la de la persona civil del autor, sino la de ese otro
que él es mientras escribe; aunque para Borges, ni siquiera de éste, pues "lo bueno
lo bueno en una página, dice ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino
del lenguaje". Pero, de cualquier modo, es una conciencia que existe allí, en el
relato; que percibimos como humana, y en ella nos reconocemos. Pues la novela, en tanto
que es una forma de la poesía (como, por su parte, el poema), no es menos que la voz de
un hombre que indaga acerca del sentido de lo humano, de lo que le es esencial en este
accidente suyo que es la vida.
Sabemos, sin embargo, que su indagación, su
búsqueda, no conduce a una respuesta. Es la ironía de la novela que, precisamente,
define al género. Cada historia que se narra es el testimonio de un fracaso; la
persistente búsqueda de un sentido que finalmente permanecerá ignorado. Lo sabemos. Y
con todo, un autor escribe otra novela.
En El vuelo de la paloma, la historia nos es
familiar, de tan trivial, y el personaje eje es de lo menos conspicuo: un tendero. Ramón
Caparroso es un hombre que tiene: un trabajo digno, una fuente de subsistencia tranquila
tras el mostrador de su tienda; tiene el respeto de sus clientes, de sus vecinos; por
donde camine alguien lo saludará con aprecio, y algunos bien pueden decirse sus amigos;
tiene, sobre todo, por esposa a una mujer que parece salida de un vitral con ángeles. La
felicidad, en suma.
En la alternancia de planos temporales,
asistimos a la escena juvenil de los personajes, en la que el Ramón adolescente
experimenta el primer deslumbramiento del amor y del deseo, la febril lucha por la
conquista de una jovencita tocada por la belleza, la inocencia y la felicidad eternas.
Asistimos a todos los vericuetos de una historia de amor de adolescentes, digna de las
mejores leyendas amorosas, con una hermosa doncella, un muchacho brioso, días enteros
junto a la ventana de ella, obstáculos que vencer, una madre alcahueta, la fuga final, y
el hipotético nido de cristal, con sábanas de seda y penumbra de luna llena. Sólo que
aquí conocemos el destino final de la pareja: él, un hombre cincuentón (yo lo imagino
ventrudo) detrás de un mostrador; y ella, una ama de casa en su cocina; lo peor de todo,
feliz.
Bueno, quizá sea eso la dicha, ¿y quién
estaría dispuesto a reprocharlos?
Pero las historias que se narran en una novela
son una vida de ficción, un poco de fábula desplegada sobre unas páginas, que, no
obstante, sigue estando bajo gestión de la realidad. Así este apacible mundo de Ramón y
su esposa Arinta, en el que viene a irrumpir, con la figura de Gracia Polo, el segundo
arrebato amoroso del tendero. Ella no es simplemente el tercer vértice para componer un
triángulo de amor, con celos, rupturas, reacomodaciones. Es también una señal que
advierte que ninguna de las fuerzas que rigen el destino de un hombre, ni siquiera las del
amor, le son de su dominio; y que aún así, el sentido de una vida sigue teniendo alguna
certeza, por lo menos una inminencia, en los terrenos del amor. Y Gracia Polo es aún
más.
Con ella el eje de la historia se desplaza.
Siendo una mujer campesina, hija natural de un médico asesinado violentamente por asistir
a "bandoleros" de izquierda, viene ahora a la ciudad, en donde milita en un
grupo revolucionario ilegal, haciendo trabajos de inteligencia. Es amante de un mayor del
ejército, de quien obtiene información a la manera de una Mata Han. Es también amante
de Ramón Caparroso en una relación ambigua, en la que quizá éste, sin saberlo,
simplemente es utilizado para ejecutar ciertas tareas de comunicación de mensajes
clandestinos. Así, lo que creíamos era una historia de amor parece convertirse ahora en
una historia social y política.
No sucede así. O, por lo menos, no sucede a la
manera usual, a la que acostumbra nuestra literatura. El vuelo de la paloma no es una
novela histórica, en ella la anécdota sigue perteneciendo al orden de la ficción; ni
siquiera la escena de la marcha campesina, la manifestación en la plaza central de la
ciudad, y la consecuente masacre por parte del ejército, tiene un correlato identificable
en la realidad (por otra parte, no sabríamos elegir cuál); no aparece en ella, señalado
o aludido, ningún personaje histórico, ningún momento clave. Tampoco es una novela de
época; todo allí ocurre en una sutil intemporalidad macondiana, muy a la manera de
Burgos, sin embargo. Menos aún se trata del testimonio íntimo de una de esas conciencias
que gustan de ser llamadas "desencantadas", tan en boga en nuestra literatura
más reciente; ni es la voz de un crítico blasfemo y sarcástico denunciante, no menos
socorrida.
En esta novela no existe denuncia política,
crítica de una realidad histórica identificable, señalable. No simplemente. Si bien en
El vuelo de la paloma la anécdota está lejos de ser histórica, el lenguaje, tanto como
los personajes en su anonimato y su anacronismo, lo son. Pero aquí la crítica trasciende
el localismo temporal y espacial de una situación social e histórica determinable, para
alcanzar el plano universal de lo humano. La voz de Roberto Burgos, a mi parecer la de un
hombre que sencilla y honestamente escribe (huelga mencionar las virtudes ya conocidas de
su prosa: se trata de un poeta), es la de una conciencia que intuye, y nos dice bajo mano
que quizá el problema del hombre no es asunto que resida en el orden de lo político, de
lo ideológico (ya bastante lo hemos discutido en ese espacio); sino en el terreno de la
moral.
Quizá sea un signo de tiempos nuevos: en estos
días, en los que por todas partes se anuncia el fin de la historia, la necesaria muerte
de las ideologías, aparece una novela en la que quien la escribe (por lo demás, alguien
que vivió la ilusión de los años 60) parece intuir lo contrario: el necesario
renacimiento de las mismas. Con una salvedad: el que ellas por fin consideren el tener en
cuenta un elemento que hasta ahora parece no haberles sido importante: el hombre. Por lo
tanto, con un nuevo entendimiento: el que toda crítica social, política, económica,
requiere fundamentarse en una crítica de la moral, al parecer ausente hasta el
momento.
No otra cosa parece sugerir el escritor, esa voz
que tanto seduce en El vuelo de la paloma, en esta escena casi al final de la novela, que
(si se me permite sacar una frase de mi cajón) es de antología: ella, Gracia Polo, le
dice a su amante, el mayor: "Eres un asesino de inocentes"; y con el simple
gesto de un beso, de un abrazo, de las sucesivas caricias sobre la desnudez humillada del
mayor, agrega sincera: "Pero te amo".
El desenlace final (porque la ficción está
atrapada en la realidad) es, por supuesto, de novela. Después de la destrucción, ¿qué
había detrás de Arinta, de su felicidad y su inocencia primigenias; detrás de Gracia
Polo, con su decidida acción alentada por utopías revolucionarias?; esto: una mujer.
¿Qué había detrás de Ramón Caparroso en su apacible vida, en la enajenada
tranquilidad de su rutina; detrás del mayor, del ejercicio ignominioso, y no menos
enajenado, de su poder?; esto: un hombre. Y después de un tramo de vida en la que algunos
han jugado apuestas a la acción, y otros a la inacción y a la rutina, tan sólo queda
una cosa en la que permanece algún sentido: el amor; digamos, la mutua solidaridad de
dos, sin más atributos que su propia individualidad, única, irrepetible.
Un novelista (verdadero) no analiza la historia,
no puede demostrar hipótesis (si intenta hacerlo, no debería enojarse al sospechar que
una periodista se lo reprocha). Un novelista tan sólo puede hacerle unas cuantas
preguntas a la vida, esa cosa inexplicable, pero cuyo sentido se nos hace inminente en las
páginas de una buena novela. Por ejemplo, esta de Roberto Burgos, cantor.
FERNANDO MOLANO VARGAS
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