Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992


Nada de lo humano es imposible


El hombre de Talar. y Bajo Cauca.
Arturo Echeverri Mejía
Cámara de Comercio, Medellín, 1991, 123 págs.

 

Ante todo, una aclaración, si no una concesión de culpabilidad. El autor de esta nota se ve precisado a confesar que desde hace tiempo venía buscando un pretexto para poder referirse a una obra que desde tiempo atrás lo seduce:

la de Arturo Echeverri Mejía. Y quien espera con impaciencia —acaso la única manera decente de esperar— en ocasiones se ve recompensado. La apetecida oportunidad se dio con la publicación, en una de esas modestas editoriales semioficiales —modestas en lo que a presupuestos y tirajes se refiere, ya que no a su contenido—, de dos relatos, escritos ambos en 1964: El hombre de Talara y Bajo Cauca. 

Nacido en Rionegro en 1918 y muerto en Medellín a temprana edad, en 1964, en Arturo Echeverri Mejía se conjugan muchas de las virtudes que apetece un buen lector. En primer término, su insularidad, ese magnifico aislamiento individual que se niega a ser apresado entre corchetes dentro de cualquier escuela o cotilleo literario de los que, según Juan José Arreola, se dedican más al culto de los filósofos griegos Teleo y Melees y, agregaríamos, de los visigodos Teadulo y Meadulas, que al simple, solitario y poco agradecido cultivo de las letras. 

En segundo término, en Echeverri se conjugan realidad vivida y ficción. Supo hacer ficción de la realidad y, ante todo, plasmó en sus obras una concepción ética, tan rara en nuestro medio. En su corta obra se da "la gran batalla de la vida y de la muerte contra la sorda, sólida e inabordable conciencia ética" (Marea de ratas, 1960). 

Ser antioqueño en términos psicológicos quiere decir que si no se es nadaista, entonces se es obispo o industrial en potencia, dice Gonzalo Arango en ¡Adiós, mi capitán!, elogio fúnebre y semblanza de Echeverri. Nacido para ser un próspero industrial o político, dentro de una de las familias más prestantes de su región, prefirió el trato con los humildes hombres y tierras de nuestro desconocido país. "Amó la belleza sobre todas las cosas y a los hombres más que a la belleza", dirá Gonzalo Arango. Fue un hidalgo con vocación de andurriales. Quiso la selva, las tierras vírgenes, y ejerció con probidad "el viejo y asqueroso oficio de domar tierras salvajes". Fue además capitán de la armada nacional. "Ni siquiera se le notaba que era capitán, pues era muy inteligente", dirá Gonzalo Arango. 

Prescindiré del torpe lugar común de señalar que una vida muy intensa debe culminar en una muerte temprana. Como Malraux, su longevo contemporáneo, Echeverri Mejía vivió intensamente. La voluntad de Schopenhauer, la fuerza vital de Nietzsche el elan vital de Bergson, fueron su sino. Dirá en alguna de sus obras que es evidente que la voluntad es autónoma en crear. El mismo lo confiesa en Antares: "La principal energía vital es aquella que se produce en la fuerza de voluntad". 

Fiel a una vocación, supo ser marino, militar, aventurero, industrial en milagrosas empresas de supervivencia, agricultor, pescador y, sobre todo, buen pobre. En alguna ocasión escribió a José Sanín Echeverri: "Personalmente yo no gusto de los antioqueños, porque adoran el dinero". 

Para ser pobre se requiere valor. Quizá mayor que para ser rico. Y Echeverri Mejía lo tuvo en grado superlativo. No le tenía miedo a nada. "Me gustan las grandes emociones sobre todo cuando existe la sensación del miedo", solía decir. Arrostró, voluntariamente, los mayores peligros. Y nunca le fue esquiva la imaginación. A raíz de la guerra con el Perú, el gobierno colombiano decidió que había que tener marineros en el Amazonas y, como tal, fundó la única base naval de tierra firme que conozca nuestra historia, en Puerto Leguízamo. Hastiados de aquella vida, dos marinos deciden un día largarse de allí hacia la base mayor, en Cartagena, y deciden hacerlo de la manera más absurda, justificando su profesión... ¡por mar! Y lo hacen, y no se arredran ante las dificultades. 

Construyen un velero, el Antares, y se embarcan, casi sin dinero, por el Putumayo, el Amazonas y el Caribe para repetir el viaje de Orellana, la aventura equinoccial de Lope de Aguirre y todos aquellos relatos, como La jangada de Julio Verne, que hicieron las delicias de los jóvenes años atrás. 

El viaje del Antares es obra de la imaginación porque, por reales que sean los hechos, son en rigor la culminación de un sueño. Si, como escribió Voltaire desde Berlín a madame Denis en París, que para sentirse a su lado iba a poner los ojos en la orilla de un río porque aquél caía en el Elba, el Elba en el mar, y el mar recibía las aguas del Sena, y su casa en París estaba situada sobre la orilla del Sena, los marinos de Puerto Leguizamo llevarán a la realidad, en otro ámbito muy lejano en el tiempo y en el espacio, el sueño romántico del filósofo, y Echeverri dejará un relato periodístico pleno de peripecias y de aventuras comparable al relato del náufrago de García Márquez.

Marea de ratas es la obra cumbre de Echeverri. Escrito con sobriedad y técnica, es libro que amerita por lo menos una atenta lectura. Un lector del rigor de Jorge Gaitán Durán la situó entre las cinco mejores obras del año (1960) en Colombia. Sostiene Alberto Aguirre, su amigo y mejor critico, que es la primera de las novelas de la violencia en Colombia, lo cual, desde luego, está lejos de ser cierto. Lo que si es pasmoso es que en algunas de las varias listas que se han hecho sobre novelas de la violencia no aparece, cuando los taxidermistas de la literatura se regodean en citar atroces vomitivos que describen serranías y sembradíos en los que la pesadilla es mayor en su lectura que en su argumento, como si la inteligencia se hubiera quedado estancada en esos eriales. Los autores de la violencia suelen no saber cuán difícil es narrar el miedo. 

Como novela sobre la violencia sólo le son comparables esa pequeña casi obra maestra, El Cristo de espaldas, El día señalado y ese fragmento de novela que dejó Alvaro Mutis abandonado cuando comprendió que jamás seria capaz de solucionar el conflicto moral que se le presentaba a su personaje. 

El argumento es de una simpleza suicida: "Decida cuál de los dos actos es más criminal: acostarse con un hombre o asesinar a cincuenta". En él descansa toda la trama, que no elude ninguno de los comodines del escenario de la violencia: el pequeño pueblo de un partido al que llegan los soldados de otro partido y de otras tierras muy lejanas; el alto militar asesino, lascivo, sádico y torturador; el subalterno de trasfondo bondadoso que es malvado por cumplir órdenes; el cura asustadizo y pusilánime, y la bella que paga por todos...

Los dos relatos del presente volumen se inscriben, si es que es preciso hacerlo, dentro de ese género que no es ni cuento ni novela y que los franceses llaman nouvelle, narraciones que oscilan entre las treinta y las ochenta páginas, por debajo de las cuales son cuento; y por encima de las mismas, novela. 

De El hombre de Talara sólo puedo decir que es una bella historia de pescadores, pero al mismo tiempo es el testimonio de un acto de nobleza que me recuerda algo al viejo y el mar de Hemingway. Podría agregar que es profundamente eficaz, muy agradable, y que se lee de un tirón. Es la narración de una hazaña humilde, con héroes humildes, en una humilde aldea de pescadores en el Perú y en medio de un océano que no es sino de Dios y que prefigura esa soledad del mar en la cual nos enfrentamos sólo con nosotros mismos. Los hechos podían haber sucedido en la Patagonia o en Finlandia. No importa. Es como si Echeverri Mejía quisiera que no haya testigos mundanos de una proeza simple y valerosa. El héroe es un blanco que se ha casado con una india, a la que sabemos fea, acabada, histérica y miserable. Todo se conjuga para describir el ambiente de sordidez insuperable que rodea a un hombre ínfimo en medio de una raza triste y desventurada de hombres que esconden en un laconismo exasperante una amargura de siglos. 

Toda novela que se inicie con uno de esos diálogos adiposos, míseros, entre un marido y una mujer que se odian porque no tienen dinero y porque simplemente se odian, promete un discurso igualmente tedioso. En este caso no sucede así. El recurso al diálogo es de Ionesco, pero un Ionesco sin humor mas lleno de grandeza y de valor moral. 

En el relato hay noche, hay oscuridad, hay un hábil suspenso latente, acaso involuntario, que nos invita a presenciar con malestar la amenaza permanente de los tiburones que al final no serán más que instrumentos del bien y del sacrificio humano. A la hora del heroísmo, nadie se sorprende, ni los actores ni su público. Allí todo parece natural. El coraje es un ejercicio cotidiano. El hombre tendrá su recompensa en sentirse más hombre, y su castigo en el amargo reproche que le esperará de todas maneras al regresar a casa. Desconozco si Echeverri nos quiso instruir con su relato. Lo ignoro. Espero que no. Prefiero creer que compuso estas breves y hermosas páginas pensando en las delicias puras de la literatura y en el valor estético de las ideas éticas que dejó estampadas en él. 

Bastante menos valioso, desde el punto de vista literario, es Bajo Cauca. Quizá rinde allí demasiado tributo al realismo y, sobre todo, es un relato sin plan determinado; simplemente cuenta cosas. Se trata de la adaptación de un cuento anterior del autor a una huida imaginaria de la región del Bajo Cauca, en el no Nechi, donde Echeverri se fue a sumergir, aquí sí en la realidad, y a verse perseguido por sicarios de carne y hueso. "Era mil veces preferible que la gente dijera que por aquí había pasado corriendo un cobarde y no que había muerto un valiente", dice el protagonista, un hombre de la región, quien narra en primera persona y con su propio lenguaje. La anécdota es muy simple y, para no abundar, diré que es la descripción anárquica y pormenorizada de un "paquete chileno", de un episodio de timadores de la más baja calaña. Claro está que Echeverri demuestra que es capaz de describir personajes acosados por el hambre, la violencia y la miseria, así como los prostíbulos, los bares y el mundo de infame corrupción en el que viven los mendigos. Porque eso es finalmente el narrador, un "toconero", un asqueroso mendigo que viene huyendo del Bajo Cauca, que estafa y es estafado en los más bajos fondos de Barranquilla, con todo y moraleja a bordo: "Fue entonces cuando aprendí que poseer dinero era el requisito clave para certificar una buena conducta ante la gente". 

Es asombrosa la adaptabilidad de Echeverri a cualquier ambiente humano. Creo que nada de lo que tuviera relación con el hombre era extraño para él. Así como era capaz de encontrarse con un muchacho desarrapado y de inmediato regalarle unos pantalones, episodio que el desarrapado recordará con infinita ternura y agradecimiento en ese emocionado elogio fúnebre que es ¡Adiós, mi capitán!, será capaz de describir escenas tan grotescas como ésta: "La traje contra mí y le acaricié la espalda y un rollo gordo que le brotaba justo al pie de los riñones. Mientras la acariciaba pensé en los cerdos de Don Pascual, en el río Nechi, hermosos cerdos de siete latas". 

Arturo Echeverri Mejía escribió: "Nada de lo humano es imposible; hay que tener únicamente el valor de enfrentarse a las circunstancias para vencer en los difíciles momentos. Todo en la vida es susceptible de conquista si existe la voluntad de llegar hasta la cúspide". ¡Sea siempre bienvenido, mi capitán! 

 

LUIS H. ARISTIZABAL