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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
30, Volumen XXIX, 1992
La de cemento
La otra selva
Boris Salazar
Tercer Mundo Editores,
Santafé de Bogotá, 1991, 199 págs.
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Esta novela, la primera del autor (nacido en
Ibagué en 1955), fue ganadora del primer premio en el concurso nacional de novela Ciudad
de Pereira. Su audacia radica principalmente en el atrevimiento del joven escritor al
tomar una consagrada novela tan repleta de acción violenta y frenética pasión, como lo
es La vorágine, y reescribirla empleando una técnica de insistentes desencuentros,
acontecimientos postergados y relatos contradictorios. El tardío naturalismo rimbombante
del original se pone patas arriba de acuerdo con una estética y una epistemología
posmodernas. Esta continuación de la gran novela de José Eustasio Rivera mezcla la vida
del autor con la vida de sus creaciones, confiriendo así a Rivera al status de sus
propios personajes. Si agregamos un narrador detectivesco (anacrónicamente reminiscente
de una figura de la "novela negra"), otra narradora (que se habla a sí misma en
la segunda persona gramatical) enamorada del poeta de Tierra de promisión, y una tercera
narradora que se revela como Alicia, la ingenua de la épica original, sacamos una idea
del tipo de juego intelectual que hace Salazar. El libro no va a agradar a todo lector,
pero el que disfruta, con la lengua plantada firmemente en la mejilla, de irreverentes
hibridizaciones entre lo sublime y lo folletinesco, o de intermitentes melodramas
contados, a lo mejor podrá apreciar esta sutil recreación paródica.
El concepto básico de la historia tiene que ver
con el último viaje de Rivera a Nueva York para promover la conversión de La vorágine
en película, viaje que, se sabe históricamente, terminó con la muerte del autor. Una
dimensión sociopolítica se introduce a través del detective, que al comienzo representa
a poderosos clientes colombianos, cuyos intereses en la riqueza petrolera del país se ven
amenazados por otra novela, La mancha negra, que el autor está escribiendo al mismo
tiempo. Por un dilatado proceso de identificación, sin embargo, el detective acaba por
volverse una especie de contraespía, tomando el partido del patriótico reformador Rivera
frente a la cínica clase dirigente. Lo amoroso entra en la forma de Claire Weingest,
solterona estadounidense que empieza intercambiando sesiones de lengua extranjera con el
autor y termina como era de prever, envuelta en una relación mucho más íntima. Un
tercer hilo narrativo consiste en trozos de texto narrados por Alicia, la malograda
heroína de La vorágine, que al proveer una revisión posterior del discurso machista de
Arturo Coya demuestra cómo su creador, Rivera, nunca deja le fascinarse por la selva, o
por las selvas.
Aunque el título de la novela promete una selva
adicional a la de la Amazonia, es difícil escoger sólo una le las muchas representadas.
Si hablarnos en términos del lugar donde se coloca la ficción, cierto privilegio nene
que recaer en la jungla de acero y cemento que es Nueva York. Pero fieras selvas donde
todos los personajes se pierden incluyen el lenguaje y la conciencia (todos son narradores
y todos se pierden en el confuso espacio fronterizo entre el sueño, la memoria y la
observación). Es más: la selva textual se revela como partícipe en una red de selvas
intertextuales (principalmente las obras de Dumas, Chéjov, Cortázar y Onetti, además de
numerosas películas hollywoodenses). Como figura polisémica, la selva funciona para
Salazar algo así como sirve el laberinto para Borges: además de nombrar el espacio
físico y emblematizar la estructura del relato, constituye un índice de lo trágico del
destino humano. En la selva posmoderna el fracaso del hombre no se mide por su penosa
agonía física. Peor aún, es devorado por un complejo conjunto de imágenes que él
mismo ha colaborado en fabricar.
Aunque no excepcionalmente larga, la novela de
Salazar es ambiciosa (y arriesgada) en su desengañada concepción. Pero, como es de
esperarse en una primera novela, algunos de los atrevimientos resultan no del todo
exitosos. Hay algunos lapsos notables en la verosimilitud del relato, como cuando el
detective se vale de una risa para defenderse de ser asesinado o cuando Claire sale en
busca de Rivera en su automóvil de la inexistente marca Thompson. Otro problema consiste
en cierta inconsistencia de datos en la relación entre Rivera y Claire: en un momento
parece que ella no sabe su número de teléfono, pero en otra ocasión intenta llamarlo
por el mismo aparato. Hay también cierta confusión entre somnoliento (el adjetivo que se
aplica constantemente al detective) y soñoliento (la forma preferida por los cuatro
diccionarios que pude consultar). Pero estas discrepancias son excepcionales en un texto
generalmente pulcro y pulido. La otra selva tiende a ser una novela sabiamente lúdica y
técnicamente refinada. Juega con la tradición novelística colombiana, desmitificando y
remitificando a una de sus figuras sacrosantas, inventándole una muerte violenta (¿un
eco de Pepe Botellas de Gustavo Álvarez Gardeazábal?) que, por equívoca que sea, parece
mucho más digna que la pedestre fiebre narrada por Eduardo Neale-Silva en su ensayo
biográfico sobre Rivera.
JONATHAN TITTLER
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