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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
30, Volumen XXIX, 1992
Hacia un inventario
Máscaras y ficciones
Enrique Buenaventura
Ediciones Universidad del Valle,
Colección Autores Vallecaucanos,
Cali, 1992, 134 páginas y dibujos del autor.
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La extensa producción literaria de Enrique
Buenaventura, conocido más como teatrista de gran influencia, durante por lo menos cuatro
decenios, que como pintor, poeta o narrador, está esperando aún ser mucho más
ampliamente divulgada, para ser estimada en su justa dimensión, no sólo en su aspecto
exclusivamente dramatúrgico, sino también ensayístico, poético y narrativo. La
presente edición de cuatro de sus obras teatrales, seis ensayos, dieciséis poemas y tres
narraciones, contribuye a llenar ese vacío y a complementar la visión global de su
compleja personalidad artística, para muchos aún no totalmente conocida. Sin embargo, es
claro que, dada la extensión de su producción todavía inédita, este libro es sólo un
aporte, necesariamente incompleto, al conocimiento de este escritor, sin duda determinante
en el desarrollo del teatro colombiano actual, aspecto que aquí especialmente nos
interesa.
El volumen aporta, en el prólogo escrito por
Carlos Vásquez Zawadski, importantes referencias bibliográficas a los ya numerosos
analistas de la obra teatral de Enrique Buenaventura. Tales referencias, ahora básicas,
aluden a personalidades tales como Carlos José Reyes, Alberto Castilla, Giorgio Antei o
María Mercedes Jaramillo de Velasco, pero, desgraciadamente, no hacen todavía mención
de los trabajos de un Gonzalo Arcila o una Beatriz Rizk, nombres importantes que se han
añadido a esta lista. El deseo de Vásquez Zawadski, según lo expresa en su prólogo, es
acumular los documentos indispensables para realizar posteriormente una historia del
teatro colombiano que, además de ser coherente y en cierta forma unitaria, se apoye en
fundamentos epistemológicos que no sean simplemente anecdóticos. En efecto, nos dice,
"los puntos de vista desde los cuales se narra la historia teatral resultan
unilaterales, encerrados en la lógica de los modelos de saber de los
investigadores".
Esta crítica, sin embargo, podría dirigirse
incluso contra quien la formula, en una contradicción por demás interesante; pues,
aunque es indudable que Enrique Buenaventura ocupa un puesto decisivo en la marcha de esa
historia por lo menos en la época más reciente, los ensayos de él aquí
presentados sólo hacen referencia a su interpretación y aplicación de las teorías
dramáticas de Bertold Brecht, apoyándose más bien poco precisamente por la falta
de esa historia general del teatro colombiano en el análisis y la crítica de
nuestras propias condiciones y tradiciones teatrales, como si en este país no hubiera
ocurrido prácticamente nada en ese aspecto antes del surgimiento de! "nuevo
teatro". La tesis de Vásquez Zawadski, en lo que se refiere a la formulación
teórica y a la realización práctica de la estética que rigió el llamado movimiento
del "nuevo teatro" en Colombia por parte de Enrique Buenaventura, es irrefutable
para una parte del teatro que aquí se desarrolló a partir de los años sesenta,
aproximadamente. Pero ese no era el único teatro que tuvimos en la época; otras formas
seguían vivas o se creaban, y no podríamos, seguramente, juzgar esos tiempos
exclusivamente de conformidad con esas tesis, "encerrárdonos", así, "en
la lógica de los modelos de saber de los investigadores". Cada período, cada
personalidad dramática, son mucho más complejos que un sólo parametro de análisis;
quizá cada uno exige sus propios parámetros críticos.
Felizmente es el mismo Enrique Buenaventura quien demuestra
con sus propias piezas teatrales no desconocer totalmente esa deuda con las
tradiciones autóctonas, basándose ya fuera en la historia o en el folclor de Colombia y
América Latina. Sus ensayos sobre Bertold Brecht son importantes, claro está; fue él
uno de los que más empeño pusieron en asimilar sus teorías al nuevo teatro colombiano;
pero él no es solamente Brecht. El mismo Buenaventura, por lo demás, manifiesta en su
ensayo "La formación de los temas constantes en Bertold Brecht a través de
acontecimientos vividos e influencias literarias" (pág. 214): "Las intenciones
de un artista no deben servir de base para el análisis de su obra". La influencia de
Brecht es, pues, decisiva en Buenaventura; pero sería precipitado juzgar su obra
exclusivamente bajo estos parámetros. También en él ¡y cómo no! se
percibe una lenta pero tenaz evolución, determinada, sobre todo, por las propias
condiciones de sti trabajo. Ya lo han dicho todos los analistas: su primera época se
identifica con la marcha de la Escuela Departamental de Teatro, de la cual son muestras
características su En la diestra de Dios padre, en su primera versión; también la
primera versión del Réquiem por el padre Las Casas, publicada en 1963; La tragedia del
rey Christophe, que obtuvo un premio del Instituto Internacional de Teatro; sus obras
folclóricas, en fin, que recogían tradiciones populares, y varias otras. Su escritura
dramática sigue luego el propio transcurso del Teatro-Escuela de Cali, con montajes de
tipo clásico, y, finalmente, a partir del Ubú rey de Jarry y de La trampa, de que es
autor, en 1966, la evolución del Teatro Experimental de Cali, con obras tales como Los
papeles del infierno, la adaptación de Los inocentes de Emmanuel Robles, El menú, El
convertible rojo, Historia de una bala de plata, premio de la Casa de las Américas de
Cuba, sin citar, obviamente, toda su producción dramatúrgica.
La evolución de Buenaventura al mismo
tiempo, sin duda, que su aplicación de las teorías brechtianas se hace aún más
notoria al considerar simplemente las muy distintas condiciones en que trabajaba al
comienzo de su carrera. El prologuista de la primera edición del Réquiem por el padre
las Casas, sentimental y pintoresco, don Gabriel María Flórez Arzayús, nos ilustra bien
esas circunstancias al escribir, en 1963: "Para algunos el teatro no es más que un
juego que en veces se pretende serio, un pasatiempo sin consistencia que se desvanece al
contacto con la dura realidad y que quizás no posee otra finalidad concreta que la de
proporcionar una evasión momentánea, un escape imaginativo de la prosa y fatiga
cotidianas".
Creo que son esas condiciones
las que hay que tener en cuenta al considerar las primeras obras de Buenaventura, aunque
ya conociera al célebre dramaturgo alemán (de ello es testimonio su discurso de 1955,
aquí editado, titulado "A través de las piezas de Brecht", pronunciado al
recibir en Moscú el premio Stalin). El hecho mismo de que Buenaventura haya sometido a
revisión continua casi todas las obras de esa primera época, demuestra, así mismo, no
tanto su evolución teórica corno práctica. ¡Cuánto han cambiado las cosas lo
podemos verificar hoy sólo al leer las líneas de Flórez Arzayús desde esos
tiempos románticos y sentimentales del teatro colombiano, hasta esta época en que el
empeño de un Enrique Buenaventura, como tantos otros, han hecho de él un arte vital,
quizá excesivamente intelectual y polémico, pero libre de ilusiones y melodrama, un arte
comprometido no sólo con la comunidad, sino consigo mismo! Un arte, como era la
permanente ambición de nuestro dramaturgo, capaz de cambiar, primero, a quienes lo hacen,
y, segundo, a quienes asisten a disfrutarlo, no ya como una mera forma de alienarse, sino
como una experiencia indispensable para la formación de la personalidad y de la sociedad.
A pesar de todos los excesos que se hayan podido cometer, de todas las fallas que haya
podido haber, de los muchos dogmatismos y sectarismos, hoy treinta años
después podemos decir que si, que el objetivo de Buenaventura y sus colegas de
lucha fue efectivamente realizado: el teatro cambió, sin duda, y el público también lo
hizo; no todo se ha logrado, pero se ha empezado. Ya decía el citado Flórez Arzayús que
Enrique Buenaventura era, desde esos tiempos, una mezcla de bohemio y monje. Un místico
si que lo era, definitivamente; pero allí no se detuvo, tampoco, porque ha sido, más que
un soñador, un hombre de acción, un hombre de teatro, al fin y al cabo. Pero, para
regresar a nuestra edición de algunas de sus obras, el libro se inicia, precisamente, con
el nuevo Réquiem por el padre las Casas, en su versión de 1988 esta vez. Aquí ya es
patente el cambio sufrido por Buenaventura en el enfoque dramatúrgico de un tema ya
tratado por él en 1963, que adopta ahora una dimensión casi enteramente nueva. Algunas
escenas del original son definitivamente anuladas, otras reciben una modificación
radical, como el inicio de la obra con los parlamentos del protagonista, el célebre
sacerdote defensor de los indios ante las cortes españolas. En esta versión el personaje
es mucho más duro, mucho más conciso, quizá demasiado frío, al presentarse no sólo a
si mismo, sino también el escenario; las acotaciones prácticamente desaparecen, el texto
se convierte casi en un puñetazo dirigido al público en su tremenda parquedad y
concisión; una obra que, en esta segunda versión, exige del lector la máxima
concentración, a veces quizás excesiva.
Siguen luego, en la edición, La orgía y La
maestra, dos obras algo menos extensas, pertenecientes ambas a Los papeles del infierno,
pieza que, efectivamente, consiste en una serie de cuadros cortos independientes que
tratan, generalmente hablando, de la violencia. Como dice Carlos José Reyes en el
prólogo a la edición de esta obra hecha por Colcultura en 1977, "sobre este ciclo
de piezas flota la influencia constructiva de Bertold Brecht", pero no sólo ésta,
sino, notoriamente, la de don Ramón del Valle Inclán, a quien Buenaventura había
adaptado pocos años antes al teatro.
La primera de estas obras, La orgía, no ha
sufrido, al parecer, ninguna transformación desde que fue escrita y montada,
aproximadamente en 1968. En ella, al estilo esperpéntico sobre todo, una vieja hace
representar sus deseos y recuerdos a un conjunto miserable de mendigos que vienen a comer
ávidamente a su casa; lo grotesco, pues, recibe énfasis especial.
La segunda pieza, La maestra, es, a mi modo de
ver, una obra donde es más evidente la búsqueda de la aplicación del distanciamiento
brechtiano, en una profesora que narra, ya muerta, los sucesos padecidos en la vida por
ella. Este ensayo, sin embargo, da por resultado una obra quizá mucho menos dramática y
mucho más narrativa que las anteriores peligro que siempre se ha corrido con
Brecht, en la cual, además, la comunicación con el público ocurre más por una
comunidad sentimental e ideológica fundamental con la maestra, que por el análisis de su
comportamiento, ya que es prácticamente inocente de todo; así, la
"complicidad" con el público resulta indispensable, de manera que entonces se
habló de una reintroducción del "ritual" en el teatro.
Considero, por lo demás, que es infortunada la
edición individual de estas obras cortas, ya que, al desligarlas del contexto general de
"la violencia", pierden el significado más amplio que deben tener. Como expresa
Beatriz Rizk en su ensayo que forma parte de la Antología de dramaturgos colombianos
publicada en Madrid (España), en 1992, Buenaventura quiso realizar en esa época "un
teatro que, al estar escrito desde la marginalidad, o sea desde el punto de vista del
segmento de la sociedad que tradicionalmente ha estado oprimido por as clases
hegemónicas, promueve un nuevo sentido histórico en el hombre de su tiempo, al rescatar
héroes y eventos trascendentales para la memoria colectiva del pueblo". Pero una de
las piezas claves de Los papeles del infierno, en este sentido, hubiera sido para mi, por
ejemplo, La autopsia, que en esta antología no figura; en ella, en efecto, al contrario
de en La maestra, los protagonistas deben ser cuestionados por el público, el cual no se
"fusiona" sentimentalmente con ellos, defecto muy notorio de gran parte del
teatro colombiano "político" que entonces se escribía.
Finalmente, las obras teatrales de Enrique
Buenaventura culminan en esta selección con la adaptación de nuestro dramaturgo, en 1967
aproximadamente, de la novela Tirano Banderas del español don Ramón del Valle Inclán.
Esta obra, significativamente, fue estrenada por el Teatro Estudio de la Universidad
Nacional, bajo la dirección del también español Alberto Castilla, y se presentó en el
Festival Universitario de Teatro de Manizales en 1968. De ese modo se constituyó en una
obra clave dentro del proceso del llamado "nuevo teatro" colombiano y del auge
que, poco más tarde, tomó a nivel continental, ya que esta obra fue también presentada
durante la XIX Olimpiada de México, en el marco de un festival de las artes entonces
realizado.
Beatriz Rjzk destaca al Tirano Banderas de Buenaventura como
una obra perteneciente al amplio tema del tirano-caudillo hispanoamericano, tratado casi
por primera vez por don Ramón del Valle Inclán, pasando por Miguel Angel Asturias, Alejo
Carpentier, y culminando en Gabriel García Márquez, entre otros. El desconocimiento de
nuestra propia historia teatral, de que ya hemos hablado, ha hecho que pase ignorada una
obra, justamente teatral, que antecede en nuestro país a toda esta literatura sobre los
dictadores. Se trata de la pieza Su Excelencia, del dramaturgo Angel Cuervo, escrita en
1885 en París, poco antes del estreno del Ubú rey de Alfred Janny; desconocimiento a
todas luces injusto y grave en nuestra historia teatral, que se justifica, sin embargo,
por la rareza de esta obra que será publicada, por el Instituto Caro y Cuervo, tan sólo
próximamente.
El Tirano Banderas antecede un poco a la
estructura de Los papeles del infierno, ya que consiste también en una rápida
acumulación de cuadros (esta vez no independientes) de sucesos y personajes
brillantemente desarrollados en un tiempo y un espacio muy libres, que le prestan enorme
originalidad. Contribuye, sin duda, también, a la gran capacidad de síntesis que luego
emplea el dramaturgo en su segunda versión del Réquiem por el padre Las Casas; pero,
como en el caso de esta última obra, exige enorme concentración del lector e,
indudablemente, de los actores y el espectador. La visión del mundo que allí se nos
propone es la de la lucha por el poder desde muchos ángulos, en el tumultuoso ambiente de
delaciones y traiciones, en el cual no falta la angustiosa visión de un crucificado, que
podría elevarse al simbolismo. Pero esta pieza se desenvuelve, al contrario de Los
papeles, sobre todo en el marco de los poderosos.
Esta obra, editada ahora, según parece, por
primera vez, podría ser, a mi modo de ver, si no la más compleja y mejor elaborada de
Enrique Buenaventura, con su tremenda crueldad y humor negro, si una de las obras más
significativas y mejor logradas de su producción.
Los poemas de Enrique Buenaventura (siete de
ellos tratados aparte como "canciones") ofrecen una corroboracion más de su
posición literaria e ideológica. Como su comentario requeriría de otro especialista,
bástenos citar, para dejar en manos de personas mejor calificadas su estudio detallado,
uno que parece ser característico:
CANTOS OBREROS
Los que construyen la ciudad
viven en los extramuros.
No tienen agua los que hacen
el acueducto.
Y aquellos que cavan los desagües
luchan con una escobo contra las inundaciones.
El que alisa
como un espejo negro
las pistas de aterrizaje,
debe arrastrarse como los gusanos.
Van a pie, bajo el sol,
los que arreglan la carretera.
Los que labran la tierra, Señor,
no son dueños de sus cosechas.
Injusticia, paradoja, contradicción, protesta
sin adjetivos: dura y fáctica. Esa es la poesía de Enrique Buenaventura, muy dramática,
también. Ella condensa, pues, no sólo su posición estética, sino también su ética,
corroborada en este poema, al final, con el arranque de un "monje" tal vez
místico, tal vez ya descreído, en una nueva paradoja.
Los ensayos de Buenaventura, como he dicho, sólo parecen
presentar un aspecto parcial de su producción: el referido a su asimilación y puesta en
vigor de Bertold Brecht en Colombia y América Latina. Hace falta, en efecto, por lo menos
uno que parece ser esencial, mencionado por Beatriz Rizk en su estudio aludido
anteriormente. Según ella, la producción ensayística de Buenaventura "supera en
volumen a su producción dramática", pero parece ser su "Método de creación
colectiva" en sus diferentes etapas de investigación, elaboración del texto,
improvisación, montaje y presentación ante el público para volver a replantear la
pieza el ensayo que constituiría el aporte fundamental del maestro y de su grupo,
el Tec. Dice ella, en efecto: "Los ensayos dedicados a la improvisación
(columna vertebral del proceso) por si solos representan la única instancia
en América Latina en que se la ha estudiado rigurosamente como utensilio de trabajo del
actor".
En conclusión, esta edición de varias muestras
de la producción de Enrique Buenaventura puede resultar muy útil para quienes se dedican
a la investigación del teatro colombiano reciente. Existen en ella, sin embargo, algunos
pequeños errores de imprenta (numeración de las escenas en el Réquiem y en el Tirano
Banderas, por ejemplo), que las deslucen y pueden dificultar la comprensión. Hubiera sido
conveniente, tal vez, editar el material en forma cronológica o, al menos, especificando
brevemente las condiciones y el momento en que fue elaborado o representado. Finalmente,
el panorama general aquí ofrecido puede resultar parcial. En efecto, contra la común
opinión de que la posición de los protagonistas del "nuevo teatro" significó
cierto sectarismo opinión que el libro podría contribuir a apoyar, al sólo editar
los ensayos de Buenaventura sobre Brecht, el maestro mismo ha dicho que lo
importante de su labor se resume en la siguiente máxima: "Hay que poner a dudar a la
persona de la conciencia social que ella tiene. Nada más, y que dude tanto como nosotros
dudamos". Sus obras y sus teorías, pues, deberían ser enfocadas con un sentido
critico, quizá hasta contestatario, si hemos de ser justos con los propios planteamientos
del autor y con su propia experiencia vital, ya que siempre sometió, él el primero, sus
propias obras a una crítica y revisión casi implacables. Aunque el inventario total de
su producción artística y literaria está aún lejos de haber sido realizado, este
pensamiento podría ser una buena guía para su justa apreciación.
FERNANDO GONZÁLEZ CAJIAO
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