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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
30, Volumen XXIX, 1992
Peregrinaciones de un paisaje interior
Libro de los caminos (1978-1988)
Henry Luque Muñoz
Fundación Simón y Lola Guberek,
Santafé de Bogotá, 1991.
Contrariamente a lo que su titulo parece
predicar, Libro de los caminos no es un texto de parajes, bosques y rutas nacionales, ni
tiene la intención de ser una guía topográfica en el mejor sentido de la palabra. En
todo caso se trata más bien de un mapa interior, de recodos anímicos, y de un
anecdotario de las pasiones, de las estirpes y de los tatuajes, de las vivencias y de los
paisajes personales de un poeta cuyo primer libro, Sol cuello cortado, se publicó en
1973. Desde allí el trayecto recorrido ha sido vertiginoso y de una maduración
sorprendente.
Cuando la poesía se traduce desnuda, la
impresión que deja en el lector relampaguea de una manera diferente, definitivamente
honda, en reformulaciones de síntesis verbal y en fantasías inesperadas que mantienen la
tensión del texto. De ahí que la escritura, más que cantar los paisajes interiores del
poeta, encanta también el entorno en pura instantaneidad imaginadora. Ya sea desde un
tono crítico o confesional, en el que el lenguaje revela las posibilidades líricas de
las antítesis y del juego metafórico, sin artificios de alambiques, para lograr la
justeza del poema. De ahí que se proponga hacer de la experiencia una combinación de
imágenes, y de la imagen la emanación de la experiencia, donde la estructura va
precisada a través de la eufonía y la austeridad conceptual. En ese aspecto, El
abecederario de los olvidados, con el que abre el Libro Primero, deja la impresión de
crónicas, o mas bien de viñetas cuya ironía asume un cuadro de la época o la
maduración aforística de la realidad. Ahí hay un retablo critico francamente corrosivo,
desmitificante, limpio en su cotidianidad. Esta circunstancia sitúa al poeta en la mejor
de las posibilidades de materialización lírica que lo inscribe en la vertiente del
realismo artístico, sin retórica y sin falsificación estética. En ese terreno, es
bueno remitirse al poema que empieza diciendo: "La cobra fue orgullo de Shiva,
poderoso dios". Quizá se sintetice m él gran parte de aquella ironía que aborda
Libro de los caminos.
Si, como quería Baudelaire, "la poesía es
una rara flor para ser olida en la religión de la soledad", estas páginas intensas
de Luque Muñoz lejana una sensación de intimidad, al mismo tiempo que cifran un destino
jubiloso y entrañable en su propia musicalidad.
Yo no sé si, como quería Homero, os dioses
hicieron las guerras para que los hombres tuvieran un motivo ara cantar sus desdichas;
pero sí sé que la piedra de toque del corazón humano viola a veces los sentimientos
más íntimos de quien se predispone a ser contemplador en el universo de la Poesía. Y es
en ese sentido, lo sé, que Luque Muñoz ha trazado una escritura desmitificante, que
habla de las costumbres lejanas de otros hombres, de os encuentros del amor, de la
mitología viviente y de las remembranzas que suelen ser el paso previo de una
fantaseadora visión de la realidad. De esa realidad, eso es, en donde la intimidad de la
imagen recuerda un encuadre fílmico de Buñuel.
Y otra cosa que llama la atención, es que se
trata de una escritura exenta le jardinería literaria. Sí, en cambio, hay reflexión
sobre lo literario, los paisajes griegos y una mitología en combustión que ayuda a
desmitificar el texto. La historia, la corrosión de los tiempos, es apenas un itinerario.
Y aquí vale la pena tener en cuenta otro de los poemas de este libro, Historia verdadera,
donde se conjugan os destinos, las catástrofes y el verdadero sentido de la poesía; es
decir, en su extraña vocación. ¿No es esa su dinámica?
Es en esa vocación, acaso, donde el poeta encontrará más
tarde lazos de identidad con el viejo pasado ruso. En ese lienzo se descubren, como iconos
vivientes, las figuras dramáticas y premonitorias de una circunstancia en a que se
desafían los tiempos. De ahí un resplandor y su diafanidad. Una diafanidad sujeta, claro
está, a una confraternidad de estados de ánimo (como le gustaba decir a Yeats) y que
define de una vez por todas el correlato lírico, a través de las épocas distantes. Es
el momento en que Maiakovski saluda en señal de aprobación con su sombrero negro, y en
el que Pushkin se despide con su pañuelo de monograma desde una vieja estación
ferroviaria de la Rusia imperial.
MANUEL RUANO
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